CRÓNICA

Lluvia, campo, los Stones

Por Maru Leonhard

 

Tras el paso de los Rolling Stones por Argentina, se ha escrito mucho y variado. En esta crónica visceral, te contamos el detrás de escena, la peripecia y los obstáculos que hubo que superar para que la experiencia quede finalmente impregnada en el cuerpo del espectador y de nuestra cronista.

 

 


Lo que siento en el cuerpo no es calor, es algo que no sé ni cómo se llama. Sofocación. Ahogo. La cama es lava, las sábanas me queman. Mi ropa tiene el olor que transpiré anoche y apesto, pero no me importa: hace veinte años que espero este día y ahora lo único con lo que fantaseo son accidentes que me dejen postrada acá, sólo por hoy.

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Hay que salir tres horas antes.

Prepararse para caminar al menos dos kilómetros.

Llevar pocas cosas por si se arma bardo.

Estar preparadas, atentas, alertas, tranquilas.

El peor enemigo suele ser la propia desesperación.

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El remisero nos odia. Vamos de Villa Elisa a La Plata y desde el minuto cero, cuando alguna le pregunta por los cinturones de seguridad y él tiene que mover el asiento trasero para sacarlos -están enrollados atrás, para que no se vean, total nadie los usa-, nos odia. Saludamos con la mano a quien nos aloja por el fin de semana. Está empezando a llover, sigue haciendo calor. En el trayecto casi no hablamos, salvo para decirle al conductor que no se haga problema, que nos deje donde pueda, si es lejos y hay que caminar estamos preparadas.

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Corte a: faltan dos horas y media para el recital y bajamos del remís, que se aleja antes de que termine de cerrar la puerta por la que me bajé. Sigue lloviendo, ahora de manera torrencial. La avenida donde estamos paradas es ancha y está desolada. ¿Y el quilombo? A media cuadra viene un grupo de pibes saltando y cantando. Antes de cruzar la calle que nos separa dejan de cantar, miran para ambos lados, caminan en fila hacia un policía que le contesta al líder que sí, es acá, a tres cuadras por la de la esquina, por ahí se accede al campo. Los seguimos pero no vamos a entrar. No todavía, no hasta que no hayan terminado de tocar las bandas soporte.

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Las calles siguen vacías. Hay más vendedores con heladeritas portátiles llenas de latas de cerveza que compradores. Me da pena verlos así, sentados bajo la lluvia esperando que llegue un malón que insiste en no aparecer. Mis dos amigas y yo encontramos pronto con qué divertirnos. Compramos bolsas de basura enormes –el único producto que sorpresivamente se agotó en las inmediaciones-, nos hacemos vestidos y decimos que somos Mugatu y nos sacamos fotos como Derek Zoolander.

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Perdemos la cuenta de las cervezas que tomamos. Seguimos el cartel que dice sanitarios. Antes de entrar el simpático de la puerta nos dice que van a ser cinco pesos, nos cobran adentro. Me quedo esperando y miro a una pareja que toma una cerveza de litro en el buffet, un partido de fútbol infantil, una señora que me dice qué pena que les haya empezado a llover justo ahora, con lo lindo que son los recitales acá cuando hay sol.

Nos vamos por donde entramos. Nadie nos reclama los cinco pesos.

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Estamos sentadas debajo del techito del kiosco de un viejo que me vende un ibuprofeno y me ofrece un vaso de agua. El quilombo sigue sin aparecer. Comemos papas fritas y después chocolate, mezclamos todo, volvemos a tomar cerveza. Enfrente nuestro unos viejos sacaron las reposeras a la vereda y ven la gente pasar. Es poca la gente, deben estar comentando.

Vamos. Faltan cuarenta y cinco minutos pero vamos, por favor.

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-Desde anoche están echa que te echa.

-¿A los vendedores?

-¡No! A los pibes que vienen ahí a la plaza a hacer la cola. ¿A vos te parece? Los pibes no tienen un peso para pagarse un hotel y vienen con las carpas y los echan a la mierda. Hay que tener alma de rati hijo de puta, eh.

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-La movida es que podemos instalar los negocios de la puerta de casa para adentro, ¿entendés? Pobre, hoy a un viejito lo sacaron cagando, ganas de joder, estaba ahí con su carrito vendiendo panchos y lo sacaron, vieras cómo estaba de triste el viejo… pobre, ganándose el mango… ¡hasta nos quedó a nosotras el carrito! Lo pusimos allá atrás.

Me pica la nariz, pienso. Qué olor a gas, pienso justo después. No puedo decir nada, sería muy mal educado decirle a la señora con la que charlamos que su conexión de gas debe estar bastante floja de papeles si no no se entiende el olor. Quiero disimular, que no se dé cuenta. Cómo no se da cuenta del olor que hay acá. Quiero disimular, miro al costado, una de mis amigas estornuda y dice creo que me dio alergia algo y yo digo que no, es otra cosa, y señalo un grupo de pibes que viene tapándose la nariz con la remera y con los ojos rojos y no de porro. Es gas lacrimógeno, grita uno y no termino de buscar de dónde viene la voz que me cruzo con una chica toda brotada que se tira en la cara una botella de agua mineral y dice no puedo respirar. ¿Qué pasó? Un chico me explica que nada, unos querían entrar y no tenían entrada y les tiraron un poquito de gas. Qué amenas las prácticas masturbatorias de la policía.

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Antes de entrar me siento como en una alfombra roja de cabotaje. De este lado de la valla caminamos con la entrada en la mano, por favor. Del otro lado de la valla están los revoltosos por los que antes tiraron gas. Están parados y nos miran, no dicen nada, nos deben odiar. Un ángel fugaz me susurra ¿y si le regalás la entrada? Lo espanto como a una mosca. No hay mujeres en el plantel de seguridad así que nada: ni miran la mochila ni nos cachean ni nos sacan el desodorante, el cepillo de dientes, la pinza de depilar que me olvidé adentro.

