CINE

Una nueva forma de evasión romántica: The Forbidden Room

Por Chan Tejedor

 

Guy Maddin sigue en la búsqueda autómata de la inventada o inexistente identidad canadiense, aunque los recuerdos y las imágenes sellados en el tiempo se sulfatan cada vez más hasta lograr otra cosa; finalmente, la tan ansiada identidad.

 




La filmografía de Guy Maddin es la definición por excelencia del objet (Lacan). Quizá, a fuerza de repetir el olvido, la amnesia y la falta de historia en la identidad nacional se logre que la identidad nacional se construya, precisamente, en base al olvido, la amnesia y la falta de historia. Pero no solamente de lo nacional sino también de una patria absolutamente cinematográfica. LA PATRIA MADDIN. Acorde al National Film Board of Canada, desde Neighbours de Norman McLaren a Stories we tell de Sarah Polley, pasando por Mon Oncle Antoine de Claude Jutra, lo nacional es el lugar de la patria plural, bilingüe y desterritorializada pero en permanente construcción. La patria en el otro y el otro en el uno, constantemente, con un fuerte estigma de desmantelar este proceso identitario, incluso como proceso metodológico. Los canadienses no nos mienten: nos dicen lisa y llanamente que les cuesta ser canadienses.

Maddin avanza como una locomotora demente a toda velocidad, la locomotora del cine, la metáfora del cine industrial más trillada pero necesaria, y de los destellos de la máquina se producen mezclas oníricas que sólo tienen sentido en el Apocalipsis, en el Alzheimer, en la locura y en el final de una vida. Como un conductor de locomotora, lleva adelante su proyecto, surgido como una forma de arte exclusivamente para internet, una web donde los internautas podían colaborar con fragmentos de cine primitivo perdido, del que dice Maddin en una entrevista, se ha perdido el 80% de la producción de los primeros 10 años de cine americano. Maddin convertiría en cortometrajes las tramas y las reseñas de todo este material aportado. Finalmente tuvo que darle el formato de una película para que los fondos sean más fáciles de conseguir, así que hizo una película con historias encabalgadas, donde cada una funciona como capa que se trasluce detrás de la otra, onírica y rizomáticamente.



Y así surgió una película donde el agotamiento, la claustrofobia y el agobio son puestos en la sintaxis de diversas maneras: la cueva, la amnesia, la secta, los cadáveres, los zombis, el accidente de moto, los lobos, la falta de oxígeno, la relación trunca del capitán del submarino con su madre, el submarino, la mujer que mata de un disparo a su niña interior, los recuerdos de la locura, la madre loca, el cruel sistema de salud sin ética, la operación a cerebro abierto, la lista sigue y es inmensa… Es decir es demasiado para poder ser absorbido con naturalidad.

Se trata pues, de una película que pone a prueba ¿Volvió la estética de la muerte del arte? ¿Qué pasa con la muerte del arte después de más de 40 años? ¿Se acuerdan de nuestro querido Jacques Rivette diciendo en Lumiére et cie. que el cine debía morir? El cinismo, el post-cinismo, el post-post-cinismo… En fin: nada tiene fin (pero debería tenerlo, seamos románticos). Porque en el arte todo se resemantiza, se recicla y no puede volver a tener el valor puro de lo que alguna vez, primitivamente, propuso. Sin embargo hay algo en The Forbidden Room que es absolutamente nuevo y es que habla del hoy, del ahora y de este ahora expansivo y bipolar: la edad media y la era robótica, todo junto y sobreexpuesto, de la misma forma que se imprimen sus cuadros, unos con otros y de la misma forma en que el cine primitivo (el nombre de la película homenajea al corto The Forbidden Room de Allan Dwan, que sería la primera película protagonizada por Lon Chaney) y el cine actual, interactúan.



Y si habla del hoy, y más allá de lo puramente cinematográfico que tengamos para decir, ¿Qué significa The Forbidden Room? Yo creo que es algo que está en el aire y que bien podría ser usado como término clínico, así: Forbidden Room, “Usted sufre de Forbidden Room” podría decirnos un psiquiatra o un neurólogo en alguna consulta. 

Forbidden Room es una evasión romántica (encontrar material cinematográfico perdido) ante el hastío de lo post: lo post-post-capitalista, lo post-post-cínico, los post-post-lo que venga. Quizá sea la hora histórica (ya lo es, para otras esferas más felices de la ciencia) de inaugurar una nueva era que no sea la resurrección de una decadencia. Es demasiada información la que poseemos hoy en día como para que nos hagan creer que estamos al lado de las últimas musas platónicas, las cadenas inspiracionales de musas se volvieron rizoma, se ahogaron y los Atreyus de esta era se llaman Community Managers.

El agobio de la red social, de la vida de los demás, ficcionalizada todos los días frente a nuestros ojos que también ellos se ficcionalizan póstumamente frente a la nada, concluye en una explosión, un resquebrajamiento de lo barroco, el ida y vuelta se fosiliza y ya no hay comunicación.

Eso es The Forbidden Room, la habitación olvidada: ni más ni menos, nuestra propia vida. Es difícil ser canadiense, pero también es difícil volver a vivir y a gozar.