CUENTO

My very own página en blanco

De Sebastián Antezana 

En este cuento inédito del novelista boliviano Sebastián Antezana, el vínculo entre dos amantes latinos pero antípodas se cruza en la anodina ciudad norteamericana de Jacksonville con los recuerdos traumáticos de un pasado ídem, un presente siempre esquivo e imágenes en tiempo real de un futuro apocalíptico del que ha desertado todo realismo pero no toda realidad.

 

 


ilustraciones: Mariano Peccinetti 


Entonces, cuando todavía nada había pasado, se veía como un puntito verde y azul, pacífico, flotante, en medio de una calma ingrávida. Después del impacto todo quedaría arrasado y no habría más tiempo, pero entonces todavía existía y por eso puedes contar una historia.

Esa noche estás con Laura. Mientras le acaricias el pelo piensas que la quieres mucho y que por eso la situación es complicada. Piensas, además, en la novela que estás leyendo, en la inminente llegada del asteroide. Después de verlo representado hasta el cansancio en multitud de otros libros y películas, eso de que el planeta vaya a ser golpeado por una roca celeste es de tan mal gusto que resulta irresistible: millones de personas esperando a que un cliché aniquile de un solo golpe la Tierra. Ves a Laura, es algo ancha de cintura y bonita. Mientras le susurras al oído que quieres hacer el amor una última vez, le pones las manos sobre las caderas y sueñas, como en la novela, con irte a vivir a una de las muchas estaciones-bar que orbitan la Tierra, múltiples pequeños satélites que forman un ancho cinturón verde y difuso de alcohol metílico. Piensas que sería hermoso ser uno de los pocos privilegiados que pueden ver desde allí, desde una estación lo suficientemente lejana a la colisión y sosteniendo un vodka tonic, cómo el asteroide impacta el corazón del sudeste asiático, devastando en segundos todas aquellas islas y todos aquellos mares que súbitamente se transforman en materia ígnea, mutante y volátil, que se dispersa irremediablemente por el espacio. Todo convulsionado. El universo en sus primeros días. 

Laura es viuda. Tres años antes estaba con Mario cuando el Chevrolet que manejaban se estrelló en mitad de la carretera contra el camión de una planta empacadora de carne. Para entonces ella y Mario habían estado casados por dos años y vivían hacía uno en Jacksonville, en el centro de Florida. Ese día aseguraron con doble seguro las puertas de la casita que compartían y cerraron la llave del gas. Iban a pasar el fin de semana en las playas cercanas así que decidieron sacar el pequeño Chevrolet que casi nunca utilizaban. Mario se puso al volante y, mientras encendía automáticamente la radio y recordaba no haber reparado todavía el cinturón de seguridad de su asiento, trancado dentro del mecanismo, se prometió no pasar de los 80 kilómetros por hora. Condujeron cuarenta y cinco monótonos minutos por la carretera ancha y despejada hasta que vieron a la distancia la mole de la parte trasera del camión. Entonces Laura dijo algo, que por favor abriera o cerrara la ventana, que le subiera a la música o cambiara de estación. Mario, distraído, accedió, lanzó una sonrisa tranquila al aire de la mañana e inmediatamente después salió expelido por el parabrisas del Chevrolet hacia la puerta trasera del camión, contra la que su cabeza explotó. Sostenida por su cinturón, Laura chocó contra el tablero, se rompió la frente y tuvo que pasar diez días en el hospital. Durante los tres primeros le dejaron la herida abierta porque el cerebro estaba hinchado y la inflamación demandaba espacio, de modo que, despierta, insomne por la muerte de su esposo, se pasaba las horas lagrimeando y con un drenaje en la cabeza, invadida por el olor de su carne, de su propia sangre, una mezcla de plasma, pus y alcohol medicinal que la aterraba. Los días pasaron. Por fin, tras recuperarse y sanar, Laura volvió a la pequeña casa de Jacksonville para sacar de allí sus cosas. Entonces comenzó una segunda parte de la vida. 

