RESEÑA

Un dios diletante

En la novela El espectáculo del tiempo, Juan José Becerra propone un viaje temporal por los hitos biográficos de un alter ego, Juan Guerra, en un flujo continuo y desordenado de recuerdos, vivencias, fracasos, discusiones y escenas porno, narrado con una prosa deslumbrante.


Por Juan Maisonnave
 

 



El espectáculo del tiempo
Juan José Becerra
Seix Barral, 2015, 480 págs.

 


Para simplificar las cosas, el problema del tiempo podría resumirse así: a diferencia del espacio, en el que hasta cierto punto podemos movernos de acuerdo a nuestros deseos, recorrerlo a la medida de nuestras necesidades, del tiempo, su linealidad y sobre todo su presente, somos prisioneros. Solución tentativa para escaparle a los límites de la física –no sólo a la imposibilidad de vivir otra época que no sea la nuestra sino a las consecuencias demoledoras del avance impiadoso de los años-, el laberinto temporal acometido por Juan José Becerra en El espectáculo del tiempo propone recorrer en casi quinientas páginas los avatares de la biografía fechada del narrador con formato de saltos similar a un Elige tu propia aventura existencial y de la vida adulta que, de pasar a la página correcta, se aterriza en el día del casamiento de Perón y Evita o en el de la extinción del planeta Tierra. 

Si en trabajos previos Becerra se había convertido en algo así como un especialista en épicas de hombres abandonados y sin atributos que parten hacia geografías adversas como el mar (Santo) o el campo (Toda la verdad) para una vez allí perder cualquier contacto con la realidad y ser reducidos a una limadura de ego que la prosa del autor lleva a un extremo logrando a veces cuadros abstractos de alto vuelo, con esta nueva novela por primera vez presenta –desordena- sus aparentes hitos biográficos (el narrador se llama Juan Guerra, nació en Junín y en 1965, escribe…) en un flujo continuo de vivencias impulsado por la calesita de las efemérides personales que marcan un bautismo, una derrota, una experiencia decisiva, discusiones, dislates, eyaculaciones. Muchas eyaculaciones. 

Por supuesto, como debe ser, la autobiografía surge de un manoseo deliberado de situaciones y hechos dispares, y desde el vamos, como declaración de principios (“fue la primera vez que escribí algo autobiográfico, y lo hice para mentir”), renuncia a cualquier pretensión de fidelidad dando paso a lo que realmente importa: la construcción de momentos narrativos únicos, desbocados, que a veces dejan sin aliento. 

Reelaboración de recuerdos y vicisitudes de una vida: un amasado de materiales explosivos que lo mismo pueden haber sucedido así que de otra forma, lo importante es cómo se cuentan para que sean más verdaderos que su pálida sombra cronológica y real (“¿Qué son los recuerdos sino maniobras de retención cada vez menos eficaces?  ¿Y si los recuerdos ocurrían, igual que los hechos, una sola vez, mientras seguimos llamando recuerdo de los hechos a esas ruinas que se alejan cada vez más de ellos, es decir a los recuerdos del recuerdo?”). Confianza absoluta en que el recuerdo adquiere verdad mediante la operación que lo narra y lo fragmenta, que es la forma más sincera de reinventarlo –la única que interesa- y también de hacerle trampa (el apego biográfico quedará para historiadores y ghostwriters de celebridades).

