RESEÑA



Se dice de mí


Por Horacio Mohando

 

 

Rimbaud en Java : El viaje perdido
Jamie James
2013, Ed. La Bestia Equilátera

 

 


Más allá de las construcciones sobre arena mojada que la industria editorial dice necesitar para que, según una lógica que no es propia y que por alguna razón la hace suya más como cáncer que como virtud, un libro salga, se venda y el mundo reconozca entonces al pobre diablo cuyo nombre aparece en la tapa, es posible afirmar que si la existencia de la literatura dependiera solo de los escritores hace rato que la tendríamos que haber dado por perdida.

Aquellos ilustres que siguen entre nosotros, en su gran mayoría muertos, han tenido la rara y para nada intencional capacidad de tocar en nosotros fibras profundas, poco usuales, de manera perturbadora, persistente y única. El que lee percibe, se convence de que la historia habla de él o para él, que es su mundo el que están contando aunque la descripción en la hoja se corresponda más con la Inglaterra del siglo XIX que con la Villa Urquiza de un sábado a las tres de la tarde. La obra es entonces, por suerte, más grande y poderosa que sus intenciones iniciales. Se agranda y se distancia lo suficiente como para convertirse en objeto sagrado de adoración y su autor en el San Juan de las Revelaciones. Este proceso místico funciona en ambos sentidos. En el mismo momento  en que alguien reconoce a otro como un escritor, aquel a su vez recibe el título, y la condena, de lector. Entre las consecuencias de semejante honor la más notable, y a su vez la más desgarradora, es la adquisición de un hambre que hasta ese momento no existía. Se quiere, se desea, se busca todo lo que tenga que ver con el responsable del universo narrativo que nos ha conquistado. La obsesión fetichista por un texto, por un libro, se convierte en amor sublimado hacia un autor, al cual se le exigirá más producción. La palabra escrita, aunque desplazada como objeto de deseo primario, existe y se reproduce gracias a los ojos lectores que la reclaman. 

Jamie James nació y creció en Houston, Texas. Fue crítico en The New Yorker hasta que renunció y se fue a vivir a Indonesia. Publicó artículos sobre cultura y viajes en revistas como el National Geographic, The Atlantic Monthly, Men’s Journal y Condé Nast Traveler y en publicaciones académicas como The American Scholar y Parnassus. Crítico de arte para el Wall Street Journal. Ha publicado dos novelas y siete libros de no ficción. Según la contratapa del libro posee y administra junto a su pareja dos restaurantes en Kerobokan, Bali. Jamie James ama a Rimbaud. Tanto como para escribir un libro sobre el período más desconocido de la vida del poeta, que va desde el 15 de agosto de 1876, donde deserta de su puesto de fusilero en el ejército colonial holandés, hasta el 31 de diciembre del mismo año, donde lo encontramos “en la casa de su madre en Charleville, bronceado y con barba”.  

No cabe duda de que Jamie James es un lector de ley. Desde una de las primeras páginas avisa que este estudio sobre el viaje de Rimbaud a Java “hasta donde lo permitan las fuentes documentales no requiere justificación alguna”. Una declaración interesante, sólida de manera extraña, que podría hacerse extensiva a todo lo que se ha escrito sobre el joven francés. La pregunta detrás sería por qué uno de los escritores menos prolíficos de la literatura se convierte en uno de sus referentes ineludibles. Kilómetros, toneladas se han escrito sobre Rimbaud, autor de Iluminaciones. Tomando esto como base, el primer intento de respuesta es que la buena literatura genera más literatura. No necesariamente buena ni imprescindible, pero literatura al fin. Si hasta el día de hoy sus poemas siguen haciendo ruido es porque tienen la dosis de oscuridad necesaria, incluso formal, para que se siga pensando, reflexionando y escribiendo sobre ellas. Conclusión simplista, sin mucho fundamento, similar a un millón de moscas no pueden equivocarse. Para colmo, Rimbaud dejará para siempre la literatura a la edad en que la mayoría llega a ella. Se puede suponer incluso, y Jamie James da permiso para hacerlo porque por sobre todas las cosas su libro es una suma de felices suposiciones, que sería muy raro que él mismo alguna vez se haya reconocido como escritor. 

