CUENTO

The Shaggs

De Aquiles Cristiani

Oriundas de New Hampshire, las hermanitas Wiggin tuvieron una banda a fines de los 60s que oscilaba entre la canción religiosa y un pop aniñado interpretado por artistas sin pericia ni oído. La peor banda del mundo, como la definieron algunos, fue sin embargo elevada a la categoría de culto por músicos como Kurt Cobain. En la suma de sus torpezas y carencias a la hora de tocar, muchos creyeron estar frente a una rara alquimia creadora de gemas únicas, de una música marciana. En este relato, evocador de traducciones y suburbios del Sueño Americano, el autor se asoma al extraño universo de las hermanas Wiggin a través de los perplejos ojos del profesor Dimmbling. 

 


Better than The Beatles.
F. Zappa, 197... 

 

Si alguien quiere hacer una estatua, una estatua mía, pues allí tienen el molde. La frase escapó de sus pensamientos como un eructo. ¿A quién quiero engañar?, se preguntó en voz alta, con la mirada hurgando el hueco que su cuerpo había formado en su sillón de lectura. A partir de esa huella sedentaria, Cecil podía realizar un peritaje exhaustivo de su desolación, diagnosticar futuros achaques lumbares que terminarían por postrarlo así como concluir que él no quería engañar a nadie sino que la literatura lo había engañado a él.

Reordenó dos hojas sueltas e intentó una tercera lectura que, al igual que las  anteriores, abandonó poco antes de terminar. Una perplejidad legítima empujaba ahora su mirada hacia el techo como si fuera el cielo, o como si fuera a caer una piedra del cielo.

Ante una cosa así, ¿qué hacer? Se limitó a estirar los huesos en la silla de su escritorio. Probablemente Laura se estaba burlando de él. Hasta el farsante de e.e. cumings tacharía de ilegible esas dos hojas que le había pasado, así, desentendida, con ese rubor furtivo que la volvía un poco predecible. La otra opción era que lo estuviera desafiando.

Resopló antes de recomenzar y leyó por cuarta vez el título, Pal Foot Foot. ¿Quién o qué era Pal Foot Foot? Laura le había dicho que era un gato. O al menos eso había dejado entrever a la mañana, cuando le entregó el manuscrito de su hija Helen. Aún con esa referencia, Cecil se sentía incapaz de organizar el relato, o para ser exactos, no encontraba forma de realizar una devolución que no echara por tierra las esperanzas de su colega de ser la madre de una prometedora cuentista.

Laura tienes una hija idiota, pensó, como todos, idiota. Helen Wiggin probablemente era semianalfabeta como la mayoría de sus alumnos. Estaba frente a un cuento sin personajes. Pal Foot Foot sólo aparecía mencionado en el título, y si no fuera por el comentario de Laura, Cecil difícilmente hubiera interpretado que era un animal. Tal vez la «bycyle» fuese la protagonista, al menos se la nombraba dos veces en una misma oración. El resto era una composición de unas mil quinientas palabras que formaban frases como: «Eso no va allí». «Otra vuelta, ¡otra vez!». «Ya, ya. Brrrr…».

Nunca había visto a la hija de Laura y no le costaba encarnarla en una jovencita translúcida, de lunares abundantes y labios inexistentes. Una adolescente retraída con paletas de caballo y flequillo hasta las cejas: Helen Wiggin, la nueva promesa literaria de New Hampshire.

Con la mano disparó a los almohadones de su sillón de lectura. Abandonó definitivamente las dos hojas e intentó distraerse. Pero aquel otoño de 1969, visto a través de la ventana, sólo aumentó su desolación. La luz tamizada por las hojas rojas y amarillas eran un ejemplo incuestionable; la belleza era accesible incluso en un rancio estacionamiento de escuela. Helen quizá fuera ciega y se dedicaba a transcribir los sonidos circundantes, sin saber quién los emite ni porqué. Pero Laura se lo hubiera dicho, o en tal caso era muy arriesgado aventurarse en una hipótesis que presuponía una discapacidad.  

Los últimos veinte minutos los ocupó corrigiendo exámenes. O al menos eso se propuso, después de abrir su maletín, sobrevoló el primer examen y terminó de derrumbarse: “Cervantes no escribió El Quijote” T (True). Mejor aprovechar el tiempo para ir al baño.

En el pasillo se cruzó con Mrs. Donelly:

–¿Has visto? 

Cecil vio apoyada sobre media sonrisa alguna información sobre Laura.

–¿Si he visto...?

–¡Profesor Dimmbling! 

–No me gustaría que cerrara la biblioteca, Mrs. Donnelly.

–¿No la has visto hoy, verdad?, podría asegurarlo. Los chicos la adoran.

–Llevo prisa.

–De acuerdo, bien, tú ganas. Um... –la vieja parecía cada vez más divertida–. Hoy pasará a buscarte, ¿qué me dices?

Cecil no se atrevió a responder.

–¿Qué sabes de sus hijas? -retomó la profesora.

–Helen escribe. No sabía que tuviera más hijas.

–Tres adorables niñas más. Anda siempre presumiendo de ellas. Estudian por correspondencia, ¿tampoco lo sabías, Cecil?

La vieja desapareció silbando con grosería y el pasillo quedó nimbado por una luz verde en la que Cecil no había reparado antes. Todo este asunto de Laura parecía salido de otro planeta, de allí la atmósfera extraterrestre que envolvía sus emociones.

Aceleró el paso. Al vislumbrar el mingitorio contrajo el puño izquierdo y una suave premonición, un escalofrío y dos gotas precoces desataron ansias irrefrenables de horadar la pastilla desinfectante, pero cuando deslizaba la cremallera hacia abajo, creyó escuchar un gemido a sus espaldas y luego estalló una catarata. Después vino un pedo, un silencio, y después otro pedo acompañado de un nuevo gemido. 

La punta del zapato que se asomaba del único W.C. ocupado fue suficiente para que Cecil conformara la vasta fisionomía de Carl Menken, profesor de Geografía. Un tipo obeso y de movimientos tan lentos que por algún motivo a todos sorprendía que hablara con agilidad una segunda lengua, o que no fuera un completo incompetente. Por un instante consideró estar siendo testigo involuntario de una enfermedad grave y pensó en salir, pero la idea de esperar, y que de un momento a otro el baño se atestara de niños desbarató la retirada.

