RESEÑA

Madre e hijo

Por Juan Maisonnave

 

En su nueva novela, Ariana Harwicz sigue explorando las relaciones obsesivas y brutales con un estilo único. Precoz viene a cerrar la trilogía iniciada con Mátate, amor La débil mental que la colocó entre una de las narradoras más originales de la actualidad.

 

 
Foto de Hugo Passarello Luna


“Me parecía que cualquier lenguaje es un error de lenguaje”, dice Jacques Moran promediando su informe en Molloy. Coincidiendo con Beckett en una trilogía de monólogos interiores, Ariana Harwicz acaba de culminar la suya con Precoz, donde a su manera también dinamita las seguridades del habla y crea una lengua otra hecha de torsiones en la sintaxis, frases sin comas, una voz portadora de percepciones dislocadas. La cadencia impone una lectura de poema largo que se lee de un tirón. Texto atravesado por cierta ansiedad, no en sentido clínico -al menos no totalmente– sino como el estado de cosas desde el que se producen y entreveran pensamientos e imágenes en una escritura urgente, desprolija, sin respiro, pareciera que hasta los punto y aparte son pequeños descansos en los que la autora recupera el aliento. 

A ritmo vertiginoso, la protagonista se desquita contra todo, sea la inmigración ilegal o la maternidad (“El hijo no me alegra, el hijo no sacia”). Las escenas se suceden empujadas por una lírica violenta que acompaña las correrías de una madre, su hijo y su amante en alguna parte de la periferia francesa donde proliferan los viñedos, los gitanos, las niñeras negras, los pakis. Los personajes carecen de nombre: el hijo es el hijo o el menor; el amante, el otro o simplemente él. Apenas es nombrada al pasar la vecina –Vita- una pintora que para paliar el tedio de pueblo del interior se dedica a profanar tumbas. En la feria de atracciones, los estacionamientos, los desarmaderos, el día de caza, el relato nervioso de las peripecias de la madre y su hijo está fraguado en una especie de realidad alucinada, un “Pánico y locura en Las Vegas” de la campiña francesa que se sostiene con un fraseo algo hipnótico: “No se puede contar un día entero en sus brazos tirándonos munición pesada entre carcajeos y paté de ciervo torturado”; “Una mujer jabalí rompiendo el cerco para embestirme, esa otra que me deja al borde de los enrejados”.

Precoz
Ariana Harwicz
Mardulce editora, 2015

También las dos novelas anteriores de Harwicz (Mátate, amor y La débil mental) transcurrían dentro de un entorno bucólico, pero bien alejado del idilio a la Walden: la naturaleza en general corta, ensucia, pincha o mata. Precoz incluye en el mapeo de la zona a las distintas clases de marginales que pululan los países más fortalecidos de la Unión Europea: gitanos, exiliados, refugiados, mano de obra barata y beneficiarios del seguro de desempleo, indocumentados, activistas o desclasados que se organizan para revolver en la basura del primer mundo y procurarse la mercadería descartada por las cadenas de supermercados. La aldea que pinta la autora es de a ratos cruel y macabra -se torturan patos forzándolos al engorde para el foie gras, un velo en el rostro convierte a su dueña en perseguida-, pero su prosa le debe menos a la sordidez que a la sorpresa, a cómo con métrica escandida y exacta, en pequeñas detonaciones de sentido que siembran el texto, se revelan inquietantes deseos, impulsos destructivos y vitales, pulsiones, como el coqueteo incestuoso o la exploración de la madre sobre el cuerpo del hijo devenido hombre (“El hijo muta”).

La rítmica buscada de ciertos pasajes emparenta Precoz a poéticas reconocibles, por ejemplo allí cuando la figura del ser amado evade los controles del paneo visual: “A lo largo del cemento, en los parkings para discapacitados donde se juntan a pitar los casos sociales, en la entrada para el personal, nada. (…) en la pileta techada, en los saunas, en el salón privado para swingers, en el gimnasio de presidiarios, en la explanada, en el correo y en la cantina, nada (…) En la estación del tren en huelga, en la tabaquería, nada (…).” Procedimiento parecido, si se quiere, al de “Hay cadáveres” de Perlongher, pero despojado, seco, con la materialidad de esos espacios de líneas duras que se presentan como áreas desoladas en los bordes del entramado social. 

Así como Beckett cierra Molloy dudando de la lengua que estaba siendo escrita, poniéndola en jaque (“Entonces entré en casa y escribí Es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía.”), también en la tercera novela de esta escritora argentina la narración vacila, titubea, se detiene y es puesta en crisis: “Cómo decir. Cae el rocío. Cómo hacer para decir. No hay algo más narcótico que este cielo”. Después, entendido ya como una forma personal de ataque, el lenguaje arremete de nuevo.