RESEÑA


El baile de los expatriados

Por Juan Maisonnave

 

En su debut literario, Carla Maliandi sigue las derivas de un personaje fuera de tiempo y lugar, una argentina que regresa a la remota Heidelberg donde transcurrió parte de su infancia, periplo que tendrá menos nostalgia que aventura y será acechado por los fantasmas del pasado, y algunos del presente.   

 

La habitación alemana,  
Carla Maliandi,
Editorial Mardulce, 2017

 

A poco de haber publicado El espectáculo del tiempo, en una entrevista le preguntaron a Juan José Becerra si había sido feliz en su infancia. Después de un primer instante de perplejidad (era un programa sobre libros, no un magazine de la tarde), el escritor nacido en Junín, en un tono reposado y sin afectaciones, respondió lo que sigue: "A mí me parece que uno a la infancia no la vive nunca. Lo que hay sobre la infancia es una mitología retrospectiva, que uno cuando crece va a buscar como si fuera un escenario lleno de escenas encantadoras.(...) La infancia es un momento en el que no pasa casi nada, pero es una víspera. Es un momento de la vida lleno de expectativas. Y como todos los momentos de expectativa yo creo que son insuperables." 

En la respuesta de Becerra podría haber una clave de lectura para la primera novela de Carla Maliandi, La habitación alemana, cuya narradora regresa al lugar de la infancia, precisamente a una ciudad que se parece “a un cuento de hadas, irreal, una de las pocas ciudades alemanas que no han sido bombardeadas”: Heidelberg. Cuna del Romanticismo y célebre bastión universitario, Heidelberg es la ciudad de los filósofos. Hegel, Jasper, Hanna Arendt, Habermas son algunos de los que pasaron por el campus de su universidad –la más antigua de Alemania- y hasta cuenta con un Paseo de los Filósofos desde el que pueden avistarse las principales atracciones locales, el castillo y el río Neckar, paisaje de valle idílico a unos lejanos 600 kilómetros de Berlín. 

“Heidelberg no deja de ser un pueblito y en los pueblitos a las mujeres solas se las mira raro”, dice en un momento la narradora. Es una narradora sin nombre, que a poco de comenzar la novela –pasa de todo en las primeras 28 páginas- se descubre embarazada, viviendo una vida de falsa estudiante con más de treinta años, hospedada en una residencia que todo el tiempo la acepta y la expulsa. Hija de padres argentinos y filósofos, que en los 70 cumplieron su exilio en Heidelberg, ella vuelve allí en una especie de huida hacia el pasado que tendrá menos nostalgia que aventura. “No lo sé, tal vez toda la vida idealicé esos años de la infancia, tal vez recordaba esta ciudad como un lugar donde el tiempo transcurría de otra manera”, reflexiona cuando las cosas no salen como esperaba y se encuentra en la consulta médica junto a un estudiante tucumano con nombre de cantante de boleros –Miguel Javier- que se hace pasar por su esposo.

La condición de expatriada en La habitación alemana se parece menos a una elección o a una posibilidad de futuro que a un escape. Los inmigrantes ilegales, y ese hombre de rasgos “turcos” del que la dueña de la residencia, Frau Wittmann, aconseja desconfiar, comparten algo con la narradora: la sensación permanente de no pertenecer. La residencia estudiantil en la que se desarrolla la mayor parte de la novela, donde vive rodeada de jóvenes de distintas nacionalidades, es para ella una forma de soledad. Sin embargo, el suyo no es un hospedaje pasivo ni meditabundo. Rápidamente se encuentra envuelta en una serie de eventos extraños e inesperados que la obliga a la acción y comienza a frecuentar a los personajes más impredecibles, como la libidinosa y brusca señora Takahashi, o Joseph, el amante gay, todo a una velocidad de vértigo frente a la cual ella, embarazada al fin, reacciona a veces con un oportuno vómito a los zapatos del interlocutor. 

