RESEÑA

Estamos invitados a tomar el té

Nadar sin luz es la primera novela de Diego Puig, dueño de un estilo y una voz muy personales, con los que narra la saga familiar sin caer en el gesto anticuado de estar a tono con el presente.

 

Por Horacio Mohando
@ladraqueperro

  

 

Nadar sin luz
Diego Puig
Milena Cacerola, 2013



Nunca es relevante aclarar, aunque lo hagan en las reseñas, en contratapas, en eso que no pasa casi nunca que llamamos crítica, que un libro es la primera novela de un autor. Es aceptable, y hasta por ahí nomás, que se lo mencione, y podría aplicar en el caso de Nadar sin luz, por la sorpresa de encontrarnos con una cierta y temprana madurez para la escritura. Pero tampoco. En nuestro literariamente florido país hay grandes libros, pero grandes de verdad, que no solo han sido primera obra sino además única, en el sentido numérico del término y como adjetivo exacto, de un autor (Besnedra, Baron Biza, Soares). Otros, históricos, fructíferos, se han defendido con sus mejores armas desde su primera hoja impresa. Así que es un buen momento para abandonar la benevolencia, la mirada generosa, las bajas expectativas. Un error no deja de serlo por ser de principiante. Si ponemos ese cuidado, tal vez, consigamos que se deje de publicar, autogestionada o por la fe de una editorial, no es eso lo importante, tanta porquería. Y de paso, por qué no pedir, aunque parezca una plegaria, a los aspirantes a literatos que se pongan a laburar, que conviertan su deseo de estar en la mesa de una librería o disponible para el kindle, en un efecto colateral, en un accidente, antes que en un objetivo.  

Tal como señala Maximiliano Tomas en la contratapa, Diego Puig tiene voz. Una preocupación por el estilo lo liberó de otras, menos urgentes, menos necesarias, como la desesperación tan vigente de sonar actual refiriéndose, sin sentido, a lo contemporáneo. Como si supiera que nada hay más viejo en la literatura que querer estar a tono con el presente inmediato. El intento narcisista de querer ser la voz de una época es asumir que se es viejo sin haber pasado por la juventud. El estilo, evidente, logrado, de Diego Puig encaja perfectamente con la historia, que se va construyendo alrededor de la figura de Lautaro, un heredero condenado desde el mismo momento de su concepción. 

Cuatro voces son las que se entrecruzan para ir reconstruyendo el relato de una familia que lo tiene todo, que está rodeada de gente que lo tiene todo, que lo pierde o lo malgasta, pero al final, siempre lo vuelve a recuperar. Esta riqueza es la que aparece también en el lenguaje, acorde a los personajes, que contrariamente a lo que puede esperarse, no portan la tristeza que a manera de consuelo la clase media suele asociar a la abundancia. Por el contrario, hay una sana resignación a no tener que preocuparse por el dinero y en todo caso, el desasosiego, las pérdidas, el dolor, están presentes en la única medida justa: la humana. Salvo, en la última de las cuatro partes en las que está dividido el relato, donde el propio Lautaro toma las riendas de la historia, convirtiéndose en protagonista y primera persona, es donde aparece esta imagen, poco feliz por reiterativa, del chico rico con tristeza. La vida es lugar común y por eso la literatura debería escapar de su intento de imitación o en todo caso, si esa es la decisión de un autor, debería tratar de encontrar la manera de caminar sobre las huellas hechas profundizándolas hasta el exceso, o desdibujando los bordes de manera inesperada, cosa que aquí no sucede. No faltan las drogas, el descontrol apenas peligroso, el sexo como desencanto. En este tropiezo el lenguaje, que se mantiene florido y  un tanto barroco, también es golpeado. Se aleja de la naturalidad y la estructura se va desajustando. Se empieza a ver una luz donde antes había bordes que estaban soldados con pulso firme. La metáfora, poderosa, de la cual nace el título del libro se repite, sin necesidad, perdiendo fuerza, como si ya cercano al final el escritor se hubiera encontrado con la inseguridad que tan eficazmente venía evitando. 

Como un servicio a la comunidad podemos pedirle a Diego Puig que se exija más en el trabajo y el cuidado cuando publique su próxima novela, que, siendo coherentes, no necesariamente tiene que ser la segunda. Pero también le tenemos que pedir, que sí, que por favor, la escriba.