SOCIEDAD



2001 – Una odisea personal


Por Rodrigo Grande*

 

 


Cada vez que alguien dice 2001 espero que hablemos de mi primera película, que se estrenó ese año. Pero nunca pasa, nadie recuerda ese dato. En segundo lugar espero que hablemos de la película de Stanley Kubrick, que tiene algo insoportable casi al final cuando el protagonista viaja a la velocidad de la luz y hay que tolerar 25 minutos de algo visualmente muy parecido a lo que ahora es un salvapantallas. Siempre quiero hablar de eso, sobre todo por el comentario del salvapantallas, que a mí me parece bastante inteligente y ocurrente, pero no encuentro con quién meterlo, no me dan pié. La gente suele decir “2001” con un algo negativo en el tono, que es lo que me hace pensar que vamos a hablar de mi primera película, porque la verdad es que la vio muy poca gente. Algo que, siempre calculo, mi interlocutor debe percibir, al igual que yo, como una tragedia. Pero no. La gente suele ser insensible a las tragedias personales y parece inclinarse por los eventos que tienen algo que ver con sus vidas.  Entonces me encuentro invariablemente escuchando sobre la caída de las Torres Gemelas, el corralito, los cacerolazos o la caída del gobierno argentino en diciembre de aquel año. Temas que, la verdad, me parecen bastante menores comparados con el fracaso de mi película. 

Igualmente trato de participar en la conversación del 2001, me parece que tampoco puedo abstraerme y contribuir a los comentarios, que sé que existen, de que soy un tipo al que solo le interesa hablar de cine o de sí mismo; que soy un egoísta que no puede condolerse con lo que le pasa a los demás. Comentarios que, por otra parte, solo tienden a perjudicar mi imagen, y eso es algo que no puedo permitir.  Así que permanezco agazapado en la conversación, y espero el momento oportuno para deslizar que cuando en marzo de ese año estaba a punto de ir al Festival de Cine de Mar del Plata, donde se exhibiría por primera vez mi película, ya empezaban a escucharse los síntomas de un derrumbe de la economía y de la inminente renuncia del ministro de economía. Esto lo recuerdo porque casi muero cuando escuché los rumores de que el festival de cine podía suspenderse por eso. 

Es lamentable pero la gente deja pasar mi comentario sobre marzo del 2001 y el Festival de Mar del Plata. Les interesan más los meses de septiembre o diciembre de ese año. Así de indiferente es el ser humano. Así de falto de solidaridad. Pero si ustedes quieren puedo hablar de esos meses, como tantas veces tuve que hacer en conversaciones insípidas donde me vi envuelto, y lo haré, sobre todo para demostrar lo equivocado de los rumores sobre mi egolatría. Algo que por otra parte siempre se le suele reprochar a aquellos que estamos ligados a alguna de las ramas del arte.

En Junio se estrenó mi primer película que, como todos ustedes saben, fue un fracaso de público.  Así que para Septiembre yo tenía una especie de depresión no diagnosticada que me llevaba a dormir algo así como 18 horas por día. Pero el 11 de ese mes me despertó el teléfono y un amigo me dijo que prenda el televisor. Y ahí pude ver las Torres Gemelas cayendo. El espectáculo de las moles de acero y concreto viniéndose abajo. La gente que saltaba desesperada al abismo huyendo del calor de las llamas. El estupor del mundo que veía derrumbarse un símbolo de falsa civilización. La verdad, para mí aquello fue una metáfora de lo que pasaba adentro mío desde hacía unos meses, desde  el estreno de mi película, así que solo miré el espectáculo un par de horas, sin emoción. Me parece recordar que lamenté escuchar cómo iba creciendo el número de víctimas, mientras me iba quedando dormido. 

Los imagino preocupados por mí, así que me apuro a aclarar que ya en diciembre estaba mejor.  Con algo de optimismo había empezado a escribir otra película. Por lo que me sorprendió la indignación general que percibí. Mi falta de dinero me dejaba indiferente frente al corralito, y la crisis política era algo que veía a través de la ventana cuando mucha gente golpeaba cacerolas haciendo ruido e impidiéndome escribir. Recuerdo que mi enojo hacia los manifestantes empezó a derivar en una bronca incontenible contra el gobierno, que no se iba de una vez y me permitía seguir escribiendo. Así que aquel 19 de diciembre, cuando desde la ventana de un bar vi marchar al pueblo unido por las calles, me emocioné. No pude evitarlo. Vi como un rayo celestial, una epifanía, un satori, la posibilidad de una pronta vuelta a la normalidad y a la escritura. Y salí a la calle, loco de furia. Y caminé junto a los demás ciudadanos cantando, aplaudiendo y gritando. Era un momento muy cinematográfico... Fuimos a dar al edificio donde vivía el ministro de economía,  y a los gritos le pedí que se vaya junto a los demás. 