Desde que llegaste a Estados Unidos, después de dejar Torreón, trabajaste de electricista. Como siempre lo hiciste de forma independiente, el oficio era relativamente sencillo y te permitía regular tus horarios, pero después de casi tres décadas empezabas a encontrarlo rutinario. Ibas temprano por la mañana a casas y departamentos donde señoras mayores en batas y pijamas te pedían reposicionar la antena de televisión, reparar el triturador de basura y arreglar el alumbrado de su lado de la calle. Al principio no te molestaba pero ya tenías sesenta años y las rodillas resentidas, habías logrado acumular cierto dinero y preferías no pasarte el día haciendo un trabajo en buena medida físico para el que ya no eras apto. Además, querías dedicarte a otras cosas. No te llamaban mucho la atención las actividades clásicas del latino clase media retirado: largas charlas de café con amigos o intensos juegos de cartas y dominó con los vecinos, ejercicios que hacían del envejecimiento, ese lento descenso privado, un acontecimiento público. Pero desde muy chico te había gustado leer, sobre todo libros de ciencia ficción, de aventuras y fantasía, géneros que te alejaban de la rutina para ti prosaica de los cables y electrodomésticos y herramientas. No tenías el tiempo suficiente para hacerlo mientras trabajabas, así que tuviste que esperar a la jubilación y al cobro mensual de un alquiler para poder dedicarte con calma a la lectura.

Poco antes, en uno de tus últimos trabajos, conociste a Laura. Te llamó desde un pequeño departamento del sur de Jacksonville y fuiste a ver si podías reparar un refrigerador pequeño, viejo y terco, totalmente lleno de hielo. Para entonces Laura había cumplido cuarenta y ocho, ya había dejado la casa que compartió con Mario y se había mudado al otro lado de la ciudad, cerca de San Marco. Despistada, acaso todavía temerosa, no entendía bien cómo funcionaban los enseres del nuevo lugar, le eran ajenos los cuartos y su disposición, los muebles, los aparatos de cocina. Tú llegaste con camisa blanca de manga corta y shorts verde olivo ajustados por el cinturón utilitario en el que guardabas desarmadores, cinta aislante, una linterna y varios otros implementos del oficio, tu uniforme de todos los días. Poco después lo dejaste. Sin comprender por qué, en el departamento de Jacksonville sentiste que no podrías separarte de Laura, supiste que mientras arreglabas el termostato del refrigerador, mientras ella te veía como hipnotizada y tú le mirabas los grandes ojos tristes, acababas de cruzar una línea. 

Cuando Laura se va te deja en la cama y tú te metes en el baño. Como siempre que se va, desde hace algún tiempo, te sientes culpable y te duelen las rodillas y los brazos por el esfuerzo físico del sexo. Tomas una ducha larga, vaporosa, poco satisfactoria, y notas que tienes hambre. Las cosas no pueden seguir así. Las primeras semanas que estuviste con ella la situación te parecía perfecta. Tu divorcio ya se había consolidado, tu ex esposa había dejado de ser otra culpa que cargar y hacía mucho que no tenías algo tan bueno, una mujer dispuesta a dejarse llevar, a seguirte sin mucho aspaviento, así que recibiste a Laura encantado. Entonces todavía te sorprendías y te felicitabas por tu suerte, pero después de un tiempo las cosas tomaron otro cariz, después de que el sexo con ella se volviera una actividad incomprensible. Le decías vamos, Laura, let’s do this, después de echarte en la cama de tu casa o del hotel en que hubieran recalado en la ocasión, y mientras le metías los dedos Laura comenzaba a chuparte la herida. Pero las cosas no podían seguir así. Por eso has hecho algo doloroso que sin embargo crees necesario, acabas de decirle que es mejor que dejen de verse por un tiempo, que necesitas espacio para pensar. Cada vez se te hace más clara la idea de que estás aprovechándote de ella y no quieres hacerlo. Porque la quieres. Porque ya eres viejo y has herido mucho. Porque Laura se te ha vuelto imprescindible. Y el que te corresponda, esa posibilidad que cada día parece más remota, se te ha vuelto una necesidad. Crees que si pasan unos días apartados, si dejan de verse por un tiempo, es posible que deje de estar contigo sólo por la cosa que tienes en la pierna y que se abra a la posibilidad de algo más serio, más normal. Por eso le has dicho que es mejor que se vaya. 

A veces, cuando cedes al vértigo del tiempo libre, te das cuenta de que jubilarte y dedicarte a la lectura a estas alturas de tu vida, ya viejo, en un país que no es el tuyo y en un idioma que pese a los años no logras dominar, es un proyecto alocado, una afección de la edad. Ciertamente podrías seguir trabajando, o no harías mal en concentrarte en tu familia, en ayudar en la crianza de los nietos, y sin embargo hay algo magnético en este saberse libre, algo magnético. Sobre todo, no puedes quitarte de la cabeza la idea de que quieres cambiar de vida. De forma tal vez inocente, sueñas con dedicar tus últimos años a los libros y así, con reconectarte con un mundo que tuviste que abandonar en la juventud y del que desde entonces permaneces apartado, como uno de los tantos satélites que en tu novela rodean al planeta formando un hálito difuso, una de las muchas estaciones-bar que, esperando el choque del asteroide, orbitan la Tierra sin tocarla, alimentándose de los viajeros desesperados que han huido ante la inminencia del desastre. 

