SOCIEDAD

Machismo cultural
Los dueños del pabellón: paternalismo, iconoclasia y argumentación

Por Román Setton

 

El texto aborda algunas formas características y nocivas en la discusión y modos de circulación del saber en los ámbitos de la cultura y la educación: el paternalismo, la desacreditación, el consenso forzado, el sometimiento, la humillación y otros modos de denigración del interlocutor.  

 

 

“Machismo” se dice de muchas maneras. Una particular es la que se da en el ámbito de la cultura. En los últimos tiempos se ha hablado mucho del fenómeno del mansplaining, que refiere a la explicación de algo a alguien, generalmente un varón a una mujer, de una manera condescendiente o paternalista. Es lo que en los buenos viejos tiempos se denominaba simplemente patronizing [tratar a alguien de modo paternalista, rebajarlo, subestimarlo], cuando aquellos que lo ejercían eran tildados de condescending pricks [petulantes, estúpidos condescendientes]. Lo peculiar del fenómeno es, a mi entender, que la condescendencia o el paternalismo desvirtúa la esencia del diálogo –la horizontalidad– e incluso de la explicación, que consiste o debería consistir en tratar al interlocutor como a un igual. Incluso cuando episódicamente uno tenga más información o conocimiento sobre un tema que quien recibe la explicación, algo que sucede a menudo en el espacio de clase. 

 

La contracara del mansplaining, la explicación paternalista y casi siempre innecesaria, es, presumo, la omisión de la explicación necesaria. El gesto canchero y autoritario –que puede ser de hombre o mujer– de obturar una discusión y ofrecer a cambio una sentencia. Es arrogarse un lugar superior en cualquier área del conocimiento, de golpearse el pecho y afirmar que algo se entiende –o debería entenderse– por sí mismo, que no necesita explicación. O lo que es igual, la afirmación de la persona que por sus propios méritos o cualidades se permite omitir los pasos necesarios del diálogo razonable para llegar a un mejor conocimiento de la cuestión. El hecho importa la postulación de una capciosa cofradía de entendidos. Si no se comparte el contenido de la sentencia o incluso la forma, no se pertenece a la corporación de los iniciados. Se trata de una actitud prepotente, violenta, de pretendida superioridad que tiene en gran medida su origen y su sustento en las formas de sociabilidad (barriales) masculinas. Como caso caricaturesco –y por lo tanto más visible– puede mencionarse la impugnación de la palabra en la discusión futbolística a partir de alguna desgracia o desdoro del equipo de pertenencia del impugnado e imputado: “qué vas a saber vos, si en lugar de cancha tienen un supermercado”. Casos más sutiles de esto están presentes todo el tiempo en la vida cultural, universitaria e incluso científica. 

  

Escribo esto, que puede parecer un poco abstracto, pensando en ejemplos muy concretos. Un escritor que afirma que nunca recurre al diccionario para traducir. Otro que asegura haber realizado una traducción desde un idioma que desconoce –y lo dice en un salón repleto de traductores de ese idioma–. Un tercero que sostiene que jamás corrige sus textos, que corregir es de maricones, de timoratos, de eunucos. En todos los casos se niega la instancia de diálogo: con el diccionario, con el texto escrito, con el idioma de procedencia del texto. ¿Por qué se niega ese diálogo? Porque el que enuncia se arroga el derecho de prescindir de la instancia. Porque es tan “poronga” que está más allá y de vuelta de esa mariconada del intercambio del diálogo. 

De ese modo se somete, se infantiliza, se empequeñece al resto de los mortales, la “gilada”.  Aquellos que necesitan de ese diálogo, quienes no han adquirido la seguridad, la prepotencia y el vigor necesarios para no confrontar con el diccionario o revisar sus textos. Algo muy similar sucede en el 90 % de las clases de literatura de Puán –clases en las que se formó quien redacta este pequeño ensayo–. El profesor afirma que este texto es una porquería; que aquel autor es muy superior a este otro; que esta novela es la mejor de la literatura argentina; que tal película es el summum del cine argentino. La explicación nunca llega. (Como hermoso ejemplo opuesto de este avatar de la retórica barrial, puede recurrirse a las clases de Piglia en la Televisión Pública, cuando discute por qué Borges es nuestro mejor escritor; por el contrario, como ejemplo del que se golpea el pecho, en esas mismas clases, vemos al escritor afirmar muy alegremente que Bioy Casares era un pavote.) 

