CRÓNICA

Viaje al centro del monstruo rumano

El autor de esta crónica pasó seis días en la capital de Rumania, y se dirigió hacia el edificio más grande e imponente de Bucarest, conocido como Casa del Pueblo. Lo que sigue es, entre otras cosas, el relato de esa experiencia.

 

Por Juan Maisonnave 

 

 

1. Ingreso al Poporului: cejas pintadas y cartas a Ceaucescu.

Esa forma domesticada y pedagógica de voayeurismo que es la visita guiada ofrece para el turista ocasional en Bucarest una experiencia interesante: el Parlamento, la Casa del Pueblo o Casa Poporului. 

Por un lado, este coloso inabarcable de concreto despierta interés desde el mero disparate de cantidades: con una superficie de 340.000 metros cuadrados, sólo es superado en tamaño por el Pentágono; posee un millón de metros cúbicos de mármol blanco y rosa traído de Transilvania, 3.500 toneladas de cristal para las arañas; 700.000 toneladas de acero y bronce, unas 40 salas (la mayor parte de ellas hoy acumulan polvo y vacío) distribuidas en 12 plantas; además –así como existe un dark tourism, todo régimen también tendrá sus estadísticas negras-, para implantarlo en el paisaje se barrieron tres distritos históricos del centro de Bucarest, junto con 27 iglesias y sinagogas; 40.000 personas fueron forzadas a abandonar sus casas y posesiones con avisos de dos días; se utilizaron 20.000 trabajadores las veinticuatro horas del día y, como en los tiempos de las pirámides egipcias, las muertes eran comunes en la construcción. 

El antojo de Ceausescu coincidió, en una muestra de espantoso timing político, con el devastador terremoto de 1977, que se sumaba al desabastecimiento cotidiano de alimentos básicos. Para usar una comparación a puro color local, era –es- como si un gitano que vive en una casa rodante con su familia se hiciese la dentadura completa en implantes de oro de 24 kilates (algo no tan improbable, después de todo). 

Por otra parte, el tour vale la pena para experimentar en carne propia cómo tratan los rumanos al turismo, mezcla de indiferencia y arreo, una fabulosa desorganización que juntos –el extranjero y el local- sacarán adelante con un sistema más o menos coordinado de señas, gritos, inglés básico y movimientos de cejas pintadas (una moda entre las locales, y casi todo el personal abocado a la recorrida por el Parlamento está compuesto por señoritas medianamente atractivas). 

Luego de un engorroso trámite inicial en el que colisionan filas y nadie entiende bien qué es lo que debe hacer una vez que le retienen el pasaporte, nuestra guía se presenta: Juana, de unos veintiséis años, bella y dada a sonreír, nos tratará menos como maestra ciruela que como una distante secretaria ejecutiva que en nuestro primer día de trabajo nos muestra las instalaciones obligada por el jefe. Me pierdo parte de esa introducción pensando en otro motivo por el cual estar acá, uno un poco secreto y personal, que me sedujo hace un tiempo atrás, cuando leí sobre ella y vi una foto en la que posaba orgullosa y opaca adentro de este delirante palacio de fachada soviética que estoy a punto de conocer: Anca Petrescu. 



 

El trayecto guiado comienza por una pequeña sala de teatro privada, con sus butacas aterciopeladas, una araña palaciega y un escenario modesto al que, por error, olvidaron agregar detrás de escena: a lo largo del recorrido, a través de este tipo de nimiedades y detalles curiosos, Juana hará un punteo risueño de torpezas y grotescos del régimen, como si fuera lo que este grupo variopinto y obediente espera, caminando ya dentro de un grotesco absoluto, insuperable: un país menor y campesino del sureste de Europa que alguna vez se le ocurrió jugar a los emperadores romanos. 

Un ciudadano de la India ancestral es quien más interrumpe el discurso estudiado de la guía: pregunta obviedades, por algún motivo siente la obligación de intentar ser gracioso u ocurrente con comentarios o humoradas –nunca mejor dicho- de salón, y, demasiadas veces, ante una nueva galería o corredor alfombrado, exclamará mamma mía con expresión boquiabierta. Una rumana que parece israelita –vino a acompañar o trajo a dos chicos rubios y altos con acento sueco o nórdico-, vencida en la batalla de la belleza, el carisma, el encanto y la picardía con su compatriota, intenta superarla en el terreno intelectual aportando cada tanto conocimientos precisos que no están grabados en el casete de Juana. Me pregunto si ella habrá oído hablar de Anca Petrescu. 

