CUENTO

Una retirada a tiempo
(Memorias de Nelson Cóleman)1

De Julián J. Bernat

 

Introducción de Román Setton.

Bernat fue uno de los narradores más prolíficos de policiales de los primeros 30 años del siglo XX, además de un conocido humorista gráfico. Fue además el maestro del reconocido humorista Mariano Juliá y Jefe de Archivo de Editorial Atlántida. Dentro del macroconcepto “policial”, abordó diversas modalidades, que incluyeron el cuento, el humor gráfico, la historieta narrativa. Y sus contribuciones aparecieron en una gran variedad de revistas de la época –El Gráfico, Pitos y Flautas, PBT, Don Goyo–. Entre los seudónimos que se le atribuyen, figuran El Pebete y Diógenes Paludismo.
"Una retirada a tiempo" destaca por la construcción de los personajes protagonistas, por el dramatismo antagónico de la trama, y por el avance ininterrumpido de las acciones. En este sentido, el ritmo del relato está emparentado con la tradición del folletín y anticipa al cine de acción. 

Publicado en Fuera de la ley. 20 cuentos policiales argentinos (1910-1940). Buenos Aires, Madrid: Adriana Hidalgo, 2015, pp. 265-285. El relato apareció originalmente en Gran Guiñol, año 1, n° 25, Buenos Aires, 15 de febrero de 1923, de aparición semanal (los viernes), pp. 51-58.

 


Harry Miller, el inspector del servicio secreto de Scotland Yard, dirigió una mirada al reloj y, tranquilizado con respecto a la hora, sacó su cigarrera y ofreció un cigarrillo al hombre que estaba sentado frente a él, junto a una mesa del restaurant.

–No son todavía más que las ocho. Con que salgamos dentro de media hora tenemos tiempo de sobra para llegar de los primeros al teatro. Así podremos saborear el café con calma.

Su compañero hizo una señal al mozo.

–La adición –dijo, cuando este se había acercado. Luego, recorriendo ligeramente con la mirada la nota que le presentó el mozo, puso sobre la mesa un billete de cinco libras. Pero antes de que el sirviente hubiera tenido tiempo de extender el brazo para tomarlo ya Miller lo tenía en sus manos y lo examinaba atentamente al trasluz. Luego se lo alargó al asombrado mozo, diciendo:

–Está bien; cóbrese. Londres está lleno de billetes de cinco libras falsificados –dijo dirigiéndose a su compañero, quien no era otro que Nelson Cóleman, el detective que algunos años después había de llegar al pináculo de la fama, y que por aquel entonces apenas se iniciara en su carrera policial.

–Sí –prosiguió–, hace más de tres semanas que estamos trabajando en este asunto, y aún no hemos dado con una pista segura.

Luego sacó de un bolsillo interior una cartera, y mostró a su compañero uno de los billetes falsificados. –Es un trabajo admirablemente hecho –dijo–. La única diferencia que existe entre estos y los legítimos está en que las líneas del retrato de Jorge V están un poco borrosas. Yo juraría que esta falsificación tan hábil sólo puede ser obra de Jimmy Swope. Sólo un maestro como él podría hacer un trabajo tan limpio. –¿Y por qué no ha de ser Jimmy? –preguntó Cóleman. –Por una razón muy sencilla. Jimmy murió hace más de un año.

–¿Y algún discípulo a quien hubiera legado sus extrañas cualidades?

–No es probable; todos se encuentran bajo la más estricta vigilancia. Procediendo de acuerdo con la teoría que usted acaba de enunciar, detuvimos el otro día a uno de sus discípulos predilectos en la esperanza de que lograríamos hacerlo cantar de plano; pero todo fue inútil. La única sospecha que recae sobre él se basa en el hecho de que, no teniendo dinero, ni amigos conocidos, haya tomado como defensor al abogado Henry Achison.

Cóleman hizo un signo de asentimiento.

–Achison no es hombre que trabaje por filantropía –exclamó.

–Difícilmente –asintió Miller sonriendo de una manera significativa.

–Ese Achison me parece un tipo digno de estudio –dijo Cóleman como si hablara consigo mismo.

