RESEÑA

Nueva narrativa boliviana

De la tricolor a la wiphala ofrece un panorama general y diverso de la nueva narrativa que se está produciendo en Bolivia en estos años y confirma que la literatura del país andino parece cada vez menos boliviana y cada vez más literatura a secas.


Por Germán Lerzo

 


De la tricolor a la Wiphala. Narrativa contemporánea boliviana.
Santiago Arcos editor, Buenos Aires 2014
266 págs.

La editorial porteña Santiago Arcos publicó a fines de 2014 en nuestro país De la tricolor a la whipala, una antología de narrativa contemporánea de Bolivia, de la que lamentablemente se conoce todavía poco en Argentina. Cuenta con la adecuada introducción y selección de Sergio Di Nucci, Nicolás G. Recoaro y Alfredo Grieco y Bavio, todos ellos diversamente especialistas en cultura y política del país andino. Vale decir que Recoaro también es el responsable de Alta en el cielo, una colección de relatos bolivianos, que publicó en 2009 la editorial cruceña La Hoguera y presentó en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Paz. La primera antología de narrativa boliviana publicada en 1942 en Buenos Aires fue la de Saturnino Rodrigo, bajo el sello de la Editorial Sopena; la segunda en 1964 a cargo de Eudeba bajo el título El cuento boliviano; y la tercera en 1976 por la Editorial Convergencia, bajo el curioso título Bolivia en el cuento. La antología se compone de narradores contemporáneos que, en su mayoría, nacieron en la década del 70 e hicieron su incursión en la literatura durante los períodos de transformación política y pacificación social del gobierno de Evo Morales (2005-2015). Tal como se afirma en la introducción, esto ocurre en concordancia con un país que se abre a los encantos del juvenilismo cultural como nunca antes. Por lo demás, resta aclarar que el título de esta antología hace referencia al cambio de la bandera representativa de Bolivia, que ya no es una República, sino un Estado Plurinacional. A la tricolor de la República se sumó el símbolo andino de siete colores (wiphala), que pasó de ser insignia del pueblo aimara a convertirse en un estandarte del Estado Boliviano.

La actual realidad política y social en Bolivia es, sin embargo, apenas un telón de fondo al que los narradores de esta antología rara vez aluden de forma directa. Como se indica en la Introducción: “Uno de los más fuertes logros políticos involuntarios de Evo Morales ha sido que la narrativa contemporánea de su país se ocupe muy poco de él y de su gobierno. Mas o menos realistas, o alegóricos, o fantásticos, o de ficción científica, o de suaves intimismos transgresivos o trans, novelas, cuentos y otros relatos bolivianos del siglo XXI apenas si mencionan por su nombre el Proceso de Cambio”. Podría decirse que, salvo la excepción de los capítulos de la novela de los Hnos. Loayza, De kenchas, perdularios y otros malvivientes, ningún otro texto de la antología se centra en la descripción de las costumbres ni en el uso de la jerga o los dialectos representativos de las diversas clases sociales bolivianas. Tampoco es necesario que el mal reputado “color local” sea imprescindible para reconocer la validez o pertenencia de las obras literarias a un país determinado. Sin embargo, después de la lectura de estos relatos heterogéneos en sus alcances, logros e intenciones, y pertenecientes a autores de distintas generaciones (como Wilmer Urrelo Zárate, Erika Bruzonic, Gary Daher, Virginia Ruiz Prado, Darío Luna, Juan Pablo Piñeiro, Mauricio Murillo, Spedding, entre los que se destacan los textos de Maximiliano Barrientos, Giovanna Rivero, Edson Hurtado, Alejandro Suárez, Aldo Medinaceli y los Hnos. Loayza) hay que darle la razón a la constatación que hacen los antologizadores: “La literatura boliviana parece cada vez menos boliviana y cada vez más literatura a secas. (…) Si la narrativa de ficción parece desinteresarse de las urgencias del presente, es porque éste se ha vuelto menos urgente, menos acuciante y desesperanzador en Bolivia durante los actuales tiempos revolucionarios que acumularon saltos, rupturas y progresos.” A lo que deberíamos sumar el hecho de que algunos casos de la nueva literatura boliviana (como la obra de Edmundo Paz Soldán) elige sus valores del mundo más que de la tierra de donde surge, lo que la vuelve «una literatura internacional sin ser internacionalista».

 

Dado que es imposible comentar la obra seleccionada de los 14 autores que componen De la tricolor a la wiphala, vamos a referirnos solamente a aquellos textos que a este reseñista le parecieron más destacados. El relato “Las horas” del cruceño Maximiliano Barrientos (1979), pertenece al libro Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, una selección de cuentos de su autoría que publicó en 2011 la editorial española Periférica, que en 2015 también publicó su novela La desaparición del paisaje. En “Las horas”, la protagonista narra en presente y en primera persona los momentos previos a su separación, el lento proceso mental en que empieza a tomar distancia no sólo de su pareja –con quien espera un hijo– sino también de una etapa en la que fueron jóvenes. Esa mirada impiadosa y analítica para juzgar a su novio y a los amigos de éste durante una reunión a la que fueron invitados, recuerda el tono dramático de los mejores cuentos de Raymond Carver o John Cheever, por nombrar algunos, lo que da cuenta que las influencias del autor provienen más de la literatura angloamericana que de los exponentes del Boom latinoamericano y de sus muy variados sucesores en las naciones del subcontinente. No es casual que la protagonista lleve consigo un ejemplar de la novela de Virginia Woolf que da nombre a este cuento, y que en su monólogo interior encontremos un eco de los de la novelista inglesa suicida.