El olor era infernal. Maldijo a Mrs. Donnelly por haberlo demorado. Siempre andaba apuntando con el dedo esa vieja. Sin ir más lejos, ¿por qué la muy chismosa nunca había acusado a la mole descompuesta por el asesinato de Yudith Grinsberg? Extraño, hasta él había caído en la mira de la anciana, tanto como el resto de los profesores cada vez que incurrían en una pequeña inmoralidad. Era cierto que la adolescente había sido descuartizada y esparcida como un puzzle a lo largo de varias millas, una serie de acciones que además de altas dosis de brutalidad requerían un esfuerzo imposible de ligar con Carl, la morsa que vaciaba sus tripas en el retrete.

Quedaban siete minutos antes de que la chicharra anunciara el griterío de la salida, así que trotó agazapado hasta el salón de pintura.

La espió unos segundos. Llevaba un par de vaqueros ajustados, cinturón ancho, camisa a cuadros rojos, labial a tono y el volumen del cabello seguramente lo había conseguido peinándose con las manos de un mecánico. No podía detectar dónde o cuándo dejaba de ser una norteamericana promedio ni por qué parecía estar siempre favorecida por una luz impúdicamente publicitaria, y suspiró.

Inspeccionó el alumnado; era cierto que los niños la adoraban, tranquilos, hablaban entre ellos sin dejar de trabajar.

La llegada de Laura a la escuela había tenido un efecto desinfectante. De pronto los profesores volvían a hablarse, a compartir sus preocupaciones y hasta a bromear durante el almuerzo. Mrs. Donelly, rejuvenecida por la cercanía y ganada confianza de una mujer atractiva, era portavoz de la nueva ola. No sólo era cierto que los niños la adoraban, también lo era que tenía tres hijas. Cecil se preguntó cómo había podido borrarlo cuando lo mencionó en el pasillo. Las últimas semanas, Mrs. Donelly no había dejado escapar oportunidad para cuestionar la educación por correspondencia que recibían las tres adolescentes. A Austin, el marido de Laura, con quien se ensañó por considerar sus comportamientos extraños terminó apodándolo el orador, o bien el cultor de una espiritualidad pagana basada en su rechazo casi alérgico al trabajo. Laura reía y defendía la educación que habían elegido para sus hijas pero ningún argumento importaba, para Mrs. Donelly los Wiggins cultivaban una secta. El profesorado reía. De hecho, el orador inauguró la lista de sospechosos del asesinato Yudith Grisberg, un deporte que cada almuerzo ajustaba sus reglas con tal de incomodar a un nuevo asesino en potencia. “Así son, gente de las afueras”, decía Mrs. Donelly con tierna malicia, y se reía, porque incluso Laura se prestaba al juego de acusar a su marido frente a los demás, aunque siempre salía del paso diciendo que aunque fuera un asesino serial, no era mal tipo. 

 

 

Muy a pesar suyo, en alguna de estas chácharas de cafetería, Laura comentó que había conocido a Cecil en una farmacia antes de ingresar como docente de la escuela. En esa ocasión lo había llamado el pájaro más raro y bonito que había visto nunca en New Hampshire. Volvió a extenderse en una segunda oportunidad con lo de rara avis de sobretodo oscuro y pantalones azul claro. Cecil no podía identificar en qué momento Laura torcía la historia en favor de una cadencia mágica, pero lo lograba y hasta el profesor de literatura, bajo un rubor bien disimulado, obtenía una sensación cálida escuchándola hablar de él. No había nada de malo en ello. 

Tampoco era gran cosa. Toda la historia podría resumirse en unas pocas oraciones. Cecil pidió a la farmacéutica una tira de aspirinas y un cepillo de dientes, se abrió la puerta y entró Laura a las apuradas. Consultaba con insistencia un reloj dorado de malla floja que se escurría a lo largo de su brazo zanahoria. Cecil ofreció su lugar, ella lo miró, la vendedora apoyaba la tableta de aspirinas y el cepillo sobre el mostrador.

–Necesito lo mismo –dijo Laura sorprendida.

La farmacéutica sonrió incrédulamente. Cecil permaneció en silencio. Laura revisó la calidad de las cerdas del cepillo con la uña del pulgar y preguntó, casi gritando, si azul era el único color disponible; la venderora ya se alejaba entre las góndolas. 

-¿Rosado, lila? ¡Es para una niña! 

La farmacéutica gruñó, regresaba con otro cepillo azul.

–Siempre que sea negro... –suspiró Cecil.

–¿Cómo dices?

–Henry Ford... –el profesor tosió al templar la voz– ...Ford podía ofrecer un automóvil de cualquier color siempre que fuera negro.

–¿Azul, rojo o amarillo? –espetó cáustica la farmacéutica. 

–Negro... –dijo Laura alzando una ceja– ¡Amarillo! –agregó enseguida con determinación–. ¿Sabes? –dijo a Cecil retomando la conversación– yo tengo una Ford negra. 

...el pájaro más extraño y bonito de New Hampshire, ¿lo estaba provocando? Se preguntó qué haría si su sobretodo abierto funcionara como un aladelta y pudiera sobrevolar el estado a piaccere, pero la figuración le resultó ociosa y hasta infantil y quedó petrificado en su escritorio. Alineó las dos hojas del cuento, las dobló dos veces a la mitad y las guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. Después de eso no hizo mucho más que consultar el reloj de su office hasta escuchar la campana. Pasó la estampida de niños. Cinco minutos más tarde el griterío de la salida se redujo a un grito deshilachándose en el pasillo, y se abrió la puerta de su pequeña oficina:

–Mejor vámonos de aquí.

La pelirroja no dio tiempo a nada, señaló su vieja Ford negra a través de la ventana y cerró la puerta de la oficina sin hacer ruido.

