SOCIEDAD

Cine catástrofe

Por Manuel García*

 

El burdo informe periodístico en torno al uso de los fondos del INCAA y de la escuela de cine ENERC, que motivó la renuncia del presidente Alejandro Cacetta y el rector Pablo Rovito, puso en alerta a la comunidad audiovisual por un eventual recorte en el financiamiento a la producción de cine argentino. La distancia entre una industria en pie de guerra y una gestión cultural de la que siempre se sospecha, permite imaginar un conflicto con altibajos pero permanente. Manuel García, que conoce el medio desde adentro, nos comparte su perspectiva del problema.

 

 

Me lo dijo un colega hace poco más de un año: “Yo puedo hablar con Cacetta. Con Alejandro somos amigotes. Bueno, en realidad todos somos amigos de Alejandro”. Y tenía razón. Pero no en el sentido de que todos en el mundo del cine pretenden ser amigos del presidente del INCAA, sino porque realmente todo el mundo que conoce a Alejandro Cacetta siente, rápidamente, una disponibilidad y una confianza muy parecidas a él, y muy diferentes a lo que uno espera de un funcionario de esta importancia. A Cacetta lo propuso Juan José Campanella para dirigir el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales, o eso dicen, pero lo eligió toda la industria, y eso es seguro. Hasta el día en que lo obligaron a renunciar, trabajó con y para la industria de donde llegó, y a la que seguramente estará volviendo en estos días. El suyo no fue un cargo político, y probablemente haya pagado por esa falta.

La semana pasada en la oficina alguien me dijo “¿viste lo de Fantino anoche?”. No lo había visto, y me contaron del informe en contra de Cacetta y de Pablo Rovito, el rector de la Escuela Nacional de Cine, por supuesta corrupción. Me contaron de los nombres confundidos, de los datos mentirosos, y de las sospechas malintencionadas, y yo aseguré que con eso no iba a pasar nada. No solamente porque el seudo informe era un mamarracho, sino porque en general por acusaciones mucho más serias los funcionarios, estadísticamente, tienden a mantener su cargo. Esa misma tarde nos llegaba la información que Cacetta iba a renunciar ese día o el siguiente, y Rovito el día posterior a las Pascuas. La casa no estaba para nada en orden.

Entonces toda la industria salió a respaldar la gestión de Cacetta y la de Rovito, su honorabilidad, y de paso también al Fondo de Fomento Cinematográfico, la caja del cine nacional que, según algunos en ese momento y casi todos ahora, era el verdadero objetivo de toda esta infamia. El Ministro de Cultura, Pablo Avelluto, apretado por directores, productores, técnicos, distribuidores y estudiantes, atinó a decir que no estaba en duda la honestidad de Cacetta, pero sí su predisposición a terminar con la corrupción enquistada en el INCAA, y que era facultad del Estado pedir un paso al costado a aquellos funcionarios que no estuvieran alineados con esta política de transparencia. La evidente relación entre el burdo informe periodístico y esta razonable decisión política daba como resultado lo que Juan José Campanella, promotor de Cacetta pero también del gobierno de turno, definió sin embargo como “una opereta”. 

 

Nada se supo todavía de cuáles son las sospechas de corrupción a las que alude Avelluto y que la Oficina Anticorrupción se propone investigar. Tampoco por qué a un rector intachable como Pablo Rovito se lo invita a renunciar a un cargo ganado por concurso, y luego de una gestión histórica al frente de la casa de estudios, si las hipótesis de corrupción no estaban fundadas en las patéticas denuncias difundidas en el programa de Fantino. Sólo se sugirió que se iba a trabajar para “ir a fondo” y “transparentar” un “organismo opaco” como el INCAA, pero “de ninguna manera” tocar el Fondo de Fomento Cinematográfico. La presión de la industria fue tal que, no sólo el Ministro, sino el mismísimo Jefe de Gabinete salió a aclarar este asunto públicamente.

