SOCIEDAD



La Venus de las pieles / Un masoquista en Internet


Por Germán Lerzo 

 

 


Leopold Sacher-Masoch escribió una novela genial, cuyo título es La venus de las pieles. Pero un detalle singular hizo que la novela resultara menos conocida que su autor. Cuando Sacher-Masoch escribió La Venus de las pieles, en 1870, no sabía que los hechos a los que se somete su protagonista podían dar origen al concepto de masoquismo. Este detalle lo vuelve un precursor, a pesar de él o de sus intenciones literarias, ya que la conducta del protagonista (que resultó ser él mismo) permitió definir algo que existía como práctica pero no como concepto. 

Vale decir que en Europa, a fines del siglo XIX, algunos autores usaban recursos y estilos que podían agruparse dentro del romanticismo, el realismo, el naturalismo o el simbolismo, tratando de acomodarse a los movimientos estéticos, y sobre todo, literarios. Pero la novela de Sacher-Masoch ofrecía, no ya los elementos para definir un estilo, sino un repertorio de comportamientos que iban más allá de una búsqueda estética. Si bien podemos suponer que la vocación de su protagonista de someterse físicamente a la voluntad de una mujer era algo que existía en el plano de la experiencia, La Venus de las pieles permitió describir la lógica de su funcionamiento. De ahí que su obra tuviera una repercusión mayor dentro del campo de la psicología que en el de la literatura, puesto que la novela explicaba los motivos que llevan a una persona a sentir placer mediante el sometimiento físico. Sacher-Masoch se convirtió así en el mayor exponente de una sintomatología que, como dijimos, se dio en llamar “masoquismo”, del mismo modo que la obra de Sade permitió definir el sadismo, y la “pedagogía” de Andreas Dippold dio origen al concepto de “dipoldismo”.(1)

La venus de las pieles narra entonces los motivos que llevan a un hombre a asumir su condición de “esclavo” en relación a una mujer. Ese hombre, curiosamente, fue Leopold Sacher Masoch y esa mujer era Fanny de Pistor. La naturaleza de ese vínculo es lo que se cuenta en la novela, donde ella ejerce el poder, y la humillación es lo que provoca satisfacción en el amante sometido. Así como sucede en la relación entre el amo y el esclavo, que describió Hegel en su Fenomenología del espíritu, esa lucha entre Eros y Tánatos también regula el vínculo entre ambas partes.

La relación establecida entre ellos no está sujeta a la improvisación, por el contrario, es una conducta reglada, pactada. Esto quiere decir que entre el amante y su amada hay un contrato escrito que ambos aceptan y deben cumplir: “la posesión es la locura propia del sadismo, el pacto la del masoquismo.”(2) Como todo contrato, tiene un plazo de duración, y cada una de las partes se compromete a cumplir con lo que ha sido establecido de común acuerdo. Naturalmente, esa práctica que los vincula sólo tiene sentido como pacto secreto: su realización se limita al ámbito privado. Por eso el contrato nunca debe hacerse público, y ambos pueden romperlo ante la certeza de su incumplimiento. Digamos que ese compromiso tiene el mismo estatuto que la celebración del matrimonio, aunque su duración tiene una fecha de vencimiento que ha sido estipulada de antemano y su razón de ser sólo tiene efecto en la realización compartida del deseo. Basta con aclarar que ese contrato existió y dice así: 

8 de Diciembre de 1869. 

Bajo palabra de honor, Leópold de Sacher-Masoch, se compromete a ser esclavo de Madame de Pistor, y ejecutar absolutamente todos sus deseos y órdenes, por el término de seis meses.

Madame Fanny de Pistor no le exigirá nada deshonroso (que pueda hacerle perder su honor de hombre y ciudadano). Además, verá de dejarle libre seis horas diarias para sus trabajos, y nunca mirará sus cartas y escritos. Ante cualquier infracción, negligencia o crimen de lesa majestad, la dueña (Fanny Pistor) podrá castigar según sus deseos a su esclavo (Leopold Sacher-Masoch). En síntesis, el sujeto obedecerá a su soberana con sumisión servil. (…) Fanny de Pistor se compromete a usar pieles con la mayor frecuencia posible, y especialmente en ser cruel.

Al expirar los seis meses, este compromiso de servidumbre será considerado como si no hubiera sido efectuado por ninguna de las partes.

Han firmado de acuerdo con el contrato, los participantes:

                                                           Fanny Bogdanov
                                                           Leopold, caballero de Sacher Masoch


En esas líneas se consignan los roles que cada uno debe asumir, las reglas que deben respetar y el castigo que supone la infracción de esas reglas. Todo esto sin descuidar el fetichismo particular sobre el que se funda el contrato: Fanny de Pistor se compromete a usar pieles y especialmente en ser cruel.

Ya en las primeras páginas de la novela, el protagonista dirá alegremente en medio de una conversación con la Venus: “quien no sabe someter al otro a su ley, sentirá enseguida sobre su nuca un pie dispuesto a aplastarlo.” Y ella responde: “La naturaleza ha entregado el hombre a la mujer gracias a la pasión, y la mujer que no sabe hacer de él su humilde súbdito, su esclavo, sí, su juguete, para traicionarlo al final riendo, no es hábil en absoluto.” Podríamos decir que en ese intercambio está resumida la aventura que estamos a punto de leer, ya que las escenas más importantes y divertidas de la novela consisten en describir el modo en que la Venus introduce la novedad, el elemento imprevisto en ese pacto, y el protagonista intenta defender su honor ante las diferentes humillaciones a las que se somete o es sometido. Del mismo modo, gran parte de la eficacia de esta novela se basa en describir, con un estilo impecable, los límites a los que puede llegar una persona con tal de permanecer cerca del ser amado que lo rechaza fuera de ese vínculo. Al fin y al cabo, una buena historia, como la que se cuenta en esta novela, es aquella que nos demuestra que la mejor resolución es la que menos esperábamos. 