–Dígase de él todo lo que se quiera, lo cierto es que yo sólo tengo motivos para considerarlo como un verdadero gentleman. Yo he tenido ocasión de tratarlo con motivo de la detención del viejo discípulo de Jimmy Swope, a quien él tan desinteresadamente defiende, y nada he observado que no sea digno de un caballero. Anteayer, sin ir más lejos, en la casa de campo que tiene en Friar Tuck, a media hora de Londres. ¡Qué comida, amigo mío! Tiene un cocinero digno de un príncipe. Pero yo disfruté aún más oyendo su conversación que saboreando los platos de su chef. Yo me estaría una noche entera escuchándolo sin cansarme.

–No sé dónde he oído que ahora está en el campo –dijo Cóleman evidentemente distraído.

–Sí; se ha retirado por una temporada para componer esos artículos que están apareciendo en The Times y que tanto llaman la atención del público. Los primeros los escribió en su residencia de Londres, y eran tantas las personas que con tal motivo acudían a visitarlo que, por fin, se decidió a irse al campo para trabajar más a sus anchas.

–Pues si su intención ha sido huir del bullicio, a fe que lo ha conseguido –dijo Cóleman con entonación en que habría podido notarse un asomo de sarcasmo–. El lugar es el más solitario que puede hallarse en veinte leguas a la redonda. Cualquiera diría que trata de hacer vida de anacoreta.

–¡Achison ermitaño! ¡Vamos; no me haga reír! –exclamó Miller sonriendo al recuerdo de los placeres sibaríticos de que había gustado en la mesa del abogado–. El mejor día nos damos los dos una vuelta por allí y verá las abstinencias que practica. Es un hombre a prueba de indigestiones. Pero –agregó mirando de nuevo su reloj– ya va siendo hora de dirigirnos al teatro. No quiero perder la Siciliana de Cavalleria.

                                                                          *  *  *

El inspector Miller siempre había tenido a su amigo y protegido Nelson Cóleman por hombre reservado y un tanto taciturno, y a fe que aquella noche no hizo más que ratificarse en tales conceptos, pues durante toda la representación no sólo no pronunció palabra, sino que ni siquiera trató de darse cuenta de lo que se desarrollaba en el escenario. Tan grande era su preocupación.

Al terminarse la representación pretextó encontrarse un poco mareado, y en la misma puerta del teatro se despidió de su amigo, dirigiéndose rápidamente al pequeño departamento que ocupaba en Holborn. Una vez allí, en lugar de acostarse, cambió de ropa, encendió su pipa, y tendiéndose cómodamente en un sofá, con tabaco y fósforos al alcance de la mano, se puso a meditar en el asunto sobre que versara la conversación sostenida horas antes con el inspector Miller.

Para este, y para todo el mundo, Achison no era otra cosa que un célebre abogado, especialista en criminología, cuya opinión, si no acertada en todos los casos, era siempre escuchada con respeto en los tribunales de justicia de la metrópoli inglesa.

Pero el Achison a quien conocía Cóleman era una persona completamente distinta, aunque el detective careciera por el momento de pruebas para hacer valer su opinión fundada, más que en hechos reales y positivos, en conjeturas, más o menos sólidas, es cierto, pero conjeturas al fin.

Para Cóleman, que había seguido paso por paso las incidencias del famoso asunto de la falsificación de billetes en que Jimmy Swope tomara parte tan activa, resultaba muy sospechoso el hecho de que algunos meses después de la muerte del célebre falsificador se hubiera iniciado la difusión de otra serie de billetes falsos tan maravillosamente parecidos a los fabricados por aquel que parecían salidos de las mismas prensas. El hecho de que Achison, de quien nadie podía citar el más ligero acto de filantropía, hubiese tomado con tanto calor la defensa de uno de los discípulos predilectos de Swope era para Cóleman, enterado más que otros de ciertos detalles de la vida privada del abogado, bastante significativo. Para el detective no cabía duda de que los clisés empleados por Jimmy Swope en su famosa falsificación habían pasado a manos de una persona hábil y sin escrúpulos que se encargaba ahora de hacerlos fructificar.