El procedimiento busca forzar una cierta complicidad, pues quien no comparte la afirmación queda colocado en el lugar del recién llegado, del no entendido, del incauto en el mejor de los casos. O se es cómplice o no se pertenece. En la carrera de Letras, donde este procedimiento que describo está muy desarrollado, el complemento de la falta de explicación es el fomento del miedo del alumnado. Desde las primeras materias de la carrera, los docentes van construyendo escrupulosamente el pavor de los alumnos a preguntar algo fuera de lugar. Los penalizan mediante el ridículo o la meticulosa defenestración. Al haber aprobado cuatro o cinco materias, casi todos los alumnos ya han aprendido la lección. Y la consecuencia primera de esto es el consentimiento forzado y el consenso acrítico. Camadas de alumnos que repiten, cancheros, “originalidades” escuchadas en clase, que acaso no comparten o que comparten como producto de la sumisión. 

En venganza por esta promovida subordinación, algunos alumnos se rebelan y se forman como francotiradores e irreverentes profesionales. Se sientan en la clase, agazapados, esperando el error del profesor, parapetados para volarles la cabeza de un tiro en la frente en cuanto afirman algo que –según el juicio del alumno– es errado: tengo que decir en favor de los francotiradores que tienen razón al menos el 90 % de las veces.

Esto impide casi cualquier discusión sensata sobre literatura dentro de la carrera. El profesor debe pagar también el precio de este contrato. Debe saberlo todo, debe responder todo, debe estar al tanto de las últimas teorías antropológicas y de todas las discusiones sobre la historia de Roma o la Francia de Luis XIV. Debe poder contestar sobre cualquier cuestión. En parte porque él ha ocupado y generado ese lugar; en parte, porque las prácticas institucionales lo han hecho. El alumno termina negando así sus propias inquietudes, gustos y consideraciones; el profesor termina negando así su propia idoneidad y su propia persona, pues al construir ese sujeto que todo lo sabe y que puede resolver con solvencia cualquier inquietud –que siempre espera no surja– niega su propia legitimidad para conducir una clase con los conocimientos que efectivamente posee y además se traviste en una persona que no es. 

Entre los recuerdos más curiosos de mi cursada en Puán se encuentra la pregunta de una alumna en un seminario. Preguntó a la profesora si sabía alemán, luego de que ésta explicara la diferenciación que realiza Ferdinand Tönnies entre comunidad (Gemeinschaft) y sociedad (Gesellschaft). En ese entonces el libro no había sido traducido al castellano, pero la distinción se había comentado ya en una gran cantidad de textos, además de que había versiones en otras lenguas, por ejemplo el inglés. La profesora no respondió. Habría podido decir sencillamente: “No, pero la distinción ya ha superado el marco de esa lengua; la podés encontrar en muchos textos de historia, de sociología, de teoría literaria, por ejemplo acá, acá, allá”. No lo hizo. Y se produjo un incómodo silencio.

Luego de dos o tres minutos uno de sus ayudantes –vale recordar que los ayudantes escoltaban a la profesora a todos lados– dijo: “eso es algo que no le podés preguntar a Silvita”. Nadie dijo nada más. La profesora, supongo, debe haber procesado de algún modo la doble vergüenza de esa clase –una doble vergüenza creada enteramente por ella: la falta por la ilusoria suposición de que debía conocer el alemán; y la falta por la deshonestidad intelectual–.

Ser canchero, ponerse la poronga de bufanda, recurrir a la sentencia o el apotegma es algo que en los círculos culturales hacemos muchas veces hombres y mujeres. Esto coloca al otro en un lugar de pasividad, de sumisión, de inferioridad y de humillación.

Sería bueno, en cambio, que los grandes actores porno de la cultura y la educación, los que la tienen tan grande, la expusieran y nos permitieran medirla. Es decir, sería bueno que abrieran la discusión, ofrecieran argumentos, cotejaran con opiniones o tesis divergentes. Quienes presuntamente la tienen más pequeña podrían acaso descubrir que no sucede tal cosa. Tanto el “poronga” como el francotirador conspiran contra la discusión sana e inteligente. Sin embargo, en un mundo en que desentonar con el consenso forzado, con la autoridad de la figura consagrada, implica convertirse en un descastado y ser desterrado de la tierra prometida y del paraíso de los entendidos, los francotiradores están salvando –o intentando salvar– un ideal ilustrado de comunicación horizontal, reclamando por argumentos inteligibles y convincentes.