TEATRO

Todos los caminos conducen a una pesadilla

Por Maru Leonhard

 

Sueños que parecen pesadillas y pesadillas que parecen obras de arte. En un hotel de Nueva York tiene lugar una perfomance donde el visitante elige su propia aventura entre pasillos, habitaciones, jardines en los que siempre ocurre algo distinto y aterrador. Hay tantos recorridos como espectadores. Sleep no more del grupo inglés Punchdrunk, intenta ser una versión libre de Macbeth, pero es mucho más que eso.

 

 

A veces no puedo dormir con la luz apagada. 

Me despierto en medio de la noche, aterrada por algo que no entiendo: un ruido, una sombra, una presencia que percibo o que, incluso, veo. 

Trato de racionalizarlo: es el ventilador, la sombra del árbol, el gato, el viento, mi compañero de cama, nada. En general no puedo. Vuelvo a cerrar los ojos y el ruido vuelve a aparecer, la sombra vuelve a moverse. Termino levantándome, camino despacio, dando pasos silenciosos que no despierten nada fuera de lo normal. Prendo alguna luz y dejo entornada la puerta y recién ahí, con un mínimo rayito de luz iluminando el cuarto, puedo volver a dormir.

Hoy estoy en Nueva York. Llevo puesta una máscara blanca y un señor acaba de empujarme para hacerme salir de un ascensor, junto a dos o tres personas más. Hace menos de treinta segundos hablaba pavadas con mis amigas por lo bajo y nos reíamos como adolescentes en la edad del pavo. No sé dónde están mis amigas. Después de decirnos que nos tomáramos el tema con la seriedad que merece, el ascensorista nos separó, nos hizo bajar a cada una en un piso diferente y ahora estoy así, con esta máscara, dando un paso afuera, mis pocos compañeros de aventuras desaparecieron, el ascensor también, y estoy sola. En un hotel abandonado. Sola. Sin saber para dónde caminar, ni cómo salir de acá. Como cuando me despierto a la noche, sólo que no logro acomodarme, estoy en un lugar desconocido, rodeada de una oscuridad pesada. Frente a mí hay dos o tres pasillos igual de temerosos y desconocidos. ¿La música esa viene del cuarto de allá? Camino.

Sleep no more podría considerarse una obra de teatro. Pero no es suficiente. Como también es insuficiente decirle performance, instalación o experimento. Es todo eso además de danza, terror y misterio y locura. O es, simplemente, un elige tu propia aventura. Originalmente creada por el grupo inglés Punchdrunk, Sleep no more es una experiencia basada lejanamente en Macbeth de Shakespeare (lejanamente: digamos que el argumento viene confuso, fragmentado, al palo) que se desarrolla en un hotel abandonado (construido especialmente para la ocasión), el McKittrick Hotel, sobre la calle West 27th, Chelsea, Nueva York. No es un hotel convencional con cuartos, comedor y pasillos. Además de eso tiene una clínica psiquiátrica, un laboratorio taxidermista, negocios, un bosque, un salón de baile, un bar. La idea de la simpática gente de Sleep no more es tirarte ahí y que vos hagas lo que quieras. No hay restricciones, no hay ningún tipo de orden de visita, no hay guías. Hay tantos recorridos como espectadores, aunque espectadores no es la palabra más exacta. ¿Participantes? ¿Visitantes? Es decir: teatro promenade, teatro participativo en el que los espectadores no se sientan ni miran nada sino que recorren y hacen lo que quieren, encontrándose así con escenas fragmentadas, desordenadas. Es posible perseguir a un actor toda la noche y perderse qué pasa con el resto del grupo, o es posible perseguir a varios o también no interesarse por ninguna escena y quedarse fascinado en la inspección de los cinco pisos del hotel.

 

Una embarazada se desnuda, se trepa a un sillón, baila y llora. Después se va. Los que estamos ahí no sabemos si seguirla o esperarla, enseguida nos esparcimos y volvemos a lo que éramos unos minutos antes: almas en penas, desorientadas y sin guía, perdidas en un sinfín de cuartos, estudios, bibliotecas, escaleras y salones de baile. Estamos todos iguales, despiertos dentro de una pesadilla de la que no podemos salir. ¿Podré salir de acá alguna vez? Subo y bajo de un piso a otro, las únicas limitaciones me las ponen los que tienen máscaras negras, los que son diferentes a mí: con una única tarea asignada, levantan el brazo en forma de barrera cuando uno quiere abrir una puerta que no puede abrirse. Eso es todo. En otro salón una pareja se pelea en forma de baile. Parecen golpearse, parecen querer matarse, después se matan en una cama. Puedo hacer cualquier cosa y esa libertad es abrumadora. Primero se traduce en voyeurismo. Miro todo, me acerco a las bibliotecas, leo los títulos que guarda, me miro en los espejos viejos y sucios, acaricio el tapizado de algún sillón. Después tomo un alhajero. Lo abro. Cruzo la barrera del voyeurismo y no pasa nada, nadie me frena, nadie me impide tocar todo, revisar todo, usar todo. Me acuesto sobre una cama hecha de almohadones donde media hora más tarde veré el asesinato de un hombre. Me siento frente a un escritorio, pruebo si las plumas funcionan, repaso el diario íntimo de una dama, como las golosinas de los frascos que encuentro en un almacén. Me siento en la cama de la clínica psiquiátrica, investigo los expedientes. El hotel es mío. Es nuestro, lo tomamos. Estamos al lado del barman que prepara un trago, al lado del taxidermista que agarra un bichito y me lo pasa a mí para que lo sostenga antes de salir corriendo. Somos los dueños. 