Ahora bien, ¿qué motivos tenía Achison, cuya brillante actuación en sociedad era bien conocida de todo el mundo, para encerrarse en una casa de campo situada en uno de los parajes más solitarios de los alrededores de Londres? ¿Justificaba realmente esta medida el deseo de aislarse para escribir los artículos que estaba dando a la publicidad en The Times?

Esto era más que suficiente para que Cóleman se propusiera aclarar el misterio que pudiera haber en la existencia del abogado y para que esperase febrilmente la ocasión de poner por obra su designio. Esta no tardó en presentarse.

Dos días después le hablaba por teléfono la señora Bailey Fenwashe, invitándole a comer aquella noche.

–Vendrán las niñas de Wayne –agregó–, la señora de Armstrong y el señor Achison. Creo que no se aburrirá. Al oír el nombre del abogado, Cóleman se  estremeció; ¡eso era lo que esperaba! Dio atentamente las gracias a la amable dama y rehusó la invitación, pretextando otro compromiso adquirido para el mismo día. Al obscurecer del siguiente, un automóvil lo conducía en dirección al retiro elegido por el abogado para escribir sus famosos artículos. Como a un kilómetro de distancia de la casa dio orden al conductor para que se volviera, y él avanzó solo, casi a tientas. Una densa niebla, que él consideró como de buen agüero, hacía gris al ambiente.

Por fin llegó a la casa y, deslizándose cautelosamente a lo largo de las paredes, trató de encontrar alguna ventana abierta por donde poder penetrar al interior. Las dos primeras estaban cerradas, pero la tercera presentaba una abertura como de dos dedos por la parte inferior, dejada sin duda para que se ventilase la habitación. Aplicó el oído y escuchó atentamente. En el interior no se percibía el más ligero ruido. Entonces dio luz a su linterna eléctrica y con ella iluminó la pieza. Esta era un pequeño cuadrado, apenas amueblado, en el que sólo se veían dos o tres sillas y una mesita.

El detective no vaciló. Levantó la hoja de adentro de la ventana, que era de las llamadas de guillotina, y un momento después estuvo en el interior de la casa.

Una vez dentro, y tomando todo género de precauciones para no ser oído, recorrió varias habitaciones de la casa sin descubrir nada que confirmara las sospechas que concibiera con respecto a Achison. Su instinto policíaco se encontraba completamente desorientado y en su fuero interno lamentó lo precipitadamente que había juzgado la honorabilidad de uno de los abogados más distinguidos del foro londinense. Su único deseo fue ya salir de aquella casa que con tan poca consideración había allanado y, prescindiendo de las precauciones que tomara al entrar, se dirigió apresuradamente a la habitación por donde iniciara el registro.

Cóleman atravesó así dos o tres piezas; pero, al empujar la puerta que comunicaba con el cuarto de trabajo del abogado, las luces se encendieron de repente, y se encontró frente a frente con Achison, que le apuntaba con un revólver.

–¡Arriba las manos! –le ordenó con voz que no admitía réplica–; y siéntese en esa silla –prosiguió, al verse obedecido por el detective, señalándole una, situada cerca del aparato donde dictaba sus artículos.

Apenas hubo tomado asiento Cóleman, el abogado lo ató con increíble destreza a la silla, haciendo uso de una cuerda tan flexible como resistente. Luego acercó un sillón, colocándolo frente al detective, y se instaló en él con toda comodidad. Sus maneras no podían ser más correctas; pero Cóleman sintió que un estremecimiento de espanto recorría su espina dorsal. En la aparente calma del abogado había algo del felino que se entretiene con su presa antes de asestarle el zarpazo final.

–Bien –dijo con voz suavemente inquisitiva–, creo que no tendrá inconveniente en explicarme su presencia en mi casa. Hubiese estado en mi perfecto derecho, me parece, si lo hubiese matado de un tiro, como a un vulgar ladrón, en el momento en que penetró en mi casa, saltando por una ventana. Pero soy sumamente curioso por temperamento, y me gusta además dejar para lo más tarde posible el cumplimiento de las tareas desagradables; ¿entiende lo que quiero decir con esto?

El tono siniestro con que pronunció las últimas palabras no dejó dudar a Cóleman con respecto a su significado. Comprendió que se encontraba en absoluto bajo el poder de Achison y sabía que no era éste hombre que se anduviera con escrúpulos si se trataba de eliminar un peligro.

