CUENTO



Picnic


Por Germán Lerzo

 

 



La primavera se sentía en el aire y contagiaba un calor manso al interior del micro que transportaba a treinta adolescentes del colegio secundario hacia los bosques de Palermo. Esa rara sensación de diversión y ansiedad que despertaba el Día del estudiante, también transmitía a algunos chicos la promesa de la novedad, y a otros, menos optimistas, la certeza de que los verdaderos cambios no formaban parte del mundo.  A pesar de esos sentimientos diversos, los alumnos de tercer año polimodal del Normal 7 conformaban un sistema cerrado, sujeto a unas reglas convenidas por la costumbre y el conocimiento mutuo. 

Después de cuarenta minutos de viaje, y tantos años de convivencia, las relaciones se desarrollaban bajo el influjo de un mecanismo donde las más evidentes incongruencias servían para la armonía de los opuestos, en una interdependencia que permitía la conformación de un todo compacto y diverso.
     
Las chicas, que habían empezado a experimentar la evolución de sus cambios físicos, llegaban a esa edad con la decisión de asumir que poseían un cuerpo, un cuerpo que también las poseía, y confiar en él, no sólo como el lenguaje principal con que se piensa la seducción, sino también como escenario material donde se puede representar la imagen misma del deseo. Cansadas de asistir en soledad a los cambios que produce la naturaleza, todos sus movimientos actuales, potenciados en la excursión de un día de primavera, consistían en abrirse a la interpelación del otro, en comenzar a descubrir el universo de los compañeros. Los chicos, por su parte, impunemente ajenos a la realidad que inquietaba a sus compañeritas, y unidos por una inquieta fascinación deportiva, se dedicaban, algunos, a inflar la pelota; otros, a calzarse el equipo; a lustrar los botines o a escuchar música con auriculares. 
    
Nerón (profesor de economía, divorciado a los cincuenta) coordinaba ese concierto automatizado de chicos en torno a la pelota de fútbol mientras los cargaba de un común entusiasmo con alguna anécdota personal de su época de carrilero izquierdo en el club comunitario.  El Topo, especie de titán del esférico, que escuchaba atentamente las palabras de Nerón, e investido de la fama que gozan los petisos que además juegan bien al fútbol, encabezaba el grupo de muchachitos que depositaban en la habilidad del cuerpo la concreción del sueño y la fortuna.
      
Claudia (profesora de biología, soltera, treinta años), un tanto más apartada que su colega de la realidad de sus doncellas, hojeaba una revista de actualidad en los asientos de adelante. El grupo de las chicas, podría decirse, había perdido su centro, y ese era el principio, la pieza que estaba faltando para que Patricia, la adolescente más exuberante, viniera a llenar el vacío de las leyes, y comenzara a imponer, con el resto de sus amigas, la ley de las Amazonas.

 
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El micro se detuvo junto a otros, debajo de una arboleda, y los chicos descendieron. La constelación de clases, géneros y edades se mezclaban en una suerte de  anarquía en torno al festejo y a la liberación que suponía el Día del estudiante en medio de la ciudad. Los bosques de Palermo se transformaban, de pronto, en un mundo completamente adolescente, variado pero uniforme. Todos parecían amar la primavera y el sándwich de miga. Cualquier elemento extraño que trastornara las reglas de ese mundo solo podía venir del exterior, del mundo de los adultos.

El Topo y sus amigos habían bajado del micro con la indumentaria deportiva que identificaba, más o menos, los diferentes equipos. Para ellos Palermo era una enorme cancha de fútbol, y comenzaron a internarse en las extensiones de pasto tratando de delimitar un claro para comenzar el partido. No era perplejidad la de los otros cuando vieron al Topo, muy orondo, con su equipo verde y las medias rojas, picando el balón en el piso junto a sus compañeros, ya que el fútbol, en esos contextos, convoca a las más variadas rarezas detrás de una pelota. Y el profesor Nerón, en pantaloncitos y musculosa, no venía a ser sino una confirmación de ese cuadro. Otros chicos del curso se dedicaron a la deriva con la música sonando fuerte en sus oídos. Exhibían un mesurado rechazo del sentido de pertenencia con el resto, pero no eran lo suficientemente enfáticos en su separación definitiva, y su vaga noción de escape no era mayor al desafío de alejarse unos metros.