Dicen que si seguís las cuatro horas que puede durar tu obra a un mismo actor, ese actor puede terminar involucrándote en la acción, puede pedirte que busques a otro personaje, que escondas un libro, puede agarrarte de la mano y llevarte a un lugar escondido, puede darte un beso. Dicen que algunos de máscaras blancas son en realidad del equipo de producción, encargados de arengar a la masa de participantes tímidos. Dicen que hay llaves secretas que abren puertas que no se ven a simple vista. Dicen que hay palabras claves con las que levantar las barreras que imponen los de máscaras negras, dicen que algunos entraron y no volvieron a salir.



Qué me importa eso que dicen. Qué importa cuando yo de acá no puedo irme ni sé qué tengo que hacer. ¿Sigo revisando cuartos? ¿Persigo actores? Quiero entender la trama y no lo logro. Me cruzo con mis amigas. Nos abrazamos y hablamos a los susurros pero con las máscaras no nos entendemos. Me pierdo de ellas primero sin querer, después a propósito. Este laberinto me atrapó hace dos horas y a pesar de sentir que giro en falso, siempre encuentro algo nuevo, más aterrador que lo anterior: muñecos de bebé colgando de un techo, un barbero por cortarle el cuello a su cliente, olor a muerto, olor a hospital, olor a locura. 

¿Cuántas pesadillas más puede contener este lugar? Paso por algo que podría ser un cementerio pero no se ve nada, apenas se dibujan unas pircas improvisadas. Me choco con alguien y cruzamos las miradas pero seguimos nuestro desorientado recorrido. Estoy en un bosque. Hace frío y el enramado de los árboles se proyecta sobre el suelo y hay una luna llena que no veo -que no es posible que vea porque no puede estar acá, en este edificio cerrado- pero sé que está. En el fondo del bosque hay una casita de madera, me acerco como otros que tuvieron la misma idea, me hago lugar a los empujones hasta llegar a una rendija por la cual puedo espiar a la chica que está adentro. No se entiende qué hace pero tiene algo en la mano y no sabe que la estamos mirando, que del lado de afuera somos una decena espiándola. Me alejo y me veo sin verme, acechando a una desconocida que vive dentro de una casa en el medio del bosque. Entonces entiendo que es al revés: somos la pesadilla. Los intrusos, los que sobramos y estorbamos, los que no deberíamos estar ahí. Un médico -un actor, un bailarín, un performer: un médico- se mira al espejo. Detrás de él somos cien personas con máscaras blancas, reflejados también en ese espejo. Él se mira y de reojo nos mira a nosotros. No se puede escapar de nosotros ni siquiera cuando sale corriendo y lo perseguimos, escaleras abajo, cruzando pasillos, chocándonos entre nosotros para no perderlo de vista. De la misma forma que los ruidos y sombras de mi casa no dejan que vuelva a dormirme, este grupo de personas no puede dejar de vernos: entidades de máscaras blancas que los rodeamos mientras trabajan, mientras tienen sexo, mientras pelean, mientras se afeitan. Somos los fantasmas del hotel abandonado, sus peores tormentos, somos los otros.

Las últimas escenas que veo no puedo traducirlas en palabras. Son confusas y violentas y recordarlas me acelera el corazón. Soy yo adentro de una película de terror, soy el monstruo que los empuja al fin, a la muerte, a la locura. Las luces frenéticas me marean, el sonido me aturde, estoy segura de tener las pupilas dilatadas, los flashazos de imágenes delante mio son lo que debe verse antes de morir. Después viene la última cena y después de la última cena, el golpe de efecto final. Algo aterrador. Cumplo mi cometido: no pueden escaparse de mí, les hundí la cabeza debajo del agua e hice fuerza hasta que dejaron de luchar. Los veo ahí, los ocho, diez, doce actores están encima mío, las miradas perdidas, ya no están acá.

Cuando salgo estoy de nuevo donde comencé: nos sacamos las máscaras en el bar rojo donde esperamos unas horas antes para entrar. Una chica preciosa canta canciones de los años ´20, me reencuentro con mis amigas, con mi abrigo, con mi teléfono. Caminamos las cuatro por una noche fría pero clara, estamos en Chelsea, Nueva York. Hoy fui pesadilla y maté a diez personas. Y estoy extrañamente tranquila.