Después volví a mi departamento y recuerdo el placer que me causó sentirme un ciudadano que participaba en la vida política y social, y que expresaba su indignación comprometiéndose con su pueblo. Vinieron meses duros para todos después, de mucho ruido, donde resultaba muy difícil concentrarse para escribir. Hoy, como ya ven, puedo expresarme con normalidad sobre los hechos de aquel año e integrarme en una charla sobre ellos. Y hasta recordarlos con una visión lúcida y pragmática. Y tratar, de alguna manera, de disipar esos rumores tan feos que andan circulando por ahí. Que dicen, como les decía antes, que soy alguien que solo piensa en sí mismo. 

 

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*Director de la película Rosarigasinos, con Federico Luppi y Ulises Dumont, estrenada en junio de 2001.



Nosotros y las llamas


Por @unServidor

 




Cuando los compañeros ganamos las elecciones y nuestros líderes dijeron públicamente a cuánto llevaríamos el dólar, los correligionarios debimos entregar el gobierno antes de tiempo pues todo se volvió un caos, incluyendo algunos saqueos de los que nos culparon a los camaradas. Así iniciaríamos la década menemista, con la cual, quienes queríamos una revolución productiva nacional y federal, arribamos al poder y dejamos al  interior sin ferrocarriles. Los gremios metalúrgicos perderíamos fuerza, a medida que la ganábamos nosotros, los camioneros. Y felices como cuando Martínez de Hoz nos permitía viajar a Miami, nos reelegimos. Mientras, nuestras cacerolas eran pagadas por nuestras tarjetas de crédito.

Habiendo recibido un país en llamas, la economía la dejamos en manos de quien durante la dictadura había estatizado la deuda privada y ahora en democracia privatizaba al Estado. Esto se dio porque los radicales proponíamos vender el 49% de cada empresa pública, algo inaceptable que hizo que en 1989 ganáramos los peronistas que defendíamos al Estado que ahora vendíamos. Y con el dinero de lo vendido para acabar nuestras deudas, nos endeudamos. Pero los oficialistas nos fuimos debilitando tras una década de desprolijidades y entonces los opositores aprovechamos una victoria electoral por la cual el 2000 habría de encontrarnos unidos y dominados.

Habiendo recibido un país en llamas, buscamos algo más moderno que tanto posmodernismo. Cambiamos la pizza con champagne por sushi y volvimos a llamar al mismo exministro. Cuando todo era insostenible, el compañero vice dejó de acompañar al correligionario presi y los camaradas volvimos a intuir una pueblada, que llegó de la mano de los ahorristas que encontramos nuestros ahorros acorralados en los mismos bancos a los que se los confiamos hoy día. Abollamos cacerolas y los correligionarios debimos entregar el gobierno antes de tiempo pues todo se volvió un caos, incluyendo algunos saqueos de los que nos culparon a los camaradas, mientras los compañeros nos preparábamos para gobernar tal como no nos habían permitido las urnas.

Habiendo recibido un país en llamas, y dado su apellido, abre Puerta una sucesión de breves presidencias y le mete el bastón a Rodríguez Saá. Habiendo recibido un país en llamas, éste no encuentra el apoyo que le gustaría y dura una semana. Mientras todos reclamamos que se vayan todos, todos se suceden. Habiendo recibido un país en llamas, el presidente Camaño convoca a una Asamblea Legislativa que designe sucesor al candidato que había perdido las elecciones dos años antes. Habiendo recibido un país en llamas, Duhalde devaluará el peso, y dado que cuanto más protestábamos todo parecía ir cada vez peor, por una vez en la historia argentina decidimos no golpear las puertas de los cuarteles y nos fuimos calmando. Es cierto que los militares le habíamos quitado el timbre y hasta la puerta a los cuarteles, pero también nos calmó conseguir ciudadanía europea, un continente que nunca conocerá crisis alguna. Así llegaron las elecciones de 2003 y el triunfo electoral de Menem. Por suerte, asumimos los kirchneristas. Habiendo recibido un país en llamas, claro está.