RESEÑA

Las criadas

Los cinco cuentos que integran Santoral no son instantáneas fugaces de una anécdota sencilla, escritas en un tono ligero, sino el resultado de un ejercicio literario con una sólida construcción de personajes, ambientes y costumbres.

Por Germán Lerzo


Santoral,
Acheli Panza
Blatt&Ríos, 2014

                                       

SOLANGE. —Somos infelices. Me entran ganas de llorar.
CLARA. —Es cierto. Pasemos por alto nuestras devociones a la virgen de yeso, nuestro arrodillar. Ni siquiera hablaremos de las flores de papel... (Ríe.) ¡De papel! ¡Y el ramillo de palma bendita! (Señala las flores de la habitación.) ¡Mira estas corolas abiertas en mi honor! Soy una virgen
más guapa.

Jean Genet, Las criadas  

                                                                                                                                               

Santoral, de Acheli Panza, es el debut literario de esta narradora nacida en Misiones en 1974, que nos ofrece cinco relatos de temáticas diversas en los que convergen una prosa sencilla, sin ser por eso rudimentaria, y un lenguaje directo que le sirven para desplegar siempre una trama cautivante en cada uno de los cuentos. Los personajes suelen ser desclasados, abandonados, solitarios o macabros, y casi todos ellos comparten, además del sufrimiento, el hecho de sobrellevar el peso de una realidad asfixiante en un espacio cerrado. Y ese lugar que ocupan, algunos transitoriamente, junto a las relaciones que establecen con los demás, es lo que los determina. Ya sea la casa de una señora rica ("Santoral"); la casilla de una familia pobre ("Andresito"), el departamento de una joven oficinista ("El pelirrojo") o una isla en el Paraná ("Talavera") cada espacio será consustancial a la realidad que viven sus personajes, y marcará las posibilidades así como los límites de la ficción narrativa. 

El primer cuento, que da nombre al libro, es el diario que lleva su protagonista, una empleada doméstica muy devota, en el que registra sus tareas y el vínculo que establece con su compañera de trabajo y la señora de la casa. Cada uno de los días de ese diario corresponde a la conmemoración de un santo distinto que encabeza el registro de sus obligaciones. Desde el 1 de Septiembre (Josué Santo, patriarca del A.T) hasta el 16 de octubre (San Gerardo Mayeda), la protagonista da cuenta de su adaptación a ese nuevo trabajo y de la relación jerárquica que existe no sólo con “la señora”, sino también con la mucama ya establecida de quien también recibe órdenes. “Las sábanas se lavan a mano, así le gusta a la señora, no cree en el lavarropas, me dijo Moni. Eso lo hago yo porque soy nueva”. “Suena el timbre, cuando aparezco en el living la señora me dice: Limpiá mejor que el olor sigue”. El realismo de Acheli Panza opera desde ahí, a partir de los detalles que le permiten reconstruir el mundo que habitan sus personajes más que en la mímesis del lenguaje estereotipado con el que suele representarse a las diferentes clases sociales. Usar siempre el ascensor de servicio; despertarse a las 7 am; bañarse con agua fría; limpiar el vómito del perro enfermo de la señora; rezar y pedirle perdón a Dios; dormir en un cuarto diminuto atestado de cajas; asistir a la señora ante el sonido de un timbre; tomar el tren hacia el Gran Buenos Aires para visitar a la familia los fines de semana y albergar la esperanza de ganar la lotería para irse a vivir a Mar del Plata definen mejor a un personaje que la manera en que se expresa. Acheli Panza entendió eso y sabe que la verosimilitud del realismo se sostiene en los detalles pero también en las costumbres.

Las dos mucamas de “Santoral” comparten una sensación de rechazo y compasión con respecto a la señora (desde reírse de las diferentes dietas que emprende sin éxito hasta compadecerse por la indiferencia de su marido) un sentimiento ambivalente que nos recuerda el amor y el odio que sienten Solange y Clara, las protagonistas de Las Criadas de Jean Genet, hacia su patrona. De esta manera, cuando la dueña de casa no está, la sirvienta juega a ser otra, una mujer rica: “Moni se aprovecha de la soledad y se prueba la ropa de la señora, viene caminando desde la habitación principal con el tapado de piel, que ella arrastra, y unos tacos tan altos con los que apenas puede caminar (…) Se prueba vestidos, dorados, plateados y cuando se los saca los tira desordenadamente en la cama, tal cual lo haría la señora”. Sin embargo, mientras las mucamas de Acheli Panza se divierten en ese breve lapso de tiempo, ellas están muy lejos de planificar la muerte de la señora, como en la pieza dramática de Genet. En principio, porque ellas tienen una vida fuera de la casa que podrían retomar, y en segundo lugar, porque saben que la eliminación de las relaciones de poder no ofrece una solución a su destino ni al lugar social que ocupan. Si, como dice Gastón Bachelard en La poética del espacio, “los cuidados caseros devuelven a la casa no tanto su originalidad como su origen”, en “Santoral” las tareas domésticas devuelven a las sirvientas no tanto su originalidad como a su origen social. 