En el prefacio está la causa fácil, que tampoco tiene nada que ver con las obras de Rimbaud: la vida larga de alguien que muere joven. Un resumen “indiscutiblemente cierto o aquello que, en todo caso, verifican los registros históricos”. Una contextualizada enumeración de hechos donde se hace evidente que no es posible no sentir fascinación por alguien que a los veintiún años, entre otras tantas cosas, tocaba el piano, había cruzado los Alpes a pie, había apuñalado a un fotógrafo, había publicado Una Temporada en el Infierno, había recibido un disparo de su amante, al cual había convencido de que abandonara a su esposa y a su hijo de diez meses. Jamie James extrapola estos hechos a sus poemas encontrando referencias explícitas. Suma, además de exhibir un alto grado de conocimiento sobre el poeta y sus obras, algunas referencias sobre como Rimbaud convirtió algunas cuestiones del uso del lenguaje en un enigma que hasta el día de hoy sigue provocando a intérpretes y tercos buscadores de un sentido único.

La reconstrucción de un pasado necesita de restos ajenos para no terminar siendo una débil estructura llena de agujeros. Jamie James utiliza como argamasa otras biografías de Rimbaud, cartas de puño y letra del poeta, recortes de periódicos y revistas, fotografías, fragmentos de textos de Conrad, de Perelaer, relatos de viajes de otros europeos. Todo sirve y suma para el amoroso y desesperado intento de ver a través de los ojos de aquel que se idolatra. 

Cerca del final, resignado, pero sin negar todo el placer que le ha dado el recorrido, James acepta con resignación que las preguntas siguen vigentes y son muchas y más pesadas que sus respuestas. Explicito en su reflexión, conectando una vez más la vida propia del autor con su literatura, lo vemos afirmar que “después de todo, decir “Es imposible saber con certeza la ruta por la que Rimbaud volvió a Charleville desde Java, 1876” no es muy diferente a decir: “Es imposible saber con certeza qué significa El Barco Ebrio”, refiriéndose al poema escrito por Rimbaud cuando tenía diecisiete años. Para compensar esta dulce angustia, en la última parte del libro, James reflexiona sobre la influencia de Oriente en el espíritu francés de la época, sin olvidar mencionar esto como un efecto colateral del colonialismo, que poco y nada tenía de poético. Como dato curioso, pero para nada carente de significado, agrega que algunas de las consideradas grandes obras que describían o tenían lugar en estas exóticas tierras fueron escritas por gente que nunca estuvo en ellas. Al hombre moderno no le interesa el exacto conocimiento del mundo sino más bien que disfruta leyendo lo que más se ajusta a sus presunciones. Aunque seria necio negar que es justamente ahí donde reside la fuerza de la literatura. Es en esos lugares de construcciones ficticias donde suele encontrarse, de tanto en tanto, retazos de una verdad apabullante.

Son varias las razones por las que Rimbaud en Java: El Viaje Perdido debiera ser leído. Tiene el mérito de hacer palpable una porción del amor que se le puede llegar a tener a un escritor. Por otro lado, puede servir como práctica y firme excusa para acercarse por primera vez a la poesía de este francés que terminó haciendo una pequeña fortuna como traficante de armas en Etiopía antes de que le corten la pierna y deba regresar a Francia a morir. También es útil como sentido catálogo de los elementos que van construyendo, con el paso del tiempo, a los dignos mitos que terminan por obsesionarnos. Esa controlada locura que nos provocan algunas cosas por su belleza, por la distancia insultante desde nos miran, por su falta de claridad, por su promesa de ser siempre un muro inexpugnable.