Han pasado nueve meses desde que has oficializado tu retiro y ya has leído quince novelas y cinco libros de cuento, y te has visto con Laura tres o cuatro veces por semana todas las semanas hasta hoy, que le has dicho que tienen que dejar de verse. Mientras piensas en ello, tras salir de la ducha y después de secarte, vestirte y sentarte frente al escritorio, Laura se aleja del edificio y camina lentamente por la calle. Hace sol e imaginas que un viento ligero roza sus párpados y la punta de su nariz. Casi puedes verla: tiene todavía en la boca el sabor ferroso y mineral de tu sangre, y un minúsculo resto de costra pegado al labio superior. Piensas que esa noche, como tantas noches, soñará con el accidente, con la cabeza de su esposo que tras el choque quiebra el parabrisas del Chevrolet y va a estrellarse contra la puerta trasera del camión. Mario vuela por el aire en cámara lenta y ella, a pesar de verlo todo, a pesar de la angustia y el movimiento de los brazos, no puede hacer nada, no puede abrazar su cuerpo y detenerlo, no alcanza a decirle que por favor no la deje, que lo quiere muchísimo, que no sabe qué hacer sin él. Luego, cuando despierte, sentirá otra vez, más que nunca, la urgente necesidad de que Mario siga vivo. Laura misma te lo ha dicho, el mundo ha cambiado de forma radical desde el accidente. Es como si la realidad se le hubiera vaciado de golpe, como si una súbita ingravidez hubiera despojado de su peso a todas las cosas, que desde entonces no son sino cáscaras vacías, fantasmas de algo hace mucho extraviado. 

Tras la muerte de su esposo Laura estaba impactada, ausente y casi idiota durante el día, insomne y atravesada de pena durante las noches. Se acostaba sola en una amplia cama de sábanas amarillas, la cama que antes compartía con Mario, y se pasaba el tiempo traspirando, atenta a las múltiples pequeñas reacciones de incomodidad de su cuerpo, dando vueltas con una idea fija en la cabeza: necesitaba sentir dolor. No era insensible ante la muerte de Mario pero el hecho la había dejado desarmada, sin respuestas, incapaz de reacción. Por un tiempo estuvo sorda ante el mundo, inmóvil frente al escenario que se derrumbaba. Iba a trabajar, hablaba con gente y mantenía una rutina razonablemente regular pero no lograba darle espesor a las cosas, dimensiones reales a lo que hacía. Como si el golpe contra el tablero del Chevrolet la hubiese privado de perspectiva, de la posibilidad de mantener una vida interior. 

Después de algunos meses, en un coctel al que asistió como una sonámbula, conoció a un hombre. No podía quitarle los ojos de encima al gran parche de piel quemada que tenía en la mano izquierda. Esa noche tuvo sexo por primera vez con otro que no era Mario. En un cuarto enorme que hacía de escritorio, de paredes tapizadas con mapas amarillentos y viejas fotografías, Laura se sentó sobre sus rodillas y, mientras lo besaba con furia, sostuvo la mano quemada y llena de cicatrices y comenzó a masturbarse con ella, concentrándose en sentir la brusca piel, plena de rugosidades, nódulos y grietas. Después conoció a otro hombre, un tipo bajo y sin demasiada gracia que se le había acercado en la cola de un cine para preguntarle la hora. Se quedó mirándolo fascinada. Tenía un enorme labio leporino que le marcaba la cara y le dejaba un boquete, donde había estado la boca, que una sutura quirúrgica no conseguía disimular. Laura le dijo que eran casi las ocho de la noche y luego lo llevó a su departamento, donde se quedó lamiendo el boquete por horas mientras él la penetraba. 

