RESCATES

La viuda, el ermitaño y el rey de los perros

Melville ha elegido el paraje más desolado de la tierra para instalar allí un mundo literario cuyos pobladores venimos a ser nosotros, mejor dicho, nuestras almas urbanas atrapadas en caparazones gigantescos, emplumadas en vuelos circulares.

 

Por Daniel Fara

Oscura, triste y lóbrega, cual tumba insatisfecha
que demanda carroña y osamentas;
allí se posa el búho espeluznante,
que grita su agria nota y ahuyenta para siempre
al pájaro risueño de su nido,
mientras en derredor aúllan los espectros.

Edmund Spenser, The Faerie Queene (1590)

 

 

 Dos clases de pusilánimes suelen tropezar con Las Encantadas, los que la consideran una obra menor y los que la encasillan como "relato de viajes". Los primeros merecen comprensión: han leído Moby Dick o lo han evitado cuidadosamente. No hay merced para los segundos, y no hablemos de Darwin ni de Humboldt, el mismísimo Lévi-Strauss de Tristes trópicos habría quedado desconcertado por esa confusión que expresa con dolorosa eficacia el etnocentrismo indeleble de los integrados.

Es probable que Herman Melville, alumbrado por el fracaso y el aislamiento previera la lectura tendenciosa de su texto, escrito en 1854 y publicado por Putnam's Magazine ese mismo año. En 1856 lo incluyó, certeramente, en sus Piazza tales, junto a "Bartleby, el escribiente" y  "Benito Cereno" y, pasado otro año se hundió en un silencio literario que duró tres décadas.

No quisiéramos engrosar la lista de pusilánimes, pero ¿qué viene a ser The Encantadas? ¿una novela? ¿un ensayo? ¿es una fusión de ambas cosas, una fusión que se lee como algo tan distante de un género como del otro? (Borges, que admiraba a Melville, escribió textos parecidos que, por suerte, nunca podremos encasillar.) Digamos, entonces, que, desde un género inclasificable y con un estilo peculiar, Melville nos presenta su visión de esas islas que nosotros conocemos más como "Galápagos" y que, estructuralmente, esa visión está dividida en diez imágenes que componen (de nuevo Borges) una enumeración tan heteróclita como impactante en su apartarse del relato fechado y ordenado de ciertos viajeros que son admirados por sus travesías pero rara vez leídos, quizá por el parecido de sus textos con esas Guías Turísticas que edita Clarin.

Al leer Las Encantadas algo se escapa con cada frase, algo que nunca se dijo. Al igual que en las Galápagos "el sonido principal es aquí el siseo", de la palabra reptante que desaparece cuando iba a clavarse en la espalda del discurso concreto. Sin embargo, lo que perturba no es tanto la evanescencia de los conceptos sino la impresión creciente de que Melville ha elegido el paraje más desolado de la tierra para instalar allí un mundo literario cuyos pobladores venimos a ser nosotros, mejor dicho, nuestras almas urbanas atrapadas en caparazones gigantescos, emplumadas en vuelos circulares, porosas y estériles, mudas y agrisadas como rocas volcánicas. Según la cartografía dantesca de Melville, Las Encantadas son el Wall Street que Bartleby elige para dejarse morir.

En torno a la Roca Redonda, montaña central del archipiélago, se barajan las diez imágenes de las islas. Cinco aluden simbólicamente a la fauna, la flora, el relieve; las otras cinco aparentan retratar caracteres humanos. El primer quinteto describe mutaciones: de montañas en edificios inhabitados, del mar en terreno baldío, de los animales en materia de reencarnaciones. La misma descripción de mutantes es, ella misma, una reescritura continua de Shakespeare, de Milton, de Edmund Spenser y aun, en un nivel más paródico, Defoe se transforma en la soledad de Crusoe. La otra mitad son historias de criaturas que alguna vez fueron personas; de cinco sobresalen tres.

Un hombre sin nombre recibe de la Corona la isla de Charles. En vía de convertirse en tirano (de iguanas y cactus, porque Charles no tiene población humana) aparta de sí a los soldados bípedos que le comisionó el virrey, se rodea de una escolta canina y termina huyendo de la sangrienta batalla que enfrenta a los militares desdeñados y los perros fieles.

Hunilla, una especie de princesa incaica, llega a la Isla Norfolk con su hermano, su marido español y el propósito de enriquecerse obteniendo aceite de tortuga. Un prematuro accidente mata a los hombres en el mar, ante la vista de Hunilla, que luego de enterrar a su cónyuge y al sombrero de su hermano desaparecido, se consagra a hacer marcas en un cayado; cuenta días, barcos que siguen de largo, provisiones decrecientes.

La tercera historia, más simple y más negra, es la de Oberlus, el Ermitaño, esclavista de marinos secuestrados que primero trabajan y luego matan para él a los desprevenidos que desembarcan en la Isla de Hood.

El plan es claro, cada quinteto refleja (invierte) al otro. La apariencia bestial, cerril, encofra espíritus dolientes y delicados. El exterior antropomórfico disfraza lo más primitivo y degradado de la Creación.

Melville, sin embargo, no demoniza su obra. El Mal no es una fuerza autónoma sino el correlato de un Bien no menos devastador. En cada ente, un lado claro y otro oscuro luchan hasta confundirse y confundir al lector positivista cuya cordura dependía, justamente, de una patética confianza en la separación y la opción entre lo malo y lo bueno.

En el no pintoresquismo de Melville, la naturaleza es rediseñada como potencial simbólico, como la escritura cifrada de un demiurgo insular, el propio escritor, que desde su roca (redonda) registra el esfuerzo vano del hombre por maquillar de monocromía la escandalosa coloratura de su ambigüedad.-