RESEÑA

Querido Nicolás

Por Román Setton

 

Desde París, las cartas de Querido Nicolás, última novela de Pablo Pérez, conjuran todos los modos de la patria que se han dejado atrás e invocan las posibilidades de las vidas futuras. El libro vuelve a hacer presente, al mismo tiempo, la antigua materialidad de la correspondencia de papel, el universo gay solidario y marginal de fines de los 80s, la sexualidad vertiginosa de los 90s, y, ante todo, una altísima concepción de la amistad.  

 

Querido Nicolás
Pablo Pérez
Buenos Aires: Blatt & Ríos, 2016.

 

Como Werther, acaso como toda buena novela epistolar, Querido Nicolás cuenta dos historias a la vez. La del abandono de una comunidad, que se ha dejado atrás en el lugar de partida, y la del intento de fundar una nueva en alguno o en todos aquellos lugares desde los que se escriben las cartas (en este caso París, Madrid, San Sebastián, Granville). Así, de este lado del Atlántico nos encontramos con las historias de la comunidad compuesta por Juan, Judith, Paula, Gustavo, Silvana, Rafael, Alejandro y, naturalmente, también Nicolás. Del otro lado, en cambio, las historias de Bernard –y su locura–, George –y su comicidad–, Gilles –y sus celos–, Jordi –con su hostilidad indisimulada y su hospitalidad de mala voluntad–, Erik –con su heroísmo y mitomanía–, Severo (Sarduy) –descubra el lector sus peculiaridades e historias–, y también Michelle, Teresa, Carlos, Arturo, etc. Como se ve, las características salientes de los personajes se recortan casi exclusivamente en relación con Pablo y sus aventuras, que constituyen (el centro de) el relato, pero –como veremos después– no son el centro de gravedad del mundo narrado. Inquieto y locuaz, Pablo Ingberg participa de las historias de ambos continentes.

En Nicolás se concentran todas las historias de la comunidad que se ha dejado en la Patria –así llama Pablo a Buenos Aires en muchas de sus cartas–. Desde la lejanía de París, los vínculos se van tornando más complicados de sostener, los amigos dejan de escribir o escriben muy esporádicamente o con brevedad irritante. Y desde la perspectiva de Pablo, empieza a disolverse su vínculo con esa comunidad –e incluso quizá la propia comunidad–. Así, las primeras cartas se interesan por los movimientos y cambios domiciliarios de las personas que se han dejado atrás (Silvana, que se ha mudado con Juan, Nico que se va a mudar solo), o recuerdan todavía los encuentros de la Academia Medrano, o las experiencias que han servido de puente entre el abandono de Buenos Aires y la búsqueda de la aventura en Francia: la experiencia de tomar pasta base con Judith, una vivencia bisagra no por la pasta base, sino porque ese día Pablo conoce a Bernard, que será la causa o excusa para buscar su nueva comunidad en Francia.

A su vez, para quienes llegamos a vivir la época en que la carta era un modo usual, no nostálgico, no pretencioso ni impostado ni residual de comunicación entre personas alejadas, Querido Nicolás también nos narra –y nos recuerda a la vez– una historia de las cosas materiales que ya ha quedado atrás –pues ha cambiado por completo–. Esta historia suele ser también la de una nostalgia por la pérdida de concreción y materialidad, por las cartas, por las diferencias de los papeles y de las tintas, por los cassettes grabados –muchas veces con equipos de doble casetera– que llegaban por correo, por los pequeños regalos, las entradas o programas de cine, teatro u otros espectáculos que se incluían en la correspondencia. Pero esta historia es también una de impaciencias y recuerdos desagradables, por las demoras imprevistas, por la irritación provocada por las pérdidas del correo, por la incomprensión absoluta frente a las disimiles demoras en ambas direcciones (París – Buenos Aires; Buenos Aires – París). Además de las negociaciones que había que llevar a cabo entre el tamaño de la letra, el uso de los márgenes, la selección del papel, su utilización de una o ambas caras (anverso y reverso) y la propia escritura, para evitar que la carta se tornara demasiado pesada y, por lo tanto, costosa. Hay que decirlo: ¡la carta era también un bajón!

