NARRATIVA

Rosa centifolia*

Por Virginia Higa

 

En este relato que forma parte de una antología con selección y prólogo de Hebe Uhart, la autora rastrea en los orígenes de su linaje para contar su historia familiar, donde convergen antepasados japoneses e italianos con hábitos y costumbres tan disímiles como encantadoras, cuya influencia termina moldeando, en dosis mínimas, la personalidad de quien nos habla.

 

 


Mi mamá fue criada por el televisor. Durante los largos días en que mi abuelo navegaba y mi abuela se reunía con los abogados que se iban a quedar con todas las propiedades de la familia, mi mamá y sus hermanos miraban Star Trek sentados en la alfombra del comedor. Sospecho que mi mamá estaba secretamente enamorada del Sr. Spock. Siempre mencionaba un episodio maravilloso en que la nave Enterprise llega a un planeta de granjeros vegetarianos donde crecen unas flores gigantes que escupen esporas mágicas. Los tripulantes, al inhalarlas, olvidaban todas sus obligaciones y se entregaban a un estado de éxtasis absoluto; incluso el hiperracional Spock pasa toda una tarde subido a los árboles y retozando en los brazos de una rubia granjera vestida de jean. Este episodio extrañísimo, el único en que se lo ve sonreír, debe haber quedado profundamente marcado en el recuerdo de mi mamá y en el de otros fanáticos de la serie. Termina, naturalmente, de la única manera posible: la tripulación recupera la memoria gracias al capitán Kirk, y los fugaces amantes se despiden para siempre entre las frías paredes de la embarcación espacial.

Mucho después de esas tardes de televisión, y a poco de cumplir veinte años, mi mamá se casó con un japonés. Quizás lo más parecido que encontró en Mar del Plata a un alienígena vulcano.

Mi papá nació hijo de japoneses. Su padre fue japonés, y su madre fue japonesa, igual que su abuela, su bisabuela, y todas las mujeres en línea recta hasta el primer homo sapiens que habitó el Japón. Mi papá nació en Córdoba porque quiso el destino que las guerras del siglo pasado tuvieran el efecto de redistribuir a la gente en el mundo. Mis abuelos, según cuentan las leyendas familiares, eran unos rebeldes que escaparon de sus casas a los dieciocho años indignados ante el hecho de que sus padres hubieran tomado una segunda esposa. En el Japón, nos aclaraban a los niños, eso se podía hacer siempre y cuando uno tuviera los medios para mantenerlas a las dos. Cuando llegaron a América, cada uno por su lado pero con el compromiso de encontrarse –porque ya se habían conocido en japonés– mis dos abuelos anotaron en sus respectivos diarios de viaje que acá “eran todos iguales”. Todos sus hijos tuvieron un nombre argentino y uno japonés, salvo mi papá, que es el menor. Mi propio nombre es el de mi abuela japonesa. No es en realidad mi verdadero nombre, porque es extranjero, y a mi papá no le dejaron ponérmelo en el registro civil de la ciudad donde nací. Me inscribieron con un nombre normal pero me llamaron siempre como ella. Los que me conocen opinan que eso es lo único que persiste de mi herencia nipona. Porque no puedo cuidar de ninguna planta, tengo la voz grave y soy más bien haragana. Conservo, eso sí, una firme convicción que supongo heredada: nadie debería hablar más de lo necesario.

También asiento con la cabeza siempre que alguien me habla -no importa si estoy o no de acuerdo– y eso es inevitablemente japonés.



Mi abuela japonesa había nacido, para mí, en un tiempo inmemorial. Había nacido en el Japón, un lugar tan lejano que visitarlo –incluso en avión– quería decir perder para siempre un día entero de la vida, que sólo se recuperaría en caso de volver por el lado opuesto del mundo. Había llegado desde allá en barco, por el Atlántico, y ese viaje había durado tres meses. Durante las largas jornadas en la cubierta había estudiado los mapas de las regiones a las que se acercaba flotando, había aprendido las letras y cómo decirlas. Había jurado que sus hijos tendrían todos nombres nuevos, que pudieran escribirse con esas letras. Había tirado por la borda, una noche en la que se sentía especialmente triste, todos los huevos de gusanos de seda que sus tías le habían regalado para que se llevara al nuevo mundo. Lamentó durante mucho tiempo esa insensatez, y muchas veces, cuando ya había vivido más años en la nueva tierra que en la antigua, limpiando la casa de telarañas, se preguntó por qué no podían hacerse tejidos de los hilos de este insecto, que no era ni más perezoso ni más desagradable que el otro. Ella era una gran tejedora, y se prometió a sí misma que no descansaría hasta probar que la destreza de urdir una tela era más importante que cualquier material que se usara, y que la naturaleza proveería: la oveja, lo mismo que el gusano o que la araña.

