ENSAYO

CINCUENTA Y UNA SOMBRAS DE BLACK POWER
Montevideo Negro, del Crimen Policial al Réquiem Intelectual

Por Alfredo Grieco y Bavio
Desde Montevideo, República Oriental del Uruguay

 

Con uno de de sus centros de gravedad en el policial negro, la 38° Feria del Libro en el octubre montevideano presentó novedades y anticipó otras. Desde seguras marcas registradas del género, como Hugo Burel, hasta literaturas que desembocan en no menos oscuros ríos profundos del país que ostenta uno en su nombre. En noviembre, la revista Maldoror, dedicada a Juan Carlos Onetti, resultó continuación o coronación de la Feria: homenaje canónico, imprevisto, a Carlos Pellegrino, intelectual mayor de la tierra oscura, púrpura. 

 

Dedicado a la memoria de CP:
Todo será posible menos llamarse Carlos

 

 


Hace no demasiados años, no había tantos frentes de casas montevideanas embadurnados con los colores alegres y candomberos del Frente Amplio, pintadas por los artistas y artesanos menores (¿hay otros?) de la entusiasmada propaganda oficialista. Hace no demasiados años, pero unos cuantos más, una artista germana (¿mayor, menor?) publicó su coffee-table book dedicado a la capital uruguaya. Eran fotografías en blanco y negro. Cada una ocupaba, entera, una gruesa página satinada. Muchos uruguayos advirtieron en cuánto el negro primaba por sobre el blanco, la tiniebla de los corazones intermitentes por sobre la dudosa luz del día feérico. Una hegemonía oscura que encontraron, si no ilegal, sí ilegítima, y en todo caso insoportable. Decían que la fotógrafa, por la alquimia de su cámara clara, había hecho de la ciudad de todos los vientos ‒la capital más al sur del mundo, más austral aún que la misteriosa Buenos Aires, la ciudad junto al río inmóvil‒ una tropical y aletargada La Habana muy pre o muy post revolucionaria. Una pesadilla de color local, de malecones rajados por el sol, de afrodescendientes de torso sin camisa y mulatonas de bustos con corpiño, de sucia pobreza digna y repetido mate amargo, de callejones y caserones en ruinas siempre edificantes, de modernidad bruna pero trasnochada. Sí, aquellas imágenes resultaban anacrónicas. Portaban la marca de la diacronía en la sincronía. Un pasado que tardaba en irse, que subsistía más de lo que existía, mientras que el Uruguay, por entonces, encontraba que el Mercosur era un negocio viable. 

Adiós, Tontovideo. Acaso ningún narrador de ficción uruguayo haya hecho mayores, y mejores, esfuerzos ejemplares por desvirtuar aquella imagen extranjera y retardada de Montevideo que el novelista Hugo Burel. En su fábula El corredor nocturno (2005), trasladada después con buen éxito a la pantalla grande y sus cromos por el director español Gerardo Herrero en el film del mismo nombre, había ilustrado el pacto fáustico del país que había hallado una solución detectivesca a los enigmas de la crisis rioplatense de 2001. Resuelto el origen del crimen, la República Oriental ingresaba en un futuro transatlántico de exportaciones diversificadas y de modernización interior, y lo hacía de la mano de un oncólogo de centroizquierda, presidente por el Frente Amplio. A la Montevideo de conventillos y casas chorizo, a la Ciudad Vieja de negros bullangueros y mercados callejeros, Burel oponía el presente, ni menos juguetón ni menos rabioso, pero clínicamente menos séptico, del doctor Tabaré Vázquez. Al Mercado del Puerto colmaban brasileños y otros turistas, que sentados en las mesas y mostradores brindaban levantando sus vasos de medio y medio (mitad vino blanco, mitad espumante) y engullían sándwiches de blanco, suave pan de miga antes de probar su pamplona o su pulpón asados en una parrilla con ecológico fuego de leña. La ‘marca Uruguay’ es cada vez más nítida: replicable en su fórmula, irrepetible en la proliferación única del buen gusto d.o.c. de sus detalles autentificados por perito de caligrafía siempre en ciernes. 


