RESEÑA

Larga vida al cuento

Por Juan Maisonnave y Germán Lerzo

 

Hoy como nunca, el género cuento halla su medio natural de subsistencia y propagación en las llamadas editoriales independientes. Seleccionamos tres libros de relatos publicados en 2015, tres autores para una lectura simultánea a la que es posible tomar como muestra de laboratorio del buen momento que atraviesan las formas breves: Marta Lopetegui, Alejandro Guerri y Martin Di Lisio.

 



Ya es un lugar común asignarle a ciertos géneros y narrativas un protagonismo lateral, constante pero descentrado, como si sólo pudieran proliferar y entenderse desde una arraigada marginalidad. Y también se han hecho innumerables análisis sobre este desplazamiento aceptado, que vuelven sobre los mismos conceptos una y otra vez -criterio editorial, decisión empresarial, lógica del mercado, pereza-, mordiéndose la cola para terminar concluyendo en buena medida que la difusión de obras de nuevos autores no es la mejor y muchos de ellos no gozan de la circulación que merecerían (algo que nadie tiene que contarle a poetas o dramaturgos, por ejemplo). Pero si la variable que nos interesa es la del lector lúcido, inquieto, atento a lo que se está produciendo, con más de un libro en su haber para una lectura alternada en la que incluye también artículos, reseñas y notas, y, por qué no, trabajando a su vez textos propios, ese lector prescinde de los análisis estadísticos y casi siempre encuentra en las mesas de librerías lo que salió a buscar. Así planteado, el asunto puede resultar algo ingenuo, en especial si pensamos en el bolsillo de libreros, autores y editores de pequeñas editoriales, pero la cantidad y calidad de cosas que se publican no deja de sorprender, y la cantinela sobre las imposiciones del mercado y las defectuosas condiciones en que debe subsistir la buena literatura local, si bien no carece de sustento, no impide la producción de obras estimulantes ni la toma de riesgos.

Tomemos por caso al cuento. Los cuentistas no sólo se las ingeniaron para sobrevivir, como un gesto de resistencia, a través de las pequeñas editoriales independientes que nunca les dieron la espalda a los exponentes del género, sino que en esos catálogos nadie dudaría en calificarlos de absolutamente centrales. Amparados por una tradición cuentística de excelencia, relegada a veces por el formato más omnipresente y redituable de la novela, no resulta extraño que la variedad de buenos y nuevos libros de cuentos persista y se imponga, incluso como un recurso todavía viable para hacer las primeras incursiones en la literatura.

Tres narradores que, en su elaborada diversidad de tonos y estilos, publicaron su primer libro de relatos en 2015, quizás puedan ofrecernos un panorama (incompleto, sesgado) del estado actual del cuento. Hablamos de La permanente y otros relatos, de Marta Lopetegui (Blatt & Ríos); El interior S.A., de Alejandro Guerri (Añosluz); y Pictografías, de Martin Di Lisio (Zona Borde). Cada uno a su manera, Lopetegui y Guerri extrayendo de la experiencia personal un material sensible a partir del cual construir mundos propios, Di Lisio combinando además saberes e influencias rescatados de su propia biblioteca de lecturas, vienen a confirmar con sus proyectos la plena vigencia de una larga tradición, la vitalidad de un género que tal vez suceda en los márgenes, acaso el lugar donde asoma pugnante lo verdaderamente vivo. 

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La permanente
Marta Lopetegui
Blatt&Ríos, 2015


La permanente y otros relatos es un libro de historias breves y luminosas. Marta Lopetegui (Buenos Aires, 1955) elaboró quince relatos donde reconstruye escenas de la infancia, de su juventud militante y de su vida actual en una operación de rescate entre los pliegues nebulosos de la memoria de aquello indispensable para la historia, sin interpretaciones ni rodeos. En una primera impresión el lector podría pensar que los hechos se narran con apuro, como si se estuviera sobrevolando la experiencia desde arriba, lo que impide la observación del detalle que aporta sentido a cierto tipo de realismo literario. Esa hipótesis tendría fundamento si no existiera previamente aquella otra premisa de Horacio Quiroga que decía: Un cuento es una novela depurada de ripios. Lopetegui parece respetar ese consejo ahorrándonos los detalles anodinos, las digresiones innecesarias. Y evita también el elemento moralizante aun cuando se trate de recuperar la historia de jóvenes militantes que creían en la posibilidad de un mundo mejor, que tomaron todas las precauciones necesarias para evitar ser capturados por los sabuesos de la dictadura, aunque las infinitas medidas de seguridad no hayan sido suficientes para algunos, mientras la narradora repite “Qué inocentes”, como toda evaluación de las personas y las circunstancias en el cuento "Santa clara". 