La guía, previsiblemente, recurre una y otra vez a las cifras más insólitas: más de 700 arquitectos fueron necesarios para levantar esta mole. Pero no dice que la arquitecta Anca Petrescu en el año del terremoto tenía 27, era asistente junior en el Estado y, al enterarse del proyecto, se postuló para diseñarlo junto con otros colegas, pero fue rechazada. En lugar de desistir, renunció a su puesto y durante tres meses trabajó obsesivamente en un modelo a escala puntilloso, con mucho ornamento dorado, el embrión de este delirio faraónico que debía llegar, sea como fuera, a ojos del presidente. Así que empezó a enviarle cartas, y de nuevo fue ignorada, pero ella, una vez más, insistió: nunca dejó de escribirle a Ceausescu diciéndole que tenía que presentarle el modelo terminado, y con esa voluntad incansable logró que el suyo entrara en la selección de los finalistas. 

2. “Un edificio grandioso que refleje los tiempos que vivimos”.

Largo corredor con implacables columnas de mármol pulido y bustos: este prócer está acá y ganó una sola batalla, dice Juana adelantando una sonrisa ladina, como para que den ganas de rendirse a ella. El chiste repercute en el grupo, de buen ánimo y atención dispersa: cortinas de hilos de oro trenzado, alfombras extensísimas y pesadas, enormes puertas de roble tallado con pulso de hierro y terminación exquisita, una araña de nueve metros de diámetro, cinco toneladas, mil focos. 

Todos los materiales son de nacionalidad rumana, se apura a destacar la guía: además de los mármoles, de Transilvania vino el oro y el roble, y madera de cerezo y tejidos de Timișoara. Las alfombras son obra de las monjas de los conventos (por algún motivo no menciona que fueron obligadas a tejer para la causa). Todas las recámaras y salones llevan nombres de políticos rumanos, pero ninguno de los veinticinco integrantes de este contingente turístico con cadenitas al cuello y placas de acreditación colgantes va a acordarse de uno sólo de ellos, porque Juana los pronuncia lo más cerrado posible, levanta las cejas y entorna los ojos, una mueca de desdén y sorna a tono con sus comentarios irónicos, como si reforzara el pacto que de entrada tiene con su auditorio: les cobramos unos quince dólares –entre 35 a 45 lei rumanos- para que paseen a sus anchas por las fastuosas entrañas de la farsa, riéndose un poco con nosotros de este pasado tan inverosímil pero que de a poco fue tomando forma en el presente, rindiendo frutos: además de las visitas guiadas, aquí sesionan diputados y senadores; se alquilan espacios para meetings, reuniones empresariales o políticas, incluso para filmaciones; en un anexo se adosó el Museo de Arte Contemporáneo, y siempre, pero siempre, los rumanos podrán afirmar que tienen el segundo edificio más grande del mundo, después de Estados Unidos. El indio pregunta a cuánto alquilan los salones. 



 

Los rumores y cotilleos de peluquería que Juana administra sin mucha sutileza para hacer “picante” su exposición no son otra cosa que la misma leña del árbol caído con que se terminó de delinear –de manera desproporcionada o no, cómo saberlo- la figura del dictador en los años posteriores a su fusilamiento. Por ejemplo, algunos dicen que Ceausescu quedó deslumbrado por el portento de la maqueta que a la postre resultaría la triunfante; otros, que lo que provocó aquel embelesamiento fueron los encantos de su creadora, la joven Anca Petrescu. La fotografía con la que contamos nos inclinaría a pensar lo contrario, pero quizá no le hace justicia: Anca contaba con sólo 32 años cuando en febrero de 1982 ganó el concurso y fue nombrada arquitecta jefa del proyecto. "Un edificio grandioso que refleje los tiempos que vivimos”, es la supuesta frase con que Nicolae selló el destino de la arquitecta y de la obra. 

Mientras tanto, Juana nos cuenta que la única excepción a la nacionalidad de los materiales son unas puertas de caoba, hubo que importarla de Italia, dice. Vemos todavía más salones de los que cuelgan miles de caireles de cristal, un centelleo facetado y embriagador que con el avance de la visita no pareciera perder su efecto en el indio (mamma mía): aquí se reunieron Yassir Arafat y Shimon Peres, dice Juana, y después nos invita amablemente a un recreo de diez minutos en la terraza del edificio. Subimos en tandas de siete u ocho personas en un ascensor de paredes de acero inoxidable y espejo: la ascensorista juega al Candy Crush con una tablet.