Una cuarta historia se encuentra incluida en la novela, la de la pérdida de un mundo (gay), el de fines de los 80 y comienzos de los 90, un universo (no solamente gay) en que la solidaridad era una sana costumbre y casi una obligación moral. En ese mundo en que uno era responsable (al menos parcialmente) también por el otro, el consentimiento y la autonomía de la voluntad, ideas de cuño puramente liberal, no tenían el peso que han adquirido en nuestros días. “Ya son tantas las cosas que me pasan que estoy mareado y a todo el mundo que me propone algo le digo que sí y me dejo llevar. No puedo hacer otra cosa. No puedo hacer nada por mí más que dejarme ayudar. Me siento sin energía y sin el mínimo control de mí mismo necesario para salir de la crisis. Es la gente la que no me deja caer, como en el juego del muñeco de goma, si la gente no me atajara me rompería la cabeza contra el piso.” (p. 168). La contracara de esta responsabilidad, de esta obligación subjetiva de ocuparse del otro, es, como ya sugerimos, un avance sobre la autonomía de la voluntad, que incluso puede llegar a traspasar límites cuyo traspaso hoy es considerado escandaloso y eminentemente criminal: “Me desperté dos veces mientras Hervé me estaba cogiendo. Después fuimos a lo de Lionel, porque yo quería ayudarlo con el montaje de un video que estuvimos filmando juntos.” (p. 228). En ese universo en que el auxilio del otro es fundamental, el consentimiento expreso casi no tiene peso, y el sexo sin consentimiento no merece comentario alguno (pasamos directamente al día siguiente). La actual exaltación del consentimiento en todos los ámbitos parecería ir de la mano de la pérdida completa de la responsabilidad por el otro y la ausencia notoria de códigos comunes. ¿Qué habrá sido primero, el huevo o la gallina? ¿La exaltación del consentimiento ha llevado a la perdida de códigos y de solidaridad o la pérdida de códigos y de solidaridad nos ha conducido a la exaltación del consentimiento? La idea de la ayuda, de dejarse ayudar o ayudar a otros, es un motivo central también de Un año sin amor. Dentro de este mundo Pablo lucha, ahora en Europa y fundamentalmente en París, por procurarse, como lo dice de manera explícita, salud, dinero y amor, si bien el lector –o al menos quien escribe estas líneas– siempre tiene la sensación –incluso en los pasaje en que Pablo afirma e insiste en sus ganas locas de consumir o de ganarse el Loto– de que lo único que busca es amor, y la salud y el dinero suficientes para poder disfrutar de ese amor –cuyo desarrollo se ve obstaculizado en ocasiones, en la perspectiva de Pablo y acaso también en la realidad, por la ausencia de casa o la presencia de la tos–.

El libro es a su vez una especie de Down and Out in Paris and London [traducido al castellano peninsular como Sin blanca en París y Londres], de George Orwell, es decir una novela de supervivencia urbana con muy poco dinero. La novela cuenta entonces las desventuras de Pablo para vivir y sobrevivir en Europa con muy poco dinero, sus intentos por conseguir un trabajo que le deje algo de tiempo libre y algo de plata, sus diversos cambios domiciliarios e incluso habitacionales, que condicionan también sus posibilidades de conocer a un chico o formar una pareja, sus intentos por llevar a su hermana Paula a París. Y todo esto en condiciones subjetivas muy precarias, más allá o más acá de la falta de una red afectiva de contención –a su catarro aparentemente crónico, se suma la notica de que es portador de HIV–. En el marco de esta múltiple precariedad, el pasaje por el hospital que se encuentra promediando la novela constituye, inopinadamente, un momento de pequeña felicidad idílica y un pasaje de bathos, no de pathos, en el libro. Pues en contraste con la exposición a la calle, la mala alimentación, la tos crónica,  y demás, Pablo encuentra en el hospital una alimentación adecuada e incluso sabrosa (con dos clases de queso en cada comida), gente agradable y dispuesta a ayudarlo y curarlo, e incluso interlocutores para dialogar de literatura. 

Todas estas historias –intercaladas con pasajes culinarios (recetas y narraciones de comidas o borracheras memorables), discusiones literarias, diálogos oraculares con el I Ching, narraciones de aventuras en bares, discos y paseos por calles y parques, diversos intentos laborales (como cocinero de una familia adinerada, como paseaperros, como empleado de una lavandería)– están retratadas bajo una luz cálida, alegre, que incluso en la desventura destaca el lado interesante, placentero o productivo de los sucesos. 

