RESEÑA

Los deseantes

Por Germán Lerzo

 

En los cuentos que integran Los deseantes, de Juan José Burzi, la crueldad y el deseo se combinan en historias violentas donde los personajes buscan el placer a través del mal y el dolor para concretar sus fantasías sexuales. Con gran potencia narrativa, el autor elabora el retrato de una sociedad enferma en la que la locura de los personajes atenta contra las convenciones culturales para encontrar una oscura forma de la felicidad. 

 

 

Los deseantes
Juan José Burzi
Editorial Zona Borde, 2015

 

En un cuento de 2009, que lleva por título “Cuando las rosas caen”, una pareja sufre un accidente de tránsito en la ruta que le provoca a él una parálisis total en sus piernas, y a su mujer la amputación de un brazo. Entonces Teo y Celia, los protagonistas de esta historia, pasan dos meses de adaptación física (a la inmovilidad y a la mutilación, respectivamente) hasta que un día, por un accidente doméstico, Teo sufre un ligero corte en la pierna con un cuchillo. Pero él no siente nada. Mejor dicho, siente –o cree sentir– una extraña forma de placer al ver cómo la sangre se derrama por su herida sin experimentar dolor a causa de su sistema nervioso adormecido. Este hecho azaroso le despierta el deseo de infligirse cortes en su cuerpo, y termina por convencer a su pareja sobre ese ritual de flagelación mutuo que, con el correr de los días, se vuelve una costumbre más intensa y oscura, explorando los límites del placer y del amor que se dispensan. Entonces el narrador dice de ellos: “consideraban improbable una realidad como la que les tocó vivir”. Esta definición sobre el padecimiento de Teo y Celia, bien podría aplicarse a la mayoría de los personajes de Juan José Burzi (Buenos Aires, 1976). Ante una situación traumática e inesperada que los desacomoda, los personajes asumen, en principio, el desconcierto, para explorar luego los límites a los que pueden llegar, guiados por el deseo de encontrar algún tipo de placer burlando las normas sociales, y dejándose llevar "por la sensualidad pantanosa de sus fantasías sexuales". En esa exploración, no es casual que el hecho de forzar los límites del deseo encuentre en el cuerpo –propio o ajeno– el escenario material donde el placer se consolida. De ahí que, cuando la policía encuentra a la pareja sin vida, sobre un charco de sangre, el narrador aclare que “esos cuerpos irradiaban una inexplicable placidez.” 

Entre la nouvelle El trabajo del miedo (Edulp, 2006) pasando por Un dios demasiado pequeño (Edulp 2009), al que pertenece la historia citada, y los cuatro relatos que integran Los deseantes (Zona Borde, 2015), Juan José Burzi no ha dejado de escribir y de publicar en editoriales independientes con la misma tenacidad que ha logrado elaborar una versión posible y contundente del horror moderno dentro de lo que ofrece el panorama literario actual. En sus relatos, los personajes parecen cobrar más peso que la historia en sí. Describir el mecanismo por el cual un acontecimiento imprevisto los vuelve autómatas en busca del placer a través del mal y del dolor suele ser más importante que la voluntad del narrador de elaborar un gran desenlace, acaso porque el lento proceso hacia la locura suele ser mucho más interesante que el final previsible al que los lleva. En Los deseantes, su más reciente publicación, el incesto, la dominación sexual, la tortura física y el cambio de identidad son los temas en los que se enfoca el autor para trazar una línea sutil entre lo humano y lo animal. Justamente, esa parte salvaje emerge en los personajes cuando no pueden contener sus pulsiones destructivas que, en términos freudianos, la cultura intenta reprimir: de ahí ese malestar y rebeldía que manifiestan ante las convenciones sociales. No es casual que en una reciente entrevista, el autor confiese que la lectura de Totem y Tabú lo haya influenciado a la hora de escribir estos cuentos. Así, los personajes de Burzi parecen poner en práctica aquella idea de Baudelaire que funcionaba como epígrafe de Un dios demasiado pequeño: “La voluptuosidad única y suprema del amor radica en la certidumbre de hacer el mal”.