Cosechas rojas y negras. La Montevideo modelo Siglo XXI lucía ya en la novela de Burel como una ciudad opulenta, más histérica y exhibicionista -más argentina- de lo que algunos uruguayos gustan admitir. Una capital de más rascacielos que campanarios, de gimnasios y bares y bebidas importadas, de cárceles convertidas en shoppings de vanguardia o en museos ultracontemporáneos en entornos re-gentrificados pero asediados por culturas y subculturas más o menos ‘plancha’. Esa sociedad uruguaya, que el ensayista Carlos Real de Azúa había caracterizado c. 1973 como amortiguadora, y en suma más lenta que precipitada, había empezado a correr una rápida carrera ante los ojos de Burel y de sus lectores. La movilidad social, el reparto de la renta habían mejorado; sobre todo, para los que supieran aprovecharlos. Para todos los Julien Sorel puestos al día, ahí estaba la semilla de la maldad o al menos de la impaciente ansiedad. El corredor nocturno protagonista de El corredor nocturno es también un corredor de seguros, un yuppy hipster que sabrá (¿podrá?) pactar con el demonio. Este runner trota de noche por una costanera montevideana que dejó atrás los desaliños. Es un malecón distante, en el fondo y en la forma, de cualquier análogo habanero y arcaico expuesto a esperados pero detestados apagones. El deportista calculador, que escuchó más a la material girl Madonna que a tangos y guitarreadas tristonas, sabe que si quiere progresar tiene que sangrar. La trama de la novela, que no reconoce reveses, se espesa. Como el suicida Horacio Quiroga preconizaba en su decálogo del buen cuentista oriental, esta novela de Burel, rica en peripecias, sabe demorar su potente sorpresa final.

Sombras nada más. En la Feria del Libro montevideana, cuya 38ª edición anual ha concluido el 11 de octubre, el color negro ocupó un lugar de honor. Que no era el étnico-cultural de las ex poblaciones afrodescendientes, esclavas pero uruguayas, ni el del surrealista humour noir bretoniano en el país de Felisberto Hernández (autor de Nadie encendía las lámparas) y de Héctor Galmés (autor de Las calandrias griegas). Ni tan sólo el retro cool de las imágenes a sol y sombra en blanco y negro. Era el de la novela policial negra, que celebra en Uruguay conocidos cultos y reconocidos cultores. Además de Hugo Burel, y para mencionar sólo a los feriantes, ahí estuvieron Milton Fornaro, Pedro Peña, Mercedes Rosende o Renzo Rossell. Acaso el más exhibicionista entre los afiches que en la Feria promovían novedades bibliográficas no inexorablemente novedosas fuera el de Montevideo noir, la nueva novela de Burel. El afiche reproducía la tapa del libro, en rigurosa, plástica monocromía, donde una foto de época lucía como lustroso y satinado fotograma de film noir. 

Historia visible e historia esotérica. Después de iluminar con focos nocturnos el presente –el virgen, vivaz, hermoso hoy en día‒, durante el último lustro de gobierno del Frente Amplio retornó Burel al ayer uruguayo. Un pasado que la actualidad frenteamplista, con sus oros y brillos, volvía negro, enigmático, rencoroso y culpable. Oscuro. Como Juan Carlos Onetti, heraldo del fracaso, la castración y la muerte en faulknerianos, fríos, nítidos relatos de un boom preterido pero insuperado. Al autor de Los adioses y de Juntacadáveres lee, en una playa más o menos blue, antes que negra, el solitario protagonista de Diario de arena (2010), novela de Burel. Como a Onetti está dedicada la siempre espléndida revista-libro Maldoror, de color y contenido fúnebre, porque informa de la súbita muerte de Carlos Pellegrino, quien había inspirado y dirigido este monográfico número 31. 

Carlos Pellegrino, por Daniel Buher.

Si El club de los nostálgicos (2011) es el título de la siguiente novela de Burel, ese sentimiento -no siempre melancólico, no siempre reaccionario- nunca guía ni acción ni drama en El caso Bonapelch (2014) o en Montevideo noir (2015). Antes bien, invitan a un programático, pero razonado, revisionismo del pasado uruguayo: problemas de pasado oscuro y complejo y que desembocan en el presente bajo la forma de candentes cuestiones inocultables. 

La Suiza de Sudamérica. Como a Costa Rica en la América Central, al Uruguay ha correspondido en la del Sur el encomio de ser país muy helvético. “La Suiza de Sudamérica”, lo era por el secreto inviolable, masónico que prometían sus bancos. Lo fue por adoptar un sistema del gobierno colegiado. También por su ser un enclave entre grandes, socio menor en iniquidades mayores como la Guerra de la Triple Alianza, aliado el Uruguay con Argentina y Brasil en el genocidio del pueblo paraguayo. Y Suiza también por proveerles servicios y hotelería a esos grandes vecinos: las playas atlánticas eran sus Alpes nevados, Punta del Este su Jungfrau, la Ciudad Vieja su propia Zúrich con secreto bancario incluido. En El caso Bonapelch, el narrador protagonista es un migrante que vuelve desde Nueva York hasta la capital uruguaya para trabajar de detective durante la dictadura de Gabriel Terra (1933-1938). A los años del Colegiado, en cambio, dedica Burel Montevideo noir. Regresa a abril de 1964, a casi medio siglo antes que Pepe Mujica, a casi medio siglo después que Terra. El lector puede inclinarse hoy sobre ese pasado desde las certezas democráticas de la nueva, segunda presidencia de Vázquez. Si entonces como ahora la crisis está en el aire, al menos sabemos que el Colegiado ya no es una opción y que no hay guardias suizos ni guardias pretorianas que busquen reencauzar el presente. En todo roman noir, esto es marca de (buena) fábrica: el misterio está en el futuro, no en el pasado. Y ya es un enigma saber cómo llegaremos, y si llegaremos, a los días por venir. 

