RESEÑA


Exilio, sarcasmo, astucia

Por Germán Lerzo

 

La reciente traducción y publicación de La Reserva Nacional Pushkin, de Sergéi Dovlátov, representa un buen motivo para descubrir a un autor irreverente, de una delicada agudeza, que logra captar el absurdo del pueblo, la cultura y el Estado rusos, a través de la mirada de un escritor malogrado en busca de su destino.   

 

La reserva nacional Pushkin 
Sergéi Dovlátov
Añosluz, Buenos Aires, 2016

 

“Cuanto más artístico es el talento del oponente ideológico, más peligroso es. Así sucede con Sergéi Dovlátov”. Con estas palabras, que tienen la forma de una sentencia judicial, la policía secreta de su país describía al escritor ruso. Hijo de un padre judío y una madre armenia, Dovlátov nació en 1941 en un pueblo llamado Ufa, vivió en Leningrado donde estudió Filología en una universidad de la que fue expulsado, hizo el servicio militar durante tres años, fue soldado del ejército en Siberia –experiencia que narra en su novela La zona–, estudió periodismo, se desempeñó como cronista en la revista Kostior (La hoguera), escribió un centenar de cuentos que nunca le publicaron en su tierra natal y entabló una amistad de juventud con el escritor que luego recibiría el Premio Nobel, Joseph Brodsky. En 1980 partió al exilio hacia Estados Unidos donde tuvo mejor suerte: trabajó como periodista, escribió sin pausa, publicó doce novelas y algunos cuentos en The New Yorker, un logro que su amigo Kurt Vonnegut le envidiaría sanamente ya que él no lo pudo concretar habiendo nacido en ese país, gozando de un prestigio mayor como escritor. Semejante experiencia vital lo acercó a los hechos y las circunstancias que un agudo observador como Dovlátov no iba a desaprovechar para desarrollar su obra. “Mi escritura se convirtió en un anexo a la vida. Una adicción sin la cual la vida se habría vuelto completamente obscena.” Y así lo hizo, con una combinación exacta de sarcasmo, crítica social y un estilo llano, directo que caracteriza su obra. 

Para los lectores argentinos a quienes las novelas de Sergéi Dovlátov nos resultaban de difícil acceso, la editorial Añosluz acaba de publicar su novela La Reserva Nacional Pushkin (1983), seguida de los cuentos "Ariel" y "La uva", que cuenta con una excelente traducción al castellano (rioplatense) de Irina Bogdaschevski. La misma casa editorial promete la inminente publicación de otra novela del autor, El oficio. 

 

La prosa de Dovlátov, precisa y lacónica, parece surgir de la oralidad, lo que le aporta una dinámica particular a su escritura, que todo lector agradece. Dueño de un humor irreverente que domina a la perfección, en su novela abundan las escenas donde el ojo clínico del narrador detecta el absurdo en los hábitos y costumbres de las personas que lo rodean, de las instituciones en las que se desempeña y del Estado omnipresente que lo vigila, para ofrecernos una imagen exacta de los mecanismos obtusos que rigen la vida cotidiana en la ex Unión Soviética. “La carencia de los dones profesionales se compensaba por una absoluta lealtad política”, sostiene. “He notado en general que la decadencia es mucho más precipitada que el progreso. Peor aún, el progreso tiene límites. Pero la decadencia es ilimitada.” 

La Reserva Nacional Pushkin gira en torno al derrotero existencial de la vida de Boris, un escritor fracasado y alcohólico al que su mujer, Tania, y su hija han abandonado. Para ordenar su vida, se postula como guía turístico durante la temporada de verano en las colinas de la Reserva Nacional Pushkin, suerte de casa museo del padre de la literatura rusa. (Los datos biográficos de Dovlátov indican que el autor se dedicó a esta tarea entre 1972 y 1975.) Así, Boris, su alter ego, para quien “la vida se extendía alrededor como un inabarcable campo minado”, debe sortear una absurda entrevista laboral en la que lo único que importa a la mujer que lo evalúa es cuánto amor siente por Pushkin y por la obra de Pushkin. El protagonista evita formular su opinión verdadera sobre el prócer literario con respuestas esquivas. Pronto sabremos que el mayor poeta de la literatura rusa le parece un “simio demente”, y unas páginas más adelante leemos que “cuanto más profundamente conocía a Pushkin, tanto menos ganas tenía de hablar de él. Cumplía mecánicamente mi papel, cobrando un dinero bastante bueno”. Al mismo tiempo, descubre que la mayor parte de los objetos personales del poeta ruso que hay en la reserva no son auténticos, ni la pistola con que se batió a duelo y perdió la vida en 1837, ni su escritorio ni nada. Todo es una puesta en escena, una simple ornamentación, una vaga reconstrucción de la atmósfera que evidencia un artificio, una falsificación de la memoria cultural. 

