NARRATIVA

La delgada línea

Por Maru Leonhard

 

Una mañana de verano, nuestra cronista visitó la colonia neuropsiquiátrica de Open Door junto a un grupo de amigos, con la ingenuidad de los niños exploradores y la altanería de los cuerdos. Charlar con los pacientes y franquear la barrera del miedo le permitió experimentar la delgada línea que nos separa del mundo de los locos.

 

 

Pudo haber estado disfrazado de ingenuidad, frescura o inocencia, pero en el fondo todos sabíamos que era soberbia (y algo de curiosidad). ¿Qué otra cosa podía estar llevándonos a Open Door un domingo por la mañana a un grupo de treintañeros que apenas unas horas antes había vuelto de un casamiento? Teníamos una casa alquilada, la posibilidad de un asado, la pileta a punto y sin embargo estábamos ahí, yendo a jugar a los aventureros. Éramos siete, algunas parejas, algunos solos. Nos amontonamos en un auto, pedimos indicaciones en una estación de servicio, las recibimos y también recibimos un ¿van a visitar a alguien o a dejar a alguien? Fuimos cantando hits viejos, el mate lo dejamos para cuando llegamos allá. Estacionamos y nos bajamos. Era una mañana de verano pero no hacía demasiado calor y nosotros íbamos sueltitos, livianos de ropas, tranquilos, casi inconscientes, a nuestra excursión. En el camino le habíamos explicado a uno, el más joven, qué era Open Door: en realidad Open Door es una localidad dentro del partido de Luján, pero donde estamos yendo se llama Colonia Nacional Neuropsiquiátrica Domingo Cabred. Se inauguró en 1899 y fue el primer establecimiento en toda América Latina donde los pacientes eran tratados a puertas abiertas. Un predio de 600 hectáreas, granja, huerta, tambo, vivero. Propone el tratamiento de las enfermedades mentales a partir del trabajo, la libertad, el bienestar físico y moral. Y cuando él escuchó neuropsiquiátrica, imagino que la palabra empezó a rebotar por su cabeza y después de mirarnos uno a uno, preguntó ¿y a qué vamos?.

 

El guardia de la garita apenas levantó la mirada. No preguntó nada, no sonrió, no saludó. Miró sin mirarnos, como si fuéramos invisibles. Nosotros, en cambio, teníamos un entusiasmo adolescente y medio pavo, íbamos caminando casi a los saltos, acelerados, contentos y nerviosos a la vez. Parecíamos Verano del ´98. Nos cruzamos con el cartel que ¿advierte? “Despacio. Pacientes deambulando”. El lugar era hermoso. Un sendero por el que de a ratos pasaba algún auto despacio que nos obligaba a corrernos del camino. Alrededor, un parque verde interminable. Y unas casonas a lo lejos, una glorieta, gatitos, el sol atravesando la copa de los árboles, pacientes deambulando. Pacientes deambulando. Pacientes deambulando. Las primeras miradas que cruzamos fueron breves y esquivas. Nadie lo decía -nadie se hubiera animado- pero sé que todos estábamos pensando algo parecido: para qué nos habremos metido acá. Qué necesidad de meter el dedo en la llaga, de presumir nuestra salud mental. Semejante altanería colectiva. Ahora caminábamos y entrábamos a un terreno desconocido, alejado de la garita de la entrada, alejado del mundo exterior y al mismo tiempo mundo exterior en sí mismo.

 

Nos sentamos en unos bancos a tomar mate. Enseguida se acercaron algunos pacientes y nos rodearon, nos saludaron con un beso, pidieron cigarrillos y mate y galletitas. Ofrecíamos y recibíamos un trato cordial, cuidado y por momentos frío. Hablábamos de la nada, nos resistíamos al pedido de nuestros teléfonos celulares, insistíamos en una postura entre canchera y paternalista, maestras jardineras hablando lento para que los niños entiendan, mamás que no pierden la paciencia, papás permisivos. Yo tenía miedo porque en esa época le tenía miedo a todo y trataba de ocultarlo detrás de una fachada relajada, bien de domingo, bien de progre, bien falsa. Yo tenía miedo porque le tengo miedo a mis propios prejuicios, porque los pacientes deambulando me fascinaban como concepto, pero tenerlos al lado era otra historia. Yo tenía miedo porque no sabía qué esperar de ellos, pero tampoco sabía qué esperaban ellos de mí. Terminaron yéndose o dejamos de hablarles o nos alejamos nosotros, no lo recuerdo con claridad porque en determinado momento el círculo que habíamos formado entre nosotros siete y los tres o cuatro pacientes que nos rodeaban se había vuelto algo turbio, algunos silencios incómodos, algunas anécdotas que hubiera preferido no escuchar. Un señor me confundió con Silvia.

