RESEÑA

Más allá de las ultimísimas fronteras de la experiencia humana

Por Matías H. Raia

 

La máquina de rezar, tercera novela de Bob Chow en el lapso de dos años, viene a confirmar los recursos narrativos ya presentes en las anteriores, que le permitieron acceder a una sorprendente visibilidad. Personajes desorientados en paisajes exóticos que se valen de estrategias diversas para escapar del tedio cotidiano, hombres y mujeres sin un rumbo preciso ignoran adónde los llevarán sus pasos. Utopías tecnológicas, drogas premium, terrorismo friendly, citas y referencias culturales pop, formas de evasión, fragmentos de una historia que condensa los miedos contemporáneos en el confort de un destino predecible. En otras palabras, bienvenidos al fin de la historia.    

 

La máquina de rezar
Bob Chow
Bs. As, Editorial Marciana, 2016

 

En La máquina de rezar, de Bob Chow, no pasa nada. O mejor, no pasa nada hasta que el protagonista enciende la máquina de rezar y ahí sí parece ocurrir de todo: drogas, amor, turismo, violencia, extraterrestres y, claro, paranoia. Y sin embargo… 

Efectivamente, se esfuerza la máquina de noche y de día y el protagonista conoce a Valentina en Amsterdam, prueba una marihuana increíble llamada Alien Technology y, luego, a los dos les sale una película para filmar un Batman alternativo, trash, tercermundista. Se van, entonces, para Irak, lugar elegido como locación. Llegan a Bagdad, parque de diversiones del mal, y filman, filman y filman esperando nuevas instrucciones del director, directivas a distancia. Además de filmar, cojen y fuman y andan por ahí, embelesados por el territorio en el que cayeron, como aliens recién llegados a la Tierra. En este punto, como en El momento de debilidad (Nudista, 2014), Chow construye escenarios exóticos para personajes que son turistas y que no hacen demasiado. Más bien, son diletantes del siglo XXI: fuman hierbas premium, leen a Lacan, manejan un registro spanglish, pasean por lugares distantes y llamativos, tiran todo el tiempo referencias a la cultura pop, tienen un trabajo freelance que les permite perder el tiempo, sin preocuparse del todo. 

En La máquina de rezar, a través de este tipo de personajes, se presenta un tiempo detenido. Después del fin de la guerra, del fin de la historia, un hombre y una mujer se aburren suspendidos entre los espejos de colores del exotismo, en un antiparaíso como Bagdad: 

Olíamos a humo y teníamos los pelos electrizados pero el chofer de aquel auto que explotó había atajado doscientos disparos. Saqué la cámara y me puse a filmar. No, no estábamos en Second Life. Este era el Bagdad real de posguerra y seguía roto (p. 83). 

Así, una road story se va construyendo en la novela de Chow: el protagonista y Valentina recorren las rutas de Bagdad, observan bombas y atentados, reciben la mirada dura de los hombres, aguardan nuevas noticias de la parte occidental de Europa. Ella y él se filman todo el tiempo, la amenaza en Irak está ahí pero en la realidad no ocurre nada (ni siquiera aquello que se construye en esa otra gran fábrica de ficción: los medios de comunicación masiva). Así, la tierra de Saddam Husein termina siendo una suerte de decorado temible o se conoce en un recorrido irónico por los territorios del mal, un infierno velado que no se manifiesta nunca. Bienvenidos al desierto de lo real.

 Con la máquina de rezar funcionando, las cosas suceden y, sin embargo, son un espejismo. Se puede pensar ese artefacto diseñado por Chow como la máquina de movimiento continuo que buscaban los alquimistas. Se enciende, no se detiene y da la sensación de que los eventos ocurren gracias a ese zumbido, a ese mecanismo en funcionamiento. Pero: ¿qué es una máquina de rezar? ¿Para qué puede servir? El protagonista enciende la máquina y vuela todo, se abre el telón, arranca el viaje. Pero también la máquina de rezar es el rezo islámico, incesante, de fondo, y Charlie Hebdo y todas las referencias a ISIS, a los musulmanes, y a Irak que aparecen en la novela. Chow trabaja con la condensación de los miedos contemporáneos en ese fenómeno alucinante llamado ‘terrorismo’ (ya lo había hecho en El Águila ha llegado con China y los asesinos seriales; y en El momento de debilidad, con África y los secuestros). Porque si hay que reconocer algo en la narrativa de este sujeto es su profunda actualidad, sus referencias constantes a nuestro tiempo, su particular codificación de la vida contemporánea.

