CUENTO

Una felicidad posible

En este cuento, que forma parte del libro Los juegos compartidos (Santiago Arcos, 2013), dos hombres intentan descubrir el misterio de una mujer en sus raras salidas nocturnas, impulsados  por diferentes deseos. El resultado es un clima sugerente y enrarecido que recuerda los cuentos de Faulkner. 


Por Juan Maisonnave

 

Compraron la casa de al lado porque buscaban aire puro y tranquilidad, como todos los de la capital. Ella consiguió enseguida una suplencia en el Sarmiento. Además de vecino, al poco tiempo de instalados pasé a ser su médico de cabecera. Acá atendí siempre lo mismo: gripes, reuma, colon irritable, algún cáncer. Por eso cuando Eric me contó el problema fue una novedad, aunque no le di mucha importancia. Nomi, su mujer, había empezado a despertarse de

noche. A la mañana Eric había visto sus piernas, debajo de las sábanas, embarradas hasta las rodillas.

—No se acordaba de nada. Miraba la cama hecha un desastre y no lo podía creer.

En esa primera consulta, que en realidad fue una charla informal, no me pareció muy grave, como ya dije. Le aconsejé que fuera a la farmacia de Damián, mi amigo, y le pidiera algo con melatonina. Lo primero que se me ocurrió. Un inductor del sueño natural, aclaré.

—Pueden ser muchas cosas —dije—. El cambio de aire, el trabajo nuevo.

Pero él me escuchaba desorientado, igual a esos corderitos que vienen al consultorio y miran a la madre a cada palabra que digo, y puedo olerles el miedo cuando los reviso.

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El peligro estaba en el Sauce Corto. En los mapas políticos de los manuales escolares es una cicatriz inofensiva en el centro de la Provincia. A simple vista parece calmo y previsible, pero con las lluvias de verano viene una crecida que lo enturbia y lo revuelve. Las casas más viejas del pueblo, como la mía, están repartidas a menos de un kilómetro de ese arroyo. Es famoso el recodo que se abre pasando el balneario municipal, donde el Sauce Corto escupió varias veces animales duros, deformes de tanta agua que tienen adentro. Mientras Eric me contaba que a la noche se había despertado y de nuevo las piernas de su mujer estaban todas sucias, con sangre seca, yo pensaba en esos bichos que parecen mal embalsamados.

—La voy a seguir. Quiero saber adónde va. Si la agarro, no conviene despertarla, ¿no?

No paraba de mover las manos y los hombros, como acomodándose en la silla. Le respondí que, si la despertaba en ese estado, a lo sumo reaccionaría mal o confundida.

—El sonambulismo es común, Eric. Se da más en chicos, es cierto, pero ella debe andar nerviosa por la mudanza y la adaptación. Es entendible.

Eric asentía. Después le expliqué cuáles eran las etapas del sueño y que el sonámbulo no camina lo que está soñando sino que se trata únicamente de una actividad física: reflejo

puro. Dije eso porque había estudiado sobre el tema y quería transmitirle confianza, apoyo profesional, aunque en ese momento entró Nomi y me callé. Preguntó de qué hablábamos, haciéndose la desentendida, con una dulzura infinita.

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Un sonámbulo puede correr muebles, vestirse, hacer pis, manejar autos, matar. Nomi giraba la llave y salía. ¿Adónde iba? Lo supimos después. También supimos que ansiolíticos e infusiones relajantes no daban resultado. 

De esos días, recuerdo el cordel cargado de sábanas en el jardín de mis vecinos, y a Nomi saludándome con una tristeza que la hacía más linda. Ella me decía: Usted parece más joven, se nota que es sanísimo. Yo imaginaba cosas entre los dos, cosas nuestras, y estaba seguro que nos unía la fuerza de un secreto. 

Una noche, Eric esperó mientras me ponía la campera sobre el pijama. Estaba despeinado y tenía la linterna en la mano.

—Venga a ver.

Fuimos por una calle de tierra en pendiente, que bajaba al arroyo. Llegamos a una zona de eucaliptos y pinos, un monte donde nuestros pasos se volvieron ruidosos y quebradizos.

Él preguntó: ¿La ve?, y apuntó con la linterna.

 Al primer golpe de vista me corrió un escalofrío. 

Eric no tardó en dejarme atrás. La luz de la linterna barría el piso, rebotaba en los troncos. Me costaba respirar; no me sentía para nada sanísimo. A los resbalones, con el rumor de la corriente en los oídos, hice los últimos metros en descenso, entre ramas caídas y charcos. Ya en el claro, la vi mejor. Trastabillaba un poco por las piedras del fondo y la correntada suave, con el agua hasta las rodillas. Eric estaba paralizado.

—Alumbrá—le ordené, y un chorro de luz cayó sobre ella, volviéndola todavía más irreal, como si nosotros, de repente, estuviéramos adentro de su sueño.

Por suerte no había riesgo de hipotermia. Era principios de verano, veinticinco grados al aire libre. Eric terminó de secar y cambiar a Nomi. También le pasó agua oxigenada en los cortes de los pies. Después puso la pava al fuego y nos sentamos en la cocina a tomar té.

