NARRATIVA

Hundirse en el pavimento

Por Maru Leonhard

 

La tierra arrasada de Epecuén, que en los ochentas fuera una villa turística de aguas curativas, es hoy un paraje mágico de la provincia al que acuden viajeros de todo el mundo para capturar imágenes de extraña belleza. Nuestra cronista pone el ojo allí donde el paisaje mutó en salina de árboles cristalizados, en inquietante planicie lunar.

 

 


Vengo caminando, piso, me hundo, doy otro paso para zafarme y me hundo más. Hasta el tobillo. Es un segundo y no puedo moverme porque sé que si me muevo me voy a seguir hundiendo. Estoy en Villa Epecuén, a 500 kilómetros de la Capital Federal, en el ala oeste de la provincia de Buenos Aires, casi llegando a La Pampa.

Villa Epecuén era un centro turístico. Tenía una laguna, hoteles con más de cinco mil plazas, casas de fin de semana, piletas con toboganes y “turistas en short y ojotas” (así textual lo explica un cartel). Villa Epecuén se construyó sobre un lugar donde antes había agua y según dicen los que saben: el agua siempre vuelve del lugar donde se fue. Entonces, un día, el agua volvió. Hubo que evacuar y abandonar todo, las casas y las cosas, los muebles, las piletas, los hoteles, los shorts y las ojotas. Hubo que dejar todo porque llegó el agua, rompió el terraplén que la contenía y empezó a escurrirse en cada calle, bajo cada baldosa, en cada cocina y baño y en cada recoveco de la villa. Y la villa desapareció.

Hay un camino de tierra que va a desembocar en la entrada de Villa Epecuén pero antes de entrar lo primero que se abre es una especie de paisaje lunar. Un suelo blanco y los esqueletos de lo que alguna vez debió haber sido un bosque frondoso. Las ramas descascaradas, secas, corroídas por el agua salada. Parece una película postapocalíptica. Caminar entre esos troncos es como caminar por un lugar maldecido, la sensación es que las ramas se mueven, se enredan entre ellas, se disponen para atacar. Pero es poco el tiempo que tengo para sentirme amenazada por los cuerpos muertos de los árboles. Frente a mí, gigantesco, aparece el matadero. O, mejor dicho, con lo que quedó del matadero del pueblo, un monstruo diseñado por Francisco Salamone, ese arquitecto que entre 1936 y 1940 se la pasó delineando el perfil estético de cementerios, municipalidades y mataderos en el sur de la Provincia de Buenos Aires. Yo lo escuché nombrar, leí artículos sobre él, lo escuché nombrar en documentales, en Historias Extraordinarias, e incluso tenía planificada hacer la ruta de Salamone, un recorrido por todos los pueblos que conservan sus obras. Pero nunca había visto nada suyo tan de cerca. Un paso adentro y una bandada de palomas sale volando. El lugar está destruido, lleno de graffitis, descascarado, se viene abajo en cualquier momento. Ladrillos en el piso, revoque saliéndose, un aire frío de obra en destrucción, olor a humedad mezclado con olor a pis y con olor a soledad. No puedo dejar de imaginar el desfile de vacas muertas, de ríos de sangre corriendo donde ahora estamos parados. Y ahora es esto: nada.

 

La chica de la entrada nos dice pueden salir y entrar las veces que quieran pero la entrada es sólo válida por hoy te doy un folleto las tres entradas y acá te muestro el mapa para que entiendas mejor toda esta zona es la que se puede recorrer recomendamos visitar el museo que está acá pero tenés que ir un kilómetro en auto ahí podés ver el video que dura veinte minutos y es orientativo para que entiendan mejor lo que pasó acá y si eligen ir pueden ir ahora y después cuando vienen me muestran la entrada y vuelven a pasar. La chica está en una casilla prefabricada a la que seguramente le llegan los olores de los dos baños químicos. Entiendo el desánimo en su discurso.

Todo parece haber quedado en pausa y al mismo tiempo todo parece una puesta en escena. ¿El inodoro que está en el medio de la calle siempre estuvo ahí? ¿O es un detalle pintoresco que se le ocurrió a la chica de la entrada? Los esqueletos de las casas me estremecen. Pensar en el momento exacto en que hubo que agarrar lo que se pudo y hubo que salir, correr, escapar. Hay una bota huérfana, una silla oxidada, una pileta vacía. Los restos de cientos de familias. Yo me ahogo. Estoy al aire libre pero siento una asfixia que dificulta la respiración. Son los ocho metros de agua que taparon el pueblo, pienso. Todavía están acá, evaporados, o agazapados, para volver a atacar. Caminar por Epecuén tiene esa carga que da la proximidad: estas familias todavía existen. Todavía recuerdan cómo fue el día en que el agua llegó. No hay, entre ellos y nosotros hoy, acá, más de treinta años. Esas familias vuelven acá y encuentran el armazón de sus vidas pasadas. Encuentran los azulejos con que decoraron los baños, la barra del club donde se juntaban con amigos, el buzón oxidado donde alguien depositaba las cuentas que había que pagar.

 

Y en el medio de todo, rodeando esas ruinas y esos árboles muertos, la vida sigue luchando para salir. Los pastizales crecen y empiezan a tapar todo. Parece una burla. De un pueblo a un pueblo sumergido en el agua a un paisaje árido a un paisaje de ruinas y pastos verdes silvestres. Es la naturaleza saliéndose con la suya, demostrando que la posta la tiene ella. Las aguas termales de Villa Epecuén eran uno de los principales atractivos del polo turístico del pueblo. Un agua salada que, algunos afirman, hacía caminar a los inválidos. Es el mismo agua que un día de noviembre rompió el terraplén y lo tapó todo hasta hacerlo desaparecer. Recién en 2009 el agua empezó a retroceder y a descubrir lo que había debajo.

Estoy hundida hasta los tobillos y pienso que si me muevo voy a seguir hundiéndome. Alguien me da la mano y me estira y salgo. El corazón galopando y una sensación de adrenalina en la boca del estómago.  Las zapatillas están negras: podría ser barro pero también brea pero también otra cosa. A partir de ese momento no doy un paso con seguridad: el agua es traicionera y ahí, donde todo parece seco, ella todavía me está esperando.