En el primer cuento del volumen, “Los monstruos”, se narran dos historias en simultáneo sobre el origen de la relación incestuosa entre el pintor Egon Schiele y su hermana Gertrude, y la de Nacho y Cecilia, dos hermanos que lideran un grupo de rock en la Buenos Aires actual. (Este recurso nos remite al cuento “El otro cielo” de Cortázar, sin la costura invisible que ese narrador tendía entre los sucesos de la galería Güemes y los pasajes parisinos del siglo XIX, lo que a Burzi no le impide conseguir la misma eficacia narrativa.) Para los hermanos austríacos mantener ese vínculo incestuoso representaba un escándalo mayor ante la moral social europea de principios del siglo XX que asumirlo públicamente, como hacen los jóvenes rockeros en la sociedad contemporánea. Y aún así, Nacho y Cecilia deben enfrentarse a la censura de sus padres y sobreponerse a su método clínico, disciplinario, con el que intentan reparar esa “unión antinatural y a la vez atrayente”, para salvar la institución familiar ante la amenaza de los monstruos. “Nadie entendía que era amor: borrachos o drogados, o enfermos para la psiquiatría, o loquitos, degenerados, enfermos a secas…, siempre oímos lo mismo”, dice Nacho, quien asume la voz narrativa hacia el final de la historia. Si en este cuento la subversión de las normas tiene un origen privado que se traslada al espacio público, en el siguiente relato, “Los deseantes”, tal vez el cuento más revulsivo del conjunto, ese proceso es completamente inverso: el vínculo «anormal» de los protagonistas surge en el ámbito público (una escuela secundaria) y se repliega sobre el mundo privado (el monoambiente de un profesor). Este docente, que narra los hechos en primera persona, es un cuarentón recientemente separado que, para decirlo con sus palabras, no le encuentra sentido a la vida de mierda que intenta llevar adelante. Por eso, la fantasía de concretar el vínculo sexual con su alumna más provocativa es aquello que lo sacaría de esa pausa aletargada en las emociones afectivas. Pero ese deseo estereotipado y fetichista se convierte en un vínculo enfermizo donde el placer sádico llega a extremos impensados. Una vez más, estamos ante personajes que “consideraban improbable una realidad como la que les tocó vivir” y eso los hace actuar, a veces de manera brutal.

En “Crónica negra”, el horror describe una trayectoria opuesta a las historias anteriores. Ya no se trata de representar el mal en el ámbito privado de las subjetividades, como si se tratara de una crueldad doméstica, compartida exclusivamente por sus participantes. Ahora lo macabro y perverso viene desde el exterior, del mundo, y la protagonista, Úrsula, una ex prostituta, intenta restituir el orden social tratando de desarticular una red de trata con vínculos en el poder policial y político. Con elementos sueltos del policial negro, Burzi logra describir los mecanismos de una sociedad enferma que consume un tipo de pornografía donde no se escatiman violaciones, torturas y muertes, producida por un grupo de matones ligados a los años de plomo. Reelaborando el final de este cuento, podríamos decir que para estos seres perversos, macabros y solitarios de Los deseantes, la locura “era un laberinto al cual voluntaria o involuntariamente se entraba, pero no se salía nunca.” 

Solo resta decir que Juan José Burzi pertenece a esa generación de jóvenes narradores, que ha publicado cinco libros con los que logró forjar un estilo, elaborar un sistema narrativo y explorar un género que, por razones comerciales, pasa desapercibido para los pálidos reseñistas de contratapas –más preocupados en generar el rumor efímero de las polémicas y la promoción de narradores que apenas publicaron su ópera prima. Burzi, en cambio, se ha tomado el esfuerzo de elaborar, con un énfasis modesto, una narrativa propia y por demás prometedora, dentro de la variada oferta de la literatura argentina actual. Y eso merece, por lo pronto, nuestra atención.