Tú fuiste el siguiente. Cada vez que estaban juntos Laura se sentaba dándote la espalda, se llevaba tu pantorrilla a la boca y empezaba a chupártela como si una víbora acabara de inocularte su veneno, desesperada, infantil, haciendo brotar hilos de sangre y previniendo que la herida se cierre. Pero Laura era sólo el cascarón de una persona, una máquina extractora de la que no conseguías sino monosílabos. Tú la dejabas hacer pero cada vez te sentías peor, porque la querías, porque te habías enamorado y sabías que ella seguía estancada con Mario en alguna parte, porque intuías que la única forma de que permaneciera a tu lado era desviando la mirada, obviando ese nudo patológico de su añoranza por su esposo y sus obsesiones corporales. Después de un tiempo, sin embargo, no pudiste seguir. Necesitabas ser algo más que una particularidad física, no querías simplemente usarla. Lo pensaste y repensaste muchas veces y la única salida que encontraste fue pedirle que se aleje. Las cosas son así. 

Tras la partida de Laura, sentado frente a tu escritorio y mientras tratas de concentrarte en la lectura de la novela, descubres que a pesar de todo tienes hambre. Abres el refrigerador y encuentras un plato de sopa de zapallo, varias manzanas y dos latas de cerveza. Estás leyendo un relato de ciencia ficción. Crees que has encontrado una historia de una flexibilidad sorprendente en la que, como generalmente haces, proyectas tus preocupaciones. La Tierra está al borde de la destrucción. M.A.210, el asteroide que se dirige hacia ella, la golpeará con una fuerza de 36.17 millones de toneladas y a una velocidad de 62.300 kph. El evento se espera en cinco días. Mientras tanto, entre aterrorizada y resignada, la gente especula. Hay teorías que sostienen que la Luna se formó hace 4.5 millones de años, tras el choque de un asteroide de un tamaño apenas menor al de Marte con la Tierra. Tras la titánica colisión, en un gesto de cósmica impotencia, enormes cantidades de roca y materia fueron expulsadas al espacio, y con el tiempo y la atracción gravitacional formaron lo que hoy se conoce como Luna. Se especula que algo similar será consecuencia del impacto de M.A.210, que después de algunos cientos de miles de años un segundo cuerpo celeste, una segunda luna, podría encumbrarse en el horizonte de lo que para entonces será seguramente una Tierra devastada. Algo al parecer profundamente grabado en el ADN de nuestro planeta lo hace propenso a las catástrofes. Como es natural, al descubrimiento de M.A.210 y al reconocimiento del final inminente de la vida le siguieron primero el pánico y luego la locura, esa natural guerra desesperada que el hombre libra contra sí mismo a las puertas de su destrucción. Algunos habitantes del planeta, los menos, pudieron salir a tiempo e instalarse en las estaciones y satélites lo suficientemente alejados de la colisión como para no ser afectados por ella, pero lo suficientemente cercanos como para poder contemplarla casi a simple vista. Hay algo de morboso e hipnótico en el asunto, algo violento hasta la seducción: ver desde la seguridad de cierta distancia, desde esos bares, hoteles y estaciones en órbita, cómo gran parte de la Tierra es devastada por la llegada del asteroide, como una manzana contra la que se dispara una pistola de alto calibre. Se especula que hay ciertos sectores –quizá algunos lugares cercanos a las Américas– que podrían salvarse de la aniquilación inmediata, pero se sabe que el golpe será devastador y que, en poco tiempo, toda la vida sucumbirá ante la presión, el calor y la implacable erosión consiguientes.

Mientras terminas la sopa de zapallo que has calentado en el microondas, piensas con tristeza que Laura es una mujer dañada. A los pocos días de conocerse te contó su historia. Había nacido en Argentina pero tuvo que salir tras la crisis de diciembre de 2001. Cuando llegó a Estados Unidos ya estaba casada con Mario y se instalaron en Jacksonville porque pensaron que allí, por la presencia de gente hispanohablante, las cosas les serían más sencillas. Pusieron un restaurante parrillero. Les fue bien. No tuvieron hijos. Tú la conociste algunos meses después del accidente, cuando ya era lo que es, una mujer vaciada, incapaz de lidiar con la cotidianidad. Recuerdas bien la escena en el pequeño departamento. Cuando terminaste con el pequeño refrigerador le dijiste está listo, señora, it will be seventy five bucks. Laura pagó, te miró con ojos extraños, necesitada de registrar algo que le devolviera la capacidad de aceptar las cosas del mundo, y sin saber por qué decidiste que debías estar con ella. Salieron varias veces, se conocieron, trataste de que se abriera contigo. Pero la relación no funcionaba. Laura se hacía cada vez más transparente y difusa, inexpresiva y anónima, uno más de los muebles de la casa. My darling, le decías, y ella se te quedaba viendo con grandes ojos y te chupaba la herida. Laurita, vamos a cenar, ¿o por qué no vemos una movie? Y ella te respondía que prefería irse a casa. Laurita, I bought you these ear rings pa’la fiesta que tenemos donde Torres, y ella con un suspiro te indicaba que no se sentía como para salir. Laura, mi página en blanco, la llamabas, y sentías que el corazón te latía fuerte, ella un fantasma anticipado, el adelanto de su propia ausencia.

