SOCIEDAD

Y sin embargo, el porno

La performance de postporno en Sociales pretendía reflexionar, cuestionar, derribar barreras. El  problema es que se queda ahí, se vuelve una paja intelectual, una herramienta de nicho con un alcance ínfimo frente a un monstruo que no para de crecer: el porno. 

Por Maru Leonhard

Ya lo saben todos: hace algunas semanas, un miércoles a las siete de la tarde, en los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, se organizó una performance sobre postporno y una primera imagen se viralizó en minutos: sobre una mesa de madera aglomerada, una chica se acostó y otra le metió un micrófono en la vagina. Los debates y los chistes y los comentarios y las discusiones se fueron apagando y eso es, básicamente, lo que ahora todos recordamos, el dato anecdótico. Pero detrás de la anécdota había algo: el flyer promocionaba la performance como la llegada del postporno a Sociales.

En las fotos alrededor de la performance se ven algunos pocos curiosos que no saben bien qué cara poner, otros que sacan fotos, alguno que se ríe tímidamente y hay que parar de contar porque al parecer, la cantidad de adeptos no había superado la cantidad de diez personas. Lo que sucedió después, en cambio, fue una oleada de noticias, de columnas de opinión, de expertos analizando la experiencia, de las organizadoras tratando de explicar qué habían querido hacer y por qué.

El postporno es un movimiento artístico-político que surgió en los ´80 en Estados Unidos pero se popularizó en los ´90 en España. Laura Milano, una de las organizadoras de la experiencia en FSOC, explica: “El posporno es una plataforma artístico-política que permite experimentar, visibilizar y volver deseables diversidades de cuerpos y prácticas sexuales no convencionales.”

O sea que el postporno busca derribar las barreras del porno tradicional, sacándolo de la cajita rígida en la que parece encerrarse hace años para hacerlo salir de su propia norma: sexualizando espacios, abarcando todas las formas de identidad de género, todos los tipos de cuerpo. Es raro, yo trabajé editando pornografía hasta hace un año y he visto todos los cuerpos y todos los géneros y todos los espacios ya sexualizados.

Trabajé para dos señales de televisión, una más erótica y la otra completamente pornográfica, y mes a mes editaba las promociones que salían al aire y me pagaban por esa tarea y yo me acostumbré. Me acostumbré a ver pitos enormes y erectos y conchas depiladas o mal depiladas y a ver tetas de plástico enormes saltar al compás de un bombeo y culos colorados de tantas nalgadas y las expresiones de orgasmo más mentirosas de todas y semen salpicando el lente de la cámara o chicas manguereando a su o sus compañeros con una cantidad de líquido descomunal. Pero detrás de ese acostumbramiento, yo aprendí algo más importante trabajando, indirectamente, en la industria del porno: todos quieren mostrarse.

Una de las dos señales para las que trabajé está plagada de reality shows. Parejas que quieren hacer un trío y llaman a una chica o parejas que quieren intercambiar con otra pareja o solteros que quieren una noche de sexo desenfrenado con una o muchas personas u otros que buscan orgías o chicas que por doscientos dólares se dejan bañar en leche o chicos que se dejan lamer por un extraño. Todos quieren ser protagonistas de algo porno porque el sexo es todo, está ahí, es la mercancía más valiosa y codiciada de la sociedad.

En Hot Girls Wanted, un docureality del 2015 dirigido por Jill Bauer y Ronna Gradus, un grupo de chicas de veintipoquísimos años responde a un aviso de Craiglist que dice, justamente, hot girls wanted. Las chicas se instalan en Florida con un horizonte bien claro: ser famosas. ¿Cómo? Grabando películas porno.

Pero alrededor de las películas y para lograr cumplir ese gran sueño americano, las chicas tienen que hacerse un book, interactuar en todas las redes sociales disponibles (conseguir seguidores en twitter, instagram, espectadores, hacer crecer el número de me gusta de sus fotos) y, por supuesto, elegir un nombre ganchero: Candy, Pinky, Mimi Rose. Las regentea un tipo de no más de treinta años (el que puso el aviso en Craiglist) que las lleva hasta un departamento y después está ahí con ellas viviendo y haciéndoles un poco de chofer pero más que nada de vividor, llevándose un porcentaje de todo lo que ellas ganan. Así, las chicas logran el objetivo: una fama que dura, en promedio y siendo muy optimistas, seis meses. Después decae, aparecen chicas más monas, más atrevidas o simplemente, más nuevas. Entonces las anteriores vuelven olvidadas a sus pueblitos, a sus familias, a eso de lo que huyeron: la vida corriente de cualquier adolescente.

Pero en todos los casos, aun habiendo tenido que someterse a prácticas sexuales degradantes (maltratos físicos, verbales, chicas que se comen su propio vómito porque a algunos en algún lado eso los excita muchísimo) las chicas añoran esa fama, la abrazan y parecen estar dispuestas a no soltarla nunca, como si ahora supieran que su yo del futuro, convertido en una señora de casa de familia con hijos y trabajo normal, se volviera a mirar en alguna película olvidada y pensara ah, qué placer, esos días dorados, qué buena que estaba y cuánto me deseaban, y encima ¡me pagaban!

En este sentido, si millones de adolescentes (y no tanto) se desviven por mostrarse y ser famosos y ser deseados y mostrarse, hoy, es la norma: ¿qué es lo diferente que propuso la performance en FSOC? 

En Kink se dedican a la pornografía BDSM desde 1997. El documental sobre ellos lleva el mismo nombre que la productora, lo dirige Christina Voros y es un recorrido por el porno más hardcore de todos: violencia, golpes, ataduras, máquinas penetradoras, pinzas. El placer del dolor y la certeza de que, si todos los participantes están de acuerdo, en la cama se puede hacer cualquier cosa.

Y entonces, sabiendo que el BDSM existe y que entre nosotros conviven pacíficamente todos los que disfrutan del dolor, que encuentran excitante que los penetre una máquina, que les retuerzan los pezones, quedarse sin aire en medio de un orgasmo, de nuevo: ¿qué es lo diferente que propuso la performance en FSOC?

El postporno reflexiona. Teoriza. Pretende derribar barreras, cuestionar, superar. El problema del postporno es que haga lo que haga siempre va a ser una especie de paja intelectual enfrentándose a algo que en el terreno práctico no para de crecer: el porno. El postporno se queda ahí, se vuelve una herramienta de nicho con un alcance ínfimo al lado del monstruo pornográfico, un pulpo que nos envuelve por todas partes. Por eso, porque el porno le sigue subiendo la vara al postporno y nunca le permite que lo sobrepase, es que el resultado de la performance en sociales fue (dejando de lado la mini explosión mediática) algo pobre, tanto que lo único que se discutió y debatió fue si estaba bien o estaba mal que hicieran eso en un pasillo de la facultad. El punto de debate se convirtió en una moralina sobre si podían o no podían hacer eso, si tenían que ser sancionados los organizadores, si era el ámbito o no era el ámbito. No se habló ni de feminismos ni de la heterosexualidad ni de sexualidad en otros ámbitos ni de otro tipo de placer.

El postporno no se convirtió en trending topic por sí mismo, lo que se viralizó fueron las imágenes de dos minas en pelotas en la facultad. De lo que se habló fue de la mesa que usaron para la performance. Todavía nadie sabe muy bien de qué se trata el postporno y no importa demasiado porque el debate se corrió tanto que ahora hasta la palabra se puso de moda: foto de Lilita comiendo una hamburguesa *postporno*; foto de un borracho desmayado en un boliche, *postporno*. Como siempre, el ingenio popular es el que termina ganando por goleada.