SOCIEDAD

Ser gay en tiempos de Evo

 

Presentamos tres relatos breves del escritor Edson Hurtado, que forman parte de la antología de narrativa boliviana De la tricolor a la wiphala, que editó Santiago Arcos.

 

De Edson Hurtado*




Noticia biográfica del autor:

Suelo dormir sólo cuatro horas. Escribo poemas infinitos en una libretita que me regaló mi hermana hace años. Fumo un poco menos que hace diez años, pero tomo más café. Suelo escuchar la misma canción una y otra vez, por horas incluso, si es que esa canción logra sobornarme el corazón.

Soy un intento de poeta, aprendiz de escritor, un niño jugando a ser investigador. Lo único que puedo certificar en verdad, es que soy un radialista apasionado. Viajo para creer, para crecer. Pesco historias al vuelo y colecciono amaneceres azulados en latitudes poco recomendables. Mis días están contados, porque mi sombra hace tiempo ya marcó el último de mis días. Soy un romántico, qué le voy a hacer.

 

 En este pueblo no hay maricones 

Lo dijo el Alcalde en el cumpleaños del doctor. Como había tomado bastantes cervezas, nadie le prestó mucha atención a la rabia con que se expresó. Pero esa frase comenzó a hacerse habitual a cuanta reunión asistiese. “En este pueblo no hay maricones”, decía, ante la menor sospecha de una insinuación que apuntara a tocar el tema. Ya entre sus amigos comentaban lo insoportable que se había vuelto y, paradójicamente, la insistente conversación que siempre estaba relacionada a esa negación explícita.

Más de uno se había preguntado en algún momento por qué tanta agresividad y por qué tanto enojo, si, efectivamente, en el pueblo no había ningún maricón.

El Alcalde, que siempre había sido respetado más por su sencillez y su solidaridad que por su eficiencia municipal, aparentemente se encontraba en un estado de ira permanente.

Las dudas se disiparon cuando esa Navidad, y después de cinco años de estudios en el extranjero, llegó su hijo a pasar vacaciones.

La frase no se volvió a escuchar nunca más. 

Ya había un maricón en el pueblo.

 

Charly GarSIDA

La década de los ochenta fue particularmente bondadosa para Santa Cruz. El auge del narcotráfico impulsaba la economía local y fortalecía los cimientos de una sociedad que tardaría mucho tiempo en aceptarse a sí misma.

Por esos años, con la abundancia del dinero que se lavaba de distintas maneras, muchos cantantes y grupos internacionales actuaron en la ciudad. Llegaron, entre otros, Soda Stereo, Miguel Mateos, Los Prisioneros y GIT.

Con la cocaína recorriendo las calles del gran pueblo, los defensores de la moral cruceña iniciaron su ataque en cuanto se enteraron que el cantante argentino Charly García actuaría en la ciudad. A mediados de 1987 aparecieron grafitis en toda la ciudad con leyendas como: “Charly García gay” o “Charly GarSIDA”. La añejada doble moral de los cruceños salió a flote con toda la artillería de la homofobia, la intransigencia y la intolerancia. (Poca gente fue a ver a Charly al teatro del Colegio La Salle, quien ni se había enterado de toda la disputa que generó su presencia en la capital oriental).

Nadie habló de la droga (la que Charly consumía), de los nuevos ricos, ni de la osamenta que se pudría debajo de algunas ostentosas casas de las recientemente creadas urbanizaciones cerradas.

 

 Preocupación

 

Cerca del medio día los bueyes se detuvieron y se negaron a dar un paso más. Ella, madre altiva y eficiente trabajadora, buscó la mejor sombra para amamantar a su guagua de apenas tres semanas  de vida. Ante sus ojos se extendía el campo a medio arar y ninguna nube aparecía en el horizonte. A un costado estaban cinco bolsas de semilla por sembrarse, y por el otro lado los demás peones terminaban su media jornada.  

 Con la lluvia del siguiente mes, los primeros brotes se verían a principios de noviembre, y después de la cava de diciembre -si los precios de la papa se mantenían- podría mandarle a su hijo mayor el dinero para la inscripción del siguiente semestre. 

Estaba pensando eso cuando sus lágrimas la sorprendieron de nuevo, y el pecho se le hizo un puñado de suspiros. Pobre de su hijo, viviendo solo en esa ciudá tan peligrosa, con tanto maliante, con tanto asaltante. Y él tan delicau, tan especial, tan... Y una vez más se arrodilló para pedirle a la Virgencita de Guadalupe que lo cuide y lo proteja, que no se meta en problemas y que a nadie nunca le diga ese sicreto, esa confesión que tanto dolor le había causau. 

Cuando el sol comenzó a agrandar las sombras de su alrededor, se levantó, se secó las lágrimas y se persignó con toda devoción. Envolvió a su bebé en su descolorido aguayo y lo puso sobre sus hombros. Con resignación pero con fortaleza, levantó el arado y, aijón de por medio, comenzó a caminar al paso de los viejos bueyes que tenía delante. Y siguió preocupándose y rezando, sólo como una madre campesina sabe hacerlo. 

 

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*Nació en Valle Grande en 1981. Publicó los poemarios De sábanas y otras decepciones (2007) …y tu nalga también (2009), los relatos Ser gay en tiempos de Evo (2011) y la investigación No volveré a querer. La historia de Los Taitas del Beni (2010). También compiló una Antología de letras vallegrandinas (2012). Trabaja como periodista.