–La persecución de que desde hace algún tiempo me viene usted haciendo objeto no ha pasado inadvertida para mí –observó–. Es usted una persona muy hábil; pero ha terminado por encontrarse con la horma de su zapato. Todo llega en este mundo. Ahora, veamos: ¿cuál es el crimen de que soy sospechoso ante sus ojos?

–Falsificación de moneda– contestó Nelson Cóleman secamente.

El abogado frunció el entrecejo y sus ojos lanzaron una llamarada de cólera. Sin embargo, se contuvo, limitándose a decir:

–Usted padece de uno de los defectos que más perjudican a la juventud: la impetuosidad. Con las condiciones que posee, habría llegado lejos. En cambio, el no saber contenerse le conduce a hacer planchas como esta, que le arrastrará al ridículo.

Cóleman, que haciendo un gran esfuerzo de voluntad había logrado reponerse en parte, sonrió.

–No desbarremos, Achison, y pongamos las cosas en su lugar. Usted debe suponer que si me he decidido a dar un paso como este es porque sabía lo que hacía y que no lo hice sin poner antes en manos de toda confianza una declaración en la que consta mi expedición de esta noche, así como los motivos que me han inducido a emprenderla. Créame: mi desaparición bajo tales circunstancias daría lugar a una investigación en la que el abogado Achison no saldría bien parado.

–¡Oh!, modelo de previsión y de prudencia! –exclamó el abogado haciendo un gesto de admiración burlona–. Nunca he dudado que usted tomaría sus precauciones antes de venir aquí. Lo que creo también es que sus precauciones le servirán de bien poca cosa. Usted puede haber escrito resmas enteras de papel referentes a mí; pero ¿a qué se reduce todo ello? A meras conjeturas. Sus aserciones sólo servirán para poner de manifiesto que las reputaciones más elevadas no se encuentran a salvo de la sospecha. En cuanto a la carta donde usted deja constancia de su propósito de venir aquí esta noche, ella probará simplemente que usted pensaba penetrar en mi casa como un ladrón. Vea, amigo mío –prosiguió, y su sonrisa era cínicamente blanda–, la cosa será, poco más o menos, como sigue: yo estaba a punto de irme a dormir, cuando oí ruidos extraños, saliendo de mi dormitorio para enterarme de la causa que los producía. Al entrar en esta habitación me dispararon dos tiros en la obscuridad. La pistola que usted trae en el bolsillo probará este punto. Entonces yo disparé a mi vez, oí un grito y sentí la caída de un cuerpo en el suelo. Luego di la vuelta a la luz, y vi, horrorizado, que el intruso era usted.

–¿Eso es lo que piensa decir? –preguntó Cóleman tratando, en vano, de hacer firme su voz.

–Esto pienso decir, pero no es eso todo. –Con gesto dramático, Achison se levantó del asiento que ocupaba y mirando al detective con acento de triunfo supremo prosiguió:

–La parte verdaderamente lamentable para usted de todo esto es que su teoría acerca de mi complicidad con los falsificadores es rigurosamente exacta. Si usted se hubiera limitado a seguir el sabio precepto antiguo Festina lente, y hubiera caminado con más lentitud, habría descubierto, seguramente, que lo que usted buscaba no está aquí, sino a cosa de kilómetro y medio de distancia, en la aldea que ha atravesado para llegar aquí. Habría visto a la izquierda del camino una coquetona casita de campo toda pintada de rojo, de la que es propietario un anciano matrimonio, que tiene en calidad de inquilinos a dos pacíficos obreros de campo. Estos salen todas las mañanas de la casa, acompañados del dueño de la misma, en apariencia para ir al trabajo; en realidad para dormir, pues se pasan la noche imprimiendo, con las viejas planchas de Jimmy Swope, los billetes que tanto están dando que pensar a los sabuesos de Scotland Yard. Usted ve –concluyó con una leve inclinación de cabeza– que no encuentro peligro alguno en hacerle estas revelaciones...

La cabeza de Nelson Cóleman cayó involuntariamente sobre su pecho. Realmente, si Achison le hablaba con aquella libertad, ya no había esperanza para él.