La sospecha de que, tarde o temprano, el Tesoro Nacional iba a tratar de hacerse con la caja del INCAA se disparó hace unos dos meses cuando, luego de la asunción del nuevo Ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, una consultora le sugiriera, como parte de una posible reforma impositiva, anular el 10% que se le retiene a cada entrada de cine como aporte al Fondo de Fomento Cinematográfico, esa caja de donde sale el dinero para mantener el INCAA, la ENERC y hacer unas 200 películas por año, entre otros. Tras una reacción de las entidades de productores y directores, Avelluto y Dujovne se vieron forzados a aclarar que no estaba en sus planes eliminar este aporte.

 

Pablo Rovito, Alejandro Cacetta, Pablo Avelluto y Enrique Avogadro en el centro de la imagen. 

Pero el 10% que se retiene de cada entrada que se vende en cines es solo una parte, y minoritaria, del Fondo de Fomento. El resto, la mayoría, proviene del canon que la TV y la radio pagan por el uso de sus frecuencias, un espacio público. Un 25% de ese canon va al Fondo de Fomento, que en total suma casi unos 3.000 millones de pesos por año.

El jueves de pascua, y también el lunes posterior (día elegido por Cultura para empezar a “limpiar” al INCAA, sobre todo de gerentes ligados a Administración y Auditoría), la comunidad audiovisual, convocada primero por los estudiantes de la ENERC, y autoconvocada después, le mandó un mensaje de unidad y alerta a Cultura, Presidencia, y a quien corresponda: el INCAA es autárquico, al presidente del INCAA lo elige la industria y al rector de la ENERC un concurso, y sobre todo el Fondo de Fomento no se toca.

Detrás de este abroquelamiento, casi todos en la industria están de acuerdo en que el INCAA es, históricamente, una oficina con un alto grado de burocracia y que los subsidios al cine no siempre se otorgaron de la manera más transparente. Salvo productores realmente oscuros como los que empujaron denuncias contra Cacetta (las mismas que Cultura, insólitamente, usó para eyectarlo) el resto de la comunidad audiovisual estaría de acuerdo con un Instituto más transparente y eficiente. Pero si estas fueran las verdaderas intenciones de Cultura, ¿por qué deshacerse del primer presidente que estaba haciendo algo para corregir esto?

Yendo más lejos en las sospechas, se intuye que la eliminación del canon que dejaría sin fondos al INCAA, y sin cine argentino a la Argentina, no tiene que ver tanto con disponer de ese dinero que, a nivel presupuesto nacional, no es tanto, sino con eximir a los medios de este desembolso tal y como se hizo con otras actividades florecientes como la Minería y el campo. Como sea, y tomando estos antecedentes como punto de partida, circulan desde estos días textos y videos donde se aclara cómo funciona el INCAA y se exige la protección del Fondo, tal cual aparece en la Ley de Cine. Todo esto que a la industria nos parece obvio (la importancia del cine, el INCAA, la Enerc, y cómo todo esto es posible sin tocar un peso del Tesoro Nacional) no lo es tanto para los ciudadanos de a pie, y la participación de directores, actores y actrices famosos en los medios y las redes sociales intenta desarmar esa inercia fogoneada por aquel informe televisivo.

Más allá de los movimientos internos en el INCAA y la ENERC, la definición de la política cinematográfica, expresada en los fondos disponibles para hacer cine y formar cineastas, y el criterio con que estos fondos se asignan, no estarán claros durante un tiempo. La distancia entre una industria en pie de guerra, y una gestión de Cultura de la que siempre se sospecha lo peor, permiten imaginar un conflicto con altibajos, pero más o menos permanente. La realidad sobre este caso probablemente nunca se sepa, y nos queda la única certeza de que en una gestión cualquiera, y por cualquier cosa, un funcionario puede ser maltratado y echado de un cargo, incluso cuando su aporte a la cultura e industria públicas estuviese muy por encima del promedio. O tal vez precisamente por eso.

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*Manuel García es director de la distribuidora Cinetren, divulgador y docente de distribución de cine.