Mi abuela italiana siempre contaba que se había casado con mi abuelo para estrenar los zapatos blancos. No puedo decir que juntos hayan sido felices, pero si no hubieran te- nido hijos hoy yo no existiría, de modo que lo agradezco, y en los días en que me siento optimista, y la vida me sonríe, pienso que todo sucedió por una razón, y que toda esta gente que de partes tan distantes del mundo vino a juntarse en este lugar, lo hizo cumpliendo un propósito divino que culmina en mi nacimiento.

Esta abuela mía era hija de italianos. Su padre era del norte y su madre, del sur. Eran casi tan distintos como un suizo lo es de un griego, y hablaban lenguas diferentes. Y uno comía con manteca y la otra con aceite de oliva, cosa que muchas veces en la mesa los enfrentaba. La familia de ella es un poco célebre, porque inventó una pasta rellena que lleva el nombre de la ciudad italiana de la que venían, y es redonda y tiene una masa que es secreto familiar. Y como soy mujer, y pertenezco también a esa familia, conozco ese secreto y no tengo ninguna intención de revelarlo.

Mucho tiempo después que su hijo, y cuando la guerra ya había terminado, mi bisabuela japonesa dejó el Japón, y viajó con su esposo tres meses en barco para venir al nuevo mundo. Nadie sabe qué pensaron, o qué los impulsó a venir, porque ninguno de los nietos hablaba su lengua ni podía comunicarse con ellos, y los hijos, que sí la hablaban, nunca lo dijeron. La bisabuela aprendió a cocinar con nuevas verduras y a hacer milanesa con papas fritas para los nietos (entre ellos, mi papá), que habían nacido en suelo argentino y querían comer esas cosas. Ella comía un poco de cada plato, en ínfimas cantidades, y según la gente, eso la hizo vivir hasta los noventa y siete años. Hablaba con todos aun- que nadie la entendía. Los vecinos de enfrente tenían dos rosales, y cada tarde, cuando caía el sol y la gente sacaba las reposeras de lona a la vereda, ella cruzaba la calle y les daba charla. Tocaba las flores con las manos oscuras y arrugadas y elogiaba las plantas en su lengua incomprensible. Pero los elogios se comprenden en cualquier idioma, igual que los insultos, y los vecinos la querían mucho, y también le contaban sus cosas: cómo podaban los arbustos y cómo hacer para que las flores duraran más tiempo. Ella asentía, y todos reían, porque creían entenderse, y la conversación fluía con enorme belleza.

No toleraba que nadie tirara nada de comida. Todos los restos eran guardados en pocillos de arroz, y a veces su cena consistía en seis o siete platitos diminutos de sobras de días anteriores. Durante la guerra, parecía querer decir, no había nada para comer.

A ella yo llegué a conocerla, porque vivió más que sus hijos. Aunque yo de nena era soberbia, y no me interesaba lo que tuviera para decirme, porque no le entendía nada. Su actitud y su vejez eran profundamente japonesas: hacía todo lo que podía por molestar lo menos posible, por comer poco, por morirse pronto.

Mi bisabuela italiana era la que, durante las comidas, peleaba con su marido por la costumbre septentrional de él de comer con manteca y despreciar el aceite de oliva. Tenía las manos y los brazos redondos de tanto amasar y cuando ya era vieja, usaba el pelo inflado con spray y esponjoso como un algodón de azúcar. Padecía, cuando era bisabuela y yo la conocí, de un mal familiar muy extraño: se le inflaba el empeine como un globo lleno de agua, y hacía que reventaran todos los zapatos que se compraba. Nunca más vi a una señora con los pies así y cuando la vea, seguramente me acordaré de ella.

Cultivaba una variedad de rosas que nunca supe cómo se llamaba, que podían perfumar toda una casa por días enteros. Muchos años después, en un rosedal en una ciudad muy lejana, volví a oler ese mismo perfume y como todos los arbustos tenían su cartel, me enteré de que se trataba de un tipo de rosa con muchos pétalos a la que llaman rosa centifolia, que es generalmente rosada, híbrida y muy perfumada, con forma de repollo.

Por supuesto, también cocinaba, le tenía miedo a los perros y a las enfermedades, y llevaba con ella siempre un frasquito de alcohol, que se frotaba en las manos antes y después de hacer cualquier cosa. Siempre tenía alguna dolencia, real o imaginaria, y cuando se quejaba de algo juntaba las palmas de las manos de la manera en que se las junta para rezar, pero moviéndolas de arriba abajo despacio, como si estuviera por tirar unos dados arriba de la mesa.

 



*Este texto se publicó en el libro Nuevas crónicas, con selección y prólogo de Hebe Uhart, (Blatt & Ríos, 2013). Agradecemos a la editorial que nos autorizó su publicación.