Quizás, sobre todo, el artefacto de La máquina de rezar remita a internet: una realidad alternativa posible porque están funcionando máquinas en algún lugar de la tierra. ¿Dónde están esas megacomputadoras, esos cables, esas cosas que generan el sistema para sostener internet? ¿Cómo carajo funciona esto? Alguien las encendió y wow! Bienvenidos a lo imaginario! Second life pero también YouTube. O la vida proyectada en technicolor virtual. La vida en pantalla, en continuado. Al protagonista y a Valentina les pagan para filmar una película en Irak, una versión berreta de Batman, y ellos se filman a sí mismos como adolescentes, youtubers que se registran cogiendo o paseando por lugares exóticos. Pura superficialidad y pura vacuidad. Se trata de filmar todo el tiempo, como un experimento vanguardista, después se ve qué se hace con todo eso. Bienvenidos, de nuevo, al desierto de lo real. No es casualidad que el protagonista se la pase leyendo un seminario de Lacan para tratar de entender qué sucede a su alrededor. Bienvenidos al fin de la historia. 

En la novela de Chow, en principio, no pasa nada porque ya no puede pasar nada. Solo queda filmarse entre las ruinas iraquíes, sacarse fotos junto a desfiles militares norcoreanos, enviarse mensajes de wassap al calor de la violencia globalizada desde un país tercermundista que elijamos (o desde la mismísima Paris, ciudad en donde se enciende la máquina de rezar). Ya no es posible acceder al acontecimiento, ya nos hemos salido de la historia y aunque haya una máquina de rezar que active las cosas y las ponga en movimiento, sigue tratándose de una emisión de ondas, una oleada de confianza en que algo puede todavía suceder. Eso simplemente un rezo, una plegaria. I say a little prayer for you.

 Y sin embargo… La máquina de rezar habilita un plano en el que la historia puede continuar, en el que las acciones ocurren y hay posibilidad de experiencia. El protagonista es un dibujante argentino encallado en París, luego, aburrido en Bagdad, pero en un momento dado rompe con ese tiempo suspendido, dibuja una historieta y aparece un superhéroe: el Ultravisitor. Ultravisiteur, je suis le ultravisiteur. Y ahí, en el plano de la ficción, en el mundo de los cómics, en el relato enmarcado, sí ocurren cosas y el Ultravisitor, un comechingón que habla inglés, sufre y lucha y busca y vuelve. Como ocurría en El Águila ha llegado, el relato enmarcado abre la puerta de lo imaginario que es el verdadero camino al aeropuerto, a lo real: 

Cuantos menos eventos en la vida real más abundante será la fantasía de los cómics. Llego a pensar que la fantasía no solo es el escape de una realidad insoportable o, en el mejor de los casos, aburrida. La fantasía construye la realidad. Esto es fantasía, aquello realidad. (p. 95)

La fantasía en la novela de Chow aparece como escape de las redes del fin de la historia, como oasis en el desierto de lo real. No solo se limita a la historieta que construye el protagonista en Bagdad, el vaporizador con la Alien Technology y los seminarios de Lacan también son drogas de lo imaginario. Y habría que ver también a la máquina de rezar en esta serie, porque si bien todo lo que se genera a partir de su funcionamiento es ilusorio, por un momento Valentina y el dibujante creyeron que comenzaba una aventura, que el aburrimiento iba a tener fin con cámara en mano en el lugar más peligroso de la Tierra. No fue así y, entonces, siempre quedan la ficción, las drogas y la filosofía.

A partir de esa confluencia de tramas, el turismo cinematográfico en Bagdad y la historieta, el relato de La máquina de rezar se acelera, como en una historia de Copi, y pierde el rumbo: “¿Existe esa persona que sabe adónde va? Cuando empiezo a dibujar una historia de cómics, no sé qué quiero ni adónde voy. Me sirvo de frases al azar”. (p. 66) Y todo derivará en la paranoia de los últimos capítulos, en el regreso a Amsterdam del dibujante solo para que lo imaginario de la historieta transmute en la mirada paranoica de lo real y el protagonista comience sí a vivir realmente una aventura con ribetes de espionaje y amor de cine clase B. Se aceleran las acciones, el mecanismo de la máquina se mezcla con el humo de la marihuana ―una máquina de humo― y se abre la puerta al delirio, la sospecha y, otra vez, la fragmentación y el azar marca Bob Chow. Esta novela de Chow, La máquina de rezar, ilumina con las palabras de su protagonista: 

Al final, inevitablemente. Hoy ya no tenemos una espada en el puño. El día no daba para otra cosa que viajar con Salvia 80, más allá de las ultimísimas fronteras de la experiencia humana. Solo ‘tocar y volver’. Lo que no entiendo… lo que no entiendo es cómo son pocos los que intentan este viaje ‘ineludible’ con Salvia divinorum, extracto de la mayor potencia. Vuelvo enseguida. (p. 195)