GABINETE PSICOLÓGICO



Tres casos


Por Gustavo Licovski*



En los últimos años, han aumentado de forma llamativa las consultas por problemas relacionados al stress laboral. El trabajo siempre generó afecciones en las personas debido a la angustia de estar haciendo algo que no las satisface o a sufrir la presión cotidiana de un jefe riguroso y siniestro. Sin embargo, la flexibilización del mercado laboral y las exigencias cada vez más altas a las que se somete un trabajador (que aumentan cuando su formación es incluso más deficiente) provocaron muchas consultas de pacientes con nuevos síntomas asociados a patologías clásicas. Sin otra intención que la de informar al lector sobre las nuevas formas en que se manifiesta una enfermedad, ofrecemos aquí tres casos que pueden servir de ejemplo.

Emiliano C. es un joven de 20 años al que atendí durante un año. Emiliano trabajaba muchas horas en un Call Center y una tarde sufrió un ataque de pánico en horario laboral, motivo por el que vino a mi consultorio. Le di una licencia médica que presentó en su trabajo y comenzamos el tratamiento. Al cabo de unos meses, noté que empezó a tener serios problemas para comunicarse (olvidaba palabras, ideas, y hacía largos silencios incómodos) por motivos que aún ignoro. Tiempo después, abandonó el tratamiento y comenzó a enviarme cartas donde describía sus obsesiones. Emiliano sufría una disociación de personalidad. Su patología coincidía más con el perfil del psicótico moderado que con la del bipolar. De esas cartas que me envió, compartimos el siguiente fragmento.

La mente me dice cosas al oído. A veces es un murmullo incesante. No tengo el poder de callarlo. Escucho esa voz como si viniera de lejos. Como si fuera de otro. Pero me conoce. Cuando no me recrimina actitudes, me sugiere formas de proceder, me dicta respuestas que nunca diría. Y me lleva del pasado al futuro, sin detenerse en el presente. Tiendo a pensar que es un discurso aprendido para que mis ideas bailen con la música de lo incierto. 

Esa voz no es amable conmigo y mucho menos con los otros. Su razón de ser consiste en apuntar, con un énfasis modesto, todo aquello que no me animo a decir. Me ayuda a entender, pero no me sirve para comunicarme. Cuando la voz se calla, yo hablo. Y cuando me callo, habla ella. Es imposible sustraerse al discurso. Como si el sentido dependiera de encontrar las palabras. Palabras que, por cierto, no busco.

A veces, la voz y mi pensamiento se parecen. Eso es lo peor. No puedo distinguir quién imita a quién, ni el motivo de confundirse una con otra. Esa confusión me confunde. Si se ponen de acuerdo para engañarme, no lo podré saber nunca. Usan las mismas palabras, hasta expresiones parecidas. Ahora, por ejemplo, no sé quién habla. Si es mi cabeza la que piensa o es la voz la que me dicta lo que escribo.  

El texto que presentamos a continuación fue escrito por Oscar M., un asistente editorial de 40 años. Oscar se presentó en mi consultorio un jueves de abril por la tarde con los bolsillos repletos de deudas y una serie de incógnitas acerca de sí mismo, que poco a poco fuimos revelando. “Discurso irónico” es lo primero que dijo cuando le pregunté quién era. Después dijo algo más: que era divorciado, que tenía dos hijos y que no era feliz con lo que hacía. “Haciendo otra cosa tampoco me sentiría pleno”, señaló cuando se lo interrogó sobre su sueño. “No tengo sueños”, afirmó finalmente: “Vivo al día”. Después de muchos años de asistir a las sesiones (solo faltó en dos oportunidades), pude llegar a un diagnóstico: maníaco depresivo.

 

La palabra “mañana” es alentadora. La uso para imaginar un resultado, para verme como quiero, para explorarme en el futuro. Hoy es el ayer que imaginaba, aunque por momentos, cuando rumeo mis certezas, encuentro que también es un depósito.  No de cosas viejas, sino de cosas que ni siquiera he gestado. Le he pedido prestado al mañana un poco del lugar que hoy no tengo. Es sólo un día, aunque pueda convertirse en un crédito a largo plazo que me hunda en deudas.  Hoy debo generar necesidad, debo sentirme bien. No acepto defectos ni deficiencias. Cualquier contingencia mínima puede desatar la desgracia y accidentar mi vida.  Corro el riesgo de ser independiente, de volverme hermético. Tal vez debería analizar cada uno de mis pensamientos, obligarlos a decidir si saltan al vacío o caen en la acolchonada cuna de la razón colectiva.

Necesito esconder mi humanidad para ser una persona aceptable, de esas que no delatan su capacidad de percibir sensaciones o de responder a estímulos y que sólo manifiestan sensibilidad al arte de no manifestarla.  Pero creo que mi tendencia a tener sentimientos puede despertar sospechas. 

Quizás lo mejor sea aceptar las cosas así como son. En última instancia, si no sirvo, puedo ser reciclado, vuelto a meter en el circuito y  terminar en el basurero, orgulloso de llevar a cabo una función más en la cadena y agradecido por haber formado parte de la historia de la basura. 



En Patricio G., empresario de 50 años, observamos un principio obsesivo que regula su personalidad. Obeso y de buen pasar, el paciente siente que nada constituye un desafío y, por lo tanto, atraviesa períodos de tedio y abulia, lo que obligó a una terapia centrada en la ingesta recurrente de antidepresivos. La idea era moderar su sensación de inseguridad y paranoia. Tras seis meses de tratamiento, Patricio intentó quitarse la vida, culpándonos de sus desgracias a su esposa, a sus hijos y a mí.  
El texto que presentamos fue escrito por el paciente momentos previos a su último ataque. Diagnóstico: neurosis paranoica.   

 

Algo se desgarra, un tejido, algo, un tejido que nunca fue debidamente cosido. 

Los escuchamos hablar. Acumulan palabras ampulosas y distantes, como si pudiesen, a través del vaivén de una idea interminable, saturar nuestra capacidad auditiva, nuestra comprensión, nuestro íntimo pensamiento. Se abrazan a ese silencio hecho de susurros. Conocemos una a una sus estrategias. Las dejamos pasar. Somos como un niño cualquiera que asiste a una muerte cualquiera y que, aunque no comprende en forma cabal lo que está observando, piensa: «Quiero ir a casa».      

La herida es profunda: se parece a lo contrario que decimos que es, a lo otro de nuestras opiniones; se parece, para ser sensatos, a nosotros mismos.

Nosotros o ustedes. No se puede estar en todos lados. Es difícil ver los pies del maquinista desde el furgón de cola.  

Ahora suena como música que llega del techo. De arriba abajo. ¿Es eso lo justo? ¿Nace lo justo ahí? ¿Nace arriba? «No», dicen ustedes. «La horizontalidad», dicen. «Salvemos el cielorraso culpándonos a nosotros mismos.»

  (Un general arenga a su tropa. Les dice que el bando enemigo está reducido y hambreado, y al día siguiente firma la rendición entre silbidos. ¿Repudiamos su mentira inicial o su último abandono? En otra batalla, el mismo general les dice a los suyos que las filas enemigas están nutridas y bien armadas y que es imprescindible realizar un «doble esfuerzo»: al día siguiente los cadáveres del propio ejército se cuentan de a miles. ¿Repudiamos su verdad inicial o su empecinamiento suicida?)

 Ustedes, los mismos de siempre, los que andan por ahí, los que sostienen cualquier cosa, los que escupen, los que miden.  

Ahora los escuchamos decir: «Esto es así porque siempre fue así». 

Y nosotros terminamos creyéndoles. 

 

*Psicólogo