NARRATIVA

Una noche en los Balcanes

Por Juan Maisonnave

 

Durante el verano europeo, Dalmacia, región costera de islas sobre el mar Adriático, recibe un aluvión de jóvenes de todas partes del mundo en busca del combo irresistible que ofrece el paraíso croata: paisajes celestiales a bajo precio y el nuevo centro neurálgico de la música electrónica. Un enviado de Invisibles nos cuenta sus impresiones desde esas hermosas playas. 

 

Desde el aire, veo la superficie del mar Adriático erizarse por chorreaduras de diverso tamaño, que acá y allá van moteando ese terso lienzo azul. Son las islas de Croacia. A diez mil metros de altura, el avión de bajo costo que nos traslada las descubre de golpe, como manchas que emergen de un espejo. 

Entre los pasajeros se destacan unos australianos pelilargos, tan altos que no caben en los asientos, dueños de un vitalismo que se torna un poco cargoso en espacios cerrados. También hay muchos italianos en plan escapada de fin de semana. Pero para la gran mayoría ésta es sólo una parada más en el primer Eurotrip de sus vidas. Cruzamos unas palabras con seis o siete chicas venidas del corazón de Caballito. Una de ellas se presenta como “Coti”. Al igual que los dos amigos con los que elegí viajar, superé hace rato la barrera de los treinta. Somos las personas más longevas de este lado del avión, incluyendo a las azafatas.

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Aterrizamos el 29 de julio en la ciudad más grande de la costa Dálmata, Split. Dalmacia es una región costera de Croacia bañada por las aguas del mar Adriático, que supo ser destino vacacional de emperadores romanos y hoy recibe, entre junio y septiembre, el aluvión turístico-hormonal de una franja etaria bien definida: los de veintipico. El desembarco de las hordas estivales en esta parte de los Balcanes tiene sus buenas razones. Un mar de agua cristalina y playas de lisas piedras blancas contra las que -lo comprobamos- es factible afilar un cuchillo. Una moneda depreciada (1 Kuna = 0,14 Dólar). La serie Games of Thrones, grabada en la ciudad medieval de Dubrovnik. Las típicas postales pesqueras, casitas de techos rojos y una costa circundada por altas paredes rocosas a cuyo pie descansa una aristocrática flota de veleros. 

Hace algunos años, a estos atractivos vino a sumarse otro que lo cambió todo: festivales de música electrónica. Uno de ellos, el Ultra Europe, había explotado de público días atrás. Nuestro destino era una de las islas de la costa Dálmata a la que algunos foros de viajeros denominaban “la hermana croata de Ibiza”. Desde el puerto de Split zarpábamos rumbo a Hvar (pronunciar “Jvar”), que hasta entonces para nosotros era lo mismo que decir Uqbar o Tlön. 

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Alquilamos dos cuartos a una anciana que no hablaba una palabra de otra cosa que no fuera croata. Su casa era exclusivamente para huéspedes. Ella conservaba su habitación, de la que salía bien temprano por la mañana a ofrecer sus cuidados a la parra y a las plantas. El resto de las habitaciones –cerca de la docena- era ocupado por turistas como nosotros. Antes de instalarnos, la mujer nos advirtió (alguien tradujo en un inglés que no respetaba ni el énfasis ni la severidad de su duro croata del interior) que después de las 11 de la noche debíamos conducirnos en el mayor de los silencios, civilizadamente, no como los uruguayos que había alojado la semana pasada que se habían puesto a saltar de techo en techo a la madrugada (desde la terraza comprobamos que era perfectamente posible hacerlo). 

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Hvar es un pueblo isleño erigido sobre una colina. En su centro histórico hay una iglesia de piedras erosionadas que parece antigua y una plaza seca rectangular donde vimos a pequeños croatas jugar al futbol (para exasperación de la mirada argentina, no colocan buzos ni objetos que señalen los postes del arco, ni parecieran dirigirse con la pelota hacia ninguna dirección). Del pueblito pesquero que alguna vez habrá sido no hay ninguna señal: todo en Hvar está tomado, sostenido y en alguna medida afeado por el turismo, desde las casas particulares, que en sus jardines delanteros exhiben carteles con la silueta pintada de una cama y la leyenda sobe (cuarto), hasta su costanera serpenteante y sus bellísimas playas. 

