CRÍTICA



Apuntes sobre Mad Men 


Por Lucas Soler

 

 

Cuando Matthew Weiner, guionista de Los Sopranos, pensó una serie dramática situada en Nueva York durante los años 60, sobre la vida de un hombre que se hizo a sí mismo dentro del mundo de la publicidad, tal vez no se imaginó el éxito que podía llegar a alcanzar. Tampoco se lo habrán imaginado, allá por el 2006, los directivos de HBO que rechazaron la propuesta. Sin embargo, apenas comenzó a emitirse por la cadena AMC, en abril del 2007, Mad Men logró instalarse de a poco en la audiencia tan repartida de las series televisivas, y rápidamente se ganó la atención que merecía. Algo hacía pensar que no se trataba simplemente del retrato de esos hombres ricos y soberbios, sino que detrás de esa seguridad y de ese confort, se ocultaba un drama manifiesto o en potencia en cada uno de sus personajes. Acaso por ese motivo, la serie llegó sin falencias a su sexta temporada y solo resta esperar la última.


Nada es lo que parece

En Mad Men, los roles que cada uno ejerce dentro de la agencia están bien definidos, lo que no impide que la ambición los haga dudar de la posición que ocupan e intenten avanzar sobre el terreno ajeno. Todos parecen querer algo de lo que carecen. Y eso que tienen no los satisface del todo. Pero lo que esta serie nos muestra, por suerte, no se limita a las tensiones lógicas en el espacio laboral, sino que expone, en segundo plano, los recursos con que cada personaje intenta resolver la vida singular que se ha creado y de la que buscan escapar. Por eso en Mad Men nada suele ser lo que parece, todo está dispuesto para que, tarde o temprano, esa fachada que nos muestran termine desmoronándose estrepitosamente, sin que los personajes lo sospechen, como la figura masculina que cae desde lo alto de un edificio en la presentación de los títulos, en un claro homenaje a Vértigo (Hitchcock, 1958).

Don Draper es el protagonista del que no sabíamos mucho acerca de su pasado. Si las primeras temporadas consistían en dosificar la información sobre esa vida secreta que él se empeñaba en ocultar, las temporadas siguientes nos revelaron el modo en que ese descubrimiento precipitó la primera crisis familiar. De ahí que su mayor preocupación no fuera aquello que podía llegar a ser, sino aquello que había sido para alcanzar lo que es hoy. Todos los engranajes de la serie giran en torno a este hombre de pocas palabras, ideas claras y gestos definitivos. Pero tal vez el rasgo más distintivo sea un estado de insatisfacción permanente que lo hace reincidir, de forma sistemática, en el engaño. La infidelidad es aquello que mantiene vigente la doble vida de la que proviene.

Roger Sterling es el complemento perfecto de Draper. Aporta la dimensión carismática e interpersonal a los negocios. Ambos son tan eficientes en su trabajo, como esquivos en sus compromisos conyugales. Ese vínculo particular entre ambos no es lo único que en la sexta temporada se desmorona, sino también su postura convencional de ver el mundo, que a fines de los 60 estaba en pleno proceso de cambio. Roger Sterling y Don Draper son exponentes de una visión conservadora (old fashioned) en relación a los jóvenes creativos, más involucrados con el cambio de paradigma político y social (el rechazo del racismo; el antibelicismo; el hippismo y la libertad sexual). Este contraste generacional llega a su punto máximo en el capítulo 10 de la sexta temporada (A tale of two cities), cuando Roger y Don la pasan muy mal en una fiesta juvenil en California: Don se cae a la pileta drogado; y a Roger le pega un petiso al que estuvo humillando. Este incidente plantea el interrogante acerca de cómo harán Roger y Don para adaptarse a las nuevas costumbres sociales.


El juego de los espejos

Podríamos decir que la estructura de la serie se sostiene por la tensión generada entre pares opuestos o complementarios: Don Draper-Roger Sterling; Pete Campbell-Peggy Olson; Betty Draper-Megan Draper; Ken Cosgrove-Harry Crane. Dentro de este esquema, el peso de cada personaje se determina por su relación con otros elementos del sistema. Al igual que el concepto de valor del signo lingüístico, definido por Saussure, cada personaje se define por su valor de cambio con otros diferentes y por su semejanza con aquellos que se los puede comparar.

El joven ambicioso y especulativo que intenta ganarse el respeto de sus jefes está representado por Pete Campbell.  A pesar de convertirse en socio minoritario, nunca logra el reconocimiento definitivo de su esfuerzo y tiene que aceptar con resignación el ninguneo al que lo someten. Todo indica que el mayor enemigo de Campbell, en realidad, es él mismo. Y a lo largo de las seis temporadas, su situación empeora gradualmente. Los problemas sencillos le resultan difíciles de resolver. Y cuando intenta imitar a Don Draper, el resultado es calamitoso, como si se tratara de una copia defectuosa.

El par opuesto a Pete Campbell es Peggy Olson, quien ascendió de secretaria de Draper a redactora junior en virtud de su mirada innovadora y femenina sobre la comunicación. A pesar del ambiente machista y patriarcal de la agencia, logró escalar posiciones. Pero la eficacia que demostró tener en el trabajo, se contrapone a los sucesivos errores con que planificó su vida. Ella es a la inteligencia y el talento lo que Campbell a la especulación pragmática. Todo lo que logró Peggy Olson se lo debe a Don Draper, y no puede manifestar hacia él más que sentimientos de admiración y rechazo, una vez que descubre los procesos por los cuales Don hace lo que hace.  Tal vez en ese sentimiento hacia su jefe, Peggy y Pete operan como sinónimos.

