CINE

La sociedad de los cazadores niños

En el film de Thomas Vinterberg vemos una sociedad hipócrita, incapaz de cuestionar sus propias reglas, que juzga y condena en aras de preservar un cierto orden de cosas, con adultos comportándose como niños y niños que bruscamente se convierten en adultos. 

 

Por Jorge Mayer 


 

La Cacería: Thomas Vinterberg (2013)

 

Tomas Vinterberg, por fortuna ya alejado del ideario espartano del movimiento Dogma 95, del que fuera fundador junto a Lars Von Trier, aborda en su última película uno de los tabúes de nuestra época: el abuso de menores. Y es de tal elegancia la ejecución que lejos está de tratarse de una de esas obras que persiguen el escándalo gratuito que las catapulte al repudio generalizado, cuando no a la censura, ese atajo para arribar al éxito. Antes al contrario, borda con agudeza un drama que tiene dos caras, la individual y la social.

En un idílico pueblo de cazadores, Lucas (Mads Mikkelsen) trata de reencauzar su vida después de un divorcio tumultuoso. Tiene todos los recursos para hacerlo: es el más amigo de sus amigos, consigue nueva novia y empleo en una guardería. Hasta que una niña, Klara (Annika Wedderkopp), gasta una pequeña picardía: describe una situación típica de abuso. El torpe protocolo utilizado para la situación hace que el rumor, en principio sólo basado en el testimonio de la niña, se extienda por toda la comunidad. Lucas es defenestrado y su calvario no le ahorra ninguna humillación. Sin embargo su reacción es casi la de un mártir, soporta los embates con un estoicismo digno de asombro y apenas reacciona. Klara, acaso conmovida por lo que le ocurre a Lucas, admite que fue una mentira, que no está del todo segura de lo que pasó. Pero ya nadie le cree.

 

 

 

Este es el nudo del film pero Vintenberg se las apaña para colar detalles que le dan otro cuerpo a la historia. Vemos a los adultos en plan de celebración jugando juegos pueriles, darse generosamente al alcohol e incluso discutir con violencia delante los niños. Klara es hija de un matrimonio que no escatima peleas y se comporta de un modo que alterna la inocencia con el despecho, como si de esas peleas hubiese aprendido la capacidad de manipular y el concepto de venganza y a la vez engendrado un trastorno obsesivo compulsivo que la expone a una tremenda vulnerabilidad. 

En suma, vemos una sociedad histérica, incapaz de cuestionar sus propias reglas, con adultos comportándose como niños y niños que bruscamente se convierten en adultos ¿para ser niños de nuevo? Las presas se convierten en cazadores ni bien se les pone un rifle en la mano. Que el delito convocante sea la pederastía resulta anecdótico: lo decisivo es la rapidez con que la horda etiqueta, juzga y condena en aras de preservar un cierto orden de cosas.

A esta altura decir que el cine escandinavo es frío no por lugar resulta menos cierto. El manso fluir de las imágenes es una trampa: la tensión dura en el espectador mucho más que los 111 minutos de metraje. Resultan superlativas las actuaciones de Mads Mikkelsen, un tipo acostumbrado al rol de villano, y Annika Wedderkopp, una rubiecita salida de una película de terror, dueña de un mohín que conmueve y convence.

Jagten podría ser una película más del tipo "falso culpable", sin embargo va más allá. Exhibe la crueldad de la que es capaz una comunidad cuando se comporta atendiendo al dictado de sus instintos primarios, pone sobre el tapete la gravedad de cargar sobre los niños responsabilidades que son propias de adultos, pero sobre todo, y esto es lo más inquietante, está contada desde el malestar. Con estudiada ambigüedad, Vinterberg logra que un diálogo, una mirada, un elemento menor y sin aparente relación con la trama, echen el andamiaje a temblar y uno se pregunte: ¿y si en realidad no nos contaron todo?