MÚSICA

Un río musical que está aprendiendo a ser canción

El crítico Pablo Schanton analiza el nuevo disco de Diosque y la poética del yo que hay en sus letras, hasta deconstruir el método compositivo de un músico que hoy nos ofrece lo mejor de su producción.

 

Por Pablo Schanton 

Diosque
Constante
Quemasucabeza 2014

No podía ser menos oportuno. O, mejor visto, todo lo contrario. Constante, flamante tercer álbum del cantautor tucumano (Juan Román) Diosque, llegó justo cuando leía un ensayo sobre una cosa que llaman “Panpsiquismo”. Este pdf del filósofo Steven Shaviro, Consequences of panpsychism (2010), pronto define que el ismo en cuestión “defiende la tesis de que hasta las rocas tienen mente”. La idea se va desarrollando más todavía: “No podemos restringir la mentalidad sólo a seres humanos; ni podemos restringirla a mamíferos, o a organismos que tienen sistemas nerviosos, o incluso al reino animal todo. Debemos decir que plantas, hongos y organismos unicelulares piensan; y lo que es aún más, que entidades no vivientes, como estrellas y conglomerados de granito, piensan también”. De fondo, a la lectura la persigue esa voz que canta y se pregunta en qué consiste pensar, no sin antes haber pasado por dónde siempre pasa: por el yo. “¿En qué consisto yo?”, ésa es la cuestión. Siempre. Una constante. Dos canciones de por medio, el Verbo Diosque por antonomasia -SOY- volverá y no será millones, pero habrá cuatro definiciones para esa subjetividad que todo el tiempo se cuestiona ante el espejo del mundo: “¿Quién soy, quién soy, quién soy?”. Será, a saber: Bicho de culto, Santo, planta con lámpara, un típico secreto (el título), todo en un solo track, el penúltimo de nueve en total. Vaya metamorfosis, meta zapping de devenires.

 

Hace años, con el título de su debut, I Can Ción (07), Diosque instituyó sin querer una ley compositiva, que le dictamina: “Hay canción si hay un yo”. Y si no hay, ay, cómo duele. Como parir, como esperar una aparición: I Can Ción dramatizaba su status de debut haciendo invocaciones lúdicas a una fecundidad resistente (But, at last, ¡I can!). Sabía que estaba subiéndose al caballo de su precocidad, pero ahí radicaba su actitud desafiante. ¿Cómo, cómo si fuera qué? Como un Yo yo (la imagen me la ofrece un título). Como remo, como un bote amarrado que golpeando la orilla va y viene. Qué otro vaivén sino el que va de “Yo Canción” a “Canción Yo” es el que compone estas piezas, las primeras y las que vinieron después. “Soy un río que no sabe ser”, concluye ese reality yo que es Constante, el mejor disco de Diosque que Dios le dio. El más acabado de los tres, un hito, que acaba con una búsqueda de definición compositiva, ésa que lo había llevado a grabar dos versiones de una misma canción, Basural, en el primero y en el segundo (Bote). Pero si la primera se rebelaba contra el acabado en un gesto de interruptus intencional y con vocación de boceto, la segunda peligraba por quedar reducida, diminutiva, a un “temita de rock indie” sin más. Constante es bien otra cosa. Una evolución sorprendente. Escuchen los demos de La verdad rota y Río en Soundcloud, antes de deshojar la compleja alcachofa de arreglos que el dueto Jean Deon (productor del disco) y Marcos Orellana -ambos de la orquesta synth funk nacional Michael Mike- desplegó y plegó en esos esbozos de canciones. La ingeniería de sintetizadores que motorizaba Música negra (Michael Mike, 2012), ahora se replica en los complejos arreglos que dejan más atrás a las guitarras del pasado. Es odioso etiquetar y nombrar a otros, ya sé, pero ayuda a entender, así que podemos decir que lejos quedó la familiaridad con el Freak Folk de Animal Collective, para probar con una orquestación sintetizada al máximo (éste no es un disco minimalista justamente), que lo data en el rincón de esta década definido por Toro Y Moi/ Washed Out/ Chromeo. Ojito: estas canciones tienen personalidad propia, una dinámica de organismo vivo. Pueden arrancar en el swing del reggae (Fuego, Broncedado) hasta desembocar en una zapada cumbiatrónica post-Zizek. La verdad rota sube a Bach los teclados flatulentos de un Pablo Lescano, dando el mejor ejemplo de cómo la carrocería de sintes responde a un mix de sensibilidad melódica y pulsión rítmica (adhesivo, el kinético “Y de la mano para siem” de Arriba).

