ARTE

El cinismo es una forma de perderse el mundo

Por Maru Leonhard

 

Cincuenta años después de su mítica inauguración en el Instituto Di Tella, La Menesunda de Marta Minujín y Rubén Santantonín tiene su reconstrucción histórica en el Museo de Arte Moderno con la misma estructura laberíntica. Disfrutar hoy de esta experiencia multisensorial supone despegarse de los prejuicios y mirar todo con renovada inocencia.

 

 


No es necesario que expliquen y sin embargo: entran suben la escalera a la izquierda después a la derecha ven los televisores al fondo después bajan y vuelven a subir y pasan por las luces y vuelven a entrar y ya después van para el otro lado y bueno eso. Intento repetir las palabras que acaba de escupir el guardia, pero él me interrumpe: no te preocupes, igual está todo señalizado. La entrada a "La Menesunda según Marta Minujín" se desdibuja un poco y entro con un sinsabor contagiado por el desgano del explicador; por suerte, en el instante que atravieso la silueta humana recortada en el acrílico flúor, me olvido de todo.

La Menesunda según Marta Minujín es la reposición de una ¿muestra? ¿experiencia? ¿performance? ¿juego artístico? que se realizó por primera vez en el año 1965 en el Instituto Di Tella. Creada por Marta Minujín y Rubén Santantonín y con la colaboración de varios artistas (Pablo Suárez, David Lamelas, Rodolfo Prayón, Floreal Amor y Leopoldo Maler), La Menesunda (en lunfardo: quilombo, confusión, mezcla) es una estructura laberíntica por la que se atraviesan estadíos mentales, físicos y hasta psicodélicos: entramos a una heladera Siam donde el frío y el blanco de los tubos nos hace sentir comida congelada, nos paramos frente a un teclado telefónico e intentamos adivinar la clave que abre la puerta que nos liberará de ese pequeño espacio oscuro en el que no caben más de dos personas. Espiamos la cabeza gigante de una mujer. Nos atrapan unos almohadones colgantes que presionan hasta hacernos sentir que estamos atrapados entre vacas colgadas en un matadero. Caminamos en un entramado de intestinos y escuchamos los líquidos atravesándolos y la experiencia se vuelve entre surreal y potente, entre infantil y conceptual.


En 1965, el revuelo que causó fue de la mano con la provocación que proponía. La Menesunda venía a instalar lo extraño en el mundo del arte, venía a sacudir al espectador. A volver la obra, vivencia. Es por eso que en aquel momento no solo había colas interminables sino un escandalete mediático: “¿Algo para locos o tarados?”, “¿Te chifla el balero? ¡Andá a ver La Menesunda!”. No es posible la comparación: el escándalo de antes no podría ser el mismo hoy y sin embargo ahora, sin revuelo mediático que la rodee, La Menesunda queda sola, una experiencia que habla por sí misma. Ahora queda el laberinto ese, en el medio de un museo, recreado desde el primer hasta el último centímetro: el trabajo de restauración implicó, además de texturas y formas: olores, actores, temperaturas.


Mezcla precisa entre juego y reflexión, apenas accedemos a La Menesunda, lo primero que se ve es a uno mismo en varias pantallas de un circuito cerrado de televisión. La obra también soy yo. El cuarto de luces de neón es el cuarto del niño que después espía el cuarto de los padres y recibe una sonrisa amable de la pareja que está acostada, escuchando música y leyendo diarios de aquellos días. Yo les devuelvo la sonrisa y me emociona un poco que el arte también pueda estar ahí, en lo cotidiano. Cuando la vendedora de Miss Ylang me explica -de nuevo, me explica- que tengo que subirme al banquito y mirar por el agujerito lo que escucho entre sus palabras es vení que yo te muestro porque sino vos no vas a darte cuenta. Me ofendés, chirusa.

Las explicaciones a la largo de La Menesunda son, sin dudas, lo único que huele a rancio en una experiencia que sigue vigente cincuenta años después de su primera puesta. Pareciera, incluso, ir en contra de la experiencia misma, de la estructura laberíntica, de la confusión, de perderse entre pisos acolchonados y paredes agujereadas, de no saber qué es ese lugar, cómo se camina, cómo se vive.

Antes de entrar a La Menesunda, y aunque la advertencia suene ingenua, la única explicación debería ser: Los prejuicios dejalos acá. El cinismo también. El cinismo es una forma de perderse el mundo y los cínicos nunca van a disfrutar de La Menesunda, que es para curiosos y para inocentes. Para los que además de cuestionar el arte, quieren vivirlo con el cuerpo. Es para alguien que se anime a abrazar un tubo colgante. Para alguien que tenga ganas de sentirse atrapado en un sinfín de intestinos. Es decir: no es para todos. Es para el inocente que, así como Alicia atraviesa el espejo, camina a través de una heladera y está convencido de que está dentro de una heladera, para luego llegar a una habitación de espejos donde, posiblemente, y si dejó los prejuicios y el cinismo afuera, termine conmoviéndose como no le sucedía en mucho tiempo.

En la sala de espejos hay: luces, papel picado, ventiladores. Un cubículo donde se entra de a uno. Abro la puerta del cubículo de vidrio y veo la plataforma donde tengo que pararme. Y me paro y cierro la puerta detrás de mí. Las luces se apagan y sólo quedan encendidas unas luces negras, los ventiladores, el papel picado volando. Me miro así, multiplicada por un millón, en todas las paredes espejadas. Me miro así, disimulada entre los papeles volando, con los dientes y las uñas brillantes, casi fosforescentes. Me veo clonada y a la vez desarmada, rota en millones de pedazos, con el papel picado alrededor, podría ser una explosión de mi propio cuerpo. Y siento que puedo quedarme ahí, para siempre, resguardada por el cubículo, escondida entre todos mis reflejos, segura de estar ahí pero también segura de que, cuando salga, seré un poquito mejor.

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La Menesunda según Marta Minujín puede verse de martes a domingo de 12 a 18hs en el MAMBA, San Juan 350 (entrada $20, los martes, gratis). Finaliza el 22 de Mayo.