SEXO



Mi primera vez



Por @JuanaNadie


Hablemos de sexo. Y digo hablar porque de practicarlo nada, nunca. Llegar virgen a mi edad (que no pienso decir) es terrible, TE RRI BLE. No sé cómo pasó, no fue por falta de oportunidades, eso seguro, pero acá estoy con la pochola sin estrenar. Y preguntándome cómo será. Cómo será eso de coger. Me lo imagino una y otra vez, sueño con porongas ya. Porongas que vienen y que van... 

Todas se imaginan su primera vez como algo especial, como en una novela, con el tipo perfecto que las va a tratar como princesas. Yo me conformo con que no se arrepienta. ¿Y si no se le para?  ¿y si no lo caliento? pero no, si los tipos se calientan con cualquier cosa.  ¿Se la tengo que chupar o es de muy trola hacerlo cuando te acostás con alguien por primera vez? ¿Qué hago? Mi mamá nunca me enseñó estas cosas, en la escuela tampoco se aprende. Con mis amigas hablamos, pero no es mucho lo que ellas pueden aportar. Además siempre está la que te dice "hacé esto" y la otra que "si hacés eso vas a quedar mal". Y así. Si no hacés nada en la cama sos una frígida, si hacés mucho sos una puta!

Estuve mirando mucho porno. Para aprender, obvio. Es un quilombo. Que arriba, que abajo, que de costado. Contra la pared, en cuatro.  ¿todo eso hay que hacer? Ufff, ya me agoté. El que inventó el Kamasutra es un hijo de puta. No me jodan, tantas posiciones ¿para qué? Yo apenas puedo levantar una pierna, no me la voy a poner atrás de la cabeza.  No, no, a mi dame sexo normal. 

Lo difícil es dejar de pensar, no sólo los hombres tienen la idea fija. Nosotras también, siempre pensamos en coger y la que dice que no es asi, miente. Como la que dice que no se toca ¡Qué no nos vamos a tocar! Chicas, basta de hipocresía. Yo me meto los dedos cada vez que puedo y seguramente vos también. No es paja, es vicio una vez que le agarras el gustito. 

En fin, yo ya estoy toda depilada y preparada porque hoy la pongo. O mejor dicho, me la ponen. Y que sea lo que Dios quiera. Y a partir de hoy no paro más, muñeco que veo, muñeco que me volteo. Tengo que recuperar todo el tiempo que perdí, así que si sos hombre: voy por tí.



Último round


Por Lucas Soler

 

Cada vez que me preguntan por la primera vez siento una angustia enorme. Si no me acuerdo cómo fue la última, por qué habría de recordar la primera. Esa gente indiscreta parece ignorar que la memoria, además de ser selectiva, suele ser bastante arbitraria. Y esa selección y arbitrariedad para elegir los recuerdos se parecen un poco a nuestro dudoso gusto para decidir con quiénes lo hacemos. Por eso, entiendo, la última relación sexual dice más acerca de uno que la primera.

En la primera vez siempre hay un elemento imprevisto, algo que no esperábamos que suceda y, en medio del fervor enajenado, sucede. Escuchamos los consejos del amigo experimentado con la misma atención que ponemos en las recomendaciones de la azafata antes de emprender el vuelo, porque creemos que el avión no se va a caer nunca. Pero cuando estamos ahí, la ansiedad nos hace olvidar que estamos cogiendo mientras el avión cae en picada. Los miedos que enfrentamos la primera vez se basan en que los protagonistas nos sentimos expuestos –como nunca antes lo estuvimos– sumado al hecho de que debemos demostrar algo, que incluso va más allá del placer o de que el otro lo sienta. Internamente, uno sospecha que ya no será el mismo después de esa experiencia. Y todo lo que sucede es parte del aprendizaje del adolescente inexperto, aunque haya sentido quince minutos de éxtasis rozando frenéticamente su miembro contra una rodilla.

Entre la primera vez y la última nos separan algunos años. Mientras una tenía el valor del descubrimiento, la otra tiene el sabor de una constatación. No tenemos relaciones para aprender algo nuevo, sino para confirmar algo que ya sabemos o que nos gusta volver a saber. Y constatar algo también plantea nuevos interrogantes. Si el hombre en pareja se pregunta «cuándo será la próxima», el hombre soltero suele preguntarse «con quién». De hecho, para éste último, el nivel de conexión que haya alcanzado en su última relación determina, muchas veces, si habrá una próxima: una duda que ciertamente no comparte el hombre con pareja estable. 

El que está en pareja se relaja por la seguridad que le dan esos años de noviazgo o matrimonio, y lo primero que hace es dejarse crecer la panza y vestirse como quiere. Los planteos que surjan de esa relación nada tienen que ver con esos temas menores, sino con la infracción de alguna norma tácita de convivencia o la destreza con que resuelven las crisis económicas del ecosistema que comparten. 

El hombre soltero, si se relaja, pierde. Corre el riesgo de sentirse cómodo en su soltería y convertirse en un asceta que dice disfrutar del cine, la lectura o la comida, como si esos nuevos placeres lo ayudaran a disimular las ganas de coger. Esta actitud también puede ser una forma velada de asumir que uno es un pelotudo antisocial que ya no quiere insistir en algo que supone lo hará fracasar nuevamente o que lo hará salir del confort sedentario en el que vive.

El soltero que no se relaja, vive siempre atento; piensa que en cualquier lugar puede conocer a esa mujer que lo salvará finalmente de esa condición que lo incomoda. El soltero no ignora que para conocer a alguien debe activar un mecanismo que lo saque de la madriguera en la que se ha rodeado de infinitas comodidades. Lo sabe, pero intenta ahorrarse, siempre que puede, el esfuerzo que significa empezar a jugar ese juego. No es que no quiera, o que no conozca esas reglas, sino que le da pereza practicarlas sin pensar que está desempeñando un papel que no lo representa del todo. Por eso prefiere mantenerse atento en los lugares que transita.

Un paseo inocente, un viaje en subte, la oficina, un velorio, las redes sociales, un recital, la sala de espera del proctólogo. En cualquier lugar puede estar esa persona con quien el soltero podrá establecer una conversación insinuante. Un personaje deplorable, sin duda, pero admirable por la tenacidad con que un cincuentón se acomoda el peluquín y un adolescente se unta gel en el pelo para sentirse más deseable. 

A pesar de estos matices que hacen de cada persona un ser apenas diferente al otro, podríamos arriesgar que hay un momento en que el principio del placer alimenta una duda originaria, primitiva, que nos define a todos parcialmente, mientras pensamos con quién será la próxima: ¿cuál es el método eficaz para dejar la paja?