—¿Sabe qué puede ser, usted?

Soltó la pregunta con una actitud prepotente. Pensé en ponerlo en su lugar. En mi cabeza, un té hirviente le volaba a la cara y después una jeringa de pentotal y así anestesiado lo tapaba de tierra. No contesté. 

Recordé la expresión ausente de Nomi, horas antes, cuando la sacaba del agua. Hacía pensar que estaba en otra parte, no en medio del Sauce Corto, con su marido temblando detrás y yo intentando rescatarla sin ahogarme. Luego Eric la cargó todo el trayecto de vuelta. Ella dormía en sus brazos, los ojos semiabiertos, en blanco.

• • 

Al día siguiente, Nomi fue a mi casa con un flan casero. Me agradeció conteniendo el llanto, me dio un beso, y salió para la escuela. Damián me comentó que habían ido a ver a otros médicos, y que a él ya no le compraban pastillas.

—Está bien que pidan segunda opinión —dije.

—El tipo anda con una cara terrible.

La verdad es que Eric ya no me saludaba. Mejor. Nomi, en cambio, se cruzaba a mi casa a charlar y me traía algo. Mientras hablaba de sus alumnos del Sarmiento, yo pensaba en puertas tapiadas, en ventanas protegidas; en un refugio que nos mantuviera juntos y a salvo, como una forma de felicidad posible. 

Pasé algunas noches desvelado. Desde la ventana, varias veces los descubrí salir de la espesura del monte. Eric trayéndola en los brazos, horizontal: la imagen de una noche de bodas macabra. La cara de ella cubierta de pelo, los pies negros. Dormida. Le propuse a Eric que nos turnáramos para vigilarla.

—No se haga problema, doc. Yo me arreglo.

Tenía ojeras y barba de varios días.

—Si no estás durmiendo bien. Así no podés.

—Dije que me arreglo.

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Leí que, mientras el hipnotizado tiene un objetivo y busca algo, el sonámbulo se pierde en una continuación inútil y autómata de la vigilia. Sin embargo Nomi parecía buscar algo. ¿Qué? Damián me preguntó si, en mi opinión, no estaría loca. Le contesté mal.

—Preguntaba nomás.

Caminé a mi casa pensativo, sin prestar atención a los nubarrones que se apiñaban y oscurecían el cielo, llenándolo de electricidad y de noche.

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Llovió durante tres días. Casi no atendí pacientes, salvo un chico con otitis muy maleducado al que revisé haciéndole doler, hurgándole los oídos con ganas de perforárselos, ante la mirada bovina de la madre. Estuve alerta. Esperé una señal, cualquiera. De tanto mirar por la ventana, una madrugada lo vi a Eric regresar. Solo. Las botamangas del pantalón chorreando. Salí.

—Qué pasó —grité.

Me miró un segundo, bajó la vista, entró dando un portazo y apagó todas las luces de su casa. La lluvia, torcida por el viento, no dejaba ver el monte, y castigaba con furia postigos y ventanas. Al otro día, la casa de mis vecinos amaneció vacía. Ni ropa ni vajilla ni objetos personales. Sólo sábanas colgadas de la soga. Daba toda la sensación de que se habían ido los dos. 

Eso pensaron todos en el pueblo. Eso piensa Damián todavía, y no lo contradigo. 

Aquella noche, la de la tormenta, cuando Eric apagó las luces, intuí que se iría. El infeliz me la dejaba servida. Acaso, sospeché más tarde, estaba en el destino que jugáramos así, porque después de todo creo que ganamos los dos. A mí eso no me tomó por sorpresa. A cierta edad se aprende que la mayoría de las cosas ocurren sin nosotros, en lo incontrolable. 

Esa misma noche tormentosa, supe qué tenía que hacer. Dejé pasar siete días, porque el clima era caluroso. Distinto hubiera sido en invierno: todo tarda más en subir. El frío retrasa la acción de los gases. Pero tarde o temprano el cuerpo se estira como un bote de goma y flota. 

Después de las lluvias podía sentirse la humedad en el aire. Las hojas de los árboles goteaban. La madrugada del octavo día me calcé las botas de lluvia. Ayudado por una rama que hacía de bastón, atravesé el monte y rodeé la parte de atrás del balneario municipal, hacia el recodo ancho del arroyo. El agua del Sauce Corto corría mansa pero caudalosa. En la orilla, si uno bajaba, te engullía hasta la cintura, de golpe. Prendí la linterna. Me mojé. Usé los brazos, los ojos y mucho tiempo. 

Entré a punto de infartarme. Llené la bañera con agua tibia, le saqué los restos de la ropa de cama y la metí adentro. El cuerpo estaba hinchado como he visto en reacciones alérgicas, o en algunos tumores. Le pasé una esponja con jabón neutro para quitarle el barro del cuerpo y del pelo. Sobre la piel estirada y fría surgían tajos de un color amoratado. Algunas ideas empezaron a inquietarme: cómo le sacaría ese olor, cómo la mantendría. Afuera salía el sol. Pensé que antes de que la casa se ocupara de nuevo tendría que sacar las sábanas, sus sábanas, aunque no estuvieran del todo secas.