Sótanos empozados. En el otoño de cincuenta años atrás, Keller, protagonista de Montevideo noir, como acaso el mismo Uruguay, ha enviudado. Ha enajenado su casa familiar. Keller se ve forzado a reducirse: ahora, vive en un departamento de propiedad horizontal, en el Parque Rodó. Este solo nombre nos remite al arielismo de José Enrique Rodó, al horizonte purificador, pero no purificado, del primer Novecientos. Como los protagonistas de Necrocosmos, la novela de  Galmés, el hijo de Keller ha emigrado a Australia. Y Galmés era también traductor de alemán, y en ese idioma Keller significa sótano como sustantivo común, y como propio nombre propio remite a Gottfried Keller, el mayor novelista suizo del siglo XIX. Como en el infierno barbussiano, como en el pozo onettiano, Keller se obsesiona por una joven vecina. Que, como la Viterbo de Jorge Luis Borges, se llama Beatriz (Y la llaman por su nombre; a Gabriel Keller, el protagonista de Burel, todos lo llaman sólo por su apellido). Pero a diferencia del cuentista argentino, o de su alter ego literario y rigurosamente enajenado en “El Aleph”, no se contentará con los placeres –rigurosamente vigilados‒ del vouyeurismo de agujeros en paredes o de sótanos porteños que concentran, panópticos, el universo. Pasará a la acción, es decir al crimen. ¿Como los guerrilleros tupamaros del Pepe Mujica, de cuya presidencia (2010-2015) esta novela es un epitafio pero no una lápida? Acaso sea extremar la alegoría política como clave de lectura policial. Sobre todo, porque Keller es un lector y relector furioso, que entra en paranoia crítica transtextual con Asesino a sueldo, que disfruta y que lo apasiona. De esta novela negra que reencontró en su biblioteca, y que lee y relee, su propia vida, se vuelve violenta pero filológica evocación. 

Literaturas y otros derroteros. En la 38ª Feria del Libro abundan los libros históricos. Y las novelas de Burel también lo son, a su modo, aunque en nombre del futuro. Pero tampoco faltan las editoriales jóvenes y nuevas. Y muchas son tan buenas como las más viejas. Buscamos un libro nuevo, que es un balance de la literatura uruguaya, por la mejor de sus críticas, Lisa Block de Behar. Pero las casi cuatrocientas sabias páginas de Derroteros literarios: Temas y autores que se cruzan en tierras del Uruguay tenían que esperar todavía al fin de octubre para ser impresas por el CSIC (Comisión sectorial de enseñanza). Y esperar al 20 noviembre, a la cita con (el recuerdo de) Carlos Pellegrino, en la fecha de su cumpleaños, en el montevideano del Museo de Artes Visuales, para que este siempre penúltimo libro de Lisa, con sus tapas también en el negro (no)color local llegara a nuestras manos diurnas y nocturnas. El mismo día se presentó la revista Maldoror, que Pellegrino, según señala Nelson Di Maggio en un sobrio obituario,  “dirige desde 1981, y que condujo, en sus años recientes, hacia un nivel internacional”. El número 31 de su nueva época está dedicado a Juan Carlos Onetti. 

No nos adelantemos sin embargo a los acontecimientos, como decían las novelas del siglo XIX, suizas o no. En octubre, nos llevamos de la Feria, casi al azar ‒porque tampoco encontramos nada nuevo de otro viejo favorito, Miguel Ángel Campodónico, un libro nuevo (2011), de una de las editoriales nuevas (llamada criatura, así, con minúsculas y cursivas), la novela Injuria, de Apegé, pseudónimo del todavía treintañero Álvarez Pérez García (acrónimo de las vocales y consonantes iniciales de su nombre y sus apellidos), y también una trágica novela gráfica, Cena con amigos (2010), de Rodolfo Santullo y Marcos Vergara. Después de tanta novela negra, pero sin perder jamás la simpatía por el demonio, podemos canturrearle al Uruguay: “Te sienta bien el sol / Te sienta bien ser cool”.