TEXTOS



Adelanto de la novela Postales de Río,
de Martín Doria


Editorial Eduvim, 2013
Colección: Tinta Roja
180 páginas, $70
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Todavía se repite y mucho el sonsonete de que la realidad supera a la ficción. Cuando acabé de leer Postales de Río supe que, ahora sí, tenía con qué darle a ese lugar común que reniega de las cloacas en las que el amor se revuelca, despedaza y devora los cuerpos, y sobre las que sólo la mejor literatura echa su luz cenital, dinamita toda penumbra.

Luna es un médico de madrugadas violentas, de gritos amordazados, de muertos en pie que claman por ser amados. No baja a los infiernos para encontrarse a sí mismo –sabe que es imposible– sino para alejarse de la certeza del vacío.

Con tenebrosa belleza, Martín Doria nos cuenta una historia de amor. Conmueve, arrebata, sofoca y enciende los fuegos necesarios, tensa la vigilia del lector hasta transformar a esta desolada crónica urbana en un viaje al fin de la noche del que Cèline no habría renegado.

 

Guillermo Orsi

 
    

      





Capítulo 9

Peinó tres rayas y aspiró rápido. El ventilador de pie no aliviaba el calor. Se hizo tarde. Algo de cocaína circulaba aún a la medianoche, prohibiéndole dormir. Intentó el sueño forzado aplastándose contra las sábanas pero al rato se encontró nuevamente con los ojos abiertos, el corazón vibrándole a un compás extraño. Trató de interpretarlo, identificarlo como una extrasistolia o una fibrilación ventricular que preanunciaba su muerte. Luego de un minuto entendió que la vibración venía del exterior y penetraba así a su cuerpo. Asistía desde su lecho al pulso enérgico de miles de otros humanos que latían con él. Llegó desnudo y en penumbras hasta la ventana cerrada y la abrió, lo que aumentó notablemente el volumen de los ruidos (acompasados, metálicos, tribales). Django también se levantó perezosamente y se detuvo junto a sus piernas. La noche era muy cerrada, ni siquiera dejaba ver la luna, oculta por nubarrones gigantes. Tampoco había luces en las casas y edificios del barrio. Parecía una ciudad desierta, devastada, ocupada por malones primitivos. Encendió la tele y había electricidad. En la pantalla, observó casi la misma imagen que veía por su ventana: barrios a oscuras y los golpes incesantes, que de a ratos se sumaban sincrónicamente y tomaban una intensidad furiosa. Un zócalo en la pantalla rezaba: APAGONES Y CACEROLAZOS EN TODA LA CIUDAD. El locutor dio paso a los móviles y el panorama parecía repetirse en diferentes localidades. Luna sintió una empatía colectiva que lo reconfortaba. El país se deshace junto con mi espíritu. 

Las dos horas siguientes las pasó frente al televisor, esperando el sueño. En canal siete continuaba el ciclo de películas de zombies. Una película de Tourneur: una mujer americana en Haití que se debatía entre el amor de dos hombres cayó enferma en un estado extraño, límite entre la vida y la muerte. Apenas tenía la capacidad de caminar de un lado a otro con la mirada perdida y el semblante pálido de los espectros. Había una lucha discursiva constante en la película entre la medicina tradicional que buscaba una enfermedad orgánica y la medicina de los haitianos, que la creían zombie. El marido sufría un pesimismo irredimible. “Todo lo vivo muere aquí. Hasta las estrellas”, decía. Luna quiso manipular el arma todo el tiempo, cargando y descargando las balas. Un corte informativo interrumpió la película. Luego de la cobertura de la protesta civil, se sucedieron las noticias de la hecatombe nacional mezcladas con crónicas menores. El caso policial de su localidad volvió a filtrarse en la agenda pública, esta vez con mayor impacto: los dos cuerpos femeninos desaparecidos fueron encontrados mutilados (concretamente eviscerados) en una planta de desechos basurales. Los descubrieron dos chicos que se separaron de la muchedumbre que burla la seguridad del CEAMSE y toma desesperada el predio para alimentarse de la basura y encontrar metales para vender. Sus cuerpos reaparecieron desnudos y el abdomen de las dos abierto de forma salvaje, presumiblemente por acción de aves carroñeras. Restos de vísceras se confundían alrededor con la basura. El rótulo tremendista había cambiado: “LA MASACRE DE LAS CORISTAS”. «La tercera corista, quien podría dar la pista definitiva, continúa en coma». Se organizaron rápidamente marchas frente al hospital y frente a la municipalidad también. Las familias pedían justicia. El intendente pedía justicia y se apuraba interviniendo el hospital. La presencia policial empezaría a ser habitual en los pasillos. Nadie decía tener una pista. Quizás todos mienten, pensó Luna. Todos mentimos.

Permaneció hipnotizado un rato más en la imagen de un cielo de bronce con los destellos rojos del fin de la tarde y las siluetas negras, recortadas, de los desahuciados y los jotes semienterrados en las montañas de desperdicios. Una visión del apocalipsis. Tragó mucho aire en un suspiro profundo, perplejo ante la conciencia de la muerte que parecía descubrirse ante los ojos de todos, en todas partes.


Sobre el autor:

Martín Doria es médico y escritor argentino. Su novela “Postales de Río” mereció la mención especial del jurado (Guillermo Orsi, Leonardo Oyola, Lucio Yudicello) en el Festival Internacional Azabache de Novela negra 2012 y fue editada por EDUVIM. Su novela “La extranjera” ganó el Premio Manuel Zapata Olivella (Colombia, 2010). Por la novela “Diciembre” mereció la primera mención en el IV Congreso Internacional de Médicos Escritores (Buenos Aires, 2007). Su novela “Quemado” recibió el segundo premio del certamen nacional “Premio Osvaldo Soriano 2007”. Su novela “El Lector de policiales” fue finalista del Premio Nacional de Novela Corta de la Universidad Central (Colombia, 2010). También ha publicado varios cuentos: su relato “Diciembre” en la antología del Premio “Haroldo Conti” 2003 (Ediciones del Candil, 2005). El relato “1966 (crónica de mi primer día en el exilio)” fue publicado en el volumen “Relatos de inmigrantes. Los que vienen y los que se van” (Ediciones Fundación El Libro, 2008). El microrrelato “Natural” fue finalista del Premio Márgenes de la Universidad de Salamanca, España. Año 2009. Su cuento “Fátima Fútbol Club” forma parte del libro Jugá Conmigo (Ediciones Al Arco, 2011). 


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