Casi has acabado la sopa. Algunas fibras del zapallo se te quedan entre los dientes pero no te molestas en quitarlas. En lugar de ello, levantas la vista y te concentras en un cielo azul manchado de rojo. Piensas que en la novela ese mismo telón de fondo, ese mismo marco de belleza y fragilidad, precede al cataclismo. Todavía no has terminado la lectura pero anticipas lo que ocurrirá. Poco antes de que M.A.210 colisione con la Tierra los habitantes del lado oscuro del planeta dirigirán la vista al cielo, en un complejísimo gesto coordinado que obviará todo excepto aquello que se les viene encima, y entonces será primero el color y la oscuridad y después la fuerza del viento, un hálito envolvente que parecerá abrazarlo todo, y finalmente las diminutas partículas que preceden al asteroide, pequeñísimas moléculas de materia que caen a la Tierra calcinadas, cenizas de un material extra terráqueo que fungen de heraldos de la destrucción, mensajeros del final de la vida. Después, una vez que M.A.210 impacte contra la superficie, la temperatura subirá a más de 15 mil grados centígrados y del vacío inmediatamente posterior a la colisión nacerá un océano de lava.

Quizás, piensas, en la novela podría haber alguien igual a ti, un hombre ya mayor, un tipo poco interesante. Quizás, incluso, podría haber alguien como Laura, una mujer especial que se mueve a ciegas, alguien que se dedica a chuparte la herida y que al chupártela trata de sacarse un gran obstáculo de la cabeza, abrir caminos en una infranqueable selva de interioridades, una maleza que no deja espacio a la pena ni al luto y que es necesario reducir a machetazos. Quizás ambos se encuentran, y quizás no, quizás nunca se han visto y entonces la herida o la cicatriz o el tumor en que se concentra Laura es de otro, y tú, tal vez, mientras esperas el golpe del asteroide, no haces sino estar encima del techo de tu casa y agarrar a tiros de escopeta a todo el que pasa por la calle, gente enloquecida que busca refugio en un tiempo en el que el concepto de refugio ya no existe. Así pasan algunas semanas. Le has dicho a Laura que no quieres verla y por un breve periodo te acostumbras a la idea de volver a ser un hombre solo. Lees, ves televisión y tomas cerveza. A ratos te preocupa tu salud así que decides hacer algo de ejercicio, apenas unos cuantos movimientos en las mañanas al despertarte, rodillas arriba, estómago flexionado, brazos tensos, remedos de actividad física que, sin embargo, consiguen adormecer tu sentido de alarma. Pero la televisión, el ejercicio, la soledad, todo es en vano.

Después de un tiempo, cuando te resignas a la idea de que Laura te es imprescindible, a la necesidad de tenerla de vuelta, te decides a llamarla. En el teléfono acepta rápidamente y casi sin decir palabra tu propuesta de cenar juntos la noche siguiente. Tú te pasas el día arreglando el departamento y tratando de controlar un principio de taquicardia que te tiene preocupado. Cuando la ves Laura está linda y temerosa y la adviertes algo maltrecha. Te duele cuando entra por la puerta de calle e inmediatamente se dirige a un rincón de la sala, como si temiera molestar, escondiéndose detrás de las cortinas que la ocultan de tu vista junto a las luces de la ciudad y a los sonidos del tráfico nocturno. Laurita, cielo, get outta there and come sit next to me, por favor, le dices, y ella como si oyera llover, como si no estuviera allí o como si estuviera sola, hasta que enciendes la luz y te le acercas, y entonces la tomas de la mano con suavidad y se sientan a la mesa del comedor donde los espera una montaña de espagueti carbonara.