Cecil inmóvil, revisó no olvidar nada. Miró por la ventana. Laura ya estaba afuera, después de amenazar con sus botas a un gato pendenciero que chillaba de hambre en el estacionamiento, dio un par de rodillazos a la puerta de su camioneta hasta que por fin cedió, saltó dentro de la cabina y puso el motor en marcha.

 

 

–¿Me escuchas? No me escuchas.

–Veo que tus labios se mueven. Aguarda... –Cecil terminó de bajar la ventanilla de su auto– Ahora, dime.

–Gira la cabeza hacia atrás... Allí –Laura señaló la puerta de un bar detrás de donde había estacionado su camioneta–. Pide algo sólo para ti, no demoraré más que un minuto.

–De acuerdo.

–Vamos, ve. Deberíamos estar antes de las seis en casa. Hoy es un día muy emocionante, el más emocionante, ya verás.

La pelirroja se escabulló entre los escaparates y él se dirigió hacia el bar.

Pidió un jugo de naranjas y dio las gracias a una mesera que ya había desaparecido detrás del mostrador.  

Cuatro hombres de edad leían de un mismo periódico. Una mesa más estaba ocupada con una pareja. Nadie miraba a Cecil y aunque lo hicieran ninguna de esas personas lo conocía, hecho que le reportó el tibio placer de pasar desapercibido.  

La mesera trajo su jugo. Cecil engulló la mitad del vaso de un sorbo y sintió un ligero dolor de estómago.

No, sí, todos existían, incluso él aunque se sintiera traslúcido como un fantasma. Aquellos cuatro hombres con el periódico existían simplemente sin notarlo, es decir, existían realmente; lo único que los diferencia era que Cecil sí se notaba existir sólo porque la voluptuosiad de su pelirroja, en ese mismo instante, intentaba sujetarse en la precaridad de una bikini. Laura lo venía anunciando, no sólo a Cecil sino también al resto de los profesores: ya no usaría en adelante una malla enteriza, no le importaba la edad. Ahora mismo la estaba comprando. Y sin embargo, ese prisma de ensoñaciones coloridas en las que él la veía desnudarse para probarse dos piezas frente a un espejo reflejaba de momento una lógica que no había contemplado: ella no quería que la viera, sino que la esperara. ¿Dónde estaban, ahora, sus verdaderos compañeros de ruta, esos grandes muchachos que lo espiaban desde los estantes de su biblioteca para hacer de la paradoja una verdad tan simple como el brillo de un guijarro en la cuenca de un río? Lo habían abandonado sin piedad en el desierto del tedio, esa era la prueba máxima de la existencia, el tedio. Ese era el origen del temor que le provocaba Laura, décadas entregadas al aburrimiento insufladas por las sensaciones desbordantes de la ficción y ese era también el origen de la literatura. Ahora que lo descubría, un gesto sardónico que ni la pareja ni la mesera ni los cuatro viejos registraron lo catapultó hasta el jurásico del horror, un oasis donde cualquier capacidad de comprensión no dejaba de ser menos escalofriante que la vida misma. ¿Estoy enloqueciendo?, se preguntó. No, todo era mucho más que sencillo. Laura lo elevaba por fuera de lo convencional, es todo. Las pequeñas charlas en la cafetería, la pequeña coincidencia de la farmacia; hasta la aparición del cuento de Helen, las últimas semanas habían transcurrido con un ritmo –estaba plenamente convencido- novelesco. En otras palabras, habían transcurrido en el mundo material del que sus grandes muchachos extraían sus pepas de oro. Tuvo la idea de escribir una carta de despedida a su mujer. Le diría que había conocido a Laura. Pero enseguida comprendió que era una carta si no absurda, prematura. De hecho no era una carta sino una novela la que se insinuaba.

Abrió su maletín y con toda prisa anotó en la primera hoja que encontró: “Yo era una alga muerta, flotando”. Deslumbrado, despegó la hoja de sus ojos e intuyó en las frases por venir una nueva vida, epifánica, aquella que hace de una persona cualquiera, un escritor. Consideró si debía aclarar que alga muerta era una imagen que había tomado de Flaubert cuando el lápiz rodó por la mesa. ¡Lo sabía! Era incapaz de escribir una segunda frase y la primera ya la había tomado prestada. Flaubert se identificaba con el oso, Cecil intentaba ubicarse entre el hurón y la ardilla y terminó siendo un alga. ¿Por qué Gustav Flaubert insistía con eso de identificarse con un animal? No lo sabía. Vivir alejado, encerrarse y dormir como un oso, de acuerdo, eran la vía regia para fertilizar el desierto de la ociosidad pero lo real eran sus enfermedades, la soledad y el inexorable paso del tiempo. Su identificación con un alga muerta lo preservaba de no ser absolutamente nada. ¡Eso! Escribió una segunda frase: pero al menos no era nada. Se sorprendió de sí y sus propias ocurrencias clausuraron su imaginación. Guardó celoso el papel en el maletín. En el fondo aguachento del vaso dos espigas de pulpa se habían amarrado a un muro de cristal.

 

A su favor, la siguiente media hora la pasó oteando la nada sin pensar. Y no sólo eso sino que también apareció Laura en la acera de enfrente cargando dos bolsas nuevas. Ella volvió a dar un rodillazo a la puerta de la Ford y arrojó las compras en la cabina. Inmediatamente después cruzó la calle, hizo una visera con sus manos para cubrirse del reflejo del sol, apoyó la nariz en el ventanal y acomodó la boca en la barriga inferior de la B invertida de la palabra bar. Cecil leyó de nuevo sus labios: “Ya vámonos”.

Después de correr cincuenta metros y agitarse, Cecil giró las llaves de su pequeño Dodge. Oyó un estallido pero esta vez no era las tripas de Carl Merken. Salía humo blanco del motor. Laura saltó de la camioneta y rápidamente se acercó con un extintor en la mano.

–Abre el capot, vamos.

Cecil accionó una palanca bajo el volante y el capot se alzó unos centímetros, suficientes como para que el humo liberado generara un modesto hongo nuclear en medio de la calle. 

Laura sacudía los brazos para disipar la humareda.

–¿Lo ves? –dijo ella–. Estalló esa manguera. Esto no es humo, es vapor.

