RESEÑA

Narrar el padecer

Por Pablo Debussy

 

Centrándose en las relaciones de poder -y de saber- que cobija el sistema hospitalario, Medicina de Juan Zorraquin retrata las derivas de dos cirujanos por los sinuosos pasillos de la salud pública, sus intenciones ocultas, sus deseos velados al calor de una práctica que los une y los enfrenta.

 

Medicina
Juan Zorraquín
Editorial Mardulce, 2015


Medicina, de Juan Zorraquín (Buenos Aires, 1949), es una novela temáticamente extraña, poco frecuente en el ámbito de las letras argentinas, como también es poco frecuente el caso de su autor, médico y a la vez escritor. Zorraquín se desempeñó como médico de planta en el servicio de cirugía del Hospital Posadas durante cuarenta años y fue jefe de la sección Proctología en el mismo hospital. Aquí, la literatura y la vida se entrecruzan; la experiencia, los hechos vividos, dan lugar a la escritura literaria, a la palabra ficcional, que aparece en segundo término para otorgarle a los acontecimientos algún tipo de resonancia poética, y por ende, para modificarlos, para transformar su sentido. 

El título del libro prefigura sin ambages un mundo de hombres y mujeres (aunque mayormente son hombres) de delantal blanco, en tanto que el correr de sus páginas despliega un vocabulario cargado de tecnicismos (anticuerpos monoclonales, rectitis, encharcamiento linfocitario y una extensa lista de etcéteras), escenas en congresos académicos, consultorios, operaciones, lobbys de laboratorios y demás. 

Medicina se centra, sobre todo, en la vida de dos cirujanos. Uno de ellos es Héctor Pudorski, quien además es biólogo, “experto en bioestadística e investigador. Jamás un retórico o un poeta”. La descripción es contundente: Pudorski es un hombre práctico, aunque detrás de su pragmatismo se escondan temores, frustraciones y represiones (homo)sexuales. El otro personaje es Aquiles Parral, el maestro de Héctor, un ser tan talentoso como despótico y autoritario que provoca envidia, admiración y odio en dosis iguales (“sentía un amor odioso por él”, confiesa una de sus pacientes). Hay entre ambos protagonistas una tensión latente (sus nombres propios son una evidente referencia a La Ilíada) que abarca lo profesional, lo personal y, de un modo apenas velado, lo sexual. Afirma el narrador que para Pudorski, “todo el tiempo la voz de Parral, honda, cóncava, grave, espesa como un vino añejo resonaba en todas partes de su cuerpo”. Artemisa, su esposa, bien lo sabe y se lo reprocha: “Es el amor que le tenés […], lo pone en un pedestal. Una relación amo-esclavo no te favorece”. Tanto el maestro como el aprendiz son dos personajes torturados, en constante sufrimiento con el medio en el que se mueven y con ellos mismos. Detrás de la imagen de autoridad y del aura salvadora de estos médicos se esconden patologías, inseguridades, tribulaciones, y da la sensación de que ellos, al igual que sus pacientes, también necesitan ser escuchados y queridos.

La novela de Zorraquín está narrada con corrección y, por momentos, no desestima el ingenio, aunque debe decirse que, de a ratos, las caracterizaciones de Pudorski y de Parral aparecen algo sobreexplicadas, debido a la innecesaria apelación al recurso de los traumas de infancia (el aprendiz sufre por el recuerdo de un hermano que se suicidó) o de las cartas reveladoras de sentimientos ocultos. Lo que comienza con personajes oscuros y turbios, de intenciones opacas e inquietantes, termina, tal vez, por exhibir demasiado, por echar excesiva luz sobre aquellas psicologías torturadas, convirtiéndolas de este modo, hacia el final, en mecanismos desprovistos del encanto inicial.

Asimismo, es llamativo hallar en Medicina una veta política abordada superficialmente, que jamás se profundiza. El texto se limita a colocar de vez en cuando frases sentenciosas, rimbombantes, que quedan fuera de contexto y que parecen pequeños fuegos de artificio brillando en el vacío. Se habla, por ejemplo, de “la ley argentina del derrumbe”, o de que “este país hay que sobrellevarlo”, pero lo cierto es que, a excepción de algún piquete que obstruye el tránsito y demora la llegada de Héctor a su hogar, la política está ausente. El lector no puede sino interrogarse por esas menciones extrañas y ajenas. Tomemos, para evitar arbitrariedades, una de estas escasas menciones: la escena de la conferencia de Pudorski en la que analiza la patología intestinal de Néstor Kirchner. Contextualicemos: el médico se dispone a hablar de dos casos clínicos que funcionan como una ejemplificación de lo que previamente ha expuesto. Uno de estos casos es el de Kirchner y el otro es el de una señora de apellido Soria (aclaremos que nada tiene que ver con la ex mujer del fallecido gobernador de Río Negro), éste último de gran relevancia en las páginas siguientes de la novela por motivos que aquí no conviene mencionar. Pero ¿por qué Kirchner y no un anónimo paciente, en una novela que, como hemos dicho, ignora la causalidad política? A las pocas líneas nos topamos con la frase “su patología intestinal revela aspectos profundos de la personalidad NK, este agregaba como complicación a la extrema sensibilidad que implica ser un colítico, rasgos obsesivos, rígidos y silenciados que se resolvían mediante adicciones, el juego, el cigarrillo, el poder”. Vale pensar que lo que se buscaba aquí era, redondamente, soltar la hipótesis del ex mandatario como un adicto al poder. Vaya y pase en periodismos sensacionalistas, pero en la novela se parece demasiado a un capricho.

El de Zorraquín es un experimento literario valorable y audaz porque elige tomar ciertos riesgos y porque no se queda en la narración insulsa propia de la literatura que cree en la transparencia de la palabra. Es una lástima que en esos riesgos a veces pierda el eje.