RESEÑA

Las fronteras del horror

Por Horacio Mohando

 

Los cuentos de Mariana Enríquez operan a través de la acumulación de recursos para desacomodar al lector. Los ámbitos son siniestros, ciertos personajes son despreciables o macabros. Las cosas que perdimos en el fuego es también un gran artefacto ficcional que sabe cómo y cuándo desplegar sus armas, con conciencia del lector extranjero para el que traza un mapa detallado, una guía mental para el turista ávido del terror de esta parte del mundo. 

 

Las Cosas que Perdimos en el Fuego
Mariana Enriquez
Anagrama, 2016

 

Things That Lost in The Fire es el título de una película del 2007 dirigida por Susanne Bier. Es, entre otros tantos, un claro ejemplo de lo que resulta cuando el mainstream hollywodense trata de hacer suyos los elementos más comunes del cine indie y pretende dejar asentado que él también es capaz de ser, desde lo narrativo, poderoso en el sentido europeo del término. En este caso en particular está el drama, las drogas, la disfuncionalidad, la banda sonora, dos niños de insoportable ternura. No falta nada. Aun así la crítica menos condescendiente señaló que lo más objetable del film era su explicita y nada disimulada intención de ser ganadora de premios dando como resultado un enorme cliché de dos horas. Una receta con los condimentos suficientes y necesarios para jugar sucio pero de frente con el espectador que busca emocionarse y sumergirse en la ilusión de la empatía. Con cierta benevolencia se puede decir que la película es, apelando al vocabulario pertinente, un poco menos que correcta. La pregunta que surge es, dado que la película no estuvo nominada a premio alguno en ninguna parte, qué es lo que se juzga y no se lo perdona a este tipo de producciones.  ¿El uso común y ya visto de elementos trágicos, el resultado que no puede ocultar su artificialidad o el ser explícito en sus intenciones? Tal vez sea un poco de todo pero lo curioso es la vara moral que aparece en el tercer criterio. Y es acá donde el último libro de cuentos de Mariana Enríquez encuentra, además de compartir título, un punto de contacto, un lugar desde el cual puede ser cuestionado como si fuera una realización con aspiraciones de impacto y reconocimiento. 

La primera aclaración pertinente, casi innecesaria pero útil para los desprevenidos, es que Mariana Enríquez no necesita probar nada. Desde su primer libro ha demostrado ser una escritora sólida, con mucho oficio, irreverente, pero con una delicada soltura para incorporar el lenguaje y la gramática de la calle. Capaz de ensuciar a propósito la poesía de cualquier prosa así como las buenas intenciones de sus personajes, de oscurecer los pasillos que recorren y apestar las habitaciones que los encierran. Mariana Enríquez es una escritora que tiene aula y calle.   

Las cosas que perdimos en el fuego es un libro de cuentos de terror en estado puro. Una decisión difícil pero digna de mención y reconocimiento dado lo poco usual que es encontrar este tipo de elementos en la literatura argentina. Y mayor mérito aún dado el riesgo que se corre al animarse a un género que en la actualidad, en sus distintos formatos, parece condenado a repetir fórmulas, a agotarse y extinguirse hasta en los giros que parecen salvarlo de su muerte definitiva. Mariana Enríquez no parece tener miedo de esto. En sus relatos los fantasmas son fantasmas, las brujas son brujas, la noche y los lugares oscuros están desbordados de peligro. No falta esa herramienta poco mencionada pero siempre vigente en todo tipo de miedo: el pasado. El particular y el colectivo, ese que forma parte y constituye una gran parte de la historia de cualquier país. 

El terror en su forma literaria cuenta con la desventaja de la ausencia de recursos sonoros o visuales para la provocación del espanto. La escritura debe valerse por sí misma, sin ningún tipo de ayuda y con bastante en su contra, si quiere tener el impacto de un hachazo en la puerta. Una de las estrategias de las que Mariana Enríquez se vale para lograr este cometido es la acumulación. Los ámbitos son siniestros, las personas son despreciables. Todos han sido abandonados y traicionados primero por aquellos que se suponía deberían haberlos cuidado, aquello en los cuales confiaban. Este exceso de capas corruptas provoca un efecto anulador y en algunos casos, no sin cierta gravedad, un autoatentado a la verosimilitud de los relatos. Los momentos más logrados son aquellos donde el terror es menos evidente y llamativo pero está presente como una débil pero corrosiva música de fondo. Y también brilla y asusta conmoviendo cuando se corre la obviedad dando lugar a la denuncia de esos horrores que ya no nos asustan solo porque nos hemos acostumbrado. 

La disrupción que se presenta frente a los cánones del miedo es como está planteado el arco narrativo. En su estructura más clásica el terror cierra su círculo en forma de condena seguida de muerte. Pero este final no se da sino media antes un breve período de alivio, un momento donde se está convencido de que se salió victorioso frente al mal, que el exorcismo resultó, que se encontró el talón de Aquiles de los monstruos. En los relatos de Mariana Enríquez esta luz no existe, hay una ausencia total de ese contraste que convierte en tragedia absoluta las pérdidas, falta la bocanada de oxígeno que termina de convertir en espeluznante el ahogo posterior. La oscuridad es total y permanente. Todos y cada uno de los personajes están, se mantienen y terminan con el mismo grado de condena desde el principio hasta el final. Y es extraño que algunos de los relatos terminen justo en el lugar donde la estructura argumental indicaría que está el nudo. Un terror que se acaba justo antes de empezar a terminar. 

Foto de Nora Lezano

 

Mariana Enríquez es, por este libro, publicada por primera vez en España. Y según anuncia en su solapa además se lo encontrará en veinte países. Esto que parece un dato accesorio y externo tiene su influencia en la forma en que determinados párrafos se desarrollan. Las cosas que perdimos en el fuego es un libro con conciencia de mercado. O, si se quiere ser menos cruel y abandonar la campana de la vergüenza con la que fue condenada la película homónima, aparece aquí el lector como elemento constitutivo de la creación literaria. Un pecado difícil de aceptar y por ende casi imposible de perdonar, sobre todo por otros escritores. No existe acá el espacio para el placer culposo o el consumo irónico. Son los lectores justamente los que se toman demasiado en serio a sí mismos como para permitirse semejantes banalidades. Pero la pregunta está hecha y resulta difícil de responder. Que el deseo de venta o llegada a la máxima cantidad de lectores afecte la eficacia narrativa es algo difícil de probar. Por un lado porque para hacer semejante afirmación habría que probar que ese fantasma conocido como lector es un elemento presente desde la génesis misma de los cuentos y porque además la distancia entre intención y resultado es infinita como para ser considerada un elemento de análisis. Ni el tamaño ni la dirección de un objetivo aseguraron nunca un resultado determinado. 

Pero es claro que Mariana Enríquez entiende que la mejor manera de asustar al resto del mundo es diciendo que es argentina. Por eso a lo largo de los relatos se toma tiempo para describir y contar qué es Constitución, qué es una villa, qué tan corrupta es la policía y el sistema judicial. Dibuja un mapa detallado, una guía mental para el turista ávido del terror de esta parte del mundo. Y vuelve entonces la pregunta de si estamos frente a la construcción de un artefacto que pretende, con base en lo conocido, hacernos quebrar el control del cerebro o si solo somos las víctimas de un disparo calculado. Ante la falta de una respuesta satisfactoria nos quedan dos opciones. La racionalidad a la que tanto le gusta vestirse de cinismo o jugar y creer, de verdad, que está en juego nuestra supervivencia ante las terribles pesadillas que están hechas solo de palabras.