En el siguiente relato, “Andresito” (así como también en “Talavera”) es donde se percibe cierta influencia del estilo de Horacio Quiroga, misionero por adopción, donde los lazos de sangre y el peso del medio ambiente determinan la experiencia de los personajes, y sobre todo la de su protagonista, un niño con retraso madurativo dentro de una familia pobre y numerosa. Al igual que en algunos cuentos del autor de “La gallina degollada”, la acción de este relato también transcurre en un pueblito de Misiones, Torta quemada. (No obstante, el lugar es indistinto, porque la pobreza suele ser igual en todas partes.) Así, "Andresito" está enteramente narrado en un realismo crudo, descarnado, en donde desde las primeras líneas se nos advierte sobre la naturaleza de aquello que estamos a punto de leer: “En quince años habían tenido diez hijos. El mayor, José, tenía 14 años. El último había nacido muerto, la madre lo tiró a los chanchos.” Poco después, el narrador nos indica que un gallinero y un corral con animales “eran la única esperanza de progresar” que tenía esta familia. Y así como los hijos idiotas del cuento de Quiroga imitan el gesto de sus padres degollando una gallina cuando matan a su hermana, en este relato de Acheli Panza, su protagonista, en el comienzo de la pubertad, un día se despierta excitado y monta a un animal, “de la misma forma que había visto antes entre los perros y de la misma forma que había visto que el padre montaba a la madre cuando volvía borracho alguna noche”. Las consecuencias de una vida que no entiende de costumbres, normas y comportamientos sociales dan cuenta de que ni siquiera el progreso es lo que permite salir de ese entorno, sino la mera expulsión o el escape de ese destino funesto, como se ve en el otro cuento “La vuelta del Andresito”.

“El pelirrojo” acaso sea el cuento donde la temática del encierro y del límite espacial alcanza un punto extremo, y llevan a la protagonista a vivir en un umbral difuso en el que ya no puede distinguir qué es real y qué es producto de su imaginación. El relato comienza en el momento que una joven oficinista llega a su departamento (que estaba con la puerta abierta) y descubre el cadáver de un hombre tirado en el piso. Después de elaborar diferentes hipótesis acerca de cómo pudo haber llegado hasta ahí y de cómo pudo haber muerto, decide no buscar ayuda ni avisar a nadie, por miedo o desinterés. Entonces se acostumbra a convivir con ese muerto, se siente acompañada, le apoya un pie en la cabeza mientras mira televisión, le acomoda la ropa. En el transcurso de los días, comienza a soñar con la versión viva de ese cadáver, con el hombre que cree que pudo haber sido o sería con ella: “Me desperté pensando en el sueño, en él el muerto se levantaba mientras yo dormía, pasaba al baño, tiraba la cadena y ahí yo me despertaba. Nos mirábamos y nos saludábamos con familiaridad. Yo le ofrecía preparar mate, y él me decía: Dejame a mí.” Y así, el muerto cobra vida, la habla en sueños, la aconseja y le ofrece como hombre todo lo que ella parece necesitar de una pareja. A medida que esa relación imaginaria se fortalece, el cadáver del pelirrojo comienza a descomponerse. Pero nada del mundo terrenal parece obstruir el ritual privado, afectivo y onírico de ese vínculo. Salvo los miedos e inseguridades que provocan enamorarse de un desconocido, casualmente sin vida. “El pelirrojo” es, entonces, un cuento en el que la felicidad parece convertirse en un plan perfecto con la persona equivocada. Lejos de ser un cuento optimista, sugiere que la armonía en la pareja es un estado mental, una bella invención que se puede compartir con un espectro más o menos parecido a lo que uno espera del otro, cuando la fantasía interviene en el flujo de la vida. Y volvemos a Gastón Bachelard: “A veces la casa del porvenir es más sólida, más clara, más vasta que todas las casas del pasado. Frente a la casa natal trabaja la imagen de la casa soñada.” 

Así, los cuentos de Acheli Panza –dueña de un estilo muy personal– ofrecen un doble motivo para justificar la felicidad del lector. No son instantáneas fugaces de una anécdota sencilla, escritas en un tono ligero, que puedan leerse sin mucha concentración; son el producto de un ejercicio literario que denota trabajo y dedicación en cada frase, en cada imagen que nos comparte. Y como si eso no alcanzara, estos relatos también ofrecen una sólida construcción de personajes, ambientes y costumbres. Acaso lo único necesario para hacer literatura.