–Soy un estúpido -dijo Cecil ya fuera del auto-, creí que este montón de hierro me acompañaría el resto de mi vida sin quejarse pero, ya ves, es sólo una pila de chatarra. Creo que debería cancelar el plan, no querría demorarte.

–O no, eso sí que no -chilló Laura- iremos en la Ford.

–De acuerdo. 

–No lo dices en serio.

Cecil tomó su mano para confirmarlo. Laura la retiró con suavidad y empezó caminar hacia la camioneta.

 

 

–Nunca llegaremos. No puedo estar tranquila. ¿Tú qué crees?

–Que si fuera algo grave oiríamos sirenas y la gente bajaría de los autos, ya sabes, las cosas que suceden en los accidentes.

–De acuerdo, bien. ¿Y que tal si las ambulancias estuvieran a millas de distancia y el viento circulara en contra y el sonido no nos llegara, eh?

–Para empezar -dijo Cecil- no creo que la fila sea tan larga. Mira ese árbol, eh.

–¿Y? -preguntó Laura.

–El viento, no se mueven las hojas.

–Cierto. 

–No hay una gota de viento y la gente está tranquila. Pronto todo esto mejorará. No debes alarmarte.

Laura hizo sonar el claxon sabiendo que a lo sumo alguien la insultaría:

–Las niñas van a matarme.

–Tranquila.

–Es que no sabes lo que significa esto para ellas, y para Austin.

–Oh, sí. Mrs. Donnelly me ha dicho que tienen una banda, una banda profética.

–Vieja mentirosa. Una vez vino a casa, quiero decir, la invité a tomar una cerveza. Las Shaggs dieron un concierto para ella y sé que no le ha gustado. ¿Te ha mencionado la profecía? Te diré algo sobre esa maldita profecía. No es nada sencillo que tu suegra se rija por las palabras de una psíquica al punto de creer que fue ella quien hizo la predicción. Mrs. Donnelly ama la profecía de mis hijas porque todas las personas vulgares son superticiosas. Y la prueba de su vulgaridad son sus zapatos. ¿Has reparado alguna vez en sus zapatos? Como fuere, la madre de Austin predijo que se casaría con una pelirroja, aquí me tienes, y que sus hijas, de acuerdo, formarían un conjunto musical.

–Ahá.

–Claro, ahá. El punto es que ella dice haber dicho las cosas antes de que sucedieran, y no fue así. El problema no es ese sin embargo sino que Austin la asiente en todo. La vieja está demente, lleva años postrada a la cama y sólo busca hacernos la vida imposible. Si quieres algún día te contaré toda esta maldita historia.

Malhumorada, Laura bajó la ventanilla y asomó el cuerpo por la ventanilla. Después, sentada en el marco de la ventana, estudió la posibilidad de trepar al techo de la cabina, que fue lo que terminó haciendo. 

Las botas percutían el metal. Laura caminaba en círculos, por momentos el techo se hundía generando un sonido cavernoso que ascendía hasta una resonancia sobreaguda continua cada vez que el metal recobraba su forma original. Finalmente el rostro invertido de Laura reapareció en la ventanilla.

–Quítame el pelo de la boca, sé bueno.

–Sería mejor que regresaras al auto –dijo él sin reaccionar.

–Seguro –respondió ella escupiendo un mechón colorado.

Sin demora, se deslizó como en un tobogán por el parabrisa y bajó a la calle. Sus nalgas quedaron grabadas en el vidrio como la suciedad en su pantalón. No del todo conforme, estudió el tronco de un árbol y lo trepó. Cecil consideraba dos posibilidades: encender la radio y desentenderse de la locura de Laura o simplemente huir.

–¡Cecil!

–¡Voy! –miró hacia atrás antes de abrir la puerta. 

Un viejo con un bastón se aproximaba:

–Dígale a su mujer que vuelva al auto, esto puede arrancar en cualquier momento -se quejó el anciano.

–¡Cecil! Trepa, quiero que veas algo. La fila se extiende cuanto menos media milla, hay un camión volcado, también hay un animal muerto en medio de la ruta, debió ser arrollado.

–Laura volvamos al auto, podríamos escuchar la radio.

–Por el tamaño diría que es un búfalo, pero sería raro, ¿no crees?

–Quizá sólo sea un toro.

–¡Mira! ¡Vienen los marines!

Laura tambaleó de alegría. La rama que la sostenía encajó como un riel entre el taco y la planta de su bota y patinó a la velocidad imprecisa de la fatalidad; los restos de corteza que la suela devanaba caían sobre el profesor Dimmbling, que los auyentaba como moscas.

–¿Lo ves? Podrías lastimarte.

–Sube.

–Es peligroso Laura, deberías bajar.

–Eres terco pero no tanto como yo. Sube.

 Cecil trepó al árbol con dificultad.

–Sujétate fuerte y sujétame, no quisiera... Vamos profesor, imagina que esto es una motocicleta y que yo manejo, eso es.

–No son marines –dijo él abrazado a su cintura–, es un comando de Nighthawks con algunos bomberos de Fremont.

–Lo que tú digas, sabelotodo. De todas formas no vamos a llegar a tiempo. Nos quedaremos aquí tú y yo, en este maldito árbol para siempre. Nadie puede vivir en un árbol, Cecil, ni siquiera los monos.

El escuadrón de Nighthawks se había dividido en tres columnas, los bomberos los seguían detrás con sus palas al hombro. 

Los soldados enderezaron el camión y los bomberos de Fremont ataron al animal por las patas y  empezaron a tirar de la soga hasta quitarlo de la ruta.

 

 

–Hogar, dulce hogar –resopló Laura mientras revisaba su maquillaje en el espejo retrovisor. El ruido motor cedió su lugar al canto de los pájaros, después se oyó un estruendo que Cecil sin prestar atención supuso un espasmo moroso del motor y que Laura atribuyó a un redoblante.

–¡Son ellas!

–¿Las niñas?

–¿Niñas? Son Las Shaggs, profesor Dimmbling.

El tambor volvió a sonar, empezaba una canción. 