                                                                           *  *  *

En el breve silencio que siguió a las últimas palabras del abogado, llegó a los oídos de ambos el jadear de un automóvil al subir la colina donde estaba situada la casa. Cóleman alzó la cabeza, animado por un rayo de esperanza.

–No es nada de lo que usted se imagina –dijo, implacable, el abogado–. Se trata de un mensajero de The Times, que viene, como todas las noches, a estas horas, a buscar mi artículo para el diario. Usted me disculpará si prescindo un momento de su presencia para terminar el trabajo de hoy. Me faltaban unos párrafos tan sólo cuando llegó.

Al mismo tiempo que hablaba acercó hacia sí la mesita del dictófono, y poniendo en movimiento el motor comenzó a dictar en la bocina del aparato.

No había terminado cuando cesó el ruido producido por el auto, al que sucedió un silencio interrumpido a su vez por dos golpes dados en la puerta de la casa. Achison se levantó.

–No voy a tomarme la molestia de amordazarlo. El individuo que viene en busca de mi artículo es sordo como un poste. Puede usted gritar todo lo que quiera. Sólo conseguirá malgastar sus energías.

Cóleman no dudó por un momento que el abogado dijera la verdad, pero, sin embargo, en el momento en que este desapareció por la puerta comenzó a gritar desaforadamente. Una idea acababa de hacer luz en su cerebro, y a ella se había asido, como el náufrago a la tabla salvadora.

Atado sólidamente a la silla, aún tenía las piernas libres, y al mismo tiempo que gritaba como un condenado enganchó con una de sus piernas la mesita donde estaba el dictófono y lo atrajo hacia sí.

El cilindro que Achison estaba grabando con su artículo para The Times estaba aún en su lugar, y para que el aparato reiniciase su funcionamiento sólo se precisaba apretar con el pie una pequeña palanca que había en la parte inferior de la mesita.

–¡Socorro! ¡Asesinos! –gritaba el detective con toda la fuerza de sus pulmones, para que le oyera Achison. Luego, acercando la boca a la bocina del dictófono, dictó el siguiente mensaje al dactilógrafo que en la redacción del diario había de transcribir el artículo para entregarlo a los tipógrafos:

Estoy prisionero en la casa de campo del abogado Henry Achison. Los falsificadores de billetes de cinco libras trabajan a las órdenes de este en una casita situada a kilómetro y medio de aquí, en la aldea próxima. Avisen inmediatamente al inspector Miller. Achison quiere asesinarme.

Nelson Cóleman

Con una ligera presión del pie hizo cesar el funcionamiento del aparato; luego gritó nuevamente en demanda de auxilio, y empujó la mesita del dictófono hasta colocarla en el lugar que ocupaba antes.

Sintió los pasos de Achison que volvía. El abogado tomó asiento delante del aparato, dictó algunas sentencias que faltaban para terminar el artículo, sacó el cilindro de la máquina y lo envolvió en un papel saliendo después, para entregárselo al mensajero.

Cuando volvió a entrar en su cuarto de trabajo una sonrisa diabólica contraía su rostro; dirigió una mirada significativa al revólver que había dejado sobre la mesa, y dijo:

–Ya va siendo la hora. Es un asunto feo; pero no crea que mi voluntad se ha debilitado en lo más mínimo. Sin embargo, necesito echar un trago.

Y se dirigió hacia una pequeña alacena empotrada en la pared; pero, a mitad de camino, se detuvo.

–Voy a ofrecerle a usted otro. Está pálido como un espectro. Esto lo reanimará. Voy a aflojarle un poco la cuerda, dejándole libre el antebrazo para que pueda tomar un vaso de whisky y fumarse un cigarrillo.

–¡Gracias! –contestó Cólemán con acento sarcástico.

El corazón del detective latía apresuradamente. Ahora tenía una probabilidad, una entre mil contrarias, era cierto; pero probabilidad al fin. Ahora lo que necesitaba era tiempo. ¡Tiempo! Su vida dependía de eso, y tenía que poner a prueba todo su ingenio para conseguirlo.

El mensaje que había dictado en el dictófono era su única carta de triunfo y todavía no se atrevía a ponerla sobre el tapete. Para eso necesitaba que transcurriese una hora, por lo menos. Si Achison se enteraba de la treta telefonearía al diario y con cualquier excusa plausible impediría la transcripción del cilindro.

