RESEÑA

Viaje al fin de la noche

Por Germán Lerzo

 

Esperada y rezagada primera novela de Nicolás Domínguez Bedini. Una travesía grupal, breve, hacia la localidad de Médanos y alrededores. Diálogos trasnochados, anécdotas delirantes y una reconstrucción de la escena musical y nocturna de los años noventa. Por momentos un registro fiel de los hechos ocurridos. Por momentos ajeno a las intrigas e interacciones personales. 


 

 

Médanos de Oro
Nicolás Domínguez Bedini
Bajo la luna, 2016, 114 págs.

Médanos de oro es la historia con la que Nicolás Domínguez Bedini incursiona en el género novelesco y suma la de narrador a su multifacética labor de poeta, dj, cantante y performer. En el salto de la poesía a la narrativa hay sin embargo un rasgo que se mantiene estable desde Decirte al oído (Monte análogo, 2007) y Sueño con lavadoras y otros poemas (Bajo la luna, 2014). El que enuncia es quien escribe, la primera persona remite invariablemente al autor y las referencias a su sordera están ahí para confirmar esa remisión autobiográfica o aportar el dato pintoresco de este Dj que no escucha pero conversa con todos, del poeta que divaga, cita autores de memoria, letras de canciones y en una libreta toma notas de las cosas que se le ocurren o que dicen los otros. La estrategia parece retomar una premisa de las vanguardias del siglo XX: borrar la frontera entre el arte y la vida, hacer de la praxis vital un hecho artístico. Por eso Médanos de oro es registro escrito del viaje que un grupo de amigos realizó, años atrás, a la localidad de Médanos –Capital Nacional del Ajo– en la provincia de Buenos Aires. El relato de esa experiencia se convierte en un hecho artístico. Debemos suponer entonces que la premisa de mantenerse fiel a los hechos verdaderos, sin falsearlos ni sumarles una intriga o un conflicto, es el motivo por el cual el narrador omite, acaso deliberadamente, algunos elementos del arte novelesco que le habrían aportado un condimento nuevo a la historia que se cuenta, eso que sucede cuando en el interior de un relato empieza a pasar algo que nos mantiene alerta.

Los hechos narrados transcurren en los meses previos al final de la década del noventa, una época sobre la que volvieron autores diversos con una nostalgia compartida. Médanos de oro participa de cierto tono nostálgico generacional por aquel clima social y cultural, pero se diferencia en el hecho de ahorrarnos el relato desde la perspectiva de un adolescente descubriendo el mundo cuando el país comienza a abrirse al mundo, sin sospechar las consecuencias que esto provocaría. En esta historia, el viaje improvisado junto con el escapismo de sus personajes ya adultos funcionan como metáforas del estado general de indeterminación y fin de época que se vivía ante la inminencia del año 2000: “Yo seguía aferrado al bajofondismo ocupacional”, dice el narrador en las primeras páginas. Y esos trabajos precarios incluyen el de sonidista en el Pop Hotel, suerte de bar y hotel boutique que funcionaba por aquellos años en una esquina de San Telmo, cuyos dueños extranjeros convirtieron en un espacio cool con un éxito desparejo. Así es que una noche Oliver invita al protagonista a sumarse al viaje hacia el interior de Buenos Aires. 

Si bien el grupo que conforman es variado y numeroso –se alojan en la misma casa donde conviven la mayor parte del tiempo ese week-end de exploración por las calles de los pueblos cercanos–, resulta difícil descubrir una unidad general, un elemento disparador que dinamice el vínculo entre los personajes, que quiebre la lógica del registro lineal de los hechos. Por momentos, los personajes parecen autómatas que actúan de forma aislada; la construcción de ellos está poco desarrollada y al lector, como a ellos, le cuesta involucrarse con sus historias personales o imaginar sus reacciones ante lo que pueda acontecer en un futuro cercano. Tal vez lo que pasa en un capítulo de la novela pueda servir de ejemplo. Es de noche. Alguien cocina un chancho a la parrilla. (Nadie se pronuncia en contra del menú paleolítico porque en esa época ser vegano todavía no era regla obligatoria del manual de las buenas costumbres progres eco-gay-friendly).  “Yo estaba atento a los temas que se hablaban”, dice el narrador, “e iba volcando en mi cuaderno anotaciones de las cosas que me alejaban de pensamientos hostiles”. (…) 

“Adam hablaba del pueblo del que era oriundo. Decía: 

–En mi pueblo a la 7up se la pronuncia tup.

Pilar, sentada a mi izquierda, inmediatamente acotó:

–No vale molinete en el certamen nacional de metegol.”

Minutos después: 

“Lino dijo arrebatadamente:

–Soy el ideólogo de las luciérnagas furiosas que impactarán en el estilo del lenguaje popular.

Y Oliver, después de escucharlo, acotó:

–Para el resfrío, whisky con leche y miel; para la angustia, ¡whisky puro!”

Cada uno habla y actúa en función de su ocurrencia, de su voluntad. El narrador, concentrado en tomar nota de lo que se dice, se desentiende de la tarea de darle sentido dentro de una totalidad. Hay, sí, un contexto donde esos enunciados se expresan, pero se evocan con la lógica del fragmento.

Como lector atento que es, Nicolás Domínguez Bedini tiene que haber leído muchas novelas de viaje. Y una de ellas es El cielo protector, de Paul Bowles, que se menciona en Médanos de oro, a raíz del epígrafe que Bowles atribuye a Eduardo Mallea: Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo. Al parecer, Mallea nunca logró descubrir en cuál de todos sus libros estaba esa frase. Más allá de la anécdota, el vínculo que se genera entre los tres personajes de El cielo protector, la sucesión de acciones, intriga y conflictos que modifican su destino han hecho de ella una gran historia que incluso tuvo su adaptación al cine bajo la dirección de Bernardo Bertolucci. Esta alusión no debe entenderse como la expectativa de que la primera novela de Domínguez Bedini debiera contarnos una historia con la misma dosis de dramatismo que hay en la del autor norteamericano. Como buen poeta, su propuesta narrativa abunda en la construcción de imágenes, en la precisión descriptiva y en el rescate de frases ingeniosas del lenguaje hablado. Esos recursos valiosos acompañados de otros elementos propios del relato novelesco tal vez aporten una dinámica particular a la experiencia vivida, aunque el resultado final no se parezca al recuerdo que tenemos de ella.