CINE CLÁSICO

Los hechos y la leyenda

Revisamos un clásico de la filmografía de John Ford, The Man Who Shot Liberty Valance, que coincide con la declinación del western, pero donde persisten algunos elementos del género: la tensión entre dos bandos en un pueblo de frontera que está dando sus primeros pasos para organizarse como Estado.


Por Jorge Mayer
 




Hay un consenso bastante extendido que señala que los mejores títulos de John Ford fueron Stagecoach (1939), The Searchers (1956) y The Man Who Shot Liberty Valance (1962). Mientras los dos primeros corresponden, respectivamente, al período fundacional y a la consolidación del western como género, The Man... constituye el comienzo de su declinación. Ford, acaso consciente del final de una época, compone una obra crepuscular que le rinde honores al género cinematográfico más auténticamente estadounidense, el que con sus historias de pistoleros, indios, hacendados, granjeros y soldados contribuyó a forjar la leyenda del Oeste, la frontera, el inmenso territorio por conquistar a través del progreso.

Una buena parte de los tres millones de dólares que costó la película fueron destinados a pagar los servicios de dos de los nombres más rutilantes del firmamento hollywoodense: nada menos que John Wayne y James Stewart. Quizá por eso, a diferencia de lo que solía ser una de sus marcas de autor, Ford rueda casi toda la historia en interiores. Otra decisión estética notable viene dada por escoger el blanco y negro. ¿Habrá sido, como dicen, un capricho fordiano? Quién sabe. De todos modos, el blanco y negro le cae como un guante a al tono de evocación nostálgica que guía el pulso narrativo del film.

La historia presenta una gran carga simbólica. De hecho, empieza con un tren que llega y termina con un tren que parte. Ese tren que llega trae a un pueblo llamado Shinbone al senador Ransom Stoddard (Stewart) junto a su esposa Hallie (Vera Miles). La llegada del senador provoca un alboroto periodístico. La prensa se pregunta por qué está en Shinbone. Ha venido a despedir los restos mortales de un viejo amigo, Tom Doniphon (Wayne), un sujeto al que nadie parece conocer y yace en un modesto ataúd de pino. Allí comienza el cuerpo principal de la película, que está dado por un largo flashback en el que Stoddard ilustra a los periodistas sobre el tumultuoso nacer del Estado que él ahora representa y del que fuera gobernador. Ese relato hace las veces de panegírico de Doniphon.

Stoddard se remonta muchos años atrás, cuando la diligencia en que viajaba es asaltada por la banda de forajidos que encabeza Liberty Valance (Lee Marvin). Por entonces él era un joven e ingenuo abogado que creía ciegamente en la ley como fuerza rectora del orden. Sin embargo, en la frontera reinaba la violencia fogoneada por los grandes terratenientes de los que Valance era brazo ejecutor. Doniphon era, por temperamento y por habilidad para el uso de las armas, el único capaz de enfrentar a Valance y, a la postre, el encargado de enseñarle a Stoddard que el único modo de imponer el derecho era pistola en mano.

La narración impone a la dupla protagonista el recorrido de caminos inversos. Stoddard es la modernidad, la instrucción, los buenos modales y en su hora decisiva se ve forzado a tomar las armas; Doniphon es un hombre de la vieja escuela, un tipo de honor, laborioso, de traza rústica, que termina su vida desarmado, convertido en un don nadie para las mayorías, ajeno a la sociedad en que ha triunfado el progreso.

El tercer vértice del triángulo viene dado por Hallie, una mujer muy sencilla, acaso el símbolo de la tierra virgen, que todavía no ha sido objeto de cultivo. Ella y Doniphon mantienen un romance tácito. A nadie se le ocurriría que Hallie pudiese ser desposada por otro hombre que no fuera él. Sin embargo, la irrupción del recién llegado altera el escenario y ella termina por decantarse por el amor de Stoddard, el hombre llamado a sacarla de la ignorancia. Los tres, lo mismo que el pueblo que habitan, están jaqueados por Liberty Valance, la encarnación de la barbarie en estado puro, un pistolero al servicio de los grandes hacendados, que no pretendían otra cosa que un feudalismo a la americana en manifiesta oposición al interés de los pequeños granjeros de Shinbone y sus alrededores.

 

 


Así, The Man Who Shot Liberty Valance es la historia de un pueblo de frontera que está dando sus primeros pasos para organizarse como Estado. Ello impone una lógica de contrastes:  el ferrocarril se contrapone a la diligencia salvajemente asaltada; la escuela y el parlamento se imponen sobre  el mundo analfabeto y supersticioso; el feudalismo primitivo ejercido mediante la violencia y el miedo da paso a un capitalismo que propugna igualdad de oportunidades, fomento de los negocios y de la migración.

Pero además de una película de contenido político se trata de una compleja historia de amor. Ford, a esta altura dueño de un estilo propio, la cuenta sin la menor estridencia. El noviazgo asordinado entre Doniphon y Hallie entra en crisis cuando ella socorre a un Stoddard que acaba de conocer el fiero látigo de LIberty Valance. El joven abogado idealista aparece como un partido más tentador que su pretendiente de toda la vida. La revelación dispara en Doniphon un desconsuelo que se materializa en una escena memorable: se emborracha y prende fuego la casa que construía para los dos. Sólo la intervención de Pompey, su fiel ladero, impide que él mismo arda junto a la edificación.

Otro elemento decisivo de la película corresponde al periodismo. El recuerdo de Stoddard es muy generoso para con Dutty Peabody, el editor y redactor del diario del pueblo, un tenaz defensor de la libertad de información, una suerte de guardián de la verdad que no cejará por sus convicciones. Pero la nueva generación maneja otros códigos. Ante la revelación de que el senador no fue el autor material del homicidio de Liberty Valance, el reportero dice  "Cuando los hechos se convierten en leyenda, esta no se puede escribir" y descarta la idea de publicar los hechos como ocurrieron.

Quizá no sea aventurado leer en esa frase una entrelínea que abarque a todo el género western, del que John Ford es uno de los principales exponentes. Si la leyenda contribuyó a poner en valor la gesta de la conquista del Oeste, qué importa cuánto hay de cierto, cuánto de exageración, cuánto de fantasía. En todo caso, el plan de Ford es rescatar a los anónimos que se sacrificaron (casi en sentido bíblico) para que la sociedad se organizara en torno a valores democráticos e instituciones republicanas y no esté a merced de la violencia funcional al poder económico. A ellos los homenajea con una flor de cactus, lo único que florecía en los años turbulentos, la que Doniphon le regaló a Hallie y ella, cerrando el círculo, deposita sobre el ataúd de pino ante la mirada de su esposo, que parece comprender, por fin, cuánto perdió Tom Doniphon, el hombre que mató a Liberty Valance.