 

Para Boris, un escritor que apenas supera los 30 años, escribió cientos de cuentos y no ha logrado publicar ninguno, la literatura, los autores y el oficio de escritor representan una suerte de preocupación vital. Suele tener una opinión fundamentada para casi todos los temas, con la que resume gran parte de su pensamiento: "Pushkin cortejaba a las mujeres... A Dostoievski le encantaban los juegos de azar... Los vicios eran rasgos naturales de los genios, en la misma medida que las virtudes." O por ejemplo: "Nuestros pintores tienen ciertos objetos preferidos en los que no hay límites para su impulso e inspiración. Son, en primer lugar, la barba de Karl Marx y la frente de Lenin."

El mayor problema del protagonista consiste en llevar la vida de un artista, con todos los sacrificios y rutinas que esto supone (“la familia es la muerte del escritor”), sin haber logrado escribir y publicar en veinte años tan solo un libro. Su condena es repetir los gestos correctos para convertirse en escritor en el país equivocado. Por eso evalúa todo con la vara del cinismo, representando el mundo desde la sátira y la parodia. El es un genio incomprendido que goza de un talento invisible para los lectores invisibles que nunca conocerán su obra. Y su vida no puede más que zigzaguear por el borde del fracaso y una subsistencia poco digna con la que intenta afrontar la experiencia desgraciada que le tocó en suerte. Durante su estadía en el pueblo cercano a la Reserva de Pushkin, le alquila una habitación a un tal Mijail Ivánovich, un borracho crónico que solo exige como pago seis botellas de vodka de dudosa calidad y se comunica a través de la combinación lingüística de sustantivos y verbos: "su lenguaje se asimilaba a la música clásica, a la pintura abstracta o al canto de un jilguero." Mijail representa para Boris la mentalidad promedio de los habitantes de su país. Una anotación de Dovlátov en sus Cuadernos, reza: "Donde hay vodka, allá está la patria."

A pesar de sus frustraciones personales, el impulso creador del protagonista no se detiene. Durante el día inventa e improvisa anécdotas sobre la vida de Pushkin para los turistas. Durante la noche toma notas, escribe fragmentos aislados, diálogos, búsquedas de tono. “Algo parecido a un compendio, con figuras y motivos mal delineados, agregando –como decía Dostoievski– un cierto matiz de significado elevado.” Los intentos de escribir la gran obra resultan infructuosos. Entonces recuerda las palabras de su amigo Bernovich: 

              "Hacia los treinta años un artista ya debe tener resueltos todos sus problemas. Con una sola excepción. ¿Cómo hay que escribir?"

Sabemos que nuestro héroe aún no ha logrado encontrar una respuesta a ese interrogante clave para concretar su proyecto literario. Tampoco sabe muy bien cómo lidiar con la desintegración de su familia, cuando Tania le propone escapar juntos al exilio hacia Estados Unidos, ya que el gobierno ha tomado una dirección autoritaria, inicia procesos judiciales contra artistas que son acusados de traidores al régimen, la KGB es la organización más progresiva y todo indica que tarde o temprano no se podrá salir del país. Boris tiene un sola y lacónica respuesta: "Si la literatura es una ocupación condenable, nuestro lugar está en la cárcel."

La Reserva Nacional Pushkin, de Sergéi Dovlátov, narra el arduo proceso de formación de un escritor en el marco histórico de regímenes autoritarios, un proceso que los autores argentinos del siglo XIX y XX también atravesaron con ejecuciones y resultados distintos. La novela de Dovlátov ofrece la oportunidad de conocer la obra de un autor sumamente original, cuya narrativa no tiene nada que envidiarle al estilo y el humor de Vonnegut, pero que sorprendentemente carece de la difusión y visibilidad que se merece.