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Recién desempacados, decidimos dejarnos llevar por el declive de una calle y nos topamos con un mural desconcertante (ver foto). Había una resonancia familiar en el nombre que acompañaba el dibujo de ese señor de aspecto mesurado -juez o prócer de la pluma-, que parecía estar representado en medio de un particular brote lisérgico, perseguido por coloridas huellas dactilares gigantes. Ivan Vucetich, el inventor del sistema de reconocimiento que se plasmó en el “pianito” policial, era oriundo de Hvar. Desde este recóndito rincón del planeta, vaya a saber en qué circunstancias, partió hacia otro no menos periférico: Argentina. Cambió su nombre por Juan. Limpió su apellido de estorbos extranjerizantes (esa especie de tick whatsappiano sobre una ce, la tilde ahora inútil sobre la otra). De repente a la leve y un poco frívola Hvar se le inoculaban elementos extrañísimos, muy concretos en mi memoria: la entrada de la escuela de policías en La Plata, la eterna avenida Centenario que conecta esa ciudad con la Capital, el parque Pereyra Iraola. 

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A la tarde, en la playa, un curioso afiche pegado a un contenedor de basura confirmaba la fama ganada por esta nueva Meca turística: “Carpe Diem Beach”, una fiesta en una isla –otra- privada. La palabra clave en el afiche promocional era “taxi bote”.  

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El taxi bote: una lancha, muy inferior en tamaño a las colectivas que salen de Tigre pero con el mismo propósito, cargada de turistas perfumados. Partimos del puerto de Hvar poco después de la una de la madrugada. Navegamos sobre un mar calmo en la noche balcánica. Las luces de la costanera, a medida que nos adentramos en lo oscuro, tomaban por asalto el peñasco al que habíamos ido a pasar unos días y realzaban todo el esplendor de las construcciones de piedra encimadas sobre el lomo curvo de la isla. 

En el aire pude pescar estos idiomas: francés, inglés, croata (el piloto del barco), algo que podía ser ruso. Ya había clima de jolgorio. En los quince minutos que dura el viaje se estrangularon algunos temas populares. Para ir entrando en calor, un grupo de chicos y chicas coreaba “Hey Jude”. Era el viaje a Bariloche de estudiantes del primer mundo. Pero también había en el barco espíritus menos cándidos: tres amigos se precipitaron por pisar tierra firme cuando el barco atracó en el muelle, y uno de ellos aprovechó ese momento para acercarse al piloto del barquito y preguntarle si sabía de alguien que vendiera cocaína. 

La minúscula isla a la que arribamos resplandecía de irrealidad. Era el set preparado para una toma en la que el millonario recibe a un agente secreto mientras su entourage -gélidas supermodelos indiferentes a los negocios que se discuten y a la vez parte esencial de ellos, como señuelo, objeto de deseo, demostración de poder- retoza en una piscina con el océano olvidado a sus espaldas. Las chicas de la entrada, que controlaron nuestros tickets comprados en el puerto, no tenían nada que envidiarle a estas cortesanas imaginarias, ellas mismas parecían salir de un casting 007. Seguimos un caminito de lajas hasta que nos interceptó una barra de esas que montan los auspiciantes. En amable inglés, nos impusieron un chupito de cortesía (venía con la entrada). Árboles muy altos se alzaban a los costados como recordatorio de que en algún momento el suelo que pisábamos había sido una isla virgen. Ahora, en su centro, nos recibía una demencial discoteca al aire libre. La fiesta estaba empezando. 

La escena es similar en todas las fiestas de este tipo: pantallas gigantes para las “visuales”, la figura central del Dj con sus bandejas y un séquito infaltable, juegos de luces y una tarima que toda la noche garantizará la provisión de bailarinas esculturales. 

Los cuerpos ya se amontonaban en la pista de baile. Discretos caminos de hormiga se abrían dentro de la muchedumbre para que otros cuerpos ingresaran o fueran expulsados. La música electrónica estremecía la superficie de la islita a escala Richter. Los cuerpos bailaban. Al oír de rebote nuestra conversación, unos patovicas amistosos nos confundieron con españoles. Cuando le aclaramos nuestro país de origen, de inmediato identificaron a nuestro líder máximo: “¡Messi!”. Había un gazebo bajo las palmeras ocupado por etéreas damas en vestidos blancos (despedida de soltera). Pululaban alemanes o croatas o italianos que, haciendo chirriar el inglés contra su lengua materna, te transmitían una inquietud acuciante que terminaba siempre en el mismo diálogo: “¿Sabés de alguien que venda éxtasis o cristal o cocaína?” “No, ¿vos?” “No, pero si encuentro a uno te digo y si vos encontrás, me decís, ¿ok?”. 