La convivencia de nacionalidades es también convivencia de voces. Maliandi logra reflejar eso con un inteligente uso de la oralidad y el diálogo. El amante, que utiliza un alemán simple para un cumplido sobre el buen sexo de la noche anterior (“dormí bien”), el neutro de la nipona Señora Takahashi (“¿Piensas que los estudiantes extranjeros tendrán más relaciones sexuales que los alemanes?”), la tonada del tucumano (“y a mí me parece que estajermosa”). En la comunidad que empieza a gestarse nunca está todo dicho ni aclarado, y todos los personajes conservan su cuota de misterio, incluso aquellos más aparentemente ingenuos y transparentes. “Hay dos cosas que me angustian en la vida. Una no te la puedo decir, la otra es que se metan con mi familia”, le dice Miguel Javier. Esto enrarece gradualmente la trama sin desvirtuarla del todo, manteniendo un delicado equilibrio entre una novela que reflexiona sobre la condición de extranjera (de un país, de un idioma, de un cuerpo) y la seducción de un enigma. 

La escena de los expatriados en la literatura local aparece muy de vez en cuando, como en Phoenix, de Eduardo Muslip, o en el relato Acto de fe, de Sonia Budassi. Pero quizá sea en Andamos huyendo Lola, de Elena Garro -publicado en 1980 en México por la editorial Joaquín Mortiz, traído a la Argentina en 2011 por Mardulce-, donde La habitación alemana halla un antecedente más afín. En el extenso relato de la mexicana que da nombre al conjunto, un herrumbroso edificio neoyorkino acoge a una madre y a una hija de Connecticut que compartirán con varios refugiados una temporada en la que todos desconfían de todos. La paranoia toma la forma de la mafia detrás de nacionalidades y nombres tan dispares como “la soviética”, la aristócrata señora Fedra Bucci Basso Bass, el abogado Alfred Green (el único que tiene calefacción), Lucía y Lola y Joe (el único negro), Ken (“el único muchacho en Nueva York que todavía no es homosexual”). También aquí encontramos un enigma (un crimen) y una prosa ágil, con sucesión vertiginosa de eventos, pero además comparte con la novela de Maliandi cierta reflexión inevitable sobre los tiempos idos. “Los agradables fantasmas de su infancia: golosinas, juegos y jardines, le parecieron banales, abolidos. Ese mundo ya  no existía. Ahora nadie baila, se dijo y se miró las manos pálidas, delgadas, quietas sobre su bata azul.” 

En Heildelberg bailan los estudiantes de la residencia en un karaoke que no termina bien. La huésped de La habitación alemana actualiza algunos recuerdos, como sucede con el amigo de la familia, Mario, convertido ahora en “Herr professor” de la universidad, un exiliado que nunca pudo volver al país. Cuando alguien vive tanto tiempo en otra parte, ¿su patria sigue siendo su patria? ¿Cuál patria? ¿La que abandonó mucho tiempo atrás y todavía duele en la memoria o la de hoy, que aún salda cuentas pendientes con el pasado? Por suerte para los lectores, la novela no ofrece respuestas tranquilizadoras, pero tampoco es indiferente. La narradora oye hablar al tucumano sobre su Tucumán natal y piensa que no comparte con él una patria común. Sin embargo, unas páginas más adelante, Mario le hace un pedido conmovedor: quiere sus cenizas esparcidas en el bosque de La Plata. 

Cuando las aguas se aquietan (aunque la novela no descansa casi nunca), la condición de la narradora se revela en toda su crudeza. Dice ser “Una persona inútil que deambula por una ciudad inverosímil”. Admite que “(…) no es una plan volver al lugar de la infancia sin ningún proyecto adulto”. Todo viaje implica una pausa de lo cotidiano. El reverso de los viajes, el precio a pagar, mayor o menor dependiendo de la extensión y la intensidad de la travesía, es el regreso a casa para afrontar una montaña de postergaciones y conflictos a resolver. La novela se detiene un paso antes, todavía en la incertidumbre. Como en esa infancia referida por Becerra, se detiene en un lugar donde es todo víspera, incierto porvenir.