–Esta canción la han hecho para Pal Foot Foot. Escucha, el comienzo es magnífico. 

Cecil entrecerró los ojos para agudizar la escucha; el sonido le llegaba grave, tamizado por las paredes de la casa y el shhhh de las hojas de los árboles que parecían pedir silencio. Ahora se explicaba el cuento y varias decenas de cosas más. Para empezar, y sin tener él un oído privilegiado, le resultaba más que evidente que esas muchachas no sabían afinar la guitarra, descontando que los cambios de ritmo eran incómodos por no decir algo netamente discriminatorios. Entre una serie de hipótesis repentinas y violentas, la que más pregnancia tuvo en el profesor Dimmbling fue la posibilidad de que el agua del Silver Lake estuviera contaminada con algún tipo de tóxico que volvía locas a las personas. La asociación era directa, el poeta e.e. cummings, el único autor que acudió a su cabeza cuando intentó interpretar el cuento de Helen, había pasado su infancia en las afueras de New Hampshire -y por fuerza consumido agua de ese lago-, y como ella también había producido obras con ese swing lobotomizado que oscilaba en su corazón entre el rechazo y el bostezo.

–Magnífico... –repitió Cecil.

–Cecil... –Laura bajó el tono de voz, parecía realmente triste– Quiero presentarte a Austin. Estará encantado de platicar contigo, es muy dado a la conversación, ya verás, harán buenas migas. Es una verdadera lástima que no vayáis a conversar más que un par de minutos, ¡ya son casi las seis!

Entraron por una puerta secundaria, para entonces las niñas habían dejado de tocar y Cecil escuchaba conversaciones fragmentadas en la sala. La cocina era larga y angosta, las paredes estaban recubiertas en madera de pino y los platos del almuerzo sin lavar se amontonaban sobre la mesada. La puerta que daba al jardín estaba abierta de par en par y entraba además de un viento fresco, el canto de una chicharra anunciando la caída del sol.

–Te presento al famoso Pal Foot Foot.

El gato se refregó contra la bota de Laura para acercarse inmediatamente después a un comedero vacío. 

–Ven, quiero presentarte a Austin.

Pasaron a la sala. Los muebles estaban pegados contra las paredes, la guitarra y el bajo en sus estuches ocupaban el centro de la habitación. Contra una esquina se apilaban las partes de la batería a medio desarmar. Austin estaba de espaldas.

–Cariño... –susurró Laura.

Austin giró la cabeza. En una mano sostenía una calculadora, en la otra un mondadientes.

–¡Oh! No los escuché entrar. Las niñas me están dejando sordo.

–¿Ya están listas?

–¡Pues claro! Hay que atraparlas mientras estén calientes.

–Austin, el profesor Cecil Dimmbling.

–Encantado, profesor. 

Austin, después de estrecharle la mano, volvió a mirar su calculadora y echó a reír.

–Profesor, ¿estima usted a cuánto ascienden los ahorros de una vida de una familia media de New Hampshire? Se desilusionaría, se lo aseguro.

Tecleó una cifra y enseñó a Cecil la calculadora.

–Vaya -opinó Cecil desencajado.

–¡Dot! –gritó Laura desde la boca de la escalera–. ¡Dot! ¡Ven aquí! ¿Podrías decir a tus hermanas que ya es hora de cargar los instrumentos? ¡Cuánto desorden! Siéntate Cecil, quiero que estés cómodo. Cariño, el profesor Dimmbling ha leído el cuento de Helen.

–¿Y qué opinión le merece? –preguntó Austin.

Cecil dudó. Austin ya no lo incomodaba, algo en sus ojos ligeramente desviados lo mantenía un poco lejos de todo, como si fuera una planta que no necesita demasiada luz para sobrevivir.

–Magnífico –dijo Cecil, devolviendo una mirada cómplice a Laura.

–¿Magnífico? –replicó ella.

–No será tanto –argumentó Austin.

–Pues, sí. De hecho no estoy seguro de haberlo comprendido en su cabalidad –siguió Cecil-, lo cual, al menos como posibilidad ubica a la joven Helen entre...

No terminó de pronunciar la frase cuando las niñas aparecieron al pie de la escalera, las cuatro llevaban el mismo vestido.

–¡Niñas! –gritó Laura enfadada–. No deben usar esa ropa, la arruinarán antes de los conciertos.

–No hay modo –suspiró Austin–, hoy aceptaron ensayar a cambio de estrenar el conjunto.

–¿Con que no hay modo, eh? –repitió Laura cada vez más furiosa–. ¡Se van las tres a vestir de inmediato!

Las niñas volvieron a subir la escalera. Laura dejó los hombres a solas.

–Profesor Dimmbling, sepa perdonar el desorden –retomó Austin– Dígame ¿qué opinan los hombres como usted de la F.R.T.?

–Jamás he oído mencionar esa sigla.

–Lo imaginé. La sigla corresponde a la Fast Reading Technique del doctor Otto Berlansky. No concibo que no haya oído hablar de la F.R.T.

–En absoluto.

–¡Oh! Es una técnica lectura y relajación visual muy eficaz, sorprendente diría.

–Austin, ¿tú también tomarás té? –chilló Laura desde la cocina.

–Gracias, cielo, pero llevamos prisa.

Austin y Laura rieron con complicidad en distintas habitaciones, hecho que estremeció a Cecil.

–Coja un libro.

–¿Cómo dice?

–Allí los ve, vamos hombre, elija uno, no lo va a morder –lo apuró Austin con jovialidad.

Cecil se aproximó a la biblioteca, dos hileras de libros mal ordenados junto a la chimenea. La primera impresión, incluso antes de pensar qué libro escogería, hizo desfilar un viento helado por su espalda: tres Biblias idénticas de edición de bolsillo, un tomo de medicina rancio, media docena de revistas deportivas, un catálogo de instrumentos musicales, dos o tres de novelas de folletín: nada ofrecía una alternativa medianamente potable para Cecil. Comenzó a hurgar en las profundidades del saber de los Wiggins y encontró, casi emocionado, un ejemplar de Moby Dick.

–Listo –enseñó a Austin la portada del libro.

