RESEÑA

Las fuerzas extrañas

Luciano Lamberti y Federico Falco forman parte de una camada de escritores cordobeses que revitalizaron cierta zona de la literatura argentina contemporánea. Consolidando sus proyectos narrativos, uno presenta su primera novela, donde lo siniestro y lo paranormal gravitan alrededor de una docente dedicada a esa disciplina casi exótica, de factura artesanal, conocida como Literatura. El otro apuesta nuevamente al relato por fuera de la extensión y la eficacia buscadas para el cuento clásico, proponiendo en cambio la construcción paciente y expansiva de un mundo y los personajes que lo habitan.  

 

Por Juan Maisonnave

 

La maestra rural
Luciano Lamberti
Literatura Random House, 2016

Hace ya unos cuantos años, la centralidad porteña de las letras recibió un aluvión de escritores cordobeses que vino a ampliar el espectro del ombligo en que aquella suele mirarse. Sergio Gaiteri, Carlos Busqued, Pablo Natale, Federico Falco y Luciano Lamberti, entre otros, ya pisaban fuerte en su provincia y, cada uno a su manera, desembarcaron en la ciudad capital, donde todo cobra otra visibilidad y difusión. Sus narrativas admiten una lectura que posibilita la detección de ciertas afinidades estéticas, dicho esto a grandes rasgos y con peligro de generalizar (que es lo que haremos a continuación). 

Para empezar, se advierte en la mayoría de ellos una marcada tendencia por registrar los modos en que opera un tipo de realidad de provincias, en el mismo o parecido sentido en que lo llevara a cabo el realismo sucio de Estados Unidos. Pero los autores cordobeses añadieron a su obra condimentos autóctonos que hacían presumir una fuerte marca de origen, como si Córdoba (su aire bucólico, su centralidad geográfica y política, sus mitos, sus oscuridades) fuera un terreno fértil para el escritor contemporáneo. 

Mucha agua pasó bajo el puente que supo unir a esos escritores jóvenes con lectores, críticos y editores de estas pampas. Varios viven en Buenos Aires y su obra se consolida con nuevas publicaciones. Entre ellas, la flamante primera novela de Luciano Lamberti y el nuevo libro de cuentos de Federico Falco. A esta altura, ambos son dueños de una prosa y de un estilo personales, y está en nosotros dilucidar si las criaturas y los escenarios que pueblan sus textos son alentadas de algún modo por las extrañas fuerzas en pugna que convivieron y conviven en el seno de La Docta. Se sabe: iglesia, Reforma, Cordobazo, un inverosímil mausoleo racionalista -esa flecha que apunta al cielo, dedicada por Barón Biza a su primera mujer-, Carlos Paz, nazismo, avistamientos de ovnis. Etcétera.  

***

En el relato de título con ecos fogwillianos "El cazador, los galgos, la liebre", incluido en el libro de cuentos El asesino de chanchos (Tamarisco, 2010), leemos: “El claro del bosque. Una artista de provincia. Una mujer que vive en un pueblo y da clases en la secundaria. (…) Yo había ido a un encuentro de poesía. El “Tercer Encuentro Nacional de Poesía”, organizado por el taller literario municipal de Toro Seco. (…) Cuando terminó la lectura, fuimos a un bar a comer unas pizzas. La mujer me estuvo mirando durante toda la cena, y cuando terminamos de comer se sentó al lado mío. Tuve la sensación de que me había elegido y me dio un poco de miedo. La gente loca da risa y miedo.” 

Ya se prefiguraban allí algunos de los temas que recorren las páginas de La maestra rural, debut en la novela para Luciano Lamberti (San Francisco, Córdoba, 1978). Esas pocas líneas cifraban el territorio del que ahora parte el autor para una narrativa de más largo aliento. Aquella punta ofrecida en la condensación de un fragmento se desplegará como un mapa en el cual tendrán lugar los elementos que parecen obsesionar a Lamberti, una rara combinación de mundillo de taller literario, poetas obstinados y decadentes, mitologías delirantes (pero tomadas muy en serio), cuyo teatro de operaciones suele ser un pueblito del interior en el que, detrás de la normalidad aparente y del tedio, irrumpe lo extraño, lo inquietante, diversas formas de lo esotérico y herméticas cofradías (en primerísimo lugar, la de esos desdichados seres que se dedican a la literatura). 

