RESEÑA

El corazón de las tinieblas

El reencuentro de tres amigos en una travesía por los ríos e islotes de la costa entrerriana, que combina realismo visual con elementos del suspenso, es la propuesta narrativa de Las carnes se asan al aire libre. Una prosa poética con reminiscencias saereanas que propone una nueva mirada sobre los años oscuros de nuestra historia reciente.  

 

Por Germán Lerzo

 

Las carnes se asan al aire libre 
Oscar Taborda
Mardulce, 2016

“¿Qué otra cosa puede verse en el cielo estando muerto
que no se la pueda ver estando vivo?”

 

 

Al cumplirse veinte años de su publicación, el sello Mardulce ha publicado una segunda edición de Las carnes se asan al aire libre, del poeta y narrador Oscar Taborda (Rosario, 1959). Este valioso rescate permite saldar una deuda impaga con el pasado de la narrativa argentina a quienes ignoraron la publicación de 1996 de la Editorial Municipal de Rosario. Y quienes efectivamente lean este libro en 2016, no tardarán en descubrir que esta novela, única del escritor rosarino hasta el momento, parece saldar una deuda con el pasado. O más bien rendir un homenaje, en el que nada queda impago, a la tradición narrativa de la que Taborda proviene, y en la que se nutre para contar una historia visual, poética, enigmática y lenta, que avanza con evidentes reminiscencias saereanas por los meandros de las aguas y los islotes entrerrianos. 

En el año que se publicó la novela de Taborda también salieron a la luz obras de estéticas diversas que gozaron de una repercusión merecida y compartida, como El mal menor (C.E. Feiling), La máquina de escribir (Juan Martini), El salmón (Fabián Casas), Coney Island (Damián Tabarovsky), Punctum (Martín Gambarotta) o El farmer (Andrés Rivera). Al estilo de Las carnes se asan al aire libre le falta afinidad o nexo con estos contemporáneos; en cambio, son múltiples los vínculos que lo unen con el proyecto ya avanzado del escritor santafesino afincado en Francia, Juan José Saer. 

En 1996 se cumplían treinta y seis años de la publicación de En la zona (1960), primer libro de cuentos de Saer que incluía el texto programático “Discusión sobre el término zona”. Uno de los protagonistas –Pichón Garay– sostenía que “un hombre debía ser siempre fiel a una región, a una zona”;  el otro –un tal Lescano– argumentaba la imposibilidad de determinar los límites precisos de cualquier región. Las carnes se asan al aire libre acaso intente responder a ese dilema. Asume que tal fidelidad existe: es la posibilidad de delimitar un espacio que es constitutivo de los personajes tanto como de la trama que esa zona admite dentro de su particular cartografía. En la novela de Taborda, la costa en torno a la prosaica ciudad entrerriana de Victoria ocupa el mismo imaginario narrativo que en la obra de Saer tenía su Santa María, su Macondo mítico guaraní-santafesino, Colastiné. La determinación de una geografía permite configurar un sistema literario como reservorio de imágenes y experiencias, trabajadas con el minucioso registro de la percepción visual de su narrador, que remite fuertemente al estilo y la trama de, acaso, la mejor novela de Saer, El limonero real. 

