CUENTO

P.

Presentamos un cuento breve de Tobías Schleider, donde narra la peripecia de un terapeuta que se involucra en el misterio de una paciente, sin prever un final inesperado.

 



 

Otros cuentos y otros cuentos, 2013
Tobías Schleider
Ilustraciones de Alan Berrys Rhys
Hecho Atómico Ediciones

 


Soy periodista. Por oficio, no por profesión. Quiero decir que no estudié, aunque sí aprendí. Antes no me gustaba aclararlo, pero los años me ablandaron. Lo del psicoanálisis vino mucho después de dejar las redacciones.  En la Argentina de los ochenta, los hombres de edad mediana con poco dinero y menos escrúpulos se hacían pastores de una religión inventada (como todas, pero más); en los setenta, prestamistas; en los sesenta, gurúes o terapeutas. De la moda heredada o de la desesperación vino mi idea.

Instalé un consultorio en el garaje de la casa de mi madre. Lo acondicioné con dinero y trabajo prestados (que nunca devolví porque Jano, el mueblero que había sido mi compañero de colegio, murió poco después). Publiqué un aviso pequeño en el periódico del barrio, unas cuartillas mimeografiadas que la gente encontraba en los bares y negocios de la zona. Sobre mi nombre, el teléfono y la palabra «terapeuta», copié una frase de un libro de autoayuda. «La angustia es un océano. Aprendamos juntos a nadar.” Se la atribuí falsamente a «Lacan», anagrama, por cierto, de mi apellido castellanizado.  El periódico salía los jueves.

El primer martes que siguió a la aparición del aviso recibí el llamado de una mujer. Estaba solo, en el consultorio y en la vida, y la voz fresca me inquietó. La cité para la tarde siguiente. Antes de cortar, preguntó por el precio de Ia sesión y si aceptaba pagos mensuales.

Elsa Rema llegó empapada. Después de unos instantes de vacilación, busqué una toalla limpia y se la di. Solo allí me tendió la mano, sin fuerza, y preguntó dónde sentarse. Le señalé el sillón de dos cuerpos, barato pero de buen aspecto, y hacia allí fue, caminando de lado.

Apenas estrenada mi primera juventud, jugaba mucho al póquer. No jugaba, ganaba. Era bueno para leer señales y aprovecharme de los descuidos. Y para las trampas, Elsa Rema me dijo que usaba el apellido de su esposo por decisión propia, la misma que la inclinaba a vivir casi encerrada a pesar de su título, ocupándose de la casa, y que escribía a escondidas, por lo común en el baño. Supe que solo lo último era cierto. La escuché durante unos cuarenta minutos, hice un comentario breve resumiendo su queja y dejé que me corrigiera unos detalles. Me refiero a su queja porque así la llamó. No habló de un problema, ni de angustia, ni de inquietud. Habló de queja y eso es lo que era.

Como acordamos un régimen de dos visitas semanales, los martes y los viernes, y la primera vez había venido un miércoles, le propuse que el encuentro siguiente fuese el sábado por la mañana. Miró su agenda de papel, mínima y prolija, y asintió sin palabras ni gestos, solo anotando. Pagó, me dio la mano blanda y se fue con pasos cortos. 

El sábado, cinco minutos antes de la hora acordada, sonó el timbre. Yo leía, seguramente un libro de Cortázar. No había olvidado a Elsa Rema, pero estaba distraído y mi consciencia se vació por un momento. Regresé a mí y abrí la puerta. Tenía el mismo abrigo pero otra falda y una camisa clara algo raída. La mano blanda, el sillón, la queja.

La queja era, desde la primera sesión, pero con más énfasis luego, sobre su esposo. Sobre su relación con su esposo. Sobre sus relaciones. Ella no se consideraba satisfecha. Según sus palabras siempre asépticas, era una cuestión de calidad y no de cantidad. No es que su esposo fuese torpe ni poco dedicado: simplemente, no le daba el tipo de dedicación y habilidad que ella necesitaba, que parecía incluir, principalmente, la variedad. Elsa Rema no refirió demasiada experiencia previa a su matrimonio, pero sí una cuota importante de fantasía acumulada.

Unos minutos después de que Elsa Rema dejara el consultorio salí a la calle. Tenía que reclamar por el atraso en el esterillado de unas sillas y preferí hacerlo en persona. Debía caminar unas veinte cuadras, pero a las cinco o seis me detuvo la visión de mi única paciente entrando, unos metros más adelante, a la que deduje que era su casa. Ella no pudo haberme visto. Me turbé por unos momentos. No la había seguido, pero me sentí como si lo hubiera hecho. Se supone que un terapeuta no debe hacer esas cosas, pero yo aún era menos terapeuta que periodista y, probablemente, que detective vocacional. Ese mediodía no llegué a la mueblería y recuerdo que tardaron varias semanas más en entregarme aquel trabajo. 

Espiarla se me hizo un hábito. Poco después, esa mujer extraña empezó a interesarme. Antes de que el interés evolucionara y ella me importase, decidí llevar un diario de nuestros encuentros y mis persecuciones. De esa manera, creí mantendría a la relación en el limbo del ascetismo descriptivo. 