Want some pasta?, le dices con ternura, y ella asiente sin hablar. Te pasa su plato y lo llenas de una masa acuosa y blancuzca en la que no puede distinguirse un ingrediente del otro. Luego sirves otro plato para ti y comen en silencio por un rato. No sabes qué hacer, la situación te sobrepasa, te notas inútil, sientes que el cuarto acaba de llenarse de agua o de quedarse sin oxígeno porque te es difícil respirar. Las palabras, las preguntas, se te agolpan en la boca pero no consigues pronunciarlas. Laurita, why don’t you talk to me? ¿Por qué no me hablas? ¿Por qué no puedes quererme como yo te quiero? ¿Es por Mario? Are you still with him? ¿Por qué no podemos escribir una nueva historia? Why can’t we erase the past? Terminas de comer sin haber tenido realmente hambre y ves que Laura hace tiempo ha dejado su plato limpio. No tienes más opciones. La invitas a tu cuarto y te resignas, otra vez, al mismo ritual vacío entre los dos, a eso que te pone cada vez más triste y que sientes que te aleja de la posibilidad de ayudarla, de hacer que por fin despierte.

En la cama te sacas el pantalón y te sientas sobre las almohadas de la cabecera. You sure you wanna do this, Laura? ¿Es necesario? Te mira con expresión ausente. No hay vuelta atrás. Te sacas la venda que te rodea la pantorilla derecha y te descubres la vieja herida. Al rato sientes el mismo escalofrío de siempre: su boca, de labios anchos y secos, se ha posado sobre la llaga que mantiene abierta hace un par de meses y comienza a succionarla suavemente. Como en otras ocasiones, crees sentir cómo un delgado hilo de sangre empieza a abandonarte y le mancha la lengua y los dientes que se ciernen sobre los bordes de la herida, filamentos de piel morada y amarillenta, rematada a trechos por restos de sangre que no llega a coagularse del todo.

Entonces sucede, sientes que algo cambia. Laura está sentada a tus pies y sostiene tu pierna derecha con cara de incredulidad. What’s wrong, my amor? ¿Qué pasó? Prendes la luz porque Laura te ha soltado la pierna y porque notas que se incorpora, que te mira con sorpresa, que te dice así no, así no, y que se aleja después de ponerse los zapatos. El corazón te late desbocado y por un momento recuerdas que tienes sesenta años, que puede venirte algo, así que cierras los ojos, intentas controlarte y mientras oyes que Laura cierra tras de sí la puerta del departamento respiras con fuerza. Te quedas así por algunos minutos. No sabes qué ha podido pasar hasta que abres los ojos y te miras la pierna. La herida está cerrada. Una fina pero evidente costra te la cubre desde el inicio cercano a la rodilla hasta el fin, varios centímetros debajo, junto al nacimiento del tobillo. Algo ha pasado durante los días que estuvieron sin verse, el proceso de coagulación se ha acelerado notablemente y lo que antes era sangre rezumante, cálida y olorosa es ahora una fina capa protectora que anuncia el inicio de la sanación.        

Te duele el pecho y sientes los párpados tensos y pesados, como si un elástico invisible los cerrara sobre tus ojos. Todo ha terminado. De alguna manera sabes que no volverás a ver a Laura. Ese día M.A.210 colisiona con la Tierra. A 10 mil metros de distancia es un meteoro de luz, una bocanada hipnótica y brillante. A mil metros de distancia es una bola de fuego, una señal definitiva de exterminio. A cien metros es un gigante ígneo, una masa inconcebible que incinera todo a su paso. A diez metros es el centro del sol, el calor mismo potenciado a un exponente inconmensurable. A diez centímetros, finalmente, ya no es un peligro, ya no es una amenaza. Es el sueño de una mente que delira, la comunión absoluta entre hombre y espacio, que por primera vez se miran, se sienten, se tocan, intercambian piel por piel y fuego por fuego. Es la alianza final de opuestos que sólo puede acabar en silencio.

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Sebastián Antezana Quiroga (Ciudad de México, 1982, hijo de padres bolivianos exiliados). Ha integrado las antologías Conductas erráticas (Aguilar, 2009), Hasta acá llegamos: Cuentos sobre el fin del mundo (El Cuervo, 2012), Memoria emboscada. Cuento boliviano contemporáneo (Alfaguara, 2013), 20/40 (Suburbano, 2013) y Disculpe que no me levante (Demipage, 2014). Es autor de las novelas La toma del manuscrito (Alfaguara, 2008 – Plural 2016) y El amor según (El Cuervo, 2011 – Sudaquia, 2014). Con La toma del manuscrito ganó el X Premio Nacional de Novela de Bolivia. 



Mariano Peccinetti (Mendoza, Argentina, 1985). Músico y Artista visual, se inicia en el mundo del Collage Art el 17 de noviembre del 2012 bajo el nombre de Collage al Infinito. En los siguientes links se pueden ver sus trabajos. 

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