No, por lo menos necesitaba una hora, y, por consiguiente, tenía que interesar a Achison en una conversación que le hiciera olvidar el correr del tiempo. Pero ¿qué tópico tocar con ese fin?

Al hacerse a sí mismo Cóleman esta pregunta se le ocurrió inmediatamente que al abogado nada podría interesarle más que él mismo. Lo conocía bastante para no equivocarse con respecto a este punto.

–Voy a decirle algo –exclamó mientras saboreaba el whisky que con mano pródiga le sirviera su enemigo– que le va a parecer extraño. En estos momentos no es precisamente mi suerte la que más ocupa mi pensamiento. Hay en mí un deseo inexplicable de descifrar un enigma que no acierto a comprender. Más de una vez me he preguntado por qué usted, que ocupa una posición tan elevada y con tanta facilidad gana el dinero a manos llenas, ha elegido un camino tan lleno de peligros y que más tarde o más temprano le conducirá al precipicio.

Achison se encogió ligeramente de hombros, encendió otro cigarrillo, y a través del humo miró cínicamente al detective.

Este pensó que para hacerle hablar sería preciso atacarle desde otro ángulo, pero se equivocó, porque el abogado no pudo resistir a la tentación.

–Fundados en lo que usted acaba de decir –exclamó–, muchos creerían que en mi naturaleza existe un fondo de anormalidad. Pero yo no me analizo. Poseo, como usted ha dicho, condiciones superiores a las de la mayoría de los mortales (no creo que sea un acto de fatuidad el decirlo), y todas las personas de energías extraordinarias poseemos una naturaleza bastante compleja.

Achison decía esto como si hablara consigo mismo. Era indudable que Cóleman le había tocado en la cuerda más sensible, la de la vanidad, y que, puesto en aquel tren, había tela cortada para rato.

–En mí, pongo por caso, existe una faceta que se deleita en los accidentes de mi profesión de abogado, que se halla en su verdadero elemento cuando consigo, con mis argucias y sofismas, salvar la vida o la libertad de un cliente. Muy distinta de esta personalidad es la del hombre de gustos exquisitos y refinados que ama la vida y procura rodearla de placeres y comodidades. Otra personalidad es la que usted acaba de hostigar tan imprudentemente, y esta es la que para vivir necesita el aliciente de las grandes emociones. Le aseguro que la lucha por la conquista exclusiva del dinero jamás me ha llevado en pos de sí.

Achison hizo una pausa. Su habitual bonhomie, aun los rasgos inconfundibles que en el rostro humano imprime la intelectualidad, habían desaparecido de sus facciones. La sonrisa siniestra que apareció en sus labios habría sido capaz de causar espanto en un alma de menos temple que la de Nelson Cóleman.

Aquello duró un instante; luego reapareció en él la sonrisa que le era habitual. Cóleman, a quien tanto interesaba alargar el tiempo, interrumpió el silencio que siguió a las últimas palabras del abogado.

–Usted ha contestado a mi pregunta; pero no de una manera completa –dijo–. ¿Ha pensado usted alguna vez en lo que se expone a perder dando rienda suelta a la acción de esas personalidades que, como dice, laten en el fondo de su alma? ¿Ha considerado el tanto por ciento en contra que existe para usted en el juego?

–Seguramente –asintió Achison con firmeza. Luego hizo una pausa, y frunciendo las cejas prosiguió–: Sin embargo, ¿quién sabe? Acaso no lo piense todo. ¿A qué tanto por ciento se refiere usted?

–Me refiero al elemento humano, siempre contingente y libre, lo inesperado, lo que se entra por las puertas sin haber ni remotamente pensado en que pudiera venir a molestarnos en nuestros bien combinados planes.

Achison se movió incómodo en su asiento. Había experimentado una ligera sensación de frialdad que corría a todo lo largo de su médula y las luces que iluminaban el estudio parecieron disminuir en claridad. Fue algo así como si una sombra hubiera cruzado por su espíritu.

Se levantó, tomando el revólver de Cóleman, que estaba sobre la mesa.