La profesora se sentó a la sombra junto a un grupo reducido de correctas alumnas, voluntariosas en la vana tarea de intimar con la reservada profesora Claudia que, delante de sus anteojos negros, dejaba pasar el humo del cigarrillo. Patricia, en cambio, encabezaba la cruzada del lenguaje en el juego de la comunicación que proponía la escena. Su cuerpo era el verbo que podía mediar toda forma de entendimiento en un mundo adolescente donde el ocultamiento era el principio de la comunicación.  No era un desafío lo que proponía, y sin embargo su mirada era una invitación al entre. Había que conquistar su voluntad para ganarse la de sus amigas. Nadie podía desestimar esa presencia que, sin imponerse, lograba disimularse en la masa de jóvenes que comenzaba a reunirse en torno al partido.  El juego de ellas era otro que el de sus compañeros, pero ahí, en esa disposición arbitraria que ofrecía el día del estudiante, su juego podía coincidir con el de otros. Negar esa posibilidad sería equivalente a restringir los bosques de Palermo a los límites de la canchita de fútbol, donde el Topo hacía de la gambeta el centro mismo de su eterna destreza futbolera y del atractivo momentáneo del encuentro.

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El partido de fútbol ya caía en la monotonía. No ofrecía, lo que se dice, muchas situaciones de gol, en las cuales se pudiese ver un equilibrio entre los equipos, fundado en la táctica defensiva de unos y en la estrategia ofensiva de otros. Ofrecía, en cambio, goles. Muchos goles. De un lado y del otro, Nerón y el Topo, maestro y discípulo, se empeñaban en mantener, al ritmo de contraataques, centros y cañitos, cierta dinámica en el juego que consumía, al mismo tiempo, la energía del resto de los jugadores. Pero después de una hora, la destreza individual comenzaba a marcar el destino de los equipos que ya renunciaban a cualquier emprendimiento colectivo.

El Topo, pies ligeros, se mandaba solo al ataque, y cierta vanidad de gordito habilidoso le permitía ser, al mismo tiempo, un gordito comilón. A veces encontraba en los pies de Nerón un obstáculo a su trascendencia histórica. Otras veces, la pelota no pasaba a menos de un metro del arco. A esta altura de los hechos, el Topo, dios de la gambeta, ya había marcado muchos goles y aun así, se lanzó, denodadamente, al ataque.  De pronto presintió que la defensa lo estaba encerrando. Como de memoria, y en virtud de un sentimiento vagamente solidario, tiró un pase para que lo corriera alguno de sus compañeros. Nadie corrió. La pelota rodó pegada al piso, atravesó la cancha y fue a parar ante un grupo de muchachos.  A pesar de que no ignoraban lo que se esperaba de ellos, parecían muy concentrados en la charla y en pasarse la botella de cerveza como para devolver la pelota. 

Los chicos empezaron a impacientarse un poco. Nerón miraba a los otros, como si eso bastara para generar una reacción. Uno del equipo del Topo pidió la pelota con un grito y un movimiento del brazo. Los otros lo observaron impasibles, como monos ante una figura de baile. No faltaba más, sólo eso fue necesario para que Patricia mirara a sus amigas y emprendiera la marcha hacia el grupo. Los otros la vieron avanzar hacia ellos, y la dejaron venir en su fulgor adolescente; apreciando los movimientos en que se balanceaban y contorneaban, equilibradamente, cada una de sus partes. Cuando estuvo frente a ellos les pidió la pelota. La siguieron observando, sentados en el piso, sin reacción, como si les llevara cierto tiempo interpretarla y eso les produjera cierto delay, como en esos teclados viejos en los que el sonido comienza tiempo después de tocar la tecla. Hasta que finalmente uno de ellos arrojó la pelota, que pasó por sobre la cabeza de Patricia, la de sus amigas, y fue a parar al medio de la cancha.  El partido se reinició de inmediato, con un lateral desde donde el balón había salido.

Patricia y sus amigas, mientras tanto, permanecían ahí, paradas delante del grupo de rollingas, un tanto azoradas por el final de los hechos, como si su actitud, que invitaba al desafío, hubiese sido aplacada con una sonrisa de su contendiente.  Entonces, alguien estiró el brazo y le ofreció cerveza a Patricia. Bastó ese gesto mínimo para que ella tomara la botella con una mano, la inclinara sobre su boca inexperta y bebiera el dulce jugo de la primavera, y todo comenzara a internarse en una rara comunión bucólica.
                         
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El grupo de rollingas y amazonas se mantenía unido por la charla.  Las chicas sentían en su cabeza cierto mareo residual que les dejó el alcohol, pero eso no les impedía armarse de réplicas inteligentes a los comentarios masculinos.  Regulaban las diferentes intensidades que le proponía ese encuentro con una modesta defensa retórica, meramente formal, en un principio, que demandaba una apuesta mayor por parte del otro para empezar a ceder a las reglas de cierto juego. Nadie lo conocía, y sólo se sabía jugándolo.