¿Qué se cuenta, entonces, en Las carnes se asan al aire libre? El reencuentro de tres amigos después de dos meses, dos años o acaso veinte, para una salida de caza y pesca durante un fin de semana. La historia se estructura en cuatro capítulos, cuatro días consecutivos del fin de semana. Viernes, sábado, domingo y lunes, los días que dura la travesía a bordo de una lancha que incluye la experiencia de acampar, emborracharse, cocinar asados en una isla aparentemente segura e inhóspita, cercada por camalotes oscuros. “Más parecido a un picnic que a cualquier otra cosa” dice el narrador en los primeros capítulos, que reflexiona sobre la materia y la tradición literaria del género de su propia narrativa: “Robinson Crusoe no es una novela de aventuras sino sobre la falta de ellas y acá está exacerbado el procedimiento usado por Defoe.” (pág. 57). En ese grado cero de la aventura, en esa reflexión metatextual donde se nos dice que nada sucede nunca a nadie, de pronto pasa algo. Y ese algo convierte lo que parecía una novela de aventuras en un relato con elementos del policial, digno de Conrad; o lo que podría haber sido una película de Cassavetes en una de Chabrol.  Entre riachos, los navegantes pierden el rumbo y en medio de la noche se cruzan, por azar, con un extraño, una suerte de guerrillero, exiliado o sobreviviente. Narrado en clave irónica, disparatada, el encuentro accidentado provoca un giro en la acción novelesca. 

Las carnes se asan al aire libre, cuyo título es una frase extraída del ensayo Lo crudo y lo cocido de Levi-Strauss, cuenta dos historias, una sobre la otra, como figuras avanzando sobre un telón de fondo: la de los tres amigos en recreativa salida de caza y pesca, y la de la política y sociedad argentina en los años setenta, una atmósfera que poco a poco los protagonistas respiran en cada intersticio. La destreza del misterioso narrador, del que no sabemos nada, consiste en contar las dos historias como una; sin que advirtamos las costuras. 

El entrelazamiento está dosificado de manera sutil en la progresión narrativa. El corte de luz que en el primer capítulo deja a oscuras la casa de uno de los protagonistas, se explica mucho después, cuando un control militar en la ruta desvía el camino del vehículo en el que viajan; luego sabremos que ese corte fue el resultado de un atentado a la usina eléctrica local, y que los uniformados buscaban a quienes lo habían provocado.


El autor, Oscar Taborda

Tales referencias históricas, políticas, ubican temporalmente los hechos en una época precisa de nuestro pasado reciente. Pero el narrador no le atribuye a la resistencia armada ningún elemento que pueda leerse como una gesta heroica o dramática. El exilio voluntario del guerrillero en una isla perdida del Paraná se describe más bien con una frialdad distante que tiende a subrayar sus actos como una utopía tragicómica. De modo que los tres amigos escuchan la larga historia de vida y de militancia como un sermón religioso del que no pueden convencerse, así como no pueden mostrarse solidarios con su causa: el hombre es un “pescado”, “trosko” o un “evangelista”, “que había salido de una burbuja venida de otra galaxia” (pág. 88). La revolución permanente se convierte en una batalla perdida, individual y aislada. Al fracasar la idea del "hombre nuevo" la historia sugiere la formación de una nueva masculinidad: la de los tres amigos, triunfante, por oposición a la del militante, débil y caduca. Es entonces que el concepto de la amistad se funda sobre la idea de la complicidad compartida, y los amigos se vuelven cómplices de los actos ajenos. Podría decirse que Las carnes se asan al aire libre es una suerte de versión criolla, salvaje, de Moby Dick que transcurre en las aguas marrones del Paraná.

Hacia el final del relato en el que hemos seguido la peripecia de los protagonistas tratando de sortear obstáculos, resolver problemas inesperados, encontrar el rumbo certero y coordinar un plan para salir de su propio laberinto, no logramos despejar la intriga de qué pasará con ellos ni quién es el que narra. Sobre la embarcación en la que viajan los personajes dice el narrador que dos años más tarde terminará hundida bajo las aguas del río. Pero nada dice sobre el destino de los personajes. En el desarrollo de ese recurso narrativo mediante el cual se acerca a ellos como un testigo privilegiado o elige tomar distancia como lo haría un narrador omnisciente pareciera residir la clave del enigma que propone “para permitirle a uno ser parte de la acción y verse al mismo tiempo desde afuera”. El arte de narrar, parece sugerirnos el autor, no consiste en la clausura del misterio sino en la elaboración sigilosa de su propia posibilidad.