–¡Ah! –dijo–; tiene silenciador. Está bien. Hay que tener en cuenta que se deben disparar dos tiros al aire. –Todavía no –exclamó Cóleman, quien por vez primera se atrevió a mirar abiertamente al reloj que adornaba una de las paredes. Ya habían pasado cinco cuartos de hora desde la salida del mensajero con el cilindro del dictófono, y era, por consiguiente, llegado el tiempo de proceder antes de que aquel loco le enviara al otro mundo de un balazo–. Tengo el capricho de morir en el momento en que el reloj dé las horas. 

Achison se estremeció.

–Lamento –dijo– que usted tenga ese capricho; porque semejante situación me pone nervioso. Pero, en fin, no tendré más remedio que acceder.

Revólver en mano, el abogado se colocó detrás de Cóleman, y comenzó a jugar con los extremos de la cuerda que lo sujetaba.

–Cuando lo suelte –dijo–, levántese, si es que no quiere que lo mate sentado y por la espalda.

–No –dijo Cóleman con repentina dureza–. Usted no me va a matar. Aunque los dos hemos estado solos, hay un testigo que descubrirá el crimen en todos sus detalles.

Achison le contestó con una sonrisa burlona. Cóleman prosiguió:

–Como todos los criminales usted olvidó un detalle. El cilindro del dictófono que usted envió al diario con su artículo contiene un mensaje mío, que a estas horas ya habrá sido transcripto.

Como confirmación a las palabras del detective oyose la sirena de un automóvil que se acercaba a toda marcha.

Achison lanzó un rugido.

–Bien –dijo–. Usted primero, y después yo. –Y dirigió el caño de su revólver a la cabeza del detective. Repentinamente, cambió de entonación y prosiguió:

–Todavía hay otro recurso. Si no lo mato, ¿me da palabra de callarse?

Había tal acento de determinación en las palabras del abogado, en sus ojos leyó Cóleman tan clara su sentencia de muerte que murmuró:

–Acepto.

                                                                           *  *  *

El coche acababa de detenerse a la puerta, en la que sonó un fuerte campanillazo. Achison corrió a abrir.

–¡Ah, Miller! –gritó alegremente–. ¡Por fin usted aquí! ¿Se ha hecho acompañar por sus amigos? Tanto mejor. Pasen todos: están en su casa.

Y los guió hasta su cuarto de trabajo.

–Vean la pequeña treta que se me ha ocurrido –explicó–. Esta noche vino por aquí este amigo mío, que también lo es de usted, señor Miller, y en su conversación dejó traslucir que había descubierto dónde se fabrican los famosos billetes de cinco libras que tanto dan que hacer a la policía. Bien: yo había hecho idéntico descubrimiento, y pensaba dar parte mañana mismo a la policía. Pues bien: este testarudo se empeñaba en que sería él quien se había de llevar los honores de la primicia, y, como no tuve otro medio para disuadirle, me vi obligado a atarlo. Ha sido una verdadera broma. Luego puse a su alcance la bocina del dictófono para que de una manera completamente teatral y fuera de lo común les hiciera venir a ustedes para celebrar aquí el acontecimiento, ¿verdad, Cóleman?

El detective hizo un supremo esfuerzo sobre sí mismo. Aquel bandido se aprovechaba inicuamente de la palabra que le había arrancado... Pero la palabra empeñada era para él lo más sagrado del mundo, y contestó:

–Es cierto.

–Bueno –prosiguió alegremente el abogado–, ahora ya está usted libre, y confiese que pocas veces en su vida ha pasado una noche tan agradable. Y ahora señores –dijo dirigiéndose a los empleados de policía–, esperen un momento. Voy a llamar al cocinero que, como el señor Miller sabe, es de primer orden, y nos preparará un verdadero banquete. En casa hay de todo. Mientras tanto, les contaré los detalles. Yo seré quien hable, Cóleman es demasiado modesto.

 

1 El relato fue publicado acompañado del siguiente texto: “Gran Guiñol publica en cada número una aventura completa del gran detective inglés sacada de sus Memorias aún inéditas. Cada una de estas aventuras constituye un capítulo de la vida de Nelson Cóleman, muerto hace unos años después de prestar grandes servicios a la justicia de su patria”, p. 51 [N. del E.].