 

Marionetas de su época

Decíamos que Mad Men es mucho más que el retrato de estos hombres de la Avenida Madison que se anticiparon a la lógica del marketing publicitario. Es también una reconstrucción moral y social de esa época Por eso la representación del rol de la mujer no podía quedar en un segundo plano. En este sentido, Joan Crawford y Peggy Olson son pares complementarios que simbolizan el éxito en el trabajo y la crisis en la vida personal. De alguna manera, las mujeres de Mad Men albergan un deseo de independencia y realización profesional para el que la sociedad americana y conservadora de ese momento parecía no estar bien preparada. Betty Draper, por caso, tenía un rol doméstico y convencional hasta que comenzó a sentirse atraída por una vaga idea de independencia:  el sueño de ser modelo o la concreción de su deseo con otro hombre. La saturación ante ese estado de comodidad al lado de un hombre del que no sabía mucho pero que le daba todo (menos la posibilidad de desarrollarse fuera de su órbita de influencia) hizo colapsar la falsa armonía doméstica. Pero esa idea de que un amante podría darle lo que un marido distante le negaba, terminó convirtiendo su plan de independencia en una dependencia incluso peor al lado del senador Henry Francis. Mejor suerte parece haber tenido Megan Draper en sus planes de realización personal, aunque tiene que lidiar todo el tiempo con el rol sobreprotector de Don para imponer su voluntad de ser actriz. Ese desfasaje entre lo que ellas anhelan y lo que la sociedad estaba dispuesta a aceptar del rol de la mujer, podría ser una clave de lectura para pensar el valor que tienen ellas dentro de la serie. Los roles femeninos reflejan esa dicotomía entre el ama de casa y la mujer independiente que intenta ganarse su lugar dentro del american way of life.

Con el divorcio de Don Draper y de Roger Sterling, la separación de Pete Campbell y la condición de madres solteras de Joan Crawford (y Peggy Olson), todo parece indicar que lo que está en crisis es la institución familiar. Hacia fines de la década del 60, el reconocimiento de los derechos de la mujer y el cambio de paradigma en la forma de entender el mundo, Mad Men pone en evidencia la ruptura del esquema de esas convenciones heredadas. Y si todos sus personajes son parte de ese proceso de transformación social, ninguno de ellos podía mantenerse al margen de ese clima de época que los abarca. Los personajes, enfocados en sus propios procedimientos para alcanzar el “sueño americano”, terminan pareciendo marionetas elegantes que actúan los síntomas de su propia época. Hay un determinismo histórico que moldea su vida (la herencia) y una influencia social (el medio). Y el caso de Sally Draper, que cobró una relevancia enorme en la última temporada, parece ser un ejemplo de eso. Ella está transitando el paso de la infancia a la adolescencia, y su entorno la somete a descubrir cosas que no quiere y a hacer otras que no le gustan para salir de la inocencia. Cuando Betty lo llama a Don para avisarle que su hija tiene problemas en la escuela, Don se preocupa pero Betty dice: “Don, she`s from a broken home”, como única explicación a ese comportamiento.

 

Final de partida

Hay dos momentos clave de la sexta temporada que anticipan la caída final de Don Draper.  El primero es cuando se desmaya en el living de su casa, delante de la policía y su familia, luego de que una ladrona entrara a su departamento. El segundo es cuando se cae a la pileta en el episodio que ya mencionamos. A raíz del primer incidente, Don habla por teléfono con Sally, y tienen el siguiente diálogo:

                    –Estoy tan avergonzada. Actué como una niña estúpida. 

                    –No, para nada. Estoy seguro de que engañó a muchos adultos.

                    –Dijo que te conocía. Tenía una respuesta para todo. Entonces me di cuenta de que no  

                       sé nada sobre vos. (Cap. 8, The crash)

 

Esto que le dice Sally, y que tendrá un efecto concreto en la actitud de Don en el último capítulo, también se complementa con algo que le dice Roger en el avión cuando vuelven de Los Ángeles: “Mi analista dice que el trabajo de tu vida es conocerte a vos mismo. Tarde o temprano, empezarás a amar lo que sos.” 

Si se pudiera resumir la sexta temporada en una frase sería el colapso del mecanismo con que Don Draper ocultó celosamente su vida. Pero como Don siempre tiene buenos reflejos para actuar cuando está contra las cuerdas, y ninguna decisión parece tomada sin su cálculo y estrategia, el movimiento de las piezas dentro de la agencia Sterling-Cooper, indica que su desplazamiento dentro de ese sistema repercute en un cambio de táctica en la forma de asumir el pasado ante su familia. Como vemos, la crisis en el plano laboral desencadena un mecanismo en el cual la preocupación principal pasa por saldar cuentas con sus hijos. Este nuevo rumbo en la vida del protagonista es, ni más ni menos, una forma de aceptar eso que, luego de superar los diferentes obstáculos a los que se enfrenta, logró llegar a ser. Y por primera vez, Don parece actuar no ya en función del clima de época, de las determinaciones históricas o de los beneficios laborales, sino en virtud de una deuda personal con su futuro. Habrá que ver, en la última temporada, si las expectativas generadas se cumplen eficazmente, como viene sucediendo, o dentro del universo Mad Men todo resulta ser algo distinto a lo que parece.