Podríamos decir que no hay masoquismo sin fetichismo y no hay fetichismo sin morbo. Así como también, el fetichismo y el morbo pueden proyectarse sobre infinidad de seres y de objetos que, para el caso, pueden resultar lo mismo. No obstante, teniendo en cuenta que los gustos sexuales de una persona suelen mantenerse en el orden de la intimidad, resulta sumamente curioso hacer público este comportamiento ante un desconocido. Me refiero a que esta conducta que se describe en La venus de las pieles vino a mi memoria cuando una amiga tuvo la iniciativa de compartirme el comentario que le dejó un comprador, ante su oferta de unos zapatos usados en Mercado Libre. La publicación de los zapatos era esta:

 

 


Y un comprador tuvo la genial idea de comentar lo siguiente:  

Hola, como esta?, me anote en este sitio hace casi un mes para comprar calzado de mujer usado porque me encanta y es mi pasión. Sus zapatos son hermosos. Me encantaría comprárselos si usted está de acuerdo. Si usted quiere yo se los compro y arreglamos todo por mail, yo le pago por mercadopago y en efectivo y pago el servicio de cadetería si usted quiere. El día y la hora y la manera de la compra se hace como usted ordene, yo le obedesco (sic) en todo. Quería saber ¿cuánto uso tienen sus zapatos? Y ¿cómo están las suelas? Y cuanto mide el taco?. Mientras más usados estén sus zapatos, mejor para mí. Si los quiere usar y gastar antes de vendérmelos, no tengo problema, mientras más usados mejor. Desde ya le pido disculpas por si la moleste. Simplemente soy un joven sumiso de capital y (me encanta humillarme ante una mujer comprándole sus zapatos usados.) Espero con ganas su respuesta y estoy a sus órdenes por completo y obedesco (sic) la manera y forma.





La novedad del caso es que este masoquista en apuros propone un contrato comercial, económico, en torno a los zapatos para intentar, a partir de eso, otro tipo de relación con la vendedora. Recordemos que el contrato entre “el esclavo y su amo” nunca está mediado por el dinero, ya que eso sería poner en primer plano un vínculo comercial, lo que invalida la decisión voluntaria y gratuita de someterse a diferentes humillaciones. Digamos que el dinero desnaturaliza completamente la práctica masoquista. Por otra parte, habría que recordar que se trata de una práctica privada y que las personas implicadas no hacen pública su condición y mucho menos lo harían para proponerle a un desconocido ese tipo de intercambio. Estas dos impresiones nos hacen pensar que no estamos ya ante la presencia de un masoquista en apuros, sino más bien ante un boludo patológico, con escasas posibilidades de concretar su deseo.

Dejemos de lado el hecho, en sí mismo ridículo, de que ir a buscar una “dominatriz” en Mercado Libre es casi tan difícil como encontrar un pajero en un pajar. Además, internet ofrece muchos portales donde saciar las inclinaciones sexuales más apropiados que el sitio donde “comprar y vender de todo”. Pero en materia de tontos graves internet debe ser, a esta altura, el mejor lugar donde estos temperamentos proliferan.

Hay que decir, a favor del masoquista suelto en internet, que al menos se tomó el trabajo de sugerir secretamente, aunque sin éxito, sus inclinaciones sexuales en los intersticios de una consulta que lo convertiría en un comprador solícito y cumplidor. Pero falla en dos detalles: su consulta dice más de lo que realmente dice, y lo dice bastante mal, con faltas de ortografía. Lo que lo expone severamente ante una mujer exigente, que bien podría preguntarse: ¿cómo podría aceptar un esclavo tan vulgar que ni siquiera conoce las reglas del idioma con que intenta seducirme? 

Y si analizamos otros aspectos, nos podemos preguntar, ¿qué extraño motivo lleva a pensar “a este joven sumiso de capital”, amante de los zapatos femeninos, que una vendedora anónima podría querer humillarlo a mediano o largo plazo? Peor aún, ¿qué motivos lo hacen pensar a él que esta vendedora desconocida pueda reunir todos los requisitos que él busca en una mujer cruel en virtud de los zapatos que está vendiendo? En cualquier caso, lo último que nos permitimos pensar es que la literatura, una vez más, nos ofrece mundos, personajes y fantasías que la realidad puede superar alegremente, siempre que un masoquista inexperto, oculto en su dormitorio, esté dispuesto a hacerlo.




Notas

(1) La editorial Mardulce publicó recientemente la fascinante investigación de Michael Hagner sobre el “pedagogo” Andreas Dippold: El preceptor, un caso de educación criminal en Alemania, (2012), donde se reconstruye la historia de este macabro tutor que sometió físicamente a su alumno hasta provocarle la muerte.

(2) Gilles Deleuze, Sacher Masoch y Sade. Editorial Universitaria de Córdoba, 1969.