Presentada mediante voces situadas en distintas épocas y lugares, y a través de diferentes formatos -una entrevista, un diario íntimo, un intercambio por correo electrónico, una sesión de terapia, un informe técnico-, la trama de La maestra rural gira en torno a una misteriosa poeta llamada Angélica Gólik, su marido con un parche en el ojo y su hijo “especial” (“Lo encontré en la cunita, desgañitándose como sabe hacer él, la cara colorada y las venas del cráneo salidas”). Los parlamentos de amistades, vecinos, conocidos casuales y exégetas funcionan como satélites más o menos distantes de Angélica y su familia, excepto por el personaje de Santiago, un estudiante de Letras rendido al influjo que irradia la poesía y la personalidad esquiva de Angélica Gólik hasta el punto de que va a buscarla con la misma vehemencia groupie y autodestructiva con que los detectives salvajes iban tras las huellas de Cesárea Tinajero.

Acaso lo más atractivo de la novela, antes que la historia planteada, sea el fluir de esas voces testigo, un nutrido conjunto de registros disímiles trabajado cuidadosamente por el autor para que desde las primeras líneas de una entrada se manifieste la personalidad a través del modo de hablar. “Gerardo: Esto me pasó hace algunos años. Yo era una persona un poquitíc diferente, como me gusta decir; Banegas: He observado las moscas”.  

Por lo demás, La maestra rural puede leerse como una divertida reflexión sobre cultos y pasiones inútiles, entre las que la literatura ocupa un lugar central, encarnada en sus más reconocibles exponentes: un representante de la cultura marginal dedicado a publicaciones para consumo de una minoría, el librero-editor de nombre Rulo Bóveda (que en su ironía recuerda a la de Borges al rebautizar a Sábato: Ernesto Sótano); el estudiante de Letras que escribe poesía en su monoambiente plagiando a sus ídolos y dejándose tomar por la lírica inaprensible de un libro de fabricación artesanal; la danza de citas ineludibles para cualquiera que empieza a escribir (Frost, Mistral, Ibarbouru); los talleres de escritura creativa.  Un personaje, Cristian, como coordinador de un taller literario, opina: “Somos como un grupo de alcohólicos recuperados, como pequeños monstruos con nuestro gusto pornográfico por la literatura a cuestas, como células de la resistencia en un mundo postapocalíptico”. 

Está claro que Lamberti cree en la fuerza de un relato bien construido, con honestidad y con respeto por el género en que se incursiona, como ya había comprobado en El asesino de chanchos, pero especialmente en El loro que podía adivinar el futuro, donde los cuentos abarcaban una paleta muy rica en registros y atmósferas en cuya composición podía intuirse la influencia del Borges de El informe de Brodie o del Stephen King cuentista. 

La sucesión de monólogos de La maestra rural irá minando de a poco las seguridades de la realidad en la que transcurren los acontecimientos relatados, forzando al lector a una pregunta señuelo: ¿es la verdad de algunas de las voces una alucinación de mentes poco cuerdas? La novela nos instala así en el tiempo de la incertidumbre, como decía Todorov refiriéndose al género fantástico, y lo extraño, en el entramado de voces que conforman la novela, sobre el final se desliza hacia una vertiente lovecraftiana, es decir, ominosa, sugerente, de cierta viscosidad. 

*** 

Un cementerio perfecto
Federico Falco
Eterna Cadencia, 2016

Quién no recuerda el extraordinario mundo de La balada del café triste. La historia de esa corpulenta dueña de un almacén devenido en café, Amelia, y de sus dos hombres, el primo jorobado y aquel otro con el que había estado casada durante sólo diez días, que vuelve a ocupar una habitación en el piso de arriba, un reparador de telares de nombre Marvin Macy. En el relato pasan muchas cosas, pero sobre todo lo que pasa es el tiempo: cuatro años sin novedades, temporadas de nieve y tensa espera, la convivencia anómala de tres freaks. Y quién no recuerda la sensacional pelea en el café, más lucha que boxeo, porque el boxeo es demasiado rápido y hay que pensar y concentrarse mucho. Medio centenar de páginas le bastan a Carson McCullers para resolver magistralmente lo que para otro autor hubiera sido una novela de por lo menos cuatro veces esa extensión. 

Esa extensión media, entre el relato largo y la novela corta o nouvelle, es la forma elegida por Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977) para sus historias y con la que ha afianzado hasta el momento lo mejor de su obra.  Un cementerio perfecto reúne cinco de ellas, cinco historias que se expanden por fuera del molde del cuento clásico, donde el autor se toma el tiempo para narrar cada escena sacándole el mayor provecho posible, alternando las acciones y el contrapunto entre personajes con tramos descriptivos que son verdaderos estados anímicos. 