3. Las flores esculpidas.

“Sabía escuchar, era un hombre muy paciente, ¡no era un vampiro!”. Son palabras de Anca Petrescu, pronunciadas muchos años después de la revolución, a propósito al líder rumano que se mantuvo más de dos décadas en el poder. En ellas pareciera sobrevolar cierta picardía y candidez reconocibles también en las de Juana, nuestra bella guía de frases medidas e inglés correcto esta tarde soleada de junio, como si ambas hablaran de las locas peripecias de un personaje menos temido y sórdido que remoto. Sin embargo, es la arquitecta quien cuenta con las mejores anécdotas de este palacio desaforado. Ceausescu, dijo ella en una entrevista, comenzó a obsesionarse con la obra, a cambiar de parecer sobre tal o cual cosa, preferir uno u otro estilo arquitectónico, y sus apariciones intempestivas aterraban a los obreros. En una de ellas, notó una diferencia de tamaños en las flores esculpidas en los capiteles de dos columnas. Por lo bajo, todos aseguraban que eran iguales, incluso la misma jefa de arquitectos. Pero él ordenó que alguien subiera a medir y una flor resultó ser un centímetro más chica que las otras: las columnas fueron derribadas inmediatamente. Me pregunto si Juana sabrá esto, podría enriquecer su colección de trivias y patetismos. Ahora nos cuenta, por ejemplo, que entre Ceausescu y su mujer, Elena, había competencia de egos. En la sala más grande, imperial y elegante de la Casa del Pueblo iban a colgar dos cuadros inmensos con sus retratos, en paredes enfrentadas, pero a último momento el presidente rechazó esa posibilidad, y hay quienes dicen, apunta Juana, advirtiéndonos que acá viene algo jugoso -redoblantes-, que en lugar del retrato de Elena, frente al suyo Ceausescu quería instalar un espejo que duplicara su propia imagen. 

La historia es bien conocida: Nicolae Ceausescu no pudo ver la monumental obra concluida porque su régimen se desplomó con el rugido de los manifestantes en la que hoy se conoce como Plaza de la Revolución. Él y su mujer fueron fusilados a 80 kilómetros al noroeste de Bucarest, donde ahora funciona un museo: los cuerpos de los muertos en tiza, la pared agujereada, las celdas. Las cámaras tomaron en vivo cada momento: esta revolución sí fue televisada. Las consecuencias lógicas de esto, en lo que respecta a Anca Petrescu, eran esperables. En 1990, un grupo de arquitectos organizó una campaña para llevarla a juicio por genocidio, pero ella negó todos los cargos y la iniciativa no prosperó. De todas formas, las amenazas de muerte eran constantes, y nadie más contrató sus servicios. Su casa fue incendiada. Ese mismo año se fue a Paris –según ella, por invitación de Miterrand-, donde ganó un concurso para construir hoteles del Club Med. 



 

4. Fin de la visita: los ecos de la revolución. 

Bien avanzada la recorrida, la rumana con cara de israelita proporciona, ante la consulta infaltable del indio y el titubeo por parte de la guía, la fecha exacta en que ocurrió la muerte del dictador, sin esconder cierto orgullo propio que no hace más que resaltar la sensualidad natural de la otra. Pero a continuación hay un momento distendido, aprovechando las capacidades acústicas de un gigantesco rectángulo de columnas y techo encristalado: ¡aplaudan, aplaudan!, nos incentiva Juana, y todos, en mayor o menor medida, como monos dóciles, lo hacemos. Cuando abandonamos ese recinto de iguales aspiraciones monárquicas que el resto, a nuestro lado pasa un nutrido grupo de orientales que, de inmediato y al unísono, se pone a aplaudir sin alegría ni emoción, y sin embargo el despliegue en cascada del eco los sorprende cada vez.

¿Pero qué pasó con Anca Petrescu, el nombre que de alguna manera secreta invocaba para mí este lugar mucho antes de venir? Cicatrizadas las heridas que dejó la caída de la cortina de hierro a la rumana, fue citada por el gobierno, en 2002, para diseñar una cúpula de vidrio a imitación del Reichstag alemán. Se postuló para alcaldesa de Bucarest, pero apenas arañó un 4% de los votos. Un periodista occidental le preguntó acerca del sufrimiento del pueblo rumano, a causa o como aspecto lateral y necesario de su trabajo, y ella respondió que esa pregunta sólo podía provenir de alguien que creía que la única motivación de los sistemas políticos era obtener rédito económico. Hace muy poco, en agosto de 2013, cuando Bucarest surgía como una indudable ciudad a visitar en mi viaje a Europa, Anca Pertrescu entró en coma después de un accidente de auto del que no logró recuperarse. Murió en un hospital de emergencia de la capital rumana. 

Como era de prever, Juana se despide rápido, sin demasiadas solemnidades. Nos devuelven los pasaportes, el grupo finalmente se disgrega. Bajamos por la explanada principal después de una hora y veinte minutos de tour guiado. La maleza que rodea el edificio es la de un jardín al que prestan poca atención. Por la noche, sobre el bulevar Splaiul Independenței, del otro lado del río que cruza la ciudad, observaré el Parlamento sin más luces que unos débiles reflectores en la periferia, su presencia desmesurada y arcaica y extraordinaria, un tiranosaurio arquitectónico que se ve desde lejos, entero o de a retazos, incólume, mal iluminado.