ENSAYO

Un desafío múltiple

En esta lectura de El Duelo, de Joseph Conrad, analizamos la razón que enfrenta a los personajes para acceder al poder, y la maquinaria de especular que se produce entre el narrador y el lector.

 

Por Daniel Fara 

 

El duelo  (The duel)
Joseph Conrad 
Madrid, Alfaguara, 1977

 


Armand D'Hubert y Gabriel Florian Feraud, húsares de Napoleón I se baten a duelo siete veces en lo que va de 1801 a 1815 mientras las invasiones bonapartistas sacuden a Europa. Dos valientes oficiales, irreprochables, cumplen con las órdenes imperiales al tiempo que desarrollan su guerra privada. La historia promete, pero no hay que olvidar que El duelo (1907) es una obra de Joseph Conrad; es decir, el lector sentirá que el relato ha cumplido todas sus promesas pero que abordarlo le ha exigido quedarse pensando -durante la lectura y después- en la complejidad de la novela, excedente, por mucho, de lo que un fait divers o un créase o no, de Ripley, podrían haber dado cuenta. .

No nos sorprende que los textos de solapa y contratapa destaquen sólo la peripecia, para eso están esos paratextos. El problema viene cuando se consulta a críticos menos comprometidos con la promoción editorial y éstos ofrecen interpretaciones igual de insuficientes en lo que hace a lo esencial del asunto.

El teniente de húsares, Armand D'Hubert aparece, en esas críticas "como un Abel a quien le toca su Caín", el Caín en cuestión sería Feraud, que fuerza al otro, cada vez que puede, a un nuevo lance y marca con esas intervenciones la vida de un hombre "recto, razonable" (y hasta dirían, pacífico, si no fuera un aguerrido militar de reconocida trayectoria). Por su parte, Feraud llega, como su archienemigo, al grado de general pero viene a ser un sujeto desagradable, oscuro, tan impulsivo para sacar la espada como para decir en público, en pleno transcurrir de "los Cien Días", que D'Hubert no quiere al Emperador.

¿Por qué -sería la línea central de esta interpretación- un hombre como D'Hubert siendo cómo es se deja arrastrar por el furibundo húsar que vive de duelo en duelo? Conrad lo menciona una sola vez y confía en que el lector lo recuerde: D'Hubert carece de imaginación. En la generalidad de los casos no la necesita porque todos lo quieren, todos se ven seducidos por su apostura, sus modales, su ascendencia noble; D'Hubert obtiene de los demás todo lo que necesita y lo que quiere. Hasta que un día, un superior le ordena arrestar a Gabriel Feraud porque éste ha atravesado a un influyente civil. Ahí se complica el asunto para D'Hubert sin que él mismo sepa hasta qué punto. El arresto de Feraud lo lleva a cabo en el Salón de una Madame que congrega lo más ilustre de ese mundo militarizado que es Estrasburgo con lo cual da lugar a toda serie de murmuraciones. Por si esto fuera poco, mientras lo conduce a su domicilio le va anticipando las terribles medidas que el coronel tomará contra el duelista por la muerte de ese insigne civil y hasta añade algún que otro consejo que no se le daría a un oficial experimentado y menos a uno que sólo ve lo que tiene adelante, que vive en un presente perpetuo y no entiende de ninguna manera por qué lo arrestan justamente a él que, con valor, ha defendido el honor de su regimiento ante los improperios de un enemigo de Napoleón.

Que el Coronel piense lo que mejor le convenga, por algo es el Coronel, pero ¿D'Hubert, un "oficial oficinista"? va a salir de la nada y lo va a tratar como a un cadete? Y Feraud, a punto de ser castigado por un duelo invita a otro a D'Hubert. Lo lleva al jardín de su casa y lo insulta hasta que D'Hubert reacciona y pelea con tanta fiereza que deja tendido al otro con un brazo casi cortado.

La cabeza de Armand da vueltas ¿qué hizo? ¿cómo se dejó llevar por ese animal belicoso? Y la respuesta no le llega porque no tiene imaginación y nunca, en quince años de duelos, uno tras otro, aprenderá a tenerla. Es decir, lo que D'Hubert no entiende es por qué Feraud no lo quiere y lo respeta como todo el mundo y acepta sus palabras de reconvención. Hábilmente, mostrando aparentes virtudes de D'Hubert, Conrad nos lleva a conectarnos con una máquina de especular, actividad mental que no solamente lo asistirá respecto de Feraud sino hasta en lo que hace a su relación con una joven (finalmente se casará con ella, pero porque la prueba de que ella lo quiere es, directamente espectacular) D'Hubert no mataría a Feraud, pero no lo haría por ser poco conveniente. De no acarrearle consecuencias negativas a su carrera, no dudaría, lo dice él mismo, en retorcerle el pescuezo.

A todo esto, Feraud, hijo de un herrero analfabeto, huérfano de madre no conoce la especulación y la odia cuando descubre que D'Hubert es un trepador, aunque la novela no lo diga nunca. Los especuladores no necesitan imaginación, cambian de bando, se acomodan con los poderosos.

"Ese hombre no quiere al Emperador" ha sido la frase de Feraud y ahí está la clave de la novela, el por qué de los muchos desafíos de los que D'Hubert sale, casi ileso, rico, bien casado, mientras al otro ser fiel a una idea, no esconder nada, le significa ver arruinada su carrera y es apartado del círculo de los bienpensantes realistas que han sucedido a Napoleón.

D'Hubert no quiere al Emperador ni a Fouché ni a nadie que haya caído en desgracia. Su ascenso depende de la distancia que pueda poner con los perdedores que intentan ponerse en su camino; aunque para la estolidez de ciertos lectores y críticos los villanos suelan ser como Feraud y los héroes como D'Hubert, El duelo demuestra qué poco hace esa tipificación para el logro de una buena historia. Y no es que los roles sean invertidos en la novela, los seres humanos que los asumen son diferentes y, usemos una vez más la expresión: complejos. Pero para no perder ese punto de vista es preciso no desatender lo que Conrad sugiere.

Y hay más. La misma crítica que cambia los roles de los oficiales, opina que las guerras napoleónicas no le interesan demasiado a Conrad, que tanto pudo haber tomado esa época como cualquier otra para insertar su historia. Es claro, las guerras no son referentes factuales de ninguna manera, pero hay una transposición estética de lo que ellas representan y la hay, justamente, en tanto la trayectoria de Bonaparte es el macrocosmos de la historia de los duelistas, en tanto ampliación de pequeñas miserias, indiferencia, bravura, salvajismo, especulación.

Por último, cabe referirse a un hecho interesante que presenta la novela. Se trata de la leyenda que generan D'Hubert y Feraud a partir de sus sucesivos enfrentamientos. "¿Qué afrenta atroz puede haber originado semejante secuencia?" Esa pregunta atormenta a todos los que no pierden paso del conflicto. No lo sabrán por D'Hubert ni por Feraud, pero la causa, en sí, ha sido mínima, una imprudencia, una nimiedad, ahora bien, ese motivo deja de ser insuficiente cuando, recuperando lo visto sobre el modo oblicuo con que Conrad presenta a sus personajes, vemos en el enfrentamiento el reflejo de los que "llegan" a fuerza de méritos calculados y besamanos al poder y los que se niegan a ese aparato decidiendo con eso quedar cautivos en el submundo de los fracasados. Así, la leyenda se muestra también, como especie, algo menos agradable y conmovedor de lo que creíamos, algo atado a las habladurías, la curiosidad atenaceada por el no saber. Y en cierto modo podríamos decir que la leyenda también surge de la falta de imaginación y no de su exceso, como suele pensarse.