Los muchachos no demoraban en prevenciones diplomáticas o rodeos de cortesía la celada que improvisaban para estas nínfulas etéreas y sagaces. Patricia marcaba el trazado imaginario de los límites a que debía atenerse el oponente, y si su actitud no era distinta, la de sus compañeras no podían sobrepasar esa línea. Justamente ellas advertían ahora la consistencia difusa de ese trazado que comenzaba a borrarse en la medida en que Patricia cedía, de a poco, a la cercanía física de uno de ellos. Incisivo en su arremetida y elocuente con su palabra, el muchacho había despertado la curiosidad de la Amazona, que veía en su seguridad cierto resguardo contra la indeterminación del mundo. Disuelta la muralla de su fortaleza, Patricia tuvo la impresión  de entrar en una fase nueva, donde las armas y las reglas que conocía ya no tenían vigencia. Tal vez por eso aceptó con una sonrisa y la boca apenas entreabierta el primer diapasón del beso mientras dejaba caer la cabeza hacia un costado. De pronto sintió que ya no necesitaba nada más cuando el chico pasó una mano por su cintura  y apretó la carne, porque esa era la experiencia que reconducía las convulsiones previas adonde habrían de ser reconsideradas sin importancia alguna. Sus bocas parecían seguir un baile coordinado por la armonía misma de la naturaleza, hasta que de pronto sintió la otra mano, entre sus piernas, como un tirón en el hilo que mantenía la costura entera de su cuerpo. 

Perdida era poco decir. Las amigas de Patricia no podían considerar su propio destino como algo completamente ajeno al de su amiga, aunque no suponían que el intercambio verbal implicara, en determinado momento, otro tipo de concesiones. Y se enfrentaban a sus propios miedos mientras veían cómo el muchacho le iba sacando la ropa a su amiga y manejaba ese cuerpito blanco del mismo modo que a una oveja las garras del león. Asistían confusamente al saber de la experiencia, ahora que el muchacho se acomodaba arriba de Patricia y la obligaba a seguir, a fuerza de unidad, los movimientos con que embestía su cuerpo, detrás de un arbusto pequeño. 

No muy lejos de ahí, el Topo, rayo de luz, se acercaba al arco rival y dejaba a dos defensas en el camino con un movimiento de cintura y el recurso gastado de la gambeta.  Se quedó frente al arquero que salió a la puerta del área a marcarlo y él se la levantó por arriba. La pelota picó una vez antes de convalidar el gol. El grito de gol se interpuso sobre el grito con que Patricia indicaba la resolución del acto. Ella no pensaba mucho, y tampoco le interesaba mucho pensar, de modo que no hizo más que un gesto débil de liberarse cuando sintió que se le subía otro.  

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El sol empezaba a caer y el grupo emprendió el regreso. Subieron al micro sin resignación ni pena. Tenían el cuerpo cansado, una vaga sensación de hambre y poca disponibilidad al tipo de conversaciones que tuvieron en el viaje de ida, durante la mañana. Ahora el micro atravesaba las diferentes avenidas rodeadas de espacio verde, y comenzaba a internarse en aquellas calles que unían la ciudad al interior del gran buenos aires.  Por la ventanilla podía verse el cambio del panorama, en el que se iban borrando los árboles y comenzaban a aparecer los techos de las casitas.  Algunos chicos descansaban, solitarios, en sus asientos; un grupo reducido comentaba alguna jugada del partido; otro grupo de chicas, no menos reducido, conversaba sobre lo aburrido del día y alguna preguntó si había algo para hacer el fin de semana. Pero se hablaba en voz baja, como si se estuviera rompiendo el silencio.

El Topo, verdugo de arqueros, doblaba prolijamente su ropa deportiva que luego acomodaba en el bolso con una devoción mesiánica. Parecía muy absorto en su tarea como para que alguien le palmeara el lomo felicitándolo por sus goles. Patricia estaba sentada en el fondo. Tenía la mirada fija en las imágenes que se sucedían detrás de la ventanilla.  Pero no veía nada.  Como si fuese una clave que tuviera que descifrar, la realidad se le aparecía siempre esquiva y variable a la que no podía dedicar más que una ojeada desinteresada. Y esa mirada era también el principio de  la indeterminación con que empezaba a explicarse no ya el mundo, sino una parte de él.  Creía entender el sentido del salto para alcanzar los verdaderos cambios, y comenzaba a sentir el golpe de cara firme contra el piso con que la realidad le imponía las novedades.  En su interior crecía la presencia de ciertos dolores; aparecían, ahora, sin énfasis pero se instalarían con vigor en la estructura misma de su cuerpo con el correr de los días. Sólo entonces podía aferrarse a la certeza, que le brotaba como un grito sordo, de que todo recién empezaba, ahí mismo, en el interior del micro, o afuera, en cualquier parte. Y ella no mostraría más que esa tierna indiferencia con que se abriría al desorden del mundo. Sin esperar nada de la vida, para no arriesgarla. O dándose por muerta para no morir. 

 

 

                                                                                                      Buenos Aires, diciembre de 2004