 -Disculpame, ¿hay baño?

-Sí, tenés que pasar todo derecho hasta el otro lado. Igual hay mucha cola, las chicas están haciendo ahí- y me señala una reja con la cabeza.

En la reja, y por turnos, hacemos pis.

                                                                                       *  *  *

Cuando las luces del estadio se apagan tengo unas ganas incontrolables de llorar. Ahora, que revivo el momento, vuelvo a tener ganas de llorar. La bandera argentina aparece en unas pantallas gigantes y en lugar del sol, una lengua que nos hace enloquecer de alegría y con el primer acorde de Start me up nos fundimos en un grito desesperado y nos convertimos en un solo cuerpo que se mueve en masa y cuyo motor es la felicidad. Es difícil contarlo sin referirse a una felicidad idiota, infantil, inexplicable.

¿Yo estuve ahí? Miro videos y me resulta extraño y lejano, casi inverosímil. Yo adelante no voy, había dicho menos de doce horas antes, y ahora estoy un paso más, por favor, un poco más cerca, un deseo irrefrenable de alcanzar al ídolo o al escenario o al menos al de seguridad. Pasar una barrera. Miro videos y no reconozco nada. Ni el lugar, ni ese sonido, ni haber saltado en ese pogo. Y sin embargo estoy. Saltando, cantando, gritando, bailando, igual que todos los demás.

Ya no depende de mí, no es mi voluntad la que me mueve, es la de los cincuenta mil que estamos acá convertidos en uno solo. Mojados, transpiramos humedad, largamos un vapor ácido que se nos pega en el pelo, tenemos un aliento pútrido. Como siempre, los recuerdos se fragmentan, se editan a su gusto. El español chupamedias de Mick Jagger. La risa incontrolable de Keith Richard, el rock de Ron Wood, la prolijidad de Charlie Watts.  Yo tengo ganas de hacer pis desde que terminé de hacer pis en la reja y en un momento lo pienso: podría hacer pis acá mismo, nadie se daría cuenta. Sigo saltando, no sé qué suena pero siento algo caliente que baja por mis piernas y podría abrirlas un poco pero da lo mismo, ya estoy jugada. Alguien le arranca la cadenita a una de mis amigas. Otro me pide una pastilla de menta en el medio de un tema. Me pisan y me piden perdón, me empujan y nada. El delirio de Satisfaction, un tren de tipos enormes que pasa corriendo al lado nuestro, nos enganchamos con ellos, reboto entre los cuerpos como los muñecos infantiles esos que hagas lo que hagas no se caen. Me rescato a tiempo. Cuando termina el tema, fuegos artificiales y explosiones de por medio, estamos agotados. Lo veo en nuestras caras. Queremos parar unos minutos, tomar aire y tal vez agua antes de seguir. La música se apaga, respiramos agitados pero esperamos, ansiosos, la segunda tanda de bises. No tenemos fuerza para pedir uno más pero queremos mil más, que arranque todo de nuevo, volver a comprar la entrada, llegar y que llueva y escuchar los primeros acordes de Start me up. Pero las luces se prenden y el desencanto es instantáneo. ¿Terminó? Nos miramos sin entender. ¿Y los bises? Preguntamos y nadie contesta.

Nunca fuimos tantas vacas juntas yendo al matadero. Al igual que en los aeropuertos, los argentinos nos apuramos en llegar primeros al lugar donde no se atiende por orden de llegada. Nunca me habían apretado tanto el cuerpo. Tengo la musculosa mojada, las piernas pegoteadas. No caminamos, nos movemos por inercia, por la fuerza que hacen los que estaban adelante y que ahora están apurados por salir. Parecemos los pececitos de Nemo tratando de escapar de la red.

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Afuera nos esperan los manteros que venden remeras, llaveros, calcos. Los que venden sandwiches vegetarianos, de milanesa, panes rellenos. Nos esperan los que no pudieron entrar y nos miran. Yo también nos odiaría. Todavía estamos desarmando el lazo invisible que nos ataba allá adentro. Todavía nos sentimos uno y sentimos que juntos podemos cambiar el mundo. La sensación no dura más de diez minutos. Los micros llegan vacíos, alguien se baja y grita Constitución o Quilmes o Centro, y algunos corren y se suben y yo, que hace menos de una hora rebotaba entre cuerpos semidesnudos, ahora no puedo ni tolerar que me roce un desconocido. Ah, volver a ser un alma egoísta, qué placer. Queremos comer, ir al centro caminando y comer algo sentadas en un lugar, en cualquier lugar. Un platense nos disuade, mejor no, chicas, tómense un taxi, es fácil perderse y además para ese lado no pueden ir caminando solas.

Masticamos y hablamos al mismo tiempo, nos preguntamos dónde pasarán la noche los músicos. Nos asombramos, como cincuenta mil personas más, del estado físico de Mick Jagger. Debe comer pescado con vegetales cocidos al vapor hasta en el desayuno, dice una. Y pilates y yoga seis horas por día, dice otra. Dicen que se hace transfusiones de sangre joven, deberían extender ese tratamiento al resto de la población. ¿Para ustedes todavía están acá en el estadio? Mientras esperábamos los bises como cincuenta mil pelotudos se tomaron el palo, directo al auto negro y blindado y autopista. Mientras comemos estas hamburguesas carbonizadas y tratamos de explicarle a un gringo perdido que lo que busca no es un restorán sino una panadería, ellos ya están en el Four Seasons dándose un regio baño de inmersión.