 

Ahora, volviendo al principio, ¿cuál es el problema con ese narcisismo existencial que ya es marca de fábrica? No, ninguno; todo bien. Pero a veces la Canción Yo asfixia al Yo Canción, entonces uno quisiera que la hora fuera la hora que es y nada más. Pero no. Ahí viene el yo: “¿Y yo qué hora seré?/ Para mí que soy las seis”. Constante: el SOY. El disco anterior, Bote (11), al menos dialectizaba con una segunda persona, cuya alternancia entre presencia y ausencia provocaba fragmentos de un discurso amoroso. Sí, era el amor, el Amor amarillo de Diosque, eso es Bote. En Ropa prestada, miraba el techo. Estamos ante la escena primigenia de la distracción que busca el GPS de la inspiración. Esa mezcla de pereza y fosforescencia que describía Aparición, ecuación de la psicodelia doméstica del cuelgue, que es caldo de cultivo de canciones en el mundo diosqueano. Y tras volverse la “luz asomante” (lo que se ve, se es; así es la capacidad mimética del Yo Diosque: repasen Pelota roja), el techo se torna “te echo”, “te echo de me/ te echo de menos”. Por fin, un menos “Me” y más Vos, Nos, Dos. Menos de eso que los Hedonistas chinos llamaban Wei Wo, “Principio del para mí” (sin ir más lejos, ¡en Constante se cuentan hasta ocho “para míes”!). Eso era Bote, un vaivén entre yo y vos (“Yo te amo/ No sé vos”), del que ahora La cura podría funcionar como outtake temática.

 

Pero volvamos a la imagen central de Río, el gran tema final de Constante, cuya cadencia no puede ser más spinettiana. A eso de “Soy un río que no sabe ser” parece decirlo la misma canción: sucede que la fluencia a nivel sonoro se ancla en un “sujeto predicador”, que repite “YO SOY”, a la hora de sumar las palabras. Y eso que a veces la contemplación logra zafar de tanto ombliguismo cartesiano. Tanto al ensimismarse en los detalles de otros micromundos –musicales (“chistes internos entre los acordes”, Fuego) o naturales (“Internas en el mar entre rocas y arena”, El típico secreto)-, como al elevar macrovisiones (“imagen satelital de la nada”, Arriba/ “Vista de planta como de un gorrión”, Quise minutos (de la eternidad)).

 

Diosque pertenece a la Escuela Melero de la incorrección sonora (opuesta a la Escuela Aznar de la corrección musical). Junto a Shaman, Aldo Benítez, Lucas Martí, Coiffeur y otros contemporáneos, se ubica a la izquierda experimental del llamado Cantautorismo “templadista”. Su originalidad radica en la libertad lúdica -una especie de virtuosismo de la impericia (¿no aspira a eso el “No Músico” que bautizó Eno?)- con que fluyen piezas instrumentales como Padre Hijo Espíritu Under, Aires o Dos. Ahí no se impone un yo que se pregunte y se responda en un loop constante de yo yo, tan desconflictuado que al final angustia al oyente (quien, al no poder identificarse, se limita a mirar cómo el otro se mira al espejo).

 

Spinetta enseñó a liberar la metáfora. A dejar que otros la usen como quieran. No importa qué es lo que es como un durazno sangrando. Dejó que ese durazno hiciera la suya, pensara por sí mismo, sin pensarlo tanto. Quizá ahora el próximo paso, luego de este salto más allá de la melancoolía indie, pase por el egocidio del que habla Diego Vecchio en su libro sobre Macedonio. Por una epifanía zen que liquide al yo, y abandone los “pensares” que cita Río (pesados pesares del “Pienso, luego existo”, que sólo se alivian y alivianan al reírse más). Volverse un río que sepa ser. Infinitivo ser, constante. Y que siga la melodía.