–Melville... ¿La razón?

–¿Por qué? No lo sé. Quizá porque esta novela sea un logro fuera de lo común, el paradigma novelístico de lo sublime.

–¿Ha leído el libro?

–De lo contrario no me atrevería a defenderlo.

–Tome asiento por favor. Era solamente una pregunta de rutina. Sólo tardará un minuto. Abra el libro al azar.

Cecil obedeció: página 215.

–Lea –dijo Austin consultando su reloj.

–¿En voz alta?

–Claro. Media página solamente.

La incomodidad inicial de Cecil lentamente iba dando paso a la curiosidad que le despertaba este extraño sujeto. Aclaró la garganta y soltó:

–«Sí, Starbuck, sí, mis valientes, fue Moby Dick la que me desarboló, fue Moby Dick la que me condenó a este tronco sobre el cual me apoyo ahora. ¡Sí, sí –aulló con un sollozo terrible, animal, semejante al del alce herido de muerte–, sí, sí! ¡Fue esa maldita ballena blanca la que me cercenó, la que me convirtió para siempre en un inútil inválido!

»Después, agitando los brazos con desmesuradas imprecaciones, gritó:

»¡Sí, sí! ¡Y la perseguiré más allá del Cabo de Buena Esperanza, y más allá del Cabo de Hornos, y más allá del gran Maëlstrom de Noruega, y más allá de las llamas de la perdición, antes de abandonarla! ¡Para esto se han embarcado ustedes, marineros! ¡Para perseguir a esa ballena blanca a través del mundo, hasta que arroje sangre negra y se revuelque con las aletas en el aire!»

–¡Tiempo! Bravo, señor Dimmbling, excelente interpretación.

–Muchas gracias.

–53 segundos. Hubiese tardado aproximadamente la mitad de haber leído en voz baja. 53 segundos parece poco, pero contra 15 la página entera es una enormidad.

–¿15 segundos?

–Un practicante promedio, yo por ejemplo. Los más avanzados demoran 3, 4 segundos, máximo.

–¿Y cómo corroboran que efectivamente hayan leído, digamos, bien?

–Buena pregunta. Lo felicito, es usted un hombre inteligente. Pero entiéndame, no es el récord lo que importa. Sólo imagine releer una biblioteca en una semana. La humanidad entera podría dar un salto cualitativo sin precedentes. Hagamos una prueba. Elija un comienzo de capítulo.

Cecil consultó el índice. Página  169, “Ahab”.

–Escuche con atención. Todavía no mire la página. Ponga atención. ¿Está listo?

–¿Qué debo hacer? 

–Bien. Le otorgaré 15 segundos, de los cuales 4 los dedicará a contemplar la página, yo le indicaré cuando hayan concluido. No busque nada en especial, sólo mire. Luego leerá: título de capítulo si lo hubiera y la primera oración completa. A partir de entonces lea las palabras de las puntas de cada línea y dos palabras que elija espontáneamente de las que quedan atrapadas en el medio. ¿Me sigue?

–Calculo que sí. ¿Pero por qué 15 segundos y 4 segundos?

–Espere que todavía falta. Si llegara a concluir la página, volverá a recorrerla de abajo para arriba aplicando la misma la misma lógica, ¿comprende?, y si llegara de nuevo arriba, rebobine por favor.

–¿Elijo las mismas palabras, al subir y al volver a bajar?

–No piense la elección en esos términos, profesor, deje que sus ojos se relajen, elige dos palabras, salta a la punta, y abajo, ¿queda claro?

–Entendido.

–¿Está cómodo? ¿Puedo ofrecerle un almohadón extra, si lo desea?

–Me hallo perfectamente.

–¿Listo? Van los cuatro segundos.

Cecil bajó la cabeza. Pasado el término, Austin gritó:

–¡Ahora!

Las primeras líneas tropezaban, leía varias palabras juntas. Luego aplicó cierto desapego y comenzó a desplazarse con mayor velocidad. Hacia el final de la página el inminente grito de Austin lo hacía jadear como al maratonista que aumenta el ritmo ante la visión de la meta. Leyó para atrás y volvió a bajar hasta mitad de página.

–Bien, deténgase. No hable. Contemple apenas un instante la totalidad de la hoja, luego cierre los ojos y no piense. Le haré unas preguntas. Deme el libro, por favor.

–Aquí tiene.

–¡Shh! Mantenga los ojos cerrados.

Cecil no lograba mantener los ojos cerrados. Sus párpados vibraban indecisos, y sin quererlo, se dejaba llevar por la idea de pulir la técnica hasta alcanzar los 3 ó 4 segundos. Así podría mantener fresca la literatura universal; claro que su mente pronto le exigiría otras apetencias: astronomía, física, historia, todo lo mantendría aceitado el freezer de la cultura universal. 

De pronto dejó de pensar y en la oscuridad anaranjada de sus ojos entrecerrados los sonidos se expandieron. En el primer piso de la casa las niñas conversaban y reían diabólicamente. Su mente giró de manera vertiginosa. Laura bien podría haber preparado la coartada. El té era el resto del plan. La verdad siempre era evidente, sobre todo para las víctimas. Agudizó los oídos, de pronto ningún ruido provenía de la cocina ni de la planta alta de la casa.

–Mantenga los ojos cerrados, en un instante estaré con usted -susurró Austin.

Cecil apretó los párpados. Evocó un atizador que había visto junto al hogar cuando revisaba los libros. Estiró la pierna e hizo contacto con el fierro. Echó un fugaz vistazo a Austin, luego pensó que lo mejor, llegado el caso sería clavar el atizador en su pecho, o derribarlo con un fuerte golpe en la cabeza. Laura saldría de la cocina, con lo cual también debería reducirla. Entonces representó una escena distinta. A Austin le clavaría el fierro en el ojo. Un charco de sangre espesa bañaría el piso. Oyó pasos en la escalera. Venían a matarlo, sus restos, como los de la joven e inocente Judith Grinsberg pronto serían recolectados por la policía local, si no detenía a tiempo a esta familia de dementes.

–¿Padre?

Los dos hombres giraron la cabeza. Era Dot.

–Es hora de estallar la ventana -dijo la muchacha.

–De acuerdo. ¿Con qué piensan destruirla?

–Con una piedra.

–Prepararé la cinta. Llama a tus hermanas.

Dot subió las escaleras con la parsimonia de un espectro y así también volvió a bajar. Helen, por el contrario, se deslizó por la baranda con el vestido subido hasta la cintura. Rachel lo hizo normalmente y Betty, que se peinaba el flequillo cada tres escalones, fue la última en llegar. Por fin todos menos Laura estuvieron reunidos en la sala en torno a la grabadora de cinta.

A Cecil le hubiera costado un par de días comprender lo que estaban a punto de realizar si el acto no se hubiese realizado con diligencia. Austin sostenía el micrófono muy próximo a una de las ventanas. Helen tenía la piedra en una mano. Planificaron brevemente cómo debían suceder las cosas.

 

 

Incluido Cecil, todos permanecieron detrás de Helen. Helen lanzó la piedra y ésta rebotó contra el vidrio. Dot tomó la piedra y tuvo peor suerte (rebotó antes contra en el piso de tocar la ventana). Austin se enojó, la cinta corría; instó al profesor Dimmbling a que tomara la piedra para hacer estallar de una buena vez la ventana. Cecil cogió la piedra y lanzándola como si fuera una bola de boliche hizo estallar el cristal. Austin detuvo la grabación.

–¡Excelente! –exclamó. 

Las niñas aplaudían y gritaron tres hurras al profesor Dimmbling.

-Lo felicito. Ahora ya es parte de la historia de la música.

–Escuchemos la cinta, padre.

–¡Silencio! ¡Aquí va!

El impacto era conciso, saturado, no se escuchaban vidrios quebrándose, sólo un golpe seco.

–Parece un disparo –comentó Dot.

–Y queríamos una lluvia de diamantes, padre –agregó Helen.

–Es cierto... –farfulló Austin, rascándose la barbilla– Es cierto. Bien: niñas, piquen el vidrio, lo guardaremos en una bolsa de tela, al sacudirla quizá suene como una lluvia de diamantes. Lo grabaremos en estudio.

Helen salió al jardín y regresó a la casa con piedras para sus hermanas. Las cuatro niñas comenzaron a machacar el vidrio contra el suelo.

–¡Cecil! –gritó Laura desde la cocina.

El profesor Dimbling no salía de su asombro.

-¡Cecil! -volvió a chillar Laura desde la cocina.

–¿Sí?

–El té está servido.

Laura condujo al profesor Dimmbling por el jardín. Rodeada de arbustos se ocultaba una mesa de hierro antigua. Sobre ella, una tetera, tazas y una bandeja de plata con galletas dispuestas en círculos concéntricos, revelaban un perfil tierno y hasta conservador que Cecil nunca hubiera imaginado en la profesora de pintura.

Se sentaron enfrentados. Cecil no sabía que decir, Laura servía el té.

–¿Se han ido? –preguntó por fin el profesor con tal de mover la boca.

–Así lo espero -la parsimonia de Laura se derrumbó-. No comprendo cómo Austin les permite destrozar la casa. Luego se queja de que nunca alcanza el maldito dinero. No has tocado las galletas.

–Se ven deliciosas –exclamó él, cogiendo una.

–Escucha... Es la camioneta…

–¿Se han ido? ¿Así, sin más? –preguntó él.

–Ahá. En esta casa nadie me registra.

Cecil sintió que ella lo presionaba con los ojos y mordió la galleta.

–¿Y? –preguntó.

–¡Deliciosas!

–Eres un embustero, puedo notarlo, sólo quieres engañarme.

–¿Cómo podrías pensar algo así? –dijo Cecil con excesiva seriedad.

–Sí, es lo único que quieres -contestó ella risueña. Pero no importa, soy una chica lista y sabré darme cuenta si lo intentas.

El tiempo que tardaron en tomar un par de tazas pasó tan ligero y tan lento que Cecil llegó a considerar que ella podría haber puesto algo en el té. De pronto se descubrió solo, aletargado, con la vista perdida en la vegetación que lo rodeaba. Pronto caería el sol. 

Entonces Laura regresó envuelta en una toalla y Cecil se puso de pie.

Ella lo observaba con una sonrisa rígida, pero no hacía nada por atraerlo o alejarlo. Finalmente rompió el silencio.

-Profesor, necesito que sea sincero conmigo. Como le anticipé, me he comprado una bikini. Quisiera que me diga con absoluta franqueza si ya estoy demasiado grande para usar una prenda así. No quisiera avergonzar a mis hijas.

-Laura, eres una mujer estupenda.

-Ya, evite los cumplidos profesor, he parido cuatro veces y mi cuerpo no es el de una jovencita.

-Pues veamos -dijo Cecil, que enseguida se ruborizó por su atrevimiento.

Quizá Laura ya no fuera una jovencita pero en ese momento parecía tan frágil e inocente como una niña. De pronto Cecil lo comprendió todo. Como él, Laura era un alga muerta flotando a la deriva. Querría volver a sentirse deseada, devorada por los ojos de un hombre para regresar al tiempo donde el placer era el único motivo por el que estar vivos. Tan simple como eso, bajo esa toalla no se escondía solamente una mujer semidesnuda sino que también se revelaban todos los misterios de su carácter.

-Pareces una niña -suspiró el profesor.

En eso sonó el teléfono dentro de la casa y Laura salió corriendo. Cecil permaneció estático en el jardín mientras la luz dorada del atardecer personificaba las sombras de manera sorprendente. 

En la sala, nerviosa, Laura descolgó el aparato:

–¡Madre! ¡Nos robaron! -gritó Helen del otro lado de la línea.

–¿Cómo? ¿Dónde? ¿Están todos bien?

–Nadie ha salido herido...

La conversación siguió sin que Cecil lo supiera. De hecho, como no había escuchado sonar el teléfono, interpretó la fuga como una invitación desesperada. Entró a la casa entre poseído y tembloroso y se encontró con el trasero de Laura dispuesto como una fruta madura. Allí estaba, de espaldas, con los codos apoyados sobre un escritorio y la columna arqueada como si estuviese ejercitando una posición de yoga.    

–¿Dónde está Austin? –preguntó ella a su hija sin anoticiarse de la presencia de su colega.

–En el baño -contestó Helen.

–¿Dónde están, ustedes?

–En una gasolinera. Robaron la bolsa de los cristales.

–¿Sólo eso?

-Solo eso.

–No es posible –dijo Laura, y descubrió a Cecil detrás suyo aunque no le prestó mayor atención.

Cecil la recorrió de arriba a abajo, en el centro de su espalda el pequeño nudo del sujetador se le representó como una llave. Su vida entera parecía jugarse en un cruce de caminos. Acercó su mano hacia la punta del cordel y tiró hasta desanudarlo.

-Eso no puede ser posible – dijo Laura mientras giraba y volvía a anudar su bikini.

–Sí, madre, alguien debió creer que eran diamantes.

–Eso es imposible, Helen. ¿A quién se le ocurriría dejar un saco de diamantes en la cajuela de una camioneta? Helen...

Laura miró a los ojos a Cecil y éste dio un paso atrás.

–¿Madre, me escuchas? -dijo Helen

–Sí, hija, dime –dijo ella recomponiendo la voz.

–He dicho que nada más.

–¿Nada más, qué? –preguntó Laura molesta.

–Sólo los diamantes.

–Bien, cariño. Entonces no hay de qué preocuparse.

Sin despedirse interrumpió la comunicación. Tampoco se demoró en retomar la conversación con Cecil.

-¿Sabes? -le dijo-, quise que vinieras porque eres el único que podría entenderme. No pienso volver a esa maldita escuela. Estos meses han sido décadas para mí, nada más espantoso que sentir que los días se suceden vanamente. 

Cecil no supo qué responder.

Laura se volvió a vestir en algún momento que Cecil no registró. Volvieron a la mesa del jardín. Ya no podían verse por muy cerca que estuvieran uno del otro. La noche había caído, Laura había perdido en entusiasmo. Él asentía como si la figura oscura que tenía enfrente hablara una lengua de la que comprendía la mitad.

 

 

¿Qué había salido mal?, mejor dicho, ¿qué había hecho mal? Cecil giraba en torno a esas dos preguntas sin poder fijar la vista en el libro que tenía abierto en su regazo.

Era una mañana de sábado. Como de costumbre, Martha, su mujer, se dedicó regar las plantas y a retirar las hojas secas de su pequeño patio mientras su marido intentaba concentrarse en la lectura. Algo había hecho mal, y era su culpa. Sin descanso, su mente le presentaba el nudo en la espalda de Laura, y luego el giro, la desnudez de un instante y un gesto en su rostro que no podía interpretar. Martha entró a la casa después de preguntarle dos veces qué quería almorzar sin obtener respuesta. 

Cecil despertó de golpe, en la acera, divisó a un joven muchacho que palmeaba frente a la casa de sus vecinas. Allí vivían una viuda y a su hija adolescente. El muchacho, de pelo lustroso prolijamente peinado ostentaba una remera tan ajustada que parecía a punto de estallar. La joven y su madre salieron al porche a recibirlo. Cecil no alcanzó a oír esas palabras que desataban risas y carcajadas en las dos mujeres si bien si en ello se jugaba el secreto de la vida. 

Quizá no hiciera falta escuchar la conversación. A simple vista, este muchacho conjugaba dos aspectos que funcionaban perfectamente bien en este mundo: músculos y expresiones simples. Hasta la madre lo tomó del brazo antes de hacerlo pasar.

Sí, había hecho todo mal. Había refinado su intelecto hasta olvidar su propio cuerpo. Él era un alga, ¿qué atractivo podía haber en ello? La deprimente imagen que tenía de sí, por extraño que resulte, lo llenó de energía. Se tiró al suelo y comenzó a hacer abdominales. Una, dos, tres, cuatro; a medida que su cuerpo reaccionaba, el dolor sintetizaba sus pensamientos. Había hecho todo mal pero todavía estaba a tiempo. Tenía cuarenta años. Era flaco, conservaba todos los dientes y gran parte de su cabellera. Quizá incluso no fuera feo. Trabajaría su cuerpo y practicaría, vaya paradoja, la F.R.T para deshacerse de una vez por todas de esas soporíferas horas de lectura que lejos de proponerle una vida apasionante habían grabado en su sillón una huella sedentaria. 

Cuando llegó a las cien flexiones su cuerpo temblaba y el corazón estaba a punto de estallar. Pero no importaba, no tenía un minuto más que perder, en un mes ya sería un idiota con un cuerpo tallado, compraría un auto nuevo, y regresaría por Laura. La besaría antes de que pudiera sospecharlo. 

Atravesó distintas instancias de dolor y siguió ejercitándose hasta las doscientas abdominales. Tomó aire, sí, le dolía todo pero estaba satisfecho. Este es un mundo idiota, se dijo, para disfrutarlo debo convertirme en un perfecto idiota, de lo contrario me esperaba esta soledad morbosa que convoca temores de todo tipo. Imaginó tener fuerza, imaginó a Laura gritando de placer y desapareció el cansancio. Redobló la velocidad de las flexiones y sus pensamientos cedieron lugar a las imágenes. Evocó la canción con que las Shaggs sin saberlo lo recibieron cuando Laura y él llegaron a la casa de los Wiggins. Ya no tenía nada que criticar, los golpes de tambor ahora eran luces en su cabeza que dibujaban una partitura original ........................................................:  .   .  :.   .  . .   .  . . . . . . .. .  . . .... . . . . . .  . . ....    .    .  ... pequeños puntos blancos que titilaron hasta que un fuerte dolor en el brazo izquierdo dio por concluido el ejercicio.

Martha lo encontró inmóvil media hora más tarde. Intentó reanimarlo por distintos medios hasta que apoyó su oreja derecha sobre su pecho. Gritó, pidió auxilio a los vecinos, llamó a una ambulancia pero ya nada ni nadie pudo devolver el pulso al frágil corazón del profesor Dimmbling.