Dos o tres semanas más tarde, su queja se había desviado hacia la falta de hijos, sus escritos tímidos y prolijos, las lecturas para las que nunca hallaba tiempo, la culpa por mirar televisión, una frustración indefinida y una angustia concreta, que era su complemento exacto. El asunto de su marido había quedado sepultado debajo de esas cuestiones que la afectaban menos pero la incomodaban más. 

Cuando la seguí esa vez, noté que se demoraba más que de costumbre. Hasta se detuvo en la esquina de su casa para esperar algo que lo supe pronto, sucedió: salió un hombre, sin duda su esposo, sin verla. Me gustaría escribir que lo dudé pero, en realidad, no fue así para nada. En lugar de regresar hasta mi consultorio, seguí caminando en el mismo sentido, detrás de él. Con menos cuidado, claro. Y más curiosidad. 

El hombre tocó el timbre en un edificio, aguardó dijo una palabra o dos y entró con su llave. En ese momento si dudé, pero decliné la posibilidad de la espera. Supe que, de todos modos, volvería a pasar por esa puerta al día o a la semana siguiente, para ver si la rutina lo era. 

Mi tercer intento me cruzó con él. Resistí a último momento la tentación de saludarla. Repitió el anuncio e ingresó. Esa vez lo esperé en un café cercano. Podía ver la puerta vidriada y supe que saldría antes de que la abriera. Iba solo, pero cargaba una bolsa que no tenía al entrar. Era de una tienda de ropa de mujer cara y cercana. Caminé por la vereda de enfrente y pasé por el local, pero no me detuve. Ni siquiera levanté la mirada del suelo.

Lo vi una vez más. Fue, creo, por casualidad. Pasó por delante de mí en el supermercado de la mano de una mujer que yo conocía muy bien: había sido mi amante durante mi matrimonio corto y desastroso. También, la mejor amiga de mi esposa. Se detuvo, volvió sobre sus pasos y me lo presentó después de saludarme con un beso. Dijo que era su novio. Yo me cuidé de contarle a qué me estaba dedicando, aun del modo más genérico. Sé que después de despedirnos, apenas un momento más tarde, le habló de mí. Por el movimiento de sus hombros pude adivinar que reían juntos. No me sentí mal, pero me asalté la curiosidad. Luego vi claro que si su mujer casi no salía de la casa, le resultaría fácil pasear de la mano de otra, tal vez más bonita pero no más interesante, por un lugar público, y despreciar el riesgo de cruzarse con conocidos por la mañana. No se me ocurrió en ese instante que Elsa Rema podría haberme mentido o que el hombre, aun cuando respondiera a la descripción vaga que ella me había regalado, fuese su hermano o su cuñado y no su marido. No podía aguantarme hasta la próxima sesión. Tampoco, pensar cómo le sonsacaría la información, pero eso no me importaba en aquel momento. En los dos días siguientes me instalé durante horas en otro bar, esta vez ubicado a unos metros de su casa, pero no noté nada extraño: ella salió en horarios que parecían habituales. No vi entrar ni salir a ese hombre, ni a otro, ni a nadie más. 

Era miércoles y estaba aburrido. Tenía otros tres pacientes, pero ninguno me despertaba lo que Ella Rema, esa mezcla inexacta de morbo y lástima. Por no esperar un día más, hice lo que sabía poco correcto y seguramente inconducente: llamar a la mujer que había sido mi mujer y ahora era la amante supuesta del marido probable de mi paciente simulada. Busqué su número nuevo en la guía y estaba. Me atendió. 

Las cosas no suelen darse como imagino. Cuando escuché su voz del otro lado de la línea, no supe qué decir durante los segundos justos para que cortara la comunicación  menos uno. Reconoció mi voz. Dijo que esperaba el llamado. Me citó en el bar que yo conocía aunque no se lo dije, frente a su casa, para una hora después. 

Lo primero que hizo fue contarme de su noviazgo. Na supe, ni sé hoy, si fue para alejar mis ganas o para atraerlas. Tampoco si era consciente de que su hombre estaba casado; si de que lo había estado; seguramente no le importaba. En cualquier caso, hacía unos meses que se veían, él era generoso con ella y, según implicó al borde de lo burdo, con su placer. Con una cadena de infidencias me renovó una confianza que tal vez nunca habíamos tenido, aun sin ropa sobre el cuerpo y fluidos dentro de él. Él le había confesado detalles de su relación anterior (que, yo supe y sé, no era tan relación ni, mucho menos, anterior). Antes de ella, le había dicho, estaba insatisfecho. Su esposa no era torpe, pero no le regalaba la clase de atención ni de destrezas que su sed (no sé si aquellas habían sido las palabras del hombre, pero ella lo dijo así, «su sed») le pedía. Le faltaban (aquí quien fuera mi amiga, mi hembra, soporte de mi cuerpo y mis embates, y ya era una mujer más, demasiado atractiva y deseada por mí, pero una más, se me presentó ingenua y casi olvidable) variantes.