RESEÑA

Resbalar por el declive

Por Juan Maisonnave

 

Una avivada cambiaria típicamente argentina y el afán por concretar una aventura extramatrimonial son los puntos de partida para un viaje fugaz a las tierras de Onetti y el Pepe Mujica, viaje que pronto se convierte en trama de peripecias mínimas y derivas mentales, en vagabundeo con paisaje de crisis existencial. Cruces y afinidades posibles de la última novela de Pedro Mairal con otras ficciones contemporáneas de este lado del Río de la Plata.  

 

La uruguaya
Pedro Mairal
Emecé, Buenos Aires, 2016.

 

El largo día de Lucas Pereyra, el escritor que narra en La uruguaya, de Pedro Mairal, comienza con una voz interior que mete el dedo en muchas llagas de la vida en pareja y la paternidad. Es un monólogo del desencanto. La ocasión de un viaje a Montevideo pone a este escritor cuarentón a rumiar acerca del hastío de la convivencia, la ausencia de un preciado momento de soledad, las enervantes relaciones endogámicas, la “pura realidad” de los hijos (¿hay algo más real, más irreversible que un hijo?), los cuidados íntimos creadores de sospechas (“El triángulo de tu pubis siempre tan setentoso y arbustivo de pronto apareció podado”). 

El largo día de Lucas Pereyra: 17 horas, dos cruces del Río de la Plata, una aventura extramatrimonial, unos dólares que cobrará en el microcentro charrúa, la gozosa suspensión de las responsabilidades. Una planificada cañita al aire para regresar con bríos renovados. Algo así se plantea de movida en La uruguaya. 

El viaje cuenta con jugosísimos mojones, paradas obligatorias en el itinerario mental del escritor que van agregando capas a la novela sin alterar el muy logrado ritmo de la aventura triple -turística, financiera y amorosa- en los barrios y rincones gastronómicos montevideanos. Lucas va reflexionando al paso sobre el lenguaje y sus imposibilidades, el dinero (“la plata había formado mi lengua”); las maneras en que se duerme y amanece con una esposa, esa coreografía de sábanas tibias; la felicidad de los hijos, que dan sentido a la vida de los padres en la misma medida que la drenan; el estado de enamoramiento como una clase de paranoia (esa canción habla de mí, esa película habla de mí); el hijo vuelto padre, preguntándose ahora cosas como ¿cuánto le costé a mis viejos?; la relación entre vida y literatura. 

 

La lupa de Mairal amplía y recorta fragmentos de la sensibilidad, la educación sentimental, y los usos y costumbres de la vida en las clases medias y medias altas urbanas, donde se mueve como arqueólogo de lo ordinario, o como espía (“El hijo sensible de la alta burguesía ilustrada”). Es uno de esos escritores que cuenta con una artillería de recursos que despliega de manera fluida, sin ripios, lo que quizá lleve al lector desprevenido a creer que está frente a una prosa que no ha costado demasiados esfuerzos. 

Con una recurrencia constante a la segunda persona cuando se dirige a la madre de su hijo, que quedó del otro lado del Río de La Plata, el monólogo del narrador todo el tiempo recomienza e ilumina áreas maltrechas del afecto marital, zonas estropeadas, grietas de alcoba. Mientras que a su amante -una chica que tiene algo de punk pero también de Cabo Polonio-, Lucas Pereyra la llama por apellido: Guerra. Código de trampa que resulta desde el inicio funcional a la historia, a veces este Guerra suena raro, confunde, como si en verdad fueran dos viejos amigos destinados nada más que a las cargadas y a los roces leves porque llevar las cosas más allá traicionaría la amistad. 

Es particularmente brillante el pasaje de La uruguaya que aborda algo casi tabú: el momento de la concepción. ¿Cómo fuimos concebidos por nuestros padres? ¿Fue en una noche tórrida y amorosa o por error, en una revolcada bastante intrascendente en la que nuestros progenitores no se cuidaron? ¿Provenimos de un buen o un mal polvo? Mairal narra ese momento con alta intensidad poética: ”(…) después te fui a consolar pero pensando que me iba y me dijiste quedate hoy y mañana te vas, y dormimos juntos y en algún momento de la noche cogimos de una manera distinta, en una especie de lucha de animales que se vienen cayendo en picada en la oscuridad”. 