El entorno es reflejado con tanta minuciosidad y detenimiento que se percibe cómo modifica a los personajes y cómo ellos lo absorben a través de sus conductas, sus paseos y sus desvíos, como si estuviéramos frente a un personaje más, y no uno menor. En "La actividad forestal", la variación del paisaje por la mano del hombre altera todo lo conocido para Wutrich, el personaje principal, que de repente se ve expulsado del pinar en el que vivió toda su vida. Algo parecido sucede con las extrañas propiedades de la nieve que actúan de formas misteriosas sobre la soledad de la señora Kim en el cuento que cierra el libro, "El río".

En esa extensión que señalábamos antes, en la que incurrieron con autoridad los norteamericanos, el talento de Falco encuentra un medio óptimo para crear climas lentamente, conectando una situación inicial cualquiera con todas las señas particulares del mundo en el que se produce, preocupándose por cada detalle a un nivel de relojería. Así ocurre con el pueblo Coronel Isabeta del relato que le da título al libro, una realidad vibrante de calles, comercios, autos viejos, ciudadanos prominentes y políticos, circundada por las sierras que el arquitecto, en sus paseos meditabundos, abarca con la mirada, esos “faldeos suaves, las quebradas, las abras, el filo y las cumbres más altas.”  

Cuentos de narración puntillosa, por momentos cercana al registro National Geographic de la naturaleza (“En verano, las pampitas antes de la cima se cubrieron de cardales duras, que crecieron erguidos, largando hojas en cruz, a uno y otro lado.”), se advierte en ellos una prosa de cocción lenta en la que sin embargo el curso dramático va tomando temperatura y surgen fricciones y deseos solapados entre sus personajes, aun en el más solitario de todos, el ermitaño de "Las liebres", que alcanza su punto más alto en ese encuentro inesperado en el bosque con una amante. Y esa construcción paciente, reposada de los relatos, que ensambla sus partes con una naturalidad y un pulso notable, logra que dentro de ellos prolifere una toponimia variopinta y juguetona (Kovach, Biglia, Mahoney, Moro Scarafía, Sakoiti) sin resentir ni un poco la propuesta, sea por el lado de la verosimilitud del relato realista o de una atmósfera enrarecida, que tiende puentes hacia lo fantástico. 

Los personajes de Un cementerio perfecto son seres solitarios y anhelantes sobre los que se cierne una desdicha o un fracaso, para los que Falco demuestra tener, más que buen oído, un olfato afinado a la hora de escoger la expresión que le cabe a tal o cual de ellos en determinada situación, expresiones que muchas veces resultan un prodigio de acierto y en otras condiciones, como mímesis del habla cotidiana, quedarían poco lucidas. Es un poco como sucede, salvando todas las distancias estilísticas, con las películas de Leonardo Favio, donde las convenciones del habla adquieren una nueva luz únicamente por estar comprendidas dentro de ese universo singular. Trazado caprichosamente el paralelismo, es posible ampliarlo para afirmar que, al igual que en la obra del cineasta, se advierte cierto anacronismo e ingenuidad buscada en los cuentos de Falco, como en esa escena en la que Mabel, la hija de Wutrich, se prepara para ser ofrecida a un hombre: “(…) se pellizcó las mejillas, controló que no se le hubieran caído las flores del pelo”. 

Sobran ejemplos que dejan traslucir la sensibilidad del autor para hallar esas expresiones que se imponen con todo su encanto y picardía en boca de los personajes. El herrero de "Un cementerio perfecto", al terminar su obra, el portón de hierro: “Quedó lindo, ¿no? La parte de arriba me hizo renegar un poco, pero salió bastante bien.”. El diálogo entre Víctor Bagiardelli y el viejo Giraudo: “¿Dormía? Pensaba en mis cosas, nada más, dijo el viejo y se restregó los ojos con la punta de los dedos.” Y esta maravillosa reacción de la máxima autoridad del pueblo: “A la pipeta, dijo el intendente. ¿Cuánto nos sale alquilar el monstruo este?”. 

"Silvi y la noche oscura" quizá sea el cuento de mayor crueldad del conjunto, con fragmentos más cortos y una velocidad de los sucesos que se condice con el ansia adolescente de la protagonista. Los relatos "Un cementerio perfecto" y "La actividad forestal" conforman el corazón del nuevo libro de Federico Falco. Se trata de dos relatos robustos, expansivos, dos novelas condensadas en unas cuantas páginas, veinte o treinta o cuarenta de ellas, que parecieran resultar el espacio de creación predilecto para una prosa confiada y enérgica que sabe cuándo hacer crecer una narración, siguiendo las líneas que la tensionan y deteniéndose en pasajes de gran potencia visual, y también sabe cuándo las fuerzas internas se agotaron y se aproxima el fin.