Otro relato notable es “Ladrando bajito”, de la prolífica Giovanna Rivero (1972), que pertenece al libro Sangre dulce de 2005. También publicó los libros de cuentos La dueña de nuestros sueños (2002); Contraluna (2005); y Niñas y detectives (2009) y las novelas Las camaleonas (2001); TuKson: Historias colaterales (2008); Helena 2022: crónica de un naufragio en el tiempo y 98 segundos sin sombra (2014). Por su labor como novelista y cuentista recibió el Premio Nacional de Literatura en 1996 y el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo en 2005.  El relato incluido en esta antología se centra en los recuerdos de infancia de la narradora en torno a Yerka, una perra cuya forma de proceder se volvió tan agresiva como incomprensible. Narrado en clave de “realismo alegórico”, la historia dilata hasta el final ese hecho trágico que marcará la vida del can, mientras se cuenta en segundo plano el trasfondo político de la época, durante el clima opresivo de la dictadura que alcanzó su clímax con el régimen de Luis García Meza, cuando la protagonista tenía 9 años. 

También un hallazgo y un enclave son los breves pero lúcidos relatos cortos del periodista y escritor Edson Hurtado, de quien se incluyen piezas que pertenecen a su libro Ser gay en tiempos de Evo (2011), uno de los primeros libros bolivianos de temática homosexual. En este número de Revista Invisibles, publicamos los tres textos del autor incluidos en De la tricolor a la wiphala.

Conviene destacar los capítulos iniciales de la novela de los Hnos. Loayza, De kenchas, perdularios y otros malvivientes (2013), cuya acción transcurre en un futuro imaginario de Bolivia, en el que han sido prohibidos el juego y la bebida, dos pasiones de la cultura andina, los dados y el alcohol. El protagonista recorre el submundo urbano cuando la prohibición de estas pasiones (el cacho y el singani) promueve el desarrollo de la clandestinidad y de las mafias, lo que da origen a una desopilante aventura donde la poca fortuna en el juego decide el rumbo de Hinosencio, el héroe novelesco. Según los responsables de la Introducción a esta antología, los Hnos. Loayza han escrito posiblemente “la mejor novela de la década que promedia”, un juicio que no incluía a Catre de fierro, de Spedding, publicada en La Paz en abril de 2015. 


Del cubano Alejandro Suárez (1971), naturalizado boliviano en Santa Cruz de la Sierra desde 1998 –la ciudad más pujante y desarrollada, en el Oriente de Bolivia–, se incluyen los capítulos iniciales de su novela El perro en el año del perro, que en 2012 recibió el premio del Concurso Literario por el 450° Aniversario de dicha ciudad. También de temática urbana, la historia transcurre en la jornada de Año Nuevo de 2006, donde el joven protagonista no se decide entre el amor escurridizo de una turista extranjera y la cómoda seguridad de una novia que ya no lo seduce. Con una prosa dinámica y precisa, el texto avanza amablemente para el lector y las descripciones del grupo de amigos, con cierta energía entrópica, logran reflejar el ánimo de su generación: “Ser incorrectos políticamente, moverse en la frontera del insulto, con las amistades juveniles no se echa de menos a los enemigos. No es un mal grupo el mío. Pareciéramos distintos y unidos por las circunstancias pero así estamos hace años y no hay indicios de que las cosas vayan a cambiar. De cierta manera, mis amigos me recuerdan a mí mismo, a veces no es tan bueno, otras veces sí.  De cada uno se extrae una porción de su personalidad para provecho propio. A veces quiero encerrar el mundo en una frase de los Simpson o apreciar el lado cursilón de la vida o mandar todo a la mierda y dedicarme a hacer dinero.”

Por último, el relato aporteñado del alteño Aldo Medinaceli (1982), quien publicó los libros de cuentos Seremos (2008), Hijos del caos! (2009) y Asma (2015), al que pertenece el cuento de la antología. “Todas las balas van al cielo” transcurre en la mitológica Buenos Aires, donde el joven protagonista intenta resistir, sin éxito, a las tentaciones de la ciudad junto al río inmóvil: el amor de dos mujeres, el juego en el casino, y la posibilidad de concretar un robo, en un circuito que va desde Liniers hasta Palermo y otras zonas menos chic de la ciudad.  Lo que sorprende de este relato es el registro en que está narrado, más cercano al español de Buenos Aires que al de la ciudad de La Paz, lo que confunde a una de sus amantes: “Yo no soy argentino, soy boliviano, le dije a Camila. Ella sonrió y esa misma noche nos fuimos a un telo. Cogimos como endemoniados. Al día siguiente no fui a laburar, ni al siguiente. El capataz no me pagó ni me dejó volver. Desde ese día todo fue la ruleta, la baraja y las máquinas. Gané más dinero del que podía imaginar. Me transformé en un Jóker de oro, en el As de las noches porteñas. Se me acercaban las minas y andaba rodeado de pibes.” La suerte del protagonista depende siempre de las oportunidades que se le ofrecen, y no siempre la mejor decisión es la que se toma.

De la tricolor a la wiphala  logra su objetivo de ofrecer un panorama general, amplio y diverso de la nueva narrativa que se está produciendo en Bolivia. Constituye así un material que difícilmente puedan hacer a un lado los investigadores del tema o los lectores curiosos que quieran acercarse a la literatura del país andino.