Después de unos cuantos shots de Jägermeister y de tequila, y de unas cuantas cervezas (mientras las drogas de diseño brillaban por su ausencia o se hacían desear, el alcohol era el rey indiscutido de la velada), todo se volvió más fácil. Mis amigos y yo nos deslizamos hacia donde estaba la acción. Frote entre humanidades apiñadas, improvisados trencitos danzantes, sándwiches que ligaban géneros en roce sin violencia y con diversidad (varón-mujer-varón, mujer-mujer-varón, mujer-mujer-mujer). Una ronda de italianas bailando solas, de largas piernas mediterráneas y rostros bronceados, destilaba un desprecio bastante parejo hacia todo lo que no fuera ellas mismas. Un inglés muy parecido al actor de Donnie Darko, de barba y pelo largo recogido, sin mover otros músculos que los de la cara, sonreía estático presa de alguna clase de iluminación que no compartíamos. A nuestro alrededor muchos se besaban. ¿Y nosotros? Un amigo entabló conversación con una impactante rubia croata. Lo primero que ella le preguntó es de qué nacionalidad era. Lo segundo, si se había practicado un blanqueamiento anal. Mi amigo, pícaro, rápido de reflejos, respondió que por supuesto. Capo. Ella recompensó su espontaneidad eligiéndolo entre la turba de predadores que la rondaba sin pausa. 

Olía a borrachera adolescente, a liberación spring breaker, a reviente que por fin encontraba su cauce. Choqué con un par de personas de camino al baño. Bebí más cervezas, más shots. Hice una rápida recorrida por los alrededores (¡allá está el mar!), y vuelta a la calidez protectora de la masa. ¿Dónde estaban mis amigos? Por ahí andaban las chicas argentinas del avión, Coti y sus amigas, espléndidas. Y había rosarinos y quizá algún cordobés (siempre hay algún cordobés), y más estudiantes de colegio privado de Capital. Estaba lleno de argentinos. En una barra había tragos prendidos fuego. Los servía y los encendía una chica local, de musculosa militar, brazos atléticos y piercings, que no se hacía amiga de nadie (casi no pestañaba) y realizaba su proeza con auténtica arrogancia eslava. Invitaba a mirarla un ratito, cosa que hice. Había algunos caídos en los sillones. Y mujeres solas, perdidas, y una delgadísima imitadora de la cantante alemana Nico, que paseaba su curda con dignidad y hacía flotar los brazos en un baile raro y seductor. Y otros argentinos, nostálgicos, surtidos de baldes plateados donde ensopaban los culos de las botellas verdes de champagne. El fantasma de Vucetich rezongó a mi oído: “¿Qué hacen acá? ¡Esto no es Ferrugem, no es Montañita! ¡Lo arruinan todo!” Pedí en la barra un trago sin fuego.  

La pista se fue desangrando. El cielo aclaró. Ya no se podía acceder a la zona costera (para prevenir ahogados, no permitían a nadie merodear ni a cincuenta metros del mar). 

Previo al embarque, dos adolescentes, todavía muy excitados, decidieron tomarse una foto que retratara cómo colonizaron este terruño luego de una refriega de la que habían salido airosos, con el vínculo de su amistad reforzado, con el mismo acné en sus pieles pero de algún modo más maduros. Era un momento importante. Detuvieron a la primera chica que pasó. Ella accedió con gusto y tomó el celular entre sus manos de uñas esculpidas. Recién entonces los adolescentes –y con ellos nosotros, ya a bordo de la lancha- notaron que era una despampanante escort de vestido tajeado, a quien un señor de cabellos platinados y semblante endurecido, que no podía ser otra cosa que un ruso hecho y derecho, aguardaba a un costado algo impaciente a que ella tomara la foto de los amigos inseparables, para luego llevársela en su yate privado a otras costas. 

En el horizonte se recortaba el perfil combado de Hvar, la isla tortuga, la isla madre, la isla real (esta que abandonábamos era pura ilusión: desaparecía cuando los salvajes ya no la hostigaban con sus suelas). El amanecer sobre esa lanchita cruzando el mar me pareció precioso. Quizá esto justifica haber venido, recuerdo haber pensado. (Así piensa la gente grande que ya no asiste a fiestas sino a reuniones con música.) Y también pensé en la abuela croata, acaso a esa hora guiando un brotecito de parra, que nos vería entrar medio zombies a su posada y, con el recuerdo fresco de los uruguayos, sacaría conclusiones sobre la sangre caliente, incorregible que animaba al revoltoso espécimen latinoamericano. La luz del día desnudaba a los trasnochadores con crueldad. Ojeras, maquillaje corrido, bocas balbuceantes, extremidades aletargadas. Algunos resurgían de las cenizas uniendo sus voces para una versión esforzada de “We Are the Champions”. 

Amarró el barco en el puerto de Hvar. El público que volvía de la juerga descendió amuchado de la lancha y comenzó una caminata cansina, de pies arrastrados. Parados en línea, sobre los bordes de la dársena, vi a tres turistas que, con el desparpajo de angelitos de fuente, blandiendo sus miembros mustios al sol recién asomado, orinaban plácidamente en las azules aguas del Adriático.