Inevitablemente, acaso a pesar suyo, quizá por la elección de Pablo Pérez por los géneros autobiográficos, la novela participa también de otras dos tradiciones. Como el Werther, es una novela de artista, en que asistimos a los intentos, fracasos y logros del protagonista por convertirse en un escritor. Pablo lleva diarios, borradores, proyectos de libros, acumula trozos de cartas y le pide a Nicolás que guarde las que le envía, nos cuenta sus intentos de concretar y publicar un libro de poemas, una novela que está escribiendo, otra novela futura –que finalmente será Querido Nicolás–, se preocupa porque ha perdido el juicio, el juicio estético, fantasea con una artística vida de ascetismo dedicada a la escritura, sin drogas, ni alcohol, ni sexo, o se preocupa por cultivar relaciones con el mundo intelectual y editorial que podrían ayudarlo a publicar sus libros. La novela se inscribe también en la larga tradición de narraciones parisenses de la literatura argentina: De Sarmiento a Pablo Pérez. Se trata de la París inmediatamente posterior a la que habitó Copi, que también aparece en el libro como una presencia fantasmática. Entre las escenas más memorable de la novela se cuenta un combate a golpes, vasos y vidrios rotos surgido por una discusión sobre la literatura de Copi.

 En Querido Nicolás encontramos en gran medida el mundo que ya habíamos entrevisto en Un año sin amor. Las últimas cartas narran las cada vez más frecuentes salidas de Pablo al bar leather Mec Zone, que lo introducen, de manera efectiva, en las prácticas sadomasoquistas, que antes ya estaban en fantasías y sueños heroicos (diurnos y nocturnos). La continuación de estas historias es el centro del relato de Un año sin amor (más de la película que del libro). El libro fue dedicado a Nicolás [Gelormini], “por nuestra bella amistad”. Y en el centro de gravedad de ese mundo está la amistad, aunque algún despistado pueda creer que están las aventuras o el sexo. No, se trata de la amistad, una amistad “tan fiel que dura hasta que uno mismo muere también. Como en la amistad entre Aquiles y Patroclo.” (p. 81). Que el centro se encuentra allí, y no en el amor sexual, se revela por un hecho muy sencillo: allí aparecen las cursilerías y los lugares comunes –“Todavía creo en los amigos incondicionales” (p. 74)–. En esos ligeros descuidos, como decía Borges al hablar de El Quijote, uno percibe que el autor está demasiado interesado en lo que narra para poder ocuparse del estilo. La importancia de la amistad en la obra de Pablo Pérez, que tan bien se refleja en sus libros, no encontró sin embargo un correlato feliz en la película Un año sin amor, dirigida por Anahí Berneri y con guión de la directora y del autor del libro. La amistad entre Pablo y Nicolás fue transformada por la película en un enamoramiento de Nicolás por Pablo, y de este modo se eliminó por completo de la historia toda amistad gay sin un componente sexual. En Querido Nicolás asistimos nuevamente a las vicisitudes de esa bellísima, muy especial amistad.

Querido Nicolás es, entonces, una continuación (retrospectiva) de Un año sin amor. Sí, se trata de una suerte de precuela de esa novela –Y ya estamos esperando ansiosos la película–. En Un año sin amor Pablo ya ha vuelto de Europa. En esa elipsis, han muerto Bela, Paula, Bernard y Hervé, y ya estamos quizá en otro mundo, uno en que “cada vez más, los padres entierran a los hijos” (Un año sin amor. Buenos Aires: Perfil, 1998, p. 21). La situación de comienzo de Un año sin amor contrasta con las perspectivas del final de Querido Nicolás. En algún punto antes de ese regreso a Buenos Aires ha quedado interrumpido el desarrollo de la nueva vida y la nueva comunidad que Pablo estaba logrando en París, pues hacia el final de la novela las cosas han comenzado a estar mucho mejor para Pablo: cuenta con un mejor trabajo, que le da bastante dinero y le deja tiempo para él, está escribiendo mucho, ha empezado a escribir en francés y hacer traducciones, una conocida está dispuesta a casarse con él para darle los papeles, tiene un sólido grupo de amigos, está pensando en anotarse en la universidad, y lleva un año con amor (con Hervé). Las perspectivas se presentan más promisorias que nunca y el libro finaliza con la mención de un rezo cumplido de Pablo para que no lo expulsen de Francia –acababa de caer en la cárcel con unos amigos por una tontería, pero los liberan luego de una hora–.