La uruguaya es la novela sobre la crisis de los cuarenta de nuestra época. Lucas Pereyra aprovecha la escapada ocasional para sumergirse en una saludable regresión -acaso confirmando que los cuarenta de hoy son los nuevos treinta-: fuma porro, pretende acostarse con una veinteañera, se tatúa… Pero ¿es su malestar existencial muy distinto del que experimentaron otras generaciones? ¿La generación de sus padres o los padres de sus padres, por ejemplo? Sin ir tan lejos, ¿cómo eran los cuarenta en los 90? En el relato "El borde peligroso de las cosas" (Nadar de noche, Juan Forn, 1991), leemos: "Los cuarentones clavados en su pasado psicobolche o en la new age."

Un poco más acá en el tiempo se publicó una novela con la que La uruguaya tiene algunas afinidades y podría intentarse un dialogo posible: Era el cielo (Sergio Bizzio, 2007) también parte de una primera persona desgarrada (nadie que la haya leído olvida su escena inicial: la violación a la mujer del protagonista, que Bizzio describe con una minuciosidad escalofriante). Lucas Pereyra y el narrador de Era el cielo tienen 44 y 43 años, ambos escriben para vivir y están atravesados en mayor o menor medida por la literatura. Uno es novelista pago, que cobra a los ponchazos; el otro aborrece ser guionista y destaca la vitalidad de escritura de su novia. Ambas novelas reflexionan con brutal honestidad sobre la experiencia de ser padre. Mairal: “Hace falta esa ignorancia para que continúe la especie, generaciones de ingenuos que se meten en un baile del que no tienen ni idea”. Bizzio: “Un hijo es una industria de producir terror”.  

Quizá sea en las diferencias entre una y otra ficción donde puedan detectarse las marcas de algo parecido a un aire de época. En La Uruguaya fuman marihuana legalizada; en Era el cielo la droga que más se menciona es la cocaína. Lucas Pereyra está atento a lo que se viraliza (el maravilloso Tiranos temblad); el narrador de Bizzio hace zapping. En Era el cielo apenas hay recuerdos de incubadoras y pañales, porque el niño ya es grande y de entrada se presenta con voz propia; en cambio Maiko, el hijo del escritor de La uruguaya, todavía no se expresa con palabras, es aludido pero no participa directamente en la novela. El guionista de Bizzio va y viene con Diana, la madre de Julián, todo sucedió para él antes en el tiempo, y su desencanto toma más carrera: “¿En qué momento empezó a tener sentido haber nacido para que uno sienta  el deseo de hacer nacer?” 

En definitiva, la generación retratada por Mairal parecería tener algunos problemas para asumir la adultez, o lo hace a su forma, en un estadio experimental, permitiéndose recaídas más o menos patéticas o vitales, que huelan a espíritu adolescente, y sobre todo admite una idea, muy distinta a la de sus padres, de lo que es o debería ser una familia.

           
Palacio Savio, Montevideo

 

La uruguaya nos instala en un mundo que uno de inmediato asocia a su autor (lo que en su momento le valió a Era el cielo, entre otras, que le colgaran la etiqueta de literatura del yo). Festivales literarios, crónicas por encargo, amigos poetas, una caminata como germen para un poema, las costuras del proceso creativo. Lucas recuerda el borrador del poema Montevideo, de Borges: “Mi corazón resbala por la tarde como el cansancio por la piedad de un declive”. Borges eliminó la palabra corazón y el poema quedó “Resbalo por tu tarde como el cansancio por…”. El mismo Lucas Pereyra va resbalando por las calles de la ciudad y, a medida que transcurren las horas de ese extenso día, muestra sus propias costuras, su cansancio, su fragilidad, la búsqueda de sentido en ese viaje a las regiones oscuras de su persona. Promediando el final lo dice bien claro: “No te estoy contando para que me cuentes. Sino para explicarme a mí mismo”.