A medida que nos alejábamos de los pabellones el paisaje se volvía más amable pero al mismo tiempo más desolado. Estábamos en un pueblo a la hora de la siesta. Casas bajas y persianas bajas y perros vagabundos. Unos pocos niños jugaban en las calles donde no pasaba ni un auto, los pacientes ya no deambulaban cerca nuestro. Nos sacamos fotos sentados alrededor de una mesa, haciendo como que tomábamos un té invisible. Recuerdo que pensé: qué fina es esta línea que nos divide y al mismo tiempo cuánta distancia hay entre ellos y nosotros. Y repetí: ellos y nosotros. Y sentí pena por mí misma.

Llegamos al final. Una entrada clausurada y un agujero en el alambrado. Hice la prueba para ver si podía pasar al otro lado. Podía. Dije, desde el otro lado, mirando a mis compañeros de aventura, que no sabía exactamente el número pero que había leído que un problema de acá era la cantidad de internos que se escapaban. Alguien contó lo de los perros. Que aparecieron cuerpos comidos por perros. Alguien nombró a la doctora Giubileo, la psiquiatra que trabajaba en la colonia Montes de Oca y la noche del 16 de junio de 1985 le dijo a un compañero “Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato” y no apareció nunca más.

 

En pocos minutos habíamos nombrado tantas historias de fantasmas y misterio que pensé que éramos adolescentes dentro de una película de terror. Después de caminar un rato en silencio nos encontramos con una construcción abandonada. Después con otra. Y otra más. Una parecía un establo. Aparecía detrás de unos yuyos que nos llegaban a las rodillas y yo pensé que tal vez esa había sido la casa de Cabred y lo imaginé en ese mismo sendero donde estábamos nosotros, lo imaginé llenándose los pulmones de aire, inflándose de orgullo por el proyecto que llevó a cabo, caminando por el predio, mirando a los loquitos en la huerta, a los loquitos en grupos de ayuda, a los loquitos dejando de ser loquitos sin un chaleco de fuerza ni electroshock. Después averigüé y nada que ver, Cabred nunca vivió en Open Door.

La segunda construcción abandonada que nos encontramos era un galpón. Uno del grupo entró y demoró en volver. Los demás solamente estirábamos el cuello. Cuando volvió, sentenció: impresionante. Y recién a la tarde, mientras nos tirábamos en la pileta y tomábamos cerveza, nuevamente en ese limbo estival que habíamos suspendido para hacernos los aventureros, mostró algunas fotos: un colchón sucio, una cuna vacía, un muñeco de plástico.

 

-¿Vamos?- les dije, y enfilé hacia el camino. Al lado mío pasaron dos adolescentes y en el medio de ellos un señor de más de setenta años que caminaba con la mirada perdida mientras se vaciaba un desodorante en todo el cuerpo. Los adolescentes le hablaban pero él estaba concentrado en la lluvia de perfume, creo que le dijeron algo de que era mejor bañarse. Cuando en alguna de las intervenciones le dijeron “pá”, y él no les contestó, tuve un escalofrío. ¿Importan todas esas historias gore, la de los perros y la doctora desaparecida, cuando la locura también es esto? El anecdotario macabro se disolvió en ese silencio, también se disolvió esa sensación aventurera que reinaba en el grupo, también se disolvió nuestra altanería y quedó flotando entre nosotros una sensación amarga, casi vergonzosa.

-Do you speak english?

La voz provenía de atrás de nosotros y cuando nos dimos vuelta un rubión altísimo con un pulóver suavecito que no tenía mucho que ver con el verano nos miraba fijo. Y de nuevo, serio, preguntó Do you speak english? Alguno del grupo le contestó que no con la cabeza y el rubión, entonces, repreguntó ¿Qué hacen acá? Seguíamos sin saber la respuesta y ni siquiera éramos capaces de inventar algo. El joven del grupo que había hecho una pregunta similar casi al comienzo de la travesía caminaba solo, hastiado por la locura que nos rodeaba, se alejaba de nosotros después de haber dicho, unos minutos antes, yo no aguanto más, me voy al auto. Los segundos de silencio antes de que otro, el más veterano, le contestara al rubión, fueron eternos. Vinimos a pasear, dijo por fin, y el rubión miró a los costados, pensando posiblemente en qué mierda estábamos pensando cuando decidimos venir a pasear acá. ¿Tienen un cigarrillo? Le di dos. El rubión se prendió uno y el otro lo apretó hasta destruirlo entre sus dedos. El veterano del grupo le preguntó si hacía mucho que estaba ahí con el mismo tono de una charla de ascensor y yo asumo que todos se sintieron como yo cuando el rubión revoleó los ojos y nos tiró el humo en las caras: unos hijos de puta. Algunos del grupo se dieron vuelta y empezaron a caminar. El veterano y yo fuimos los últimos en darle la espalda al rubión, que habló cuando ya estábamos a unos metros suyos.

-Tengan cuidado,- nos dijo- yo era como ustedes.