A la experiencia de una niña que va al campo a visitar a los familiares, o la adolescente comprometida con la lucha social y las pequeñas acciones de concientización obrera, se contrapone la de la señora que teoriza en torno al tejido de prendas y pullovers para los miembros de su familia, o la empleada textil que busca calzas térmicas ante la demanda de sus clientes. Y, en los relatos de militancia, a contrapelo de tantas elaboraciones recientes de la memoria que ahondan en el componente épico y sagrado de aquella generación, Lopetegui intenta desacralizar el acercamiento a los años de plomo, asumiendo su participación desde una perspectiva distanciada, que completa el gesto con un tono ligero, usando el recurso del  humor y la sutil ironía en relatos con otras temáticas. Una frase que cierra el cuento “La lupa”, último de la antología, describe con justeza, en una imagen clásica, el recurso al que la autora echa mano para contar la historia de aquella época oscura. En ese cuento, la lupa es usada por los niños para quemar hormigas, y al final del relato, la narradora dice:

“Esto se me ocurrió porque me puse a pensar por qué no soy capaz de poner la lupa en algunas cosas que han pasado, las cuento desde arriba y parece que si puedo las quemo.”

Afortunadamente, la mirada distanciada prevaleció sobre el fragor del revisionismo histórico y el fuego implacable de las cosas.

 

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El interior
Alejandro Guerri
Años luz, 2015

El poeta y narrador Alejandro Guerri (Buenos Aires, 1976) publicó en 2015 el volumen de cuentos El interior S.A., en Añosluz editora, y Letristas, la escritura que se canta (Gourmet musical), un libro de entrevistas a músicos argentinos en coautoría con Federico Merea, otro narrador interesante de quien publicamos dos cuentos incluidos en su primer libro La poética del asunto, también de 2015. El interior S.A. contiene nueve historias. Si se nos permite una valoración subjetiva y estadística habría que decir que cuatro de ellas son muy buenas y dos excelentes, un promedio nada desdeñable tratándose de un primer libro de relatos en el que su autor logra además definir un tono, una forma de narrar que seguramente consolidará con el paso del tiempo. Los cuentos que más se destacan comparten los mismos rasgos que suelen tener las buenas historias: unidad temática, unidad de acción y brevedad. 

Algunas historias de Guerri evocan una suerte de realismo doméstico dentro de la saga familiar: la del niño que descubre sus problemas en la vista y la del adulto que decide operarse para cambiar “su visión de los cosas” en el cuento “Los ojos”;  o los viajes en familia durante los fines de semana hacia una Colonia de Alienados para visitar a un familiar internado en “Open Door”; así como la convivencia forzada con un hermano que acaba de separarse en “El desperfecto”.  En “Las vacaciones del Doctor Castagno” un dentista decide cambiar su vida por completo, hacerse otro (como el personaje Wakefield, de Hawtorne) y seguir los pasos de una empleada de peluquería a la que ama en silencio. En el cuento que da nombre al libro, un chino con un maletín se presenta en el despacho del protagonista para ofrecerle un producto misterioso que es una suerte de aleph portátil y purificador de las emociones. La irrupción de lo extraño en el espacio apacible y cotidiano es un recurso que también se percibe en “El hombre del sillón” y en “El desperfecto”, con un hongo extraño que parece cobrar volumen y vida en un rincón de la cocina.  Y en uno de los mejores cuentos del conjunto, “Colaborador”, Guerri nos regala un retrato desopilante del grotesco contemporáneo de músicos y periodistas en el ambiente del rock local, cuando el protagonista, un joven inexperto dentro del rubro, es invitado a la gira por Rosario del músico español Ramón Pare, un ególatra y arrogante que recuerda los tics del inexplicablemente celebrado por estas tierras, Joaquín Sabina. (Quien haya leído el cuento “Una casa con diez pinos” de Fabián Casas, encontrará cierta semejanza con el retrato irónico de un artista consagrado y las obsecuencias del ambiente, en este caso, literario, que elaboró el escritor de Boedo.) El humor entonces es un componente fundamental que surge del retrato fiel, sin caer en lo caricaturesco, de los tipos sociales: el rockero con delirios de poeta; el hermano cuarentón con su crisis matrimonial y existencial; o el adolescente freak que tiene dificultades para socializar con las chicas (“Jonathan, la película” otra joyita del libro).

Alejandro Guerri se ocupa de algo que parece sencillo pero que no es tan fácil de lograr: concentrarse en los elementos claves para contar una historia, lejos de buscar el encantamiento con frases arduamente elaboradas que denoten una intención vagamente experimental o vanguardista. Sabemos que por ese lado no va su proyecto, cosa que sugiere el narrador de “El desperfecto”: Intenté distraerme con un libro de cuentos que me habían prestado, el título y la tapa auguraban experimentación con el lenguaje. No pude pasar de las primeras páginas, tampoco dormir.

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Pictografías
Martín Di Lisio
Zona Borde, 2015

Finalmente, Pictografías (Zona Borde), de Martín Di Lisio, evoca las impresiones del ojo cauto y deslumbrado del viajero, la sensación de aventura y de peligro del recién llegado a tierras recónditas, a tenebrosas comarcas, a la espesura de la jungla. El mundo expansivo de Di Lisio, reunido en once cuentos por los que obtuvo el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes, pertenece a esa estirpe de escritores que, como Conrad o Kipling o Hemingway, se sienten cómodos en la piel de extranjeros o buscadores de mitos milenarios. 

Partiendo de lo que entendemos por realismo –con la excepción de “El arte de Kyoshi”-, Di Lisio se mueve con soltura tanto en un pasado reconocible y porteño, de arrabales borgeanos y navajas, como en un Japón atemporal, donde conjuga días de nieve y encierro con un artista en su laberinto (de papel), sin descuidar el presente más cotidiano: los fondos de una casa en Adrogué, búnker conurbano con pileta pelopincho en la que recalaron Los Ramones para sus ensayos, pequeño desbarajuste espacio temporal que provoca escenas hilarantes entre los hermanos y la protagonista, quien los interpela y obtiene una sincera confesión de Joey: lo importante de las canciones está en el estribillo, del resto de la letra nadie se acuerda.  

Sin embargo, la diversidad temática y la dispersión geográfica (Irán contemporáneo, Libia) muchas veces están ancladas a un centro melancólico y oscuro, de una oscuridad que avanza sin detenerse: la muerte del ser querido. En los cuentos de Pictografías –“El cuadro”, “Cerezas”, “El arte de Kiyoshi”, “Senguer”- abundan personajes desarraigados, malheridos, que detectan en los objetos que los rodean, sean distintas especies de plantas o la réplica de un Renoir en el consultorio del psicólogo, aquello que perdieron para siempre, y también todo lo que podrían haber sido. Relatos hechos de paisajes áridos o ruinas enigmáticas (“Estoy en una ciudad enterrada, que parece estar despertándose después de siglos”), de descripciones que infunden vigor o clausuran vías de escape (“El cielo es blanco, aburrido”), y, como se dijo, de pérdida. En “Senguer”, una mujer cocina tartas de manzana racionando la canela en un inhóspito pueblo del sur, mientras su marido toma notas climáticas en un cuaderno, toca el acordeón y se resiste a perdonarla. El modesto Overlook de esta pareja presagia un mal final, aunque obturado, en parte, porque el autor eligió para su narración la primera persona, siendo que el narrador-protagonista nada podría contarnos desde un hipotético más allá.  

Mención aparte merece el cuento “Japón”, que acompaña la gira de Francisco Canaro para un concierto que grabaría en el teatro Koma de Tokio, en el año 1961, a tres de su muerte. Con sensibilidad e imágenes exquisitas, que incluyen un concierto privado de folclore japonés a espaldas del Monte Fuji, el director de orquesta es retratado, en lo que dura su breve estadía, en los interiores de un ryokan, alojamiento tradicional con tatamis y puertas corredizas, y allí Canaro se mueve “como un fantasma antiguo recorriendo el hospedaje”. “Al sur”, situado en una aldea libia, combina con precisión el miedo a ser alcanzado por una bala en la guerra de facciones con un terror más general y difuso: el viaje extenuante que conduce hacia la locura, retratado, sí, por Conrad, pero también digamos que aquí, en el relato que cierra la serie, el autor se acercó a otro viajero contumaz, el Paul Bowles de “A Distant Episode”.