Con prosa deslumbrante, revulsiva, analítica, arborescente y burlona,  Becerra no deja en pie ningún escenario de la experiencia: hasta el acontecimiento más banal es desmenuzado en sutiles observaciones, enlazado a imágenes sugerentes, sometido al encabalgamiento de las frases, a la voz de oportunos monólogos y a un humor que salta a contrapelo de cualquier atisbo intelectual, como si viniera a rescatar tradiciones nobles para la lengua, las puteadas, los chistes verdes y los remates (“No sabés lo que hacés. ¡Soy tu padre!”. Lo miré. “¿Ah, sí? ¿Mirá vos? Igual ándate a la puta que te parió.”). Lo que aleja al libro tanto de asociaciones fáciles (literatura del yo) como del terreno confesional o la evocación nostálgica es el plan que lo sostiene. Desde las primeras páginas el autor deconstruye distintas instantáneas personales –remotas o inmediatas- hasta sacarles todo el jugo, ofreciendo por lo general una o dos frases que ponen la lupa sobre algo que presentimos o hemos atravesado para reformularlo de una manera no sólo bella sino que pareciera aspirar a la perfección. ¿Un ejemplo? Quién no atravesó esa etapa luego de haberse peleado con una pareja de larga duración en la que hay encuentros sexuales esporádicos, como una coda innecesaria de la que se sale más vacío que antes: Era la totalidad de una vida erótica reducida a la exhibición, a esa altura inservible, que la resumía como maqueta del amor que se estaba yendo en la misma tormenta que lo había traído. Del amor en sí quedaba solamente la técnica depurada que nos había enseñado a manifestarlo, una especie de maestría desgastada por el uso que al quedar reducida a la pobreza de su perfección ponía en evidencia todo lo que había desaparecido entre nosotros.

En la película Adaptation (acá traducida como El ladrón de orquídeas) un guionista con problemas de bloqueo comienza a escribir el boceto de su próximo trabajo a la velocidad frenética en que brotan las ideas en la mente, brainstorming que arranca con la extinción de los dinosaurios y de ahí en adelante incluye todo acontecer humano. Este mamarracho desmesurado, fracaso estrepitoso para los parámetros de la industria hollywoodense (representada por el coach de escritores Robert McKee) parece ser el ambicioso programa de El espectáculo del tiempo: un soberbio despliegue de cajas chinas en el que cabe todo, desde clases de buceo y prácticas de aeromodelismo hasta el discurso metafísico de un astronauta o la vertiginosa noche del carnaval de Río; un riguroso diario íntimo del fin de la relación amorosa -día a día, llamada a llamada, neurosis tras neurosis- o diversos formatos de lo porno con una intensidad que Houellebecq envidiaría. Aunque lo último no siempre le juega a favor: por momentos, el apetito sexual desaforado del protagonista se traslada y se confunde con el resto de los personajes. Todos, hombres y mujeres, de a ratos no piensan en otra cosa, se despachan con liviandad e impudor sobre sus ganas de coger en cualquier contexto, como si formaran parte de una revolución sexual tardía. 

En tanto el tiempo se nos revela como agente destructivo al que nuestra triste mortalidad intenta dotar de orden, sentido y consistencia a través de recuerdos más o menos difusos (“Pero ¿qué es el pasado? ¿Es algo?”), el espacio serviría de soporte para el caos, un vacío estelar circundante que debería hacernos dudar de todo lo que creemos, capaz de destruir cualquier megalomanía o certeza. Podríamos arriesgar que El espectáculo del tiempo no está lejos de alinearse con las nuevas corrientes del ateísmo activista impulsadas, entre otros, por Richard Dawkins. Sin el dogmatismo ni la militancia TED del divulgador científico inglés, en un pasaje del libro Becerra esboza una metáfora maravillosa para echar por tierra los fundamentos de la religión: “(…) que para saber sobre el tiempo el hombre debería ser eterno, es decir un dios, que para los que amamos la ciencia y el pensamiento, decía Speroni, es un sujeto imaginario, como Pinocho, que es de madera y carece de todas las experiencias. Dios no tiene ninguna experiencia, decía, porque no tiene ninguna relación con la materia: no la tuvo, no la tiene y no la tendrá nunca. Es, básicamente, un inexperto: un inexperto y un diletante. Y decía: ¿con qué debemos asociar a dios?, ¿con el Todo o con la Nada? Lo más justo sería que lo asociemos con la nada, ¿no? Con la nada de la nada. Su chiste preferido era: Dios nunca podría decir: te lo digo por experiencia”.