RESCATES

Los beneficios de la profesión de militante

de Jules LEMAÎTRE

Aun cuando les demuestren a los militantes que sus jefes políticos viven a todo lujo burgués, los compañeros no se van a escandalizar por eso. Porque los militantes de las bases, lo único que quieren es escuchar de sus líderes determinadas palabras y consignas, afirma el crítico y escritor Jules Lemaître. En esta traducción de Susana Viau y Alfredo Grieco y Bavio, los argumentos que expone el autor francés a fines del siglo XIX no perdieron vigencia, y sirven como testimonio del trabajo con la amiga ausente.       

 

“Las ventajas asociadas
a la profesión de militante”.
Los contemporáneos, 7ª Serie.
Traducción de Susana VIAU y
Alfredo GRIECO y BAVIO

Son numerosos y considerables

Las opiniones militantes son las más favorables de todas a la elocuencia. Sueño de justicia y felicidad universales, amor de los débiles y de los oprimidos, maldición y condena de una sociedad podrida; éxtasis profético, piedad, cólera, rebelión, son, qué duda cabe, actitudes generosas y ventajosas, y también temas quintaesencialmente oratorios. Jamás una idea ingrata o deprimente, nunca una de esas ideas que de inmediato vuelven a quien las formula sospechoso de insensibilidad o de egoísmo. Jamás esas ideas que evocan que la realidad no es tan simple, o que el hombre, incluso si es popular, e incluso si es militante, no siempre es un animal tan amoroso, ni tiene por qué serlo. 

En cambio, la profesión de militante hace que el militante sea siempre bueno. A fondo, en todas las circunstancias. Bueno en la parte afirmativa: el sueño; bueno en la parte negativa: el odio.  Y así como algunos hombres son elocuentes porque son militantes, hay otros que, aun a su pesar, fueron militantes porque habían nacido elocuentes. Algunos que, empezando con una posición crítica tímida y centrista, no se pudieron detener hasta que encontraron la militancia, ese lugar que les permitía el despliegue total de su elocuencia magnífica, violenta y vaga. Llevados por su lengua, arrastrados por su propia seducción, llegaron a creer que cumplían una misión, cuando no hacían más que desempeñar un papel natural y fatal.

Por otro lado, ¿quién les podría haber advertido? El militante tiene algo muy cómodo, y es que se desliga de todo escrúpulo con respecto a las ideas. En teoría, es optimista, absolutamente, y sin examen; cree en la cercana, inmediata realización de la fraternidad universal, de la redistribución igualitaria y duradera de los bienes de la tierra y de los productos del trabajo. En la práctica, el militante cree que el obstáculo a la realización de ese ideal no se encuentra en la condición humana, sino en el egoísmo, la dureza, la avidez, los vicios, los crímenes voluntarios, los complots premeditados de una única clase, los enemigos de la nación y del pueblo.

En consecuencia, el militante se libera también de todo escrúpulo con respecto a los hechos. Para el militante, el fin justifica y santifica los medios. Si su ideal social, predicado a los interesados de una manera que les resulta persuasiva, en realidad sólo acaricia sus instintos y alimenta sus apetitos; si ese ideal es movilizador, y los impulsa a rebeliones que, justas en su origen, se van corrompiendo a medida que crecen y se difunden, se tornan desastrosas para las bases, y las dejan a la vez menos buenas y más miserables, al líder militante esto no le importa nada. Porque admite, por definición, la legitimidad de la violencia y de aquellos ciegos movimientos populares que, necesariamente, por el sólo hecho de moverse, matan víctimas inocentes. Los líderes nacionales y populares, ¿no están absueltos de antemano de todas las consecuencias de sus actos gracias a la belleza de sus sueños? Y los que descreen de estos ideales y obstaculizan su realización, ¿no son siempre, y en todos los casos, los únicos responsables de todos los sufrimientos de los oprimidos, e incluso, llegado el caso, también de sus crímenes?

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Y aquí ocurre algo maravilloso. Resulta que a cambio de esas ventajas, el líder militante no impone a los militantes ni un sacrificio difícil, ni el ejercicio de ninguna virtud particular. Los militantes modernos, que en filosofía social son unos soñadores intrépidos, también son, casi todos ellos, unos decididos materialistas.

Los abanderados de la militancia tienen la buena fe de reconocer la legitimidad de los apetitos que ellos halagan o que desencadenan. Así como predican a los compañeros un ideal que sólo puede ser alcanzado por el sacrificio voluntario y el progreso moral de cada uno y de todos, de ningún modo les exigen ese perfeccionamiento interior, y, por supuesto, tampoco se sienten obligados ellos a ningún sacrificio.

Con recíproca buena fe, los compañeros tampoco les piden a sus líderes que sean virtuosos, ni austeros, ni excepcionalmente redistributivos. Aun cuando les demuestren a los militantes que sus jefes políticos viven a todo lujo burgués, los compañeros no se van a escandalizar por eso. Porque los militantes de las bases, lo único que quieren, es escuchar de sus líderes determinadas palabras y consignas. Nunca sufrió un militante el menor resentimiento porque tal o cual intelectual también militante fuera rico, llevara una vida elegante, y en el fondo despreciara al pueblo. No, al contrario, lo respetaron, lo difundieron entre las redes de su existencia social, como si fuera un instrumento de la reputación y fortuna de las ideas militantes. Esta tolerancia es encantadora, y muy hábil. (En verdad, no es por una vinculación lógica de las ideas, sino por un encuentro accidental, que nosotros vemos cómo una doctrina militante se ha unido con ideales de redistribucionismo franco y crudo; en verdad, el espíritu militante podría tener, en política, como conclusión necesaria, la monarquía absoluta.)

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Un orador militante puede estar seguro de algo cuando discursea en el Congreso desde su banca de diputado o de senador: no lo van a dejar solo. Va a estar sostenido por los aplausos, los gritos y los chiflidos de los suyos. Por si esto fuera poco, los militantes pueden gozar de la certidumbre casi total de que la posteridad nunca va a tratarlos con excesivo disfavor. Que se va a pensar que los violentos y los feroces trabajaron por la justicia social.

Termino: ¡qué profesión hermosa, la de militante! ¡y qué poco difícil! No es que la de republicano no tenga también sus bellezas. Pero no tiene sus ventajas. La profesión de militante es la que estorba menos al interés personal, a la vez que lo dota de todas las apariencias de respetabilidad.

 

 

Nota Retroductoria

Conocí a Margarita Perata y a Susana y Mónica Viau hace un cuarto de siglo, en el barrio porteño de San Telmo, en el ph de Gaby Esquivada y C.E. Feiling en la calle Carlos Calvo. Fue, de mi parte, amor a primera vista; con el tiempo, creo que fui un poco correspondido. Trabajé después con Susana en Página/12, hasta que renuncié, y en Crítica de la Argentina, hasta que el diario, que fue sólido, se disolvió en el aire, y renunció a todos nosotros. En los últimos días de las víctimas –nosotros, los periodistas-, Susana venía muchas veces hasta mi banco –los periodistas teníamos bancos como pupitres los escolares-, se acodaba, y mirábamos videos musicales en YouTube, en muchas horas muertas, como el favorito “Si la photo est bonne”, de Barbara. O leíamos algo juntos, en las pantallas, como este texto del abundante crítico decimonónico francés Jules Lemaître (1863-1914), de religión católica y política anticolonialista (había enseñado dos años en Argel), que nos divertimos en traducir, en esos años del perpetuo Bicentenario argentino de 2010, en los que militante significaba militante kirchnerista, y a los que se refiere el soberbio